
Recuerdo la primera vez que fui a Monte Albán. Tenía cuatro o cinco años y visitaba el lugar con mis padres, mi hermano y un primo. Al preguntarme qué eran esas estructuras un guía que nos acompañaba contestó una respuesta muy sesuda, de la que solamente logré captar las palabras: “centro”, “ceremonial” y “monumental”. A partir de entonces, me pareció lógico interpretar cada sitio arqueológico mesoamericano como un “centro ceremonial”, cuya monumentalidad era útil para impresionar a los dioses y sobrecoger al extranjero, pero inapropiada para acoger a la rutina y la vida cotidiana.
De todos los “centros ceremoniales”, los pasados y los presentes, ninguno me parece tan monumental como la capital de Estados Unidos: Washington D. C. Para quienes no han estado ahí, D. C. es un lugar armónico y solemne. Ubicada en la orilla este del río Potomac, la ciudad es atravesada por amplias avenidas en una cuadrícula que, de vez en cuando, es interrumpida por diagonales que son todavía más amplias. En su punto más céntrico, todos los edificios son puntillosamente blancos y, en su inmensa mayoría, todos parecen haber sido diseñados en un intento de imitar al famoso foro que estuvo en Roma.
La capital gringa es un lugar impresionante. No como lo es Nueva York, que con sus altas torres termina por pasmar la imaginación de los visitantes que recorren sus calles. Se trata de algo distinto. En D. C. no hay rascacielos y, precisamente por su ausencia en casi cada esquina, la ciudad ofrece vistas inusitadas.
Y es que la ciudad refleja la audacia —acaso falta de proporción— que caracteriza al pueblo estadunidense. Se necesita cierto nervio para querer que un edificio gubernamental se parezca a la Maison carrée de Nîmes o para buscar que el pórtico de un edificio de archivo se parezca al Templo de Vesta en Tívoli. Y ocurre algo similar con otros casos. Al final, la intrepidez arquitectónica de D. C. tiene por gemela a la audacia que se requiere para nombrar a una ciudad en el estado de Georgia como “Athens” o para bautizar a otra, en Indiana, con el nombre de “Delphi”.
En fin, mi año comenzó aquí, en el archivo de la Organización de Estados Americanos (OEA) que se encuentra sobre la Constitution Avenue. Frente a esta avenida corre el National Mall que es la parte más ceremonial de la monumentalidad que es Washington D. C. Este parque, que va de este a oeste, concentra varios monumentos que conmemoran a presidentes pasados y varias guerras. Entre jardines, dos espejos de agua y un lago artificial, el Mall acoge a los famosos museos del Smithsonian y en sus dos extremos confronta al impoluto Memorial de Lincoln con la abrumadora cúpula del Capitolio. En su centro, pareciendo sostener el peso de sus dos orillas, el parque tiene incrustado a un enorme obelisco blanco, dedicado a George Washington.
Me encontraba en el archivo de la OEA para trabajar en mi investigación doctoral. Yo estudio la relación entre derechos humanos y eso a lo que hemos decidido llamar “neoliberalismo”. Mi caso de estudio es Latinoamérica de los ochenta, plagada de crisis fiscales, de deuda y que, paradójicamente, en medio de severos programas de ajuste y austeridad, se embarcó en retomar una larga tradición de codificación jurídica para redactar y firmar, en el seno de la OEA, un tratado de derechos económicos, sociales y culturales.
Si bien el final del siglo XX no es, cronológicamente, tan lejano, sí me parece que el mundo de final de siglo es uno que ya no existe. Diría que son dos grandes características las que permiten distinguir al espíritu en el que existió ese mundo. Primero, un mundo cada vez más homogéneo, proyectado a través de la integración económica mediante tratados de libre comercio, así como el auge de la democracia liberal como único régimen “aceptable” ante la comunidad internacional. Segundo, una visión del orden global como políticamente neutral y moralmente legítimo, articulada a través del uso del derecho internacional para consagrar a los derechos humanos y al libre mercado como los dos principales frenos —apolíticos ambos— al poder político de los Estados.
En aquel mundo, presuntamente homogéneo, moral y neutral, algunas prácticas quedaron proscritas. Por ejemplo, en economía y comercio, el uso de tarifas, bloques comerciales y política industrial fue caracterizado como inaceptable o, en el mejor de los casos, solamente disponible in extremis. En política exterior, al menos en la narrativa, el multilateralismo desplazó a la intervención unilateral, a la coerción económica, a las esferas de influencia o al “balance de poder” como mecanismos para normar las relaciones entre los Estados. Y además, en aquella época, la expansión territorial de las grandes potencias pasó de ser una posibilidad a condenar a convertirse en un escenario prácticamente impensable.
