Esta semana asistí a un evento en la Universidad de Bath. El lunes, en plena conferencia, los asistentes ingleses seguían con cautela la elección del nuevo liderazgo de los tories en sus laptops. El ganador automáticamente se convertiría en Primer Ministro. Cuando ganó la Ministra de Exteriores, interrumpimos la agenda para debatir el punto. Francamente, yo a duras penas sabía quién era. El martes los mismos colegas discutían sobre lo inusual de que la Reina hiciera su nombramiento desde el palacio Real de Balmoral.
Al día siguiente, de vuelta al hotel, el pasajero de enfrente abrió su periódico de par en par en el bus. Ahí caché la imagen de Truss y la Reina Isabel II: muy pequeñita, me pareció la Reina. Recordé haber pensado lo mismo cuando saludó desde su balcón durante la fiesta del jubileo. Pensé que se veía mucho más fuerte dos años antes, cuando dio su mensaje sobre el covid-19. Me distrajeron las vacas pastando en el camino.
El miércoles habíamos destrozado al pobre conferencista que venía a defendernos sus teorías de evaluación de políticas públicas. Parecía que finalmente estábamos enfocados en lo que nos traía a Bath.
El jueves empezábamos a discutir sobre métodos de evaluación posestructuralistas, cuando pareció repetirse una escena como la del lunes. Era un flash informativo que los ingleses seguían en sus computadoras: los médicos de la Casa Real acababan de anunciar que la Reina no estaba muy bien de salud.
Conforme pasaron las horas, el descaro llegó a niveles insospechados, rarísimo en los británicos, por lo común tan protocolarios y respetuosos. Llegó un momento en el que todos ellos se desentendieron de ponencias y conferencias y se aglomeraron detrás de una tableta para ver la BBC en vivo, con el audio encendido. Minutos después, la más tory de los presentes exclamó un agudo pero rotundo “please no!”: la Casa Real informaba que Harry y Meghan venían con rumbo al Reino Unido. La Reina estaba muy grave.

Un par de horas después cayó la noticia. Me agarró esa tarde en el hotel. Por morbo salí de nuevo a la calle a ver qué pasaba. Camino al centro de Bath pasé junto a dos señoras que lloraban y moqueaban tímidamente. Afuera del primer pub un hombre ancho y rosado miraba compungido al vacío y me comprobaba que la Reina era Gran Bretaña, y viceversa: era incapaz de mostrarse emocional en público, incómodo, no parecía querer estar ahí. Me ordené media pinta de cerveza, “porque ya estoy aquí”, pensé. Me sorprendía que los presentes no hablaban sobre los grandes logros de la Reina. Tampoco lloraban ni entonaban espontáneamente el God Save the Queen. No había catarsis grupal. No sabía si debía haberla. Había silencio. Y más bien parecían estar tratando de entender lo que sentían, cada uno con su procesión por dentro. Al final de cuentas, murió un personaje que nunca fue del todo central pero que siempre estuvo, de alguna manera, presente en sus vidas.
Entre expectante y observando a mi alrededor, yo tampoco tenía parámetros para entender la dimensión del hecho. La BBC llevaba un par de horas de haber detenido su programación para dar seguimiento estricto a la noticia. Su presentador decía que era un evento histórico y daba la palabra al editor de la Casa Real quien estaba en estado catatónico y no parecía colaborar mucho. Para la reputación del canal, la transmisión dejaba mucho que desear. En mi inocencia republicana, pensé que tal vez darían paso a discusiones sobre lo tremendamente complicado que sería proseguir con los esfuerzos que dieron pie, por ejemplo, a la formación de la mancomunidad británica, o acerca de cómo mantener ahora la solidez del nacionalismo británico, sin un estandarte tan querido como lo era Isabel II. Nadie hablaba de todo esto.
