Poco antes de las seis de la madrugada del martes 5 de noviembre, la atmósfera a bordo de la Línea 4 del metro de Nueva York se respiraba tensa, inquieta, como si la muchedumbre que descendía desde el barrio afroamericano de Harlem hacia el downtown de Manhattan —algunos con los ojos fijos en las encuestas que brillaban en las pantallas de sus celulares, delatando ansiedad; otros con la mirada perdida en el vacío, disociados— se hubiera puesto de acuerdo para contener todos a la vez el aliento.
Ese día, millones de estadunidenses salieron a las urnas para escoger quiénes serían su presidente y vicepresidente por los próximos cuatro años, además de renovar la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Como se sabía desde hace meses, los candidatos del Partido Demócrata eran la actual vicepresidenta, Kamala Harris, y el gobernador de Minnesota, Tim Walz; los del Partido Republicano, el expresidente Donald Trump y el senador por Ohio, J.D. Vance. Aunque los candidatos no podían ser más diferentes, las encuestas los mostraban en empate técnico: nadie sabía qué esperar.
En la estación de Lexington / 59th Street, me bajé de la Línea 4 y transbordé a la Línea F rumbo al distrito de Queens, conocido por ser la cuna de Spiderman y del US Open. Mi primera parada fue Astoria, un barrio de clase media con una población de inmigrantes procedentes de más de cien países. Hacía frío, pero miles salieron a votar al amanecer, para estar listos cuando las casillas —que en zonas residenciales suelen instalarse en centros comunitarios, gimnasios y escuelas— abrieran a las seis de la mañana. A diferencia de México, donde las elecciones siempre toman lugar en domingo, en Estados Unidos se celebran el primer martes de noviembre. Esto obliga a muchos votantes a pedir permiso en el trabajo o a formarse o bien muy temprano, o bien muy tarde.
Al llegar al centro comunitario de Queensbridge, un conjunto habitacional de interés social del gobierno de la ciudad, la gente se apresuraba para votar lo antes posible y así llegar a tiempo al trabajo. El centro comunitario tenía la fachada pintada con un mural intrincado y colorido que muestra a niños colocando linternas flotantes sobre el horizonte de Nueva York. La primera persona que vi salir de las casillas fue a un señor latino que vestía una camisa gris percudida y jeans desgastados que, corriendo hacia lo que parecía un trabajo que requería urgentemente de su presencia, gritó, en un inglés acentuado, “¡No queremos que gane él! ¡Queremos que gane Kamala Harris!”.
Me acerqué al centro de votación para platicar con los trabajadores electorales; sin embargo, no di ni dos pasos cuando un policía alto, robusto y calvo de la NYPD —casi un extra sacado de una película— me paro para advertirme que, como periodista, no podía estar a menos de treinta metros de la entrada. Aunque esta es una medida para prevenir que la gente intervenga de forma inapropiada en el proceso electoral, la hostilidad y firmeza del policía me comunicó que esta advertencia era más que protocolaria; él también estaba asustado y ansioso por lo que este día significaba para su país. Su incertidumbre y frustración se manifestaron en una hipertensión que lo había convertido en una especie de perro guardián.

***
El 21 de julio, el presidente demócrata Joe Biden, quien por meses insistió en buscar la reelección a pesar de su baja popularidad, decidió suspender su campaña, citando sus 81 años de edad, su frágil salud y su deseo de pasar más tiempo con su familia. En su lugar, Biden respaldó a Kamala Harris como candidata. Numerosos comentaristas vieron en la decisión de Biden una respuesta tardía a la crisis del Partido Demócrata, muchos de cuyos votantes se sentían insatisfechos con la administración por su manejo de la economía y seguridad del país, y alienados por su apoyo incondicional a Israel en la guerra de Gaza. Trump, quien acababa de sobrevivir un intento de asesinato, llevaba la ventaja en casi todas las encuestas, incluso entre segmentos del electorado, como los afroamericanos y latinos, que históricamente no hubieran apoyado a un candidato republicano.