Lo impoluto de Washington D.C. combinaba bien con el ethos de aquella época. La monumentalidad de sus edificios y su diseño intencionalmente inmaculado parecían complementar al proyecto transnacional de fin de siglo. No es de sorprender que los heraldos que proclamaban el “fin de la historia” lo hicieran dando eco a un consenso emanado de edificios blancos con columnas corintias y cúpulas romanas. El mundo neoliberal tenía su nadir en el centro ceremonial que es la capital estadunidense.
Mi visita al archivo se vio interrumpida en dos ocasiones. Primero por una nevada, que sucedió al mismo tiempo que los incendios al norte de Los Ángeles, “la más grande en 10 años”, según la archivista. Después fue el funeral de Jimmy Carter, que obligó a cerrar todos los edificios gubernamentales, incluidos los de la OEA.
Me pareció simbólico que el funeral se realizara once días antes de la toma de posesión de Donald Trump. El expresidente Jimmy Carter fue quien entregó el control del canal a Panamá, argumentando que aquel era el gesto de un pueblo “grande y generoso”, con la “fuerza y sabiduría necesaria para hacer lo correcto para sí mismo y lo justo para los demás”. Fue el mismo Carter quien, en 1977, dio nueva vida a los derechos humanos al reconocerlos como la pieza central de la política exterior estadunidense, centrada en “recuperar la estatura moral que alguna vez se tuvo”. Pero también fue Carter quien buscó salvar la reputación económica de su presidencia mediante recortes presupuestales y un programa que conjugó a la desregulación económica con el fin a los controles de precios y el abrazo al monetarismo que habría de encumbrar Margaret Thatcher algunos años después.
Dicho en pocas palabras: si Estados Unidos es un imperio, fue Carter quien al poder imperial buscó añadirle tres cosas. Primero, una pátina de moralidad por medio de los derechos humanos; después, —y esto apuntalaría Reagan— una presunta neutralidad mediante el libre mercado y, finalmente, una supuesta nobleza, propia un pueblo que, en principio, se sabe poseedor de un “poder económico y una grandeza militar sin paralelos”.
Desde aquellos edificios que imitan a Roma, Carter inauguró una nueva versión de la hegemonía estadunidense y no deja de ser irónico —para algunos, trágico— que su funeral casi coincidiera con la investidura de Trump. Y es que la iteración moralina del imperialismo de Carter —y Reagan, Reagan, los dos Bush, Clinton y Obama— está siendo desplazada por otra, más cínica, quizá más débil: la versión propuesta por Trump desde 2016.
II
El mundo que pretendo estudiar desde el archivo es historia: ni el derecho internacional, ni el multilateralismo, ni los derechos humanos, ni el libre comercio figuran en el discurso gringo como pilar de su poder. En todo caso, se trata de lo contrario pues lo que cobra protagonismo en la narrativa de la hegemonía son el uso de la fuerza, el repudio de acuerdos y reglas y la amenaza de coerción.
Hace unos días escribió Mauricio Tenorio que, al imperialismo estadunidense, Trump añade “la inconsciencia de su propia debilidad”. Hay mucho de razón en esto. El expansionismo trumpiano, que abiertamente rastrea su genealogía a un presidente muerto —asesinado— hace más de 100 años, bien puede ser interpretado como el golpe en la mesa que da quien ya se sabe perdedor.
La amenaza explícita de “recuperar” el canal en Panamá ejemplifica esto. Cuando Carter cedió el canal a Panamá, lo hizo reconociendo que el tratado original, suscrito por Theodore Rooseevelt, era injusto.1 Hoy, Trump apela a una “injusticia” que hace víctima a los gringos para plantarse en territorio panameño. Sin embargo, la realidad de las cosas es que esto responde a una debilidad estadunidense.
El canal panameño es central para los flujos de energía de Estados Unidos, que desde 2020 es exportador neto de productos derivados del petróleo. Por Panamá, en enero de 2024 transitaron más de 1 millón de barriles de petrolíferos desde Estados Unidos rumbo a Asia. En cambio, en ese mismo mes, fueron menos de 200 000 barriles los que transitaron por las otras dos principales rutas de exportación: el cabo de la Buena Esperanza en Sudáfrica y el canal de Suez en Egipto.