Escuchar el mensaje de Navidad de la Reina era un rito en este país. La voz de la Reina generaba calma, serenidad; era incluso una arenga en momentos de crisis o de alegría. Su poder era ceremonial, sobre todo — aunque sería injusto ignorar su labor diplomática y de consejera. La exasperante necedad de la Reina Isabel II la llevó a ser la encarnación de una institución, por encima tal vez de su propia condición humana. Una institución anacrónica sin duda, pero que permitió al Reino Unido transitar entre lo que fue y lo que es. La Reina era el constante símbolo nacional. Como tal, la apreciaban y despreciaban quienes aprecian o desprecian al Reino Unido, su historia y lo que representa.
Me acabé la media pinta y me dirigí a la cena de clausura de la conferencia. Llegaron pocos y pese a la cercanía de los asistentes con el pensamiento político, ninguno parecía tener mucha claridad sobre lo que estaba sucediendo. Los presentes me preguntaron qué pensaba de la muerte de la Reina un mexicano, como si eso pudiera darles alguna pista. Tampoco las encontraron en mis balbuceos. El más valiente propuso brindar a la salud de Isabel II. Así lo hicimos y dejamos el tema.
Hoy viernes tomé el tren a Londres. Una chica lloraba reconcentrada mientras leía algo en su celular. El ambiente en el vagón era solemne y sombrío, inusual incluso para los estándares británicos. Nadie sonreía, ni por error. En ese momento me llegó la otra noticia: en honor al luto, se cancelaba la jornada de la Liga Premier inglesa. Y con ello mi viaje a Liverpool mañana para ver al LFC destrozar a los Wolves de Raúl Jiménez…
Desde el tren, le hablé a mi amiga Erika que vive en Glasgow para preguntarle si los escoceses reaccionaban de otra forma: “caras largas por todos lados”, me respondió.
Entre posmos e ignorantes, los tuiteros británicos tampoco me guiaron. Decidí mejor lanzarme a las afueras del Palacio de Buckingham. Interrumpí sin querer la transmisión de Euronews tratando de esquivar familias. Quería llegar a las cercas que ya desde lejos se veían repletas de ramos, coronas y cartas dirigidas a la reina. No eran pocos pero tampoco eran tumultos. El flujo, ese sí, parecía incesante. Entre turistas y metiches, hombres y mujeres armados con flores, muchos vestidos de negro, se acercaban a rendir tributo a su ex jefa de Estado. Me llamó la atención ver representado el multiculturalismo de Londres ahí, la diversidad de los asistentes, y ya entrados en gastos, abordé a algunos de ellos.
Nadie mencionó la carrera de la Reina como la razón que los llevaba al Palacio. Aisha-Marie Coleman, una mujer de color que apenas pasaba los treinta años, me dijo con perfecto acento del sur de Londres que la admiraba y que no sabía por qué. No parecía molestarle. “No era su destino cuando nació, pero Isabel II estaba hecha para ser la Reina. Vine aquí a agradecérselo. Hizo mucho por nosotros”, me dijo muy conmovida Catherine Thompson, algunos años mayor, blanca, maquillada hasta las cejas. Jamie Guthrie, del norte de Londres, con un allure muy similar al de Corbyn, es laborista (“eso soy y siempre lo seré”) pero cree que la Reina era mucho más grande que la política de partidos. “Gracias a ella navegamos tiempos muy difíciles. Si no hubiese sido por Isabel II, seguramente Thatcher hubiera resultado todavía peor. Me preocupa lo que sigue ahora”, zanjó. Siguió caminando para depositar un feísimo ramo de flores del Tesco.
Los adolescentes vestidos con uniformes del colegio se paseaban, humeando sigilosamente sus vaporizadores. El flujo seguía y yo me fui con él hasta la estación Victoria. Me escoltaron tres señores mayores cabizbajos que avanzaban en silencio. No quise interrumpirlos. Su silencio durará los siguientes diez días hasta el funeral de la Reina. Las grandes preguntas sobre el nuevo Rey, sobre el futuro de la monarquía, sobre el nacionalismo británico y el futuro de la potencia británica internacional, llegarán más tarde. Mi visita al mítico Anfield se pospone, de nuevo, indefinidamente. Hoy aún no es tiempo, sigue siendo tiempo de pausa, de estoicismo isabelino y un extraño duelo muy abarcador.
Gonzalo Escribano
Profesor de Discurso Político en la Universidad Iberoamericana