En las semanas siguientes, la vicepresidenta Harris lanzó una campaña presidencial en tiempo récord, recaudando más de 500 millones de dólares en el primer mes. A diferencia de Biden, Harris optó por una campaña más conservadora —prometía una política migratoria más restrictiva y tenía poco que decir sobre varios temas progresistas, como los derechos de la comunidad LGBTQ o temas ambientales— concentrada en atraer a votantes indecisos y moderados más que en energizar a las bases del partido. Entre sus propuestas destacaban la defensa de los derechos reproductivos, mermados desde que la Corte Suprema invalidó el derecho al aborto en 2022, pero también el impulso de un sistema económico que respaldara la explotación de recursos naturales y la continuación del apoyo económico y militar a Israel.
Este giro a la derecha, aunado a una falta de propuestas concretas, ahondó las fisuras en el partido, desilusionando a muchos y dejando a algunos sin una opción clara de voto. Harris comenzó entonces a enfocar sus discursos en atacar a Trump, recordando que éste enfrenta varios procesos penales y que intentó aferrarse al poder después de perder la elección de 2020. Si Trump volvía a la presidencia, Harris insistió a lo largo de las últimas semanas de la campaña, la democracia estadunidense estaría en riesgo.
Este temor era palpable en Astoria. Héctor Villavicencio, un experimentado trabajador electoral, estaba a cargo del centro de votación en la escuela William Hallet. Además de la “modesta paga” de 300 dólares, me dijo que había aceptado el encargo porque le parecía importante contribuir al proceso democrático. A pesar de la alta participación esperada este año, pensaba que estas eran unas elecciones complejas para muchos.
“La gente está confundida”, me dijo. “No saben por quién votar. Ven a los medios de comunicación diciendo una cosa y a los candidatos otra. Hay mucha gente que ya no sabe qué es verdad”.
Y en efecto: Rosa y María, dos mujeres latinas, que podrían ser tus tías chismosas vistiendo vestidos florales, me dijeron que estaban indecisas hasta el momento en el que se les entregó la boleta. Por un lado, la política económica de Harris no las convencía, pero la actitud de Trump hacia los latinos tampoco. Al último momento, decidieron votar por Harris.
“No nos gusta ninguno de ellos”, me dijeron. “Pero tenemos que votar, porque si no votamos, no vamos a llegar a ningún lado”.
***
Por la tarde, regresé a Manhattan. Al entrar al metro vi una marea de personas con estampas que decían I voted adherida a la ropa: el equivalente al dedo manchado de tinta en México. Este símbolo del deber cívico es como un virus contagioso: conforme pasa el día, más gente lo lleva en el pecho como una medalla de honor, mostrando que cumplieron su obligación. Tomando la Línea 7 y transbordando en la estación Grand Central a la Línea 6, el metro me dejó en la plaza de Madison Square Park, en el barrio Greenwich Village, conocido por albergar a la Universidad de Nueva York.
Afuera de una casilla estaba Alison Gerson, una mujer de 58 años, repartiendo panfletos a quienes entraban a votar para pedirles que tacharan “sí” en la propuesta que añadiría la identidad de género, la etnicidad y discapacidades, entre otras cosas, como categorías protegidas por la constitución estatal de Nueva York, así como la inclusión del derecho al aborto en la misma (el aborto ya era legal en el estado, pero el derecho no estaba garantizado en la constitución). A diferencia de México, todos los estados de Estados Unidos —menos Delaware— requieren que las reformas a sus constituciones se sometan a consulta popular. Tal era el caso de la propuesta que Gerson promovía como una medida de precaución ante un posible segundo gobierno de Trump.
“Es muy duro”, me dijo. “En Nueva York, vivimos en una burbuja. Así que creo que la gente tiene esperanza, pero también creo que la gente tiene náuseas. Creo que la gente está muy nerviosa y ya no quiere escuchar más de las elecciones, pero tenemos suerte en Nueva York, porque estas propuestas pueden protegernos de Trump”.
Trump se postuló a estas elecciones con una plataforma aún más conservadora que aquella de su campaña anterior. No contento con haber nominado a la Corte Suprema a tres de los ministros conservadores que eliminaron el derecho federal al aborto, Trump prometió disminuir el gasto gubernamental en programas sociales, deportar a millones de migrantes y solicitantes de asilo, promover la extracción de petróleo en lugar de buscar fuentes de combustible alternativas y limitar los derechos de la comunidad LGBTQ+ y otras minorías en las escuelas públicas y más allá.
