China: el imperio que nunca se fue

Crédito de la imagen: Víctor Solís

China es una civilización lo bastante antigua como para saber que la Historia oscila entre el esplendor y el colapso. Tras siglos de esplendor, el recuerdo de su pasado imperial aún moldea la forma en que se concibe a sí misma. Desde las reformas de Deng Xiaoping hasta la era de Xi Jinping, cada dirigente ha reforzado la idea de que Beijing no está en ascenso, sino en medio de un renacimiento nacional. Por eso hablar hoy del “surgimiento” de China es impreciso: lo que presenciamos es, más bien, su resurgimiento. En 2017, durante el XIX Congreso Nacional del Partido Comunista de China, Xi afirmó que “con una historia de más de 5 000 años de antigüedad, nuestra nación ha creado una civilización espléndida, ha hecho grandes contribuciones a la humanidad, y se ha convertido en una de las grandes naciones del mundo”.

El acelerado crecimiento económico de las últimas décadas ha convertido a China en el único actor que puede medirse uno a uno, con Estados Unidos. Washington, sin embargo, no se quedó de brazos cruzados ante el ascenso de una nueva potencia del otro lado del Pacífico. Desde 2017, la Estrategia de Seguridad Nacional del presidente Trump advertía que Estados Unidos “utilizaría todas las herramientas de poder nacional” para mantener su preeminencia. Al año siguiente, Washington impuso los primeros aranceles de la guerra comercial que continúa hasta hoy.

Aunque persisten dudas sobre la sostenibilidad del modelo chino, la realidad es que en los últimos años China se consolidó como una potencia mundial: un segundo lugar cada vez menos distante del primero. Una nación que durante siglos marcó la historia de Asia y se consideró el centro del universo vuelve para reclamar un lugar de primer orden en el escenario global. Pero, ¿cómo explicar la aparición –o reaparición— de un actor que durante siglos permaneció al margen de una historia escrita por Occidente? ¿Cómo entender que un país rural y empobrecido a inicios del siglo XX se convirtiera en el principal contendiente por el poder mundial? Para Beijing, esta coyuntura no es una sorpresa, sino la culminación de un proceso histórico de largo aliento.

II

El primero de octubre de 1949, tras años de guerra civil contra las fuerzas nacionalistas de Chiang Kai-shek, Mao Zedong proclamó la fundación de la República Popular China. Con ello concluía un siglo de inestabilidad política que inició con la derrota del país en la Primera Guerra del Opio, cuando las potencias europeas impusieron tratados desiguales, obligaron a Beijing a ceder soberanía y forzaron la apertura de su comercio bajo términos extranjeros. Hoy, este período se recuerda en China como “los cien años de humillación nacional”, un nombre que evidencia su peso en el imaginario colectivo chino.

Ya en el poder, Mao consolidó un Estado centralizado como el país no había tenido en siglos. Su legitimidad como fundador de la República le permitió lanzar proyectos radicales –como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural— que, pese a su enorme costo humano, reforzaron la cohesión del Estado y el control del Partido.

Mao mantuvo una relación ambigua con la historia china. Por un lado, exaltaba su antigüedad como fuente de orgullo nacional. En 1949, durante la primera sesión de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, afirmó: “la nación china siempre ha sido grandiosa, valiente y trabajadora; es sólo en los tiempos modernos que se ha quedado atrás”. Pero en 1966, convencido de que la renovación exigía romper con el pasado, lanzó la Revolución Cultural. Los “cuatro viejos” –ideas, cultura, costumbres y hábitos—fueron declarados enemigos de la revolución. La campaña derivó en la destrucción de templos, obras de arte y libros, y una agitación social que sólo se detuvo con su muerte en 1976.

Tras restaurar el orden, Deng Xiaoping impulsó un programa de reformas económicas que transformaron el sistema planificado en un modelo que él mismo denominó “socialismo con características chinas”: una apertura pragmática que incorporó la inversión extranjera y la empresa privada sin ceder el monopolio político del Partido Comunista. Sin embargo, esta nueva etapa estuvo estrictamente controlada, y el Estado jamás abandonó su papel directivo. Este equilibrio entre apertura económica, supervisión estatal y control autoritario sentó las bases de la industrialización de China y su posterior ascenso como potencia global.

