
“[El liberalismo] comienza negando cualquier intervención estatal, para dejar
campo abierto a los individuos, y termina por reconocer que, sin el Estado,
esa libertad se esfuma en el vacío.”
Guido de Ruggiero
La Historia del liberalismo europeo de Guido de Ruggiero, publicada en 1925, es la más influyente, comentada y referida historia del liberalismo del Viejo Continente escrita en el siglo XX. Con esta efeméride centenaria como excusa, quiero plantear algunos motivos detrás de su enorme reputación, brindo a los lectores una visión panorámica de la Storia y, en el camino, sugiero algunos de sus aspectos más notables y algunas de las que podrían considerarse “limitaciones”.[1]
En primer lugar, algunos datos biográficos. Guido de Ruggiero nació en Nápoles en 1888. Hizo estudios de jurisprudencia, historia y filosofía en su ciudad natal. Además de una monumental historia de la filosofía en trece volúmenes, entre sus libros destacan: La filosofía contemporánea (1912), El imperio británico después de la guerra (1921), La historia del liberalismo europeo (1925), El retorno a la razón (1946) y El existencialismo (1946). Las dos influencias más importantes sobre el conjunto de su obra fueron las de Giovanni Gentile y Benedetto Croce, dos de los mayores pensadores italianos de la primera mitad del siglo XX. De Ruggiero combinó una vida dedicada a la docencia con una actividad periodística muy intensa. Después de la caída del fascismo, al que se opuso de maneras diversas, y del final de la Segunda Guerra Mundial, participó políticamente durante poco tiempo como ministro de instrucción pública. Murió en Roma en 1948.
En segundo lugar, el contexto. Redactado en 1924, en pleno ascenso del fascismo, la Storia del liberalismo europeo es considerado un himno intelectual a la libertad. En este libro, De Ruggiero, muy influido por el idealismo hegeliano, convirtió a la libertad en general, y al Estado liberal en particular, en las más altas encarnaciones del espíritu humano. Como puede leerse en la conclusión de la Storia, para él la libertad “representa un valor imperecedero, porque coincide con el valor mismo de la actividad espiritual, que se desarrolla por sí misma y de sí misma extrae su norma, su medida, su destino”. Y apenas unas líneas más adelante (refiriéndose a la libertad): “…toda la vida del espíritu procede de ella y reconduce a ella.” Para él, la historia del liberalismo es un largo trayecto, iniciado en el siglo XVIII, que desemboca en la consolidación del Estado liberal de su propio tiempo. De aquí ese optimismo que se percibe en los últimos párrafos del libro respecto al Estado liberal europeo y, en específico, al Estado italiano. Un optimismo que probó ser infundado, pues justo en esos años se gestaba el derrumbe del liberalismo en varios países de Europa, incluyendo Italia. En todo caso, la Storia del liberalismo europeo fue un símbolo de la oposición al fascismo. La noción de libertad que lo recorre significó la resistencia intelectual y moral a todo lo que Mussolini encarnaba en aquel momento y durante dos décadas más después de la publicación del libro.
La Storia es, antes que nada, un recorrido histórico-intelectual del liberalismo europeo que responde en parte a un planteamiento del autor: si queremos entender ese recorrido “es indispensable descender, en la medida de lo posible, al dónde, al cuándo y al cómo”. Al analizar El espíritu de las leyes de Montesquieu, De Ruggiero vuelve sobre la necesidad de acompañar las afirmaciones abstractas sobre la libertad (que no son pocas a lo largo del libro) con las condiciones de tiempo, lugar y modo en las que esa libertad se realiza o concreta. Para nuestro autor, el dónde, cuándo y cómo es el decurso del liberalismo en cuatro naciones distintas a lo largo del siglo XIX: Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. De hecho, tres quintas partes de la Storia están dedicadas a esos cuatro liberalismos decimonónicos. Estos capítulos, junto con la introducción sobre el siglo XVIII, integran la parte más histórica, pues la segunda parte del libro es un análisis de los vínculos del liberalismo con la democracia, el socialismo, la Iglesia y la nación a lo largo del siglo XIX. Este análisis desemboca en un apartado dedicado a la crisis del liberalismo al terminar la Primera Guerra Mundial. Ahí, De Ruggiero sugiere que en el corto plazo la tradición liberal terminaría surgiendo victoriosa de dicha crisis. No fue así. Aunque llegaría a ver la derrota del fascismo y del nazismo, el autor murió apenas tres años después de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial.