La hostilidad de Trump hacia las minorías con frecuencia toma la forma de un discurso de odio contra los mexicanos y otros grupos latinos. Ya sea por llamarnos ladrones y violadores, por su propuesta del muro o por su animosidad hacia nuestro país, Trump es poco popular en México. Sin embargo, su apoyo entre latinos creció de forma impactante en los últimos años y a lo largo de la campaña.
Uno de estos trumpistas latinos es Daniel Solórzano, un guatemalteco casado con una mexicana y padre de tres hijos. Él y su familia estaban en Nueva York de vacaciones, después de votar de forma anticipada por Trump en Los Ángeles. Solórzano me dijo que sabía que su decisión de apoyar al republicano no es popular entre algunos latinos, pero apoya a Trump porque quiere que la gente se “legalice bien”.
“Mis padres son de Guatemala, vinieron hace cincuenta años a este país, y les costó mucho volverse ciudadanos”, me dijo. “Pagamos impuestos, pero a la gente que está llegando ahora se les está dando de todo. Y hay gente Latinoamericana que ya tiene años en este país que no puede ni obtener su residencia”.
La inmensa mayoría de los migrantes indocumentados en Estados Unidos pagan impuestos y, salvo algunos solicitantes de asilo, pocos reciben algún tipo de apoyo por parte del gobierno. De igual forma, la derecha estadunidense ha criticado con severidad a la administración de Biden, ya que durante su mandato, según un estimado del Congreso estadunidense —no hay datos—, 1.7 millones de migrantes indocumentados habían ingresado al país sin ser capturados en la frontera. Esto ha hecho que algunos latinos que llegaron a Estados Unidos en años anteriores o con autorización se opongan a que el gobierno gaste dinero en ellos en vez de mejorar las condiciones para quienes ya están en el país.
Pero no sólo los republicanos están descontentos con la administración de Biden. Incluso muchos liberales o independientes que generalmente votan demócrata han hecho firme su postura de que, en estas elecciones, ningún candidato es adecuado. En Nueva York, el descontento con ambos candidatos es palpable. Muchos votantes de izquierda rechazan a Harris por su apoyo al gobierno de Israel en su guerra en Palestina, que ha cobrado la vida de decenas de miles de civiles y desplazado a cientos de miles más.
Desde los ataques del 7 de octubre de 2023, Estados Unidos ha entregado a Israel más de 50 000 toneladas de armas y 12 500 millones de dólares. Esto llevó a algunos demócratas a votar por un tercer partido o a no votar, lo cual benefició a Trump. Muchos jóvenes creían que si Harris perdía, el Partido Demócrata se vería obligado a reconocer la importancia de atraer a los votantes de izquierda en el futuro.
***
En mi siguiente parada, el edificio de Fox News en Midtown Manhattan, encontré una protesta propalestina, cuyos asistentes criticaban a ambos candidatos. Cientos de personas, con banderas palestinas, símbolos comunistas y pancartas denunciando al gobierno estadunidense como genocida, se plantaron en la esquina del edificio. Mientras tanto, al otro lado de la calle, se congregaron al menos veinte personas con gorras de MAGA y banderas estadunidenses e israelíes.
Entre cantos antifascistas, un manifestante portando una kufiya, quien se presentó como DJK, me dijo que ambos candidatos eran una mala opción, pues, ganara quien ganara, el statu quo sobre Palestina seguiría igual.
“Creo que no votar por Kamala ejercerá presión sobre el Partido Demócrata”, me dijo DJK. “Es un partido que ha intentado parecer más cercano a la gente, cuando en realidad lleva un pensamiento conservador similar a los republicanos. No votar por Harris enviará el mensaje de que, si los demócratas no actúan y se realinean, entonces van a perder el voto de la Generación Z”.
Después de un rato, caminé unas cuadras hacia el Rockefeller Center, donde la cadena televisiva MSNBC transmite su cobertura electoral en pantallas gigantes. Aquí, gente de ambos bandos se reunió para seguir los resultados de cada candidato en los diversos estados y la conformación del Congreso. Era un espectáculo: las banderas de distintos países que rodean la pista de hielo del Rockefeller fueron reemplazadas por banderas estadunidenses en una aparente muestra de unidad; decenas de lámparas iluminaban la fachada de rojo, blanco y azul.
