Los temas jurídicos y procesales no son extraños en la obra de Emmanuel Carrère. En El Adversario, el autor parisino narra los sucesos que llevaron a Jean-Claude Romand a una condena por homicidio múltiple, luego de asesinar a su esposa e hijas (y tras su fallido intento de suicidio) a raíz de la revelación pública de sus estafas y su impostura como médico adscrito a la Organización Mundial de la Salud.
En De vidas ajenas, dando un giro total de perspectiva, su mirada se centra en el duelo, empleando como hilo argumentativo la muerte de su cuñada Juliette, una jueza de lo civil de primera instancia en el departamento francés de Vienne. A partir de su historia, Carrère nos adentra en la cotidianeidad de un juzgado de cuantía menor y, con ello, en la manera en que la compasión y empatía del ser humano pueden estar en permanente tensión con el principio de estricta legalidad.

El interés de Carrère por el proceso como oportunidad narrativa se ve plasmado de nuevo en su más reciente obra, V13 (en traducción de Jaime Zulaika). El libro es una compilación adaptada de las crónicas que redactó semanalmente para L’Obs como seguimiento al juicio de los atentados terroristas cometidos por miembros del Estado Islámico en distintas locaciones de París el viernes 13 de noviembre de 2015. De la fatídica fecha viene el título del libro.
En V13, Carrère emula a la Hannah Arendt que escribió Eichmann en Jerusalén y se sienta por nueve meses en la sala que el Estado francés construyó especialmente para ese juicio. Un proceso en el que, hay que recordarlo, no se juzgó la conducta de los autores materiales (muertos luego de accionar sus cinturones explosivos), sino la de hombres a los que se acusó de apoyar, de una u otra forma, en la preparación y logística de los ataques. Entre otros, compartían el banquillo un falsificador de documentos (que no sabía en lo que colaboraba al expedir pasaportes apócrifos a los terroristas) y un combatiente del Estado Islámico condenado en un proceso previo en Bélgica.
La estrella del juicio, como lo denomina Carrère, era Salah Abdeslam, nativo de Bruselas (específicamente del barrio de Molenbeek) y hermano de otro de los atacantes. Abseslam era el único de los acusados cuya muerte en ese V13 estaba planeada. Nadie sabe si su cinturón explosivo no funcionó o si se arrepintió al último momento. El autor espera hallar esta y otras respuestas escuchando su testimonio.
Un proceso judicial es la reconstrucción de algo que, se alega, ocurrió en la realidad. Es una narración con distintas voces. En este sentido, las actas estenográficas tomadas en un juicio se podrían constituir como un género narrativo por sí mismas. Sin embargo, dado que los “autores” del género procesal naturalmente guardan intereses e ideas diametralmente distintas en la construcción del relato, se hace necesaria la capacidad de desenredar y dotar de sentido que proporciona el periodismo narrativo.
Como es verdad en cualquier género literario, Carrère demuestra que la construcción del personaje es esencial en el ámbito del periodismo narrativo. De esta forma, se detiene a contar al lector quiénes son los protagonistas, cuál es su contexto, qué potenciales consecuencias tendrá el juicio en sus vidas. Nos revela algo sobre el carácter del presidente del tribunal; sobre el sentido de la justicia de los abogados defensores; también nos expone la trayectoria sociocultural y el recorrido vital de los acusados.
En tal contexto entra la cuestión crucial sobre las “partes civiles”, como se les refiere a las víctimas en la jerga judicial francesa. Partes civiles “heridas”, “de luto” o “impactadas”. ¿Qué es ser una víctima? Reconoce Carrère que en algunos casos no hay duda: el perjuicio sufrido es evidente. Pero el tribunal, además de decidir sobre los méritos fácticos y legales de la imputación, también resuelve sobre la admisibilidad del estatus de víctima de las personas. Esto tiene implicaciones relevantes en materia de reparación del daño, asignación de asistencia jurídica gratuita o de tiempo en el estrado para hacer una declaración. El autor también se detiene en el caso de Flo Kitty, quien, al estilo de Enric Marco Batlle, protagonista de El Impostor de Javier Cercas, se consolidó como integrante del consejo de una asociación de víctimas para luego descubrirse que su supuesto amigo fallecido en los atentados jamás existió.