Sobre el siglo XVIII como antesala del liberalismo europeo decimonónico son muchos los temas que se tratan. Menciono los que me parecen más importantes: la Reforma como cuna del liberalismo en términos intelectuales; el papel de los jesuitas en lo relativo a la reafirmación de la soberanía popular (por razones que difícilmente pueden vincularse a un credo liberal); la importancia del cartesianismo para el libre examen (adelantado por la Reforma); el peso del iusnaturalismo moderno para el desarrollo de una mentalidad individualista y la importancia de la fisiocracia en este mismo sentido y en lo relativo a la libertad comercial; el planteamiento de que el liberalismo no debe ser puramente burgués (pues significaría una libertad puramente formal y, en última instancia, ineficaz); la Revolución industrial como libertad industrial (aquí Smith ocupa un lugar central); el peso histórico de la idea de Rousseau de un contrato social entre hombres libres e iguales (para De Ruggiero el liberalismo no sólo implica libertad, sino también igualdad); y, por último, el papel de primer orden que debería desempeñar la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano de 1789 en cualquier historia del liberalismo. Sin embargo, cabe añadir, la Declaración no sólo es revolucionaria desde una perspectiva liberal, también significa una revolución democrática y una revolución social.
Justo antes de terminar su extensa introducción sobre el siglo XVIII, el autor se detiene en la relación entre liberalismo y democracia. Conviene señalar que en esta parte del libro De Ruggiero se refiere a estas dos corrientes o ideologías como “inseparables y enemigas”. Ambas surgieron, desde su perspectiva, de la Revolución Francesa (y, por extensión, de las otras revoluciones europeas que el 1789 francés trajo consigo), pero también de la Contrarrevolución (encabezada por Burke, sin duda, pero con ramificaciones en todo el continente europeo). De hecho, para él son las tensiones y las treguas entre el liberalismo y la democracia las que marcan el pensamiento político de todo el siglo XIX, así como los años del siglo XX transcurridos hasta la redacción de la Storia.
En cuanto al liberalismo inglés decimonónico, De Ruggiero destaca la importancia del radicalismo (Bentham) y de la llamada “Escuela de Manchester” (la cual, como casi todas las “escuelas” en la historia intelectual, no lo era en realidad). Stuart Mill es actor protagónico por supuesto, pero también aparece, de forma destacada, el New Liberalism, con Green y, sobre todo, con Hobhouse (algo que es menos común en varias historias del liberalismo europeo escritas en el siglo XX).
Sobre el liberalismo francés, el autor destaca su conservadurismo (no se olvide que en gran medida el liberalismo galo es una reacción al espíritu revolucionario de 1789), así como el papel fundamental que desempeñó la burguesía en su desarrollo a partir de 1830. Constant, como cabía esperar, ocupa un lugar privilegiado, pero también aparece el liberalismo católico (Lamennais), los garantistas políticos (Danou, Tracy, Guizot y Royer Collard) y lo que el autor considera la fusión entre democracia y socialismo (Saint-Simon y Fourier). Hacia mediados de la centuria, incluso personajes claramente excéntricos a la tradición liberal ortodoxa hacen acto de presencia (Blanc y Proudhon). Para De Ruggiero, el mayor escritor político de todo el XIX francés es Tocqueville, cuya Démocratie en Amérique marca un punto decisivo en la orientación del pensamiento liberal.
El ascenso del liberalismo, sin embargo, hace un alto en el camino en el caso de Francia con las revoluciones de 1848 (consideradas por no pocos autores actuales como exitosas desde una perspectiva liberal) y, sobre todo, con Luis Napoleón Bonaparte. En esta parte del libro aparece un autor que en la actualidad recibe escasa atención, Charles Dupont-White (1807-1878), cuyo estatismo económico contribuye a explicar el escaso predicamento en Francia del liberalismo económico (liberismo en italiano) durante el siglo XIX (con una excepción notable, la de Jean-Baptiste Say y su Traité d’économie politique). En cuanto al balance que hace De Ruggiero del liberalismo francés de la segunda mitad del siglo XIX, las casi dos décadas que duró en el poder el sobrino de Napoleón Bonaparte es una muestra más, para él, de lo poco difundido que estaba en la conciencia pública gala “el sentido de la libertad”. A lo largo de todo el siglo el liberalismo no pasó de ser “un límite y un correctivo” en la vida política francesa. En su opinión, mientras que en Inglaterra predominó el liberalismo sobre la democracia, en Francia sucedió lo contrario. A lo largo del libro, De Ruggiero considera el liberalismo inglés como el modelo por excelencia (una actitud que me parece poco histórica y que, de hecho, contrasta con muchos de los pasajes históricamente “situados” que aparecen en la Storia).