Después del atardecer, a medida que cada vez más estados se pintaban de rojo en el mapa, los simpatizantes de Trump celebraban cada victoria con cada vez más entusiasmo, mientras el resto de los presentes mostraba una mezcla de emociones; algunos reían, otros se comían las uñas y otros más deambulaban de un lado a otro, como si no pudieran estarse quietos.
Entre quienes se comían las uñas estaba el Dr. Maurice Wright, el médico jefe de New York City Health and Hospitals, una agencia del gobierno local con sede en Harlem. El neoyorquino afroamericano, nacido en Manhattan hace 64 años, me dijo que había dedicado su vida a cuidar de algunas de las personas más vulnerables de su comunidad, cosa que, a decir suyo, Trump no era capaz de hacer.
“Estoy cien por ciento detrás de Kamala Harris por muchas razones”, me dijo. “Pero la principal es que Donald Trump, para mí, no está calificado para ser presidente. Representa lo peor de la humanidad. Es un racista. Es un imbécil absoluto. Y creo que saca lo peor de algunas personas. Y estoy esperando y rezando para que este sea su final”.
Para Maurice, hijo de inmigrantes jamaiquinos, y que a pesar de su edad se notaba saludable y elegante con un saco negro y camisa, Nueva York —y Estados Unidos en general— fue construido por migrantes. Me dijo que no entendía cómo era posible que millones de sus vecinos, incluidos algunos inmigrantes, votaran por Trump. Su mayor preocupación era el daño que otros cuatro años bajo el republicano podrían causarle a las minorías en el país.
“Voy a estar muy decepcionado y triste si gana Trump”, dijo Maurice. “Lo siento por aquellos que realmente necesitan ayuda, porque no creo que vaya a llegar. Porque las mujeres están en problemas. No veo a las mujeres consiguiendo, en mi vida, el tipo de derechos que se merecen”.
***
Esta elección no sólo afecta a la población estadunidense, también definirá la política exterior del país más poderoso del mundo. Durante la campaña, Trump declaró que, de resultar electo, dejaría de financiar a Ucrania en su guerra contra la invasión rusa, que apoyaría a Israel para acabar con Hamás y con la resistencia Palestina en general, que reduciría la contribución estadunidense a la OTAN y que impondría tarifas a las importaciones para blindar la economía de su país de la competencia con el extranjero.
Las consecuencias internacionales de la elección estadunidense le preocupaban a Paul Hunt, un profesor y sacerdote anglicano que en su país, Reino Unido, apoya al Partido Liberal Demócrata. Me dijo que viajó a Nueva York junto con algunos colegas para atestiguar las elecciones. “Creo que una victoria de Trump tendría graves implicaciones para Europa y para la democracia […], Reino Unido siempre ha tenido una buena relación con Estados Unidos, pero si ellos no están interesados en Europa, es malo para nosotros y el continente en general. Así que si Trump gana, es un paso hacia el aislacionismo”.
También estaban de visita en la ciudad Ikram y su hija Dhanya, procedentes de Dallas para celebrar el cumpleaños catorce de ésta última. Ikram, originaria de Etiopía y con el pelo chino envuelto en una coleta alta, quería mostrarle a su hija la importancia de la unidad en una democracia. A decir de su madre, Dhayana, quien optó por tener sus chinos en un afro, tenía mucha más esperanzas que ella de que Kamala ganase las elecciones; a pesar de que con cada hora que pasa los votos favorecían más a Trump, la joven seguía sintiéndose optimista. Ikram, por otro lado, estaba preocupada, ya que esta elección sería crucial para el futuro de su hija.
“Son unas elecciones muy importantes para la salud de las mujeres, para sus derechos reproductivos”, me dijo Ikram. “Tengo una hija que necesita poder decidir sobre su salud. Este es un país de oportunidades, y con Trump en el poder, con el odio que vomita sobre cualquier tipo de inmigrante… No es proamericano; él está en contra de la diversidad de nuestro mundo”.