La relevancia del canal en Panamá para Estados Unidos no es nueva pero sí es creciente. Por ejemplo, de los 24 meses transcurridos entre 2020 y 2022, sólo en siete Estados Unidos exportó más de un millón de barriles vía Panamá. En contraste, en 16 de los 24 meses entre 2022 y 2024, Estados Unidos trasladó más de un millón de barriles por el canal. Este incremento en el volumen trasladado se explica, principalmente, por una mayor demanda de petrolíferos estadunidenses, como el gas licuado del petróleo (LPG) y etano, particularmente en Corea del Sur, China, Singapur y Japón.
A bote pronto, estas cifras muestran el poderío económico gringo. Sin embargo, el panorama es más complejo. Mientras que el flujo de las exportaciones petroleras de Estados Unidos vía Panamá ha crecido, el costo de ese flujo también ha incrementado. En 2017, transportar una tonelada de petrolíferos desde Houston a Chiba, en Japón, pasando por Panamá, costaba menos de 75 USD. En cambio, en septiembre de 2023, el costo por tonelada ya rebasaba los 250 USD. Son varias las razones de este incremento: desde la invasión rusa a Ucrania, una mayor demanda asiática de petrolíferos, hasta una sequía que obliga a limitar el número de barcos que pueden cruzar por el canal y que genera un “cuello de botella”, lo que incrementa los costos de transporte. El punto es que el imperio, aunque sea exportador, es cada vez más costoso.
El agravio que para Trump representan las tarifas por usar el canal va acompañado de la presencia China en Panamá. Dos puertos en las bocas del canal son operados por la subsidiaria de una empresa de Hong Kong. Además, con inversiones chinas en Panamá ya se construye una terminal de cruceros y un puente sobre el canal. Visto así, el agravio es todavía mayor pues a Estados Unidos no sólo le aquejan altos costos, sino una posición geopolítica de aparente inferioridad en lo que Trump imagina como su turf —en ese contexto, no es de sorprender que la primera visita internacional de Marco Rubio, nuevo secretario de Estado, sea a Centroamérica, incluida Panamá.2
Es en esas circunstancias, las que obligan a sostener un imperio con altos costos y frente a rivales que ahora capitalizan años de decisiones estratégicas, el expansionismo ramplón de Trump pareciera ser más la patada de un ahogado que el golpe en la mesa de alguien con autoridad. Y esta dinámica se replica en otros frentes: en la relación comercial con China y el “fracaso” del mundo neoliberal, a través de la OMC, para “democratizarla”; pero también en las ambiciones sobre Canadá y Groenlandia, en medio de una “carrera por el Ártico” que se intensifica y donde Rusia y China pelean con Estados Unidos por los recursos —mineros y de hidrocarburos— que pronto quedarán accesibles a causa del deshielo.
La amenaza de tarifas arancelarias a México y Canadá es el más reciente eslabón de esta cadena y aunque en principio son justificadas por la migración y el tráfico de drogas; en realidad, el motivo de las tarifas son los déficits comerciales de billones de dólares —en 2022, 53.5 billones para Canadá y 131.1 para México— y que, obviamente, incomodan a Trump. Más aún, el hecho de que la amenaza arancelaria sirviera para alcanzar un acuerdo con México revela que una de las formas en las que la debilidad —y vanidad— trumpiana se expresa es a través de la transacción.
III
Las columnas y pórticos blancos de Washington D. C. intentan servir de puente entre el presente y el pasado clásico. Al hacerlo, la monumentalidad de D. C. pretende ser la trasposición de un pasado al que el presente debe aproximarse con ceremoniosidad y reverencia. Esto es similar a los centros ceremoniales mesoamericanos y es por eso que, como aquellas ruinas, quien visita Washington D. C. puede sentirla como “vacía” y, por tanto, inadecuada para la rutina de un presente que ha perdido tolerancia a lo ceremonioso.
Si Washington D. C. ya era un lugar raro, Donald Trump ha hecho que lo sea todavía más. Parte central del relato que se cuentan los gringos, es el hecho —o eso dicen— de que el “experimento” y la “experiencia” estadunidense están más allá de la política. “Una brillante ciudad en la colina” escribió en otro contexto el apóstol Mateo y después repitieron Kennedy, Reagan, Obama y otros para referirse a la trascendencia atemporal, política y moral, que encarna su país. Aquellos presidentes entendieron —o pretendían hacerlo— que sus administraciones serían apenas una parte de algo más grande: esa idea, experimento, experiencia o brillante ciudad en la colina que, en teoría, son los Estados Unidos.
Con Trump la cosa es distinta. En su discurso inaugural, Trump prometió que su gestión traería una “nación que crece”, que enriquece a sus ciudadanos, que eleva sus expectativas y que llegará a “nuevos y bellos horizontes”, cumpliendo así con “un destino manifiesto que apunta a las estrellas”. Sin embargo, Trump concluye su oda a Estados Unidos con su propio triunfo. Después de decir que “trabajando juntos” no hay “nada que no se pueda lograr y sueño que no se pueda cumplir”, nos recuerda que “muchos pensaron que le sería imposible tener un political comeback” y nos dice que “él es prueba de que uno no debe creer que hay cosas imposibles”.