El capítulo dedicado al liberalismo alemán decimonónico comienza con un extenso apartado sobre el romanticismo. Se explica porque, para De Ruggiero, las reivindicaciones nacionales germanas tienen un origen y carácter liberales; de hecho, considera que el individualismo liberal anti-estatal es un aspecto o momento de la mentalidad romántica (como se puede ver en Fichte y Humboldt). Mucho se ha escrito sobre el “atenuado” o “moderado” liberalismo alemán del siglo XIX; sin embargo, la noción de Rechtsstaat o Estado de derecho tiene un contenido tan germánico, por decirlo así, que no es infrecuente toparse con libros en varias lenguas que dejan el término en la lengua original. Esta noción recorre el pensamiento político alemán desde Thomasius en el siglo XVII hasta Jellinek en el XX, pasando por autores como Kant, Hegel, Stahl y Von Mohl. De hecho, para De Ruggiero la noción de Rechtsstaat es el principal motivo para explicar por qué el pensamiento político reaccionario, primero prusiano y luego del imperio alemán, no pudo llegar más lejos aún. Como cabía esperar, Hegel ocupa un lugar muy destacado. Su conciliación entre individuo y Estado pero, sobre todo, su idea del Estado como encarnación de la razón y de la libertad planea por encima de prácticamente toda la Storia, pero es en estas páginas donde De Ruggiero muestra su profunda admiración por el autor de Filosofía del Derecho.
En términos de expresiones liberales, durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XIX algunas universidades alemanas desempeñaron un papel muy importante, logrando hacerse un lugar en medio tanto del gobierno prusiano como del austriaco, ambos conocidos en el ámbito europeo de la época por su carácter conservador. Se puede plantear que, una vez iniciadas las revoluciones de 1848, en el caso alemán las expresiones mencionadas desembocarían en la Asamblea de Frankfurt de 1848-49, la cual, sin embargo, para el autor representó un fracaso clamoroso desde una perspectiva liberal. De Ruggiero concluye este capítulo afirmando que sólo un estudio superficial del pensamiento político alemán decimonónico puede llevar a la conclusión (relativamente común en su tiempo y que sigue existiendo actualmente) en el sentido de que el liberalismo alemán fue una corriente extraña o ajena al liberalismo europeo del siglo XIX. Dicho de otro modo, la cuestión del Sonderweg (“camino especial” o “camino particular”) en la historia alemana no tiene para De Ruggiero la entidad que no pocos historiadores le atribuían en su tiempo.
Ningún otro liberalismo recibe tantas páginas en la Storia como el italiano. Ahora bien, el autor reconoce que la contribución del liberalismo italiano al pensamiento político europeo decimonónico ha sido modesta. No sólo eso, con ningún otro liberalismo De Ruggiero es tan crítico como con el de su país. En concreto, en lo que concierne al pensamiento político del Risorgimento. Desde su punto de vista, ninguno de los pensadores italianos de esta época sale bien librado en cuanto a sus credenciales liberales. Hay una sola excepción: Cavour, “el único hombre verdaderamente europeo del Risorgimento italiano”. Lo mismo aplica para todos los partidos políticos de la época, incluyendo al Partido Moderado, del cual, en su opinión, cabía esperar unos objetivos y unos alcances liberales, que no se materializaron. La misma actitud crítica es adoptada por De Ruggiero respecto a las credenciales democráticas de los hombres del Risorgimento. El escaso liberalismo de las élites y del pueblo de Italia terminaría revelándose, desde su perspectiva, en la primera posguerra del siglo XX, que es la época en que fue escrita la Storia. No obstante, es en esta parte del libro cuando el autor hace un primer pronóstico sobre el fracaso próximo del fascismo.