Justo en ese momento, a la una de la mañana, las televisiones gigantes anunciaron que Trump había ganado el estado de Georgia, uno de los battleground states del sistema electoral estadunidense, en el que el voto popular importa mucho menos que el balance de fuerzas en el Colegio Electoral, con lo que quedaba más cerca de la Casa Blanca. En respuesta, los simpatizantes del repúblicano estallaron en gritos y aplausos, ante el silencio atónito de los demócratas. Dhanya, sin embargo, no había perdido la esperanza. La joven me dijo que, a sus catorce años, ya entendía las repercusiones que esta elección tendría en su adolescencia y en sus derechos reproductivos.
Para la una de la mañana, a pesar de que algunos estados clave seguían contando los votos, la victoria de Trump era inminente. Mientras más tiempo pasaba, las sonrisas y las caras de angustia de quienes apoyaban a Harris se convirtieron en lágrimas e incredulidad. Poco a poco, sabiendo que los comités electorales de los distintos estados suelen tardar varios días en declarar a un ganador, la gente empezó a desalojar la plaza de Rockefeller Center para irse a dormir.
Hice lo mismo. Al subirme al metro de camino a mi departamento en Harlem, no pude evitar pensar en que Trump acababa de ganar la presidencia otra vez. Tras cinco años en Estados Unidos, no me sorprendía la cantidad de votos que estaba recibiendo; era un escenario que consideré desde hace meses, aunque prefería no admitirlo. El Partido Demócrata le falló a la izquierda, abandonando las causas progresistas para apaciguar a unos hipotéticos votantes centristas. Temas tan importantes como los derechos de las personas transgénero, la autodeterminacion del pueblo palestino y la protección del medioambiente fueron relegados a segundo plano. Ante un partido que no daba paso a una agenda joven, progresista y con nuevas ideas, los resultados de la elección eran de esperarse —pero aun así dolían. El statu quo estaba para quedarse: no existía una tercera opción.
***
A la mañana siguiente, todas las personas con quienes hablé despertaron en un país diferente del que vivían hasta la noche anterior: Trump resultó electo como el presidente número 47 de Estados Unidos. Además de ser el primer republicano con posibilidades reales de ganar el voto popular en veinte años, será el segundo líder en la historia de su país en gobernar por dos períodos no consecutivos, (el primero, Grover Cleveland, gobernó de 1885 a 1889 y de 1893 a 1897). Los candidatos de su partido, además, ganaron una mayoría en el Senado y probablemente en la Cámara de Representantes.
Aunque Harris obtuvo la mayoría de los votos emitidos en el bastión demócrata de Nueva York, el margen de la victoria demócrata en la ciudad fue el más pequeño desde las elecciones de 1988. De hecho, los resultados de Trump en casi todos los estados fueron mejores que en las otras dos elecciones en las que ha competido.
Las causas de este giro hacia la derecha a lo largo y ancho de Estados Unidos serán objeto de debate hasta el cansancio en los próximos meses. De lo que no cabe duda, sin embargo, es que el Partido Demócrata fracasó a la hora de capturar los deseos, necesidades y aspiraciones de su base progresista y liberal. Harris consiguió millones de votos menos que Biden cuando éste último compitió contra Trump en 2020, lo que sugiere que una parte importante del electorado estadunidense desaprueba al Partido Demócrata.
El tiempo dirá qué le espera a Estados Unidos y al mundo a lo largo de otros cuatro años de Trump, pero es obvio que el conservadurismo y las ideologías de derecha están más arraigadas que nunca entre muchos estadunidenses. Mientras que el Partido Demócrata siga fragmentado entre una nebulosa de movimientos de izquierda que abarcan desde Black Lives Matter hasta los Democratic Socialists of America y una nomenklatura de centro-derecha, sus candidatos tendrán dificultades para derrotar incluso a un hombre que tendrá que planear el inicio de su segundo gobierno mientras espera a que un juzgado de Nueva York dicte su sentencia luego de encontrarlo culpable de dos docenas de cargos criminales.
Andrea Valeria Diaz Tolivia
Periodista en temas de ciencia y política. Egresada de la Universidad del Sur de California y de la maestría en periodismo de la Universidad de Columbia. Ha reportado para Science Friday.