Trump lo tiene claro: la brillante ciudad en la colina no transcenderá a su administración. Más bien, lo que sea que venga, más grande, más rico, será parte de su presidencia misma. Con esto, el embrujo de lo ceremonial se rompe y Trump, inventando agravios para justificar rencores y avaricia, capitaliza el declive del imperio, desnudándolo de sus últimos revestimientos que comenzó a tejer Carter y desinhibiendo algo “viejo y maloliente”, diría Mauricio Tenorio.
La presidencia de Donald Trump abandona la reverencia al pasado y se abalanza al futuro de más corto plazo. En el proceso, evidencia su vulnerabilidad y posibilita lo que antes estaba prescrito. La coerción económica entre países, en forma de aranceles, por ejemplo, es parte de esto; pero también, quizá, lo será el uso de la fuerza o la explícita transgresión a las soberanías nacionales.
Por lo pronto, un nuevo orden global surge: uno que permitiendo lo prescrito parece dar paso a las “esferas de influencia” como forma predilecta de orden. Ya sin la moralidad de los derechos humanos o la neutralidad del libre mercado y el derecho internacional, es posible que los Estados Unidos de Trump se contenten con su “esfera”, tolerando la expansión agresiva y violenta de otros poderes, como Rusia o, bien, China, mirando a Taiwán y al Mar del Este. En el fondo, este reacomodo no hace más que resaltar la trayectoria en declive de Estados Unidos.
México tendrá que navegar por el nuevo orden. Ya en el pasado, las administraciones mexicanas han sabido maniobrar las ansiedades y vulnerabilidades gringas para acomodarse al contexto global: ya sea industrializando a la nación en la posguerra o integrándose al mundo liberal de final de siglo. Lo que suceda ya son páginas de otro cuento. Pero sí, la monumentalidad de Washington D. C. preside sobre un mundo nuevo, mucho menos ceremonial. Para esto México ofrece una respuesta pues, al final, nuestras zonas arqueológicas nos muestran que de toda capital imperial solamente quedan las ruinas.
Andrés Ruiz Ojeda
Gates Cambridge Scholar y estudiante de Política y Estudios Internacionales en la Universidad de Cambridge.
1 Carter en aquel momento dijo “nuestro propio Secretario de Estado, quien firmó el tratado original reconoció que era ‘muy ventajoso para Estados Unidos… no tanto para Panamá.”
2 Colin Powell, Secretario de Estado durante la presidencia de George W. Bush, tuvo como primer destino de su gestión a México en una visita relámpago en 2001. Previo a eso, hay que remontarse hasta 1912, cuando Philander Knox, visitó varios países de Latinoamérica en su primer viaje internacional.
Andres, excelente descripcion de una parte de la ciudad de Washington, DC. Tuve el privilegio de vivir y disfrutar muchisimos lugares y eventos por mas de un cuarto de siglo. Es una ciudad que ofrece algo especial en todas las estaciones . El verano es el menos atractivo por el calor y la humedad. Hay que destacar sus extraordinarios museos, casi todos gratis, y muchos lugares que pocos han podido visitar. El edificio de la OEA en la 19st. es extraordinario y el patio «mexicano» un lugar lindo. Los que visiten DC deben reservar tiempo para visitar La Corte Suprema, la Biblioteca del Congreso, el Museo de las Mujeres en el Arte, y tantos otros museos, y lugares interesantes, es un privilegio. De la segunda parte que has mencionado en tu articulo prefiero no precipitarme me gusta ver los resultados. Saludos.
Cassie, Dallas, TX
Podría parecer un gasto inútil subvencionar las refinerías. pero hay que recordar que sin energía nada funciona, ni los autos ni las excavadoras o las computadoras y los centros de datos. Todos los mecanismos que proveen energía son sistemas criticos que no podemos darnos el lujo de que fallen. El petroleo está subvaluado por el mercado porque sólo se toman en cuenta los costos de extracción, sin tomar en cuneta los costos ecológicos y el valor de uso como energético que permite toda la actividad económica. Lo que se pierde en subsidios se gana en impuestos a una economía en crecimiento.