El 24 de septiembre pasado, Beijing anunció que renunciaría a su clasificación de “país en vías de desarrollo” en las futuras negociaciones de la Organización Mundial del Comercio. La entrada de China a este organismo en 2001 fue un paso crucial en la estrategia del Partido Comunista para abrir y modernizar la economía. Durante 23 años, el país conservó ese estatus, que le permitió abrir su economía pese a las críticas de Estados Unidos.

Li Yihong, delegado chino ante la OMC, explicó que la decisión buscaba fortalecer el comercio global en un contexto de crecientes tensiones alentadas por “países individuales”, sin mencionar directamente a Washington. A la vez, aseguró que China siempre será parte del Sur global, una declaración que reafirma su compromiso estratégico con las economías en desarrollo. 

Esta identificación, sin embargo, está lejos de ser desinteresada. En los últimos años, Beijing se presenta como una alternativa al orden internacional liderado por Estados Unidos, con un modelo más sensible a las necesidades del mundo en desarrollo. No obstante, su capacidad de financiar infraestructura en Asia, África y América Latina –por medio de la Nueva Ruta de la Seda—muestra que, pese a su retórica, China juega en una liga distinta.

III

Las reformas impulsadas por Deng Xiaoping dieron paso al “milagro económico” chino. Según datos del Banco Mundial, entre 1980 y 2010 la economía del país creció a un promedio de 10 %: un ritmo sin precedentes en la historia moderna que permitió que cientos de millones de personas salieran de la pobreza. Cuando Xi Jinping asumió el cargo de Secretario General del Partido Comunista en 2012, heredó una economía gigantesca, ya entonces la segunda más grande del mundo. Pero la bonanza había traído consigo nuevos problemas. Xi Jinping llegó al poder en un momento en el que la desigualdad creciente y la corrupción endémica erosionaban la legitimidad de la élite gobernante.

Su respuesta fue concentrar el poder y restaurar la disciplina interna. Bajo su mando se llevaron a cabo purgas políticas mediante campañas anticorrupción, se crearon grupos dirigentes centrales presididos por él, y su pensamiento se incorporó en la Constitución en 2018. Este dominio político, no visto desde la muerte de Mao, ha llevado a muchos a considerar a Xi su heredero en cuanto a estilo y ambición.

En política exterior, Beijing también dio un giro de timón. Durante las décadas de Deng Xiaoping, Jiang Zemin y Hu Jintao, China siguió la estrategia de “mantener un perfil bajo y esperar el momento”: evitar confrontaciones, suavizar la cuestión de Taiwán y estrechar los lazos comerciales con Estados Unidos. Xi Jiping rompió con esa línea para promover una política más firme, articulada en torno a su idea del Sueño Chino de “la gran revitalización nacional”, un lema que encarna la aspiración de devolver al país su antigua grandeza.

En sus referencias constantes a la historia milenaria del país, Xi busca transmitir que China no es sólo un Estado, sino una civilización cuyas contribuciones a la humanidad se remontan a los tiempos imperiales. Ya no se trata sólo del desarrollo económico, sino de respeto y prestigio nacional. Si Deng Xiaoping significó la apertura, Xi Jinping representa la recentralización y la ambición global.

Esta visión se materializa en proyectos concretos. En 2013, Beijing lanzó la Iniciativa de la Franja y la Ruta, uno de los pilares de su política exterior. Por medio de proyectos de infraestructura, comercio e inversión, China aspira a crear una red que conecte Asia, África, Europa y América Latina. Hasta ahora, más de 150 países se han sumado a esta iniciativa. Aunque se presenta como un esfuerzo para fortalecer la cooperación global, esta iniciativa funciona también como un instrumento de poder político y estratégico. En tanto que Washington condiciona sus préstamos a reformas políticas o criterios ambientales, China los otorga sin requisitos. Este aparente respeto a la soberanía –en contraste con el intervencionismo estadunidense—, crea nuevas dinámicas que valdría la pena cuestionar.