En la segunda parte del libro, titulada “El liberalismo en su significado europeo”, el autor vuelve al tema de las relaciones entre liberalismo y democracia. En 1924, año de redacción de la Storia, el liberalismo y la democracia se estaban derrumbando en casi toda Europa. Es aquí donde De Ruggiero plantea dos libertades: la “libertad negativa” y la “libertad positiva”, en los mismos términos que Isaiah Berlin emplearía muchos años después en su celebérrimo ensayo “Two Concepts of Liberty”. Con la diferencia de que el planteamiento de nuestro autor no tiene nada de maniqueo, sino que se refiere a esas dos libertades como dos “momentos” o dos “polos” de la actividad liberal. De ahí que no es difícil para De Ruggiero colegir que una división entre el liberalismo y la democracia es imposible, non è dunque più possibile, pues habitan un territorio común. De hecho, para él ni siquiera son distinguibles nel modo di governare il comune dominio. Conviene prestar atención a estas palabras, pues a una centuria de la publicación del libro, no son pocos los “expertos” que afirman de manera categórica que liberalismo y democracia son distinguibles y que, por ende, expresiones como “democracia iliberal” son legítimas en términos analíticos (esto no sólo a cien años de la Storia, sino a ochenta del final de la Segunda Guerra Mundial y, por tanto, del surgimiento del Estado de bienestar). Para De Ruggiero, el liberalismo y la democracia forman una síntesis liberal-democrática. El autor no niega que la democracia puede llevar a excesos y que en ciertos contextos el principio de igualdad puede mutilar la libertad, fomentando una mediocridad generalizada. Por esto mismo, piensa que el espíritu liberal debe desempeñar un papel fundamental en esa mezcla que considera una realidad desde su propio tiempo; aceptando, sin embargo, su carácter dialéctico y polémico, aunque inescindible. “Dada la importancia preponderante que ha asumido la democracia en la sociedad contemporánea esta síntesis adquiere el nombre de democracia liberal.”
La Storia incluye un apartado final sobre la crisis del liberalismo y cierra con una breve “Conclusión”. Rescato algunos aspectos: el organicismo político del autor (evidente en muchos pasajes del libro), la importancia capital de los “sectores medios” (ceti medii) y de los partidos políticos que los representan (unos sectores que, a juzgar por los planteamientos del autor en esta parte, están libres de intereses económicos egoístas), su defensa de un derecho que abarque y proteja a todos los ciudadanos (no sólo a los ricos y a los poderosos), su insistencia en la libertad como el valor imperecedero porque coincide con la actividad espiritual y, por último, la categórica afirmación de De Ruggiero (ingenua e incluso ahistórica a mi parecer) de que el Estado liberal representa la cumbre del desarrollo histórico del liberalismo, “la unidad superior que contiene en sí misma y domina todas las diferencias” y el tipo de gobierno más logrado de la historia moderna. Esta ingenuidad historiográfica vuelve a manifestarse en la última página del libro, cuando el autor plantea que en el choque entre seres humanos que representa la libre competencia sólo sobrevive lo que es digno de vivir. Para él, de la lucha política en la que estaba inmersa Italia en ese momento, el Estado liberal surgirá victorioso (esto terminaría sucediendo, es cierto, pero después de veinte años más de dictadura fascista, contando a partir de la publicación del libro).
Es poco lo que puedo añadir a esta visión panorámica de la Storia del liberalismo europeo de Guido de Ruggiero. Mi objetivo es que lean el libro no sólo estudiantes y scholars, sino, en este caso, las personas interesadas en la historia del liberalismo occidental. Estoy seguro que, más allá de las “debilidades” o “desenfoques” que cada quien pueda identificar en el libro y más allá del peso evidente (e inevitable) de la época en que fue escrito, esta lectura será estimulante. Para mí, no sólo porque la Storia es un magnífico ejemplo de cómo se pueden y deben combinar la historia y las ideas si queremos que los lectores entiendan en verdad lo que es una corriente de pensamiento político a lo largo del tiempo y en diferentes contextos políticos y sociales, sino también porque el libro muestra, analiza y discute una tradición liberal más rica, diversa y abierta de la que transmiten no pocas de las historias del liberalismo (europeo o no) que han sido redactadas en la academia occidental, en especial en Inglaterra y los Estados Unidos, durante los cien años transcurridos desde 1925.
Roberto Breña
Académico de El Colegio de México
[1] Los entrecomillados que hago a lo largo de este mínimo homenaje y recuerdo centenario de la Storia son de la edición italiana de Laterza, que fue publicada en Bari en 1995 (las traducciones son mías). Que yo sepa, sólo hay dos ediciones en español: la de 1944 de Ediciones Pegaso (Madrid) y, mucho más cerca de nuestro tiempo, la de 2005 de Editorial Comares (Granada). Quizá convenga advertir que los párrafos que siguen proporcionan una somera idea de un libro que, en la edición italiana referida, es de una extensión considerable (499 páginas).