Carrère se sienta a escuchar los testimonios de las víctimas y policías que oyeron la cinta de grabación de 2 horas, 38 minutos y 47 segundos que capturó los disparos contra el público de El Bataclán. Atiende a las declaraciones de Maia (novia de Amine y amiga de Émilie y Charlotte), de Nadia (madre de Lamia), de los padres de Guillaume: la víctima 131 de los atentados, quien luego de dos años y seis días de depresión y estrés postraumático terminó por suicidarse. También el testimonio del joven que asegura que le fue perdonada la vida por haber hecho contacto visual con uno de los terroristas.
El autor incluso confiesa su impresión ante la potencia de la acusación en el plano de lo narrativo: “Hablo de narración, de relato: como si yo fuera un obrero de la construcción cuyo oficio es contar, he admirado el rigor y el virtuosismo del ejercicio. Puesto que no es posible decirlo todo, hay que escoger con cuidado los detalles más significativos”. Su admiración por la calidad literaria de los fiscales, no obstante, no es absoluta: “No sé si este rasgo de mi carácter haría de mí un buen o un mal juez, pero soy fácil de convencer. Comprendo fácilmente las razones ajenas, lo cual es a la vez una cualidad —la falta de prejuicios— y un defecto —el riesgo de convertirme en una veleta que comparte siempre la opinión del último que ha hablado—”. Esta dualidad hace que V13 sea un libro equilibrado, lleno de matices, contextualizaciones y contraargumentos.
En su ensayo “Qué es y qué no es el periodismo literario: más allá del adjetivo perfecto”, Leila Guerriero recuerda que “el periodismo narrativo tiene sus reglas y la principal, perogrullo dixit, es que se trata de periodismo”. Eso significa, continúa Guerriero, “que la construcción de estos textos musculosos no arranca con un brote de inspiración, ni con la ayuda del divino Buda, sino con eso que se llama reporteo o trabajo de campo, un momento previo a la escritura que incluye una serie de operaciones tales como revisar archivos y estadísticas, leer libros, buscar documentos históricos, fotos, mapas, causas judiciales, y un etcétera tan largo como la imaginación del periodista que las emprenda”.
Y es precisamente eso lo que hace Carrère en V13: se sienta diario en la sala de oralidad; lee los expedientes; consulta literatura sobre yihadismo desde la sociología y la ciencia política; entabla conversaciones con las víctimas e incluso con acusados que llevan el proceso en libertad; trae a colación textos como Todavía tenemos palabras, un diálogo entre George Salines (padre de Lola, una de las víctimas del Bataclán) y Azdyne Amimour (padre de uno de los atacantes); visita locaciones como el lugar donde finalmente detuvieron a Salah Abdeslam; redacta semanalmente de 8000 a 8300 palabras para L’Obs única y exclusivamente sobre lo ocurrido en el juicio. Como menciona Grégoire Leménager, director adjunto de la redacción de dicho periódico, en el posfaciodel libro: “Las crónicas reunidas aquí no salen de la nada”.
“Lo que hemos vivido juntos ha sido demasiado intenso, incomunicable, no lo sabrá nadie que no estuviera aquí”. En el mismo ensayo de Guerriero, y a propósito de Operación Masacre,la autorarefiere que Rodolfo Walsh “quería que sus lectores le tomaran el peso a lo que había sucedido”. Guardando las debidas proporciones, V13 de Carrère va por ese camino.
Gerardo Álvarez
Litigante e investigador en temas de seguridad pública y control de armas