Cuando un país no logra cubrir sus compromisos, Beijing ofrece una salida expedita. Así ocurrió en 2017, cuando Sri Lanka no pudo pagar un préstamo de 1 100 millones de dólares por el puerto de Hambantota. Luego de renegociar, el gobierno de Colombo tuvo que ceder el control del puerto a una empresa china por 99 años.

La clase gobernante china proyecta una confianza profunda en la capacidad de adaptarse a la adversidad. En una entrevista reciente con Channel 4 News, el analista chino Victor Gao, exintérprete de Deng Xiaoping, fue cuestionado sobre la guerra comercial. Respondió: “China luchará hasta el final. Ha estado aquí por 5 000 años; durante la mayor parte de ese tiempo no existía Estados Unidos, y sobrevivimos”. Cuando la periodista Cathy Newman le preguntó por los prejuicios de Donald Trump y J.D. Vance, que describían a los chinos como campesinos, Gao replicó que la mayoría tenía ese origen, pero que hoy China es una de las principales economías industrializadas del mundo. “Sin respeto –concluyó—, Estados Unidos no conseguiría acuerdos con China”.

IV

Cuando Donald Trump anunció nuevos aranceles contra China en abril de este año, Beijing respondió con un despliegue de fuerza inusual: además de los aranceles recíprocos, impuso controles a la exportación de imanes de tierras raras. A partir de entonces, cualquier empresa que deseara exportar esos minerales debía obtener autorización del gobierno primero.

Los imanes de tierras raras son un insumo clave para fabricar carros eléctricos, tecnología avanzada y equipo militar. China concentra 61 % de la producción mundial y 92 % del procesamiento, lo que le otorga un control casi absoluto de la cadena de suministro. Puede decidir quién accede a estos materiales, una realidad que coloca a Estados Unidos en una posición vulnerable poco común. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, acusó a Beijing de “coerción económica”, un comentario irónico en un momento en que Washington acosa incluso a sus aliados más cercanos.

Semanas antes del encuentro entre Xi Jinping y Donald Trump en Corea del Sur, previsto para finales de octubre, Beijing anunció controles nuevos sobre las exportaciones de imanes de tierras raras. El 30 de octubre ambos mandatarios se reunieron en la ciudad de Busan. Las dos partes calificaron el encuentro como fructífero. Aunque no alcanzaron un acuerdo integral, lograron una tregua: Beijing pospondrá los controles sobre las exportaciones de imanes por un año; reanudará la compra de soja estadounidense; y reforzará la supervisión de los precursores químicos usados para producir fentanilo. A cambio, Washington aceptó reducir a la mitad los aranceles de 20 % que había impuesto para presionar sobre el tema del fentanilo.

Para coronar los gestos de cordialidad, Trump anunció que visitará China en abril del próximo año y que Xi visitará Estados Unidos en una fecha posterior. Sólo el tiempo dirá cuánto durará este entendimiento entre las dos mayores economías del mundo, pero los últimos seis meses sirvieron para que cada parte midiera las debilidades y fortalezas de su adversario.

La fortaleza de la economía China dejó estupefactos a muchos analistas estadunidenses: pese a los aranceles, Beijing logró diversificar sus exportaciones hacia mercados asiáticos y, mientras la inflación estadounidense subió a 3%, el superávit chino quizá sea mayor este año que el anterior. Sin embargo, la pugna económica es apenas una dimensión de una disputa más amplia: la de Washington por mantener su hegemonía y la de Beijing por consolidarse como un centro de poder alternativo.

Es difícil prever en qué terminará la pugna entre las dos potencias de nuestro tiempo. Mientras Estados Unidos enfrenta el government shutdown más largo de su historia, China exhibe un régimen que encarna continuidad, visión y disciplina. Lo que está claro es que la determinación de China de ascender es tan firme como el deseo de Estados Unidos por contenerla. Fiel a su historia milenaria, Beijing no concibe su fortalecimiento como una novedad, sino como un retorno: el regreso de un imperio que nunca se fue.

José María Vázquez Cabanillas

Estudiante de Relaciones Internacionales en El Colegio de México

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Publicado en: Internacional

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