Tenemos el concepto de «tasa de retorno energético» para medir cuantas unidades de energía son necesarias para obtener una unidad de energía; este concepto es válido sin importar si hablamos de fotovoltaica o eólica o carbón o nuclear. A principios del Siglo XX, con la energía de un barril de petróleo se podían extraer cien barriles; actualmente, el promedio es de 20 barriles extraídos con la energía de un barril de petróleo. Para el fracking, la tasa es de cinco barriles extraídos, y algunos autores incluso dicen que se extrae menos de un barril lo que convertiría al fracking en un sumidero de energía. La tasa de retorno energético de los biocombustibles está alrededor de uno, es decir no hay ganancia de energía; la solar fotovoltaica y la eólica están alrededor de 5 a 1. La solar térmica es muy eficiente para sustituir el gas en las casas.
Trump y Biden son dos caras de la misma moneda, Trump es el tonto útil elegido para hacer el trabajo sucio, como lo fue George W. Bush en su momento. En los setentas, Europa y en especial Francia estaban recorando sus reservas de oro, y EEUU se estaba endeudando para sostener la guerra de vietnam. Nixos abandonó el patró oro e hizo tratos con arabia saudita y otros productores petroleros para que sólo aceptaran dólares por su petróleo.
En los 1980’s Japón se convirtió en un serio competidor económico, Todos recordamos la guerra de Betamax contra VHS, que perdió Beta a pesar de ser la mejor tecnología. en los 1960’s EEUU licenció tecnología en microchips a japón, pero después de los 90’s se la dio a otros países como corea del sur y Taiwán. La tecnología para fabricar maquinas que fabricaran microchips se las dió a los europeos, alemania y holanda. Japón perdió competitividad en el mercado de la tecnología.
En en 2012, según dijo Ángela Merkel en una entrevista a «la vanguardia» donde hablaba de sus memorias, la zona euro sufrió un ataque especulativo de varios bancos de inversión, dirigida sobre todo alos países PIGS para que abandonaran la zona euro. El BREXIT podía interpretarse como una medida deseperada para debilitar la zona euro.
No todo fue malo en la globalización a partir de los 90’s. Se dieron las condiciones para que países con gobiernos de izquierda como Brasil, china o india sacaran a millones de la pobreza. El respeto al sistema internacional de leyes permitió la reunificación alemana y la reunificación de las dos coreas se veía como algo posible. Por otro lado EEUU emitió moneda en grandes cantidades para invertir en otros países o comprar productos en el resto del mundo; se convirtió en el gran consumidor del cual todos dependían, a costa de su balanza comercial y el aumento de su deuda.
Pero ellos mismos dinamitaron su sistema con la invasión ilegal a irak y la denominación de irán, irak y corea del norte como el eje del mal; Bush fue obligado por «las circunstancias» a llevar a cabo una política que no era su plan inicial. Además china les comeznó a ganar en su propio juego y se transformó en una potencia económica que está a punto de superarlos en pib nominal. Además China incluso superó a Europa y EEUU en el desarrollo y comercialización de tecnología renovable y ahora va l´por la inteligencia artificial. El proyecto Chino de la franja y la ruta requiere de pacificar toda la región entre china y europa, y desde rusia a india e irán. Por eso EEUU está cambiando las reglas del juego.
Los anuncios de Trump parecen avisos a Rusia y China, marcando sus líneas rojas en la región que va desde panamá a Groelandia y Canadá, quizá a cambio de Ucrania, pero no creo que EEUU deje e estrangular a China en el mar del Este. Favorecer a Rusia y presionar a China podría ser un intento de separarlos.
Es cierto que EEUU es un exportador neto de refinados, gracias a su sistema de refinerías subsidiadas para sobrevivir en un entorno global muy competitivo en el que todos los países de primer mundo tienen refinerías aunque no tengan petróleo, y las subsidian en un intento de acabar con la competencia y para no quedar vulnerables ante períodos de escasez.
EEUU es un importador neto de petróleo crudo, sólo produce 12 millones de barriles al día pero consume 20 millones diarios. Además la mayor parte del petróleo que produce es petróleo ligero y condensados (metano, etano, propano u butano), y el petróleo ligero no sirve para producir diesel, sólo gasolina.
El petróleo ligero y el metano lo obtiene en su mayor parte del fracking ,pero a un alto costo de más de 60 dólares el barril de petróleo ligero (y eso sin cumplir la legislación ambiental), comparados con los 10 dólares por barril de crudo real de arabia saudita o rusia. Las refinerías de EEUU no están optimizadas para procesar el petróleo ligero y por eso lo exportan para importar crudo tipo brent o west texas.
Por otro lado, los yacimientos de fracking se están agotando (quizá en dos años comience a declinar su producción) y esto está llevando a Trump a quitar restricciones ambientales y abrir reservas ecológicas a la explotación petrolera.