Confeccionar la política

Cortesía del Museo Metropolitan de Arte, 2025
Cortesía del Museo Metropolitan de Arte, 2025

Sentado en su escritorio, Roland Barthes abre una revista de moda y la suelta. Para hablar de ropa y prendas, las hojas impresas a color proyectan tres registros o estructuras distintas: tecnológica, icónica y verbal. Hay un sistema. Las revistas de moda tienen su lenguaje. La estructura tecnológica, o la prenda física, es la lengua madre. Su composición material, color, función práctica, el espacio que ocupa, aroma, todo se tiene que traducir y aplanar para imprimirse. La foto y la descripción —o la prenda imaginada y la prenda escrita en palabras de Barthes— son derivaciones desde la lengua madre para pasar de un registro a otro. La ropa pierde sus funciones de proteger y adornar el cuerpo para sólo significar; un entramado de significados estéticos y políticos más allá de la ropa “real”, signos que quien lee busca descifrar y capturar.[1]

Pero en su Système de la mode, Barthes no contempla la operación contraria: pasar de las palabras y las fotos a la prenda. ¿Se puede traducir un argumento o una historia en ropa? ¿Cómo se cifra el sistema de la moda en reversa, en pedazos de tela, cortados y unidos con hilo, sobre un cuerpo? ¿Se pueden confeccionar historias, argumentos, violencias, migraciones, rebeliones y política de los libros? ¿Rebelarse contra la moda es también un fashion statement, o es otra cosa, algo más profundo y elusivo?

Superfine: Tailoring Black Style”, la exhibición temporal en El Met que puso el tema de la Met Gala 2025, hace este experimento para mostrar el arte y la política de vestir el estilo negro en Estados Unidos. Curada por Monica L. Miller, profesora en Barnard College, y Andrew Bolton, curador del Costume Institute del museo, “Superfine” materializa la historia de la comunidad negra en Estados Unidos mediante ropa, cuadros, objetos e imágenes unidas por la política de vestirse con estilo. La exhibición tiene dos líneas narrativas superpuestas. Por un lado, traduce el argumento del libro de Miller, de 2009, en un recorrido material y espacial por las galerías: de las palabras a la prenda.[2] Por el otro, es un fashion show de moda afroamericana contemporánea. Maniquís color negro casi metálico visten prendas de diseñadores actuales que se entrelazan y, en momentos, se confunden con la narrativa histórica. No podía ser de otra manera. El logro de la exhibición está en borrar esas fronteras entre moda y estilo.

“Superfine” traza cómo el estilo —ese conjunto de decisiones y signos que en vestirse denotan individualidad, jugueteo, seriedad, moda y antimoda— desempeña un papel fundamental para el pasado y presente de los afroamericanos. Vestirse con estilo (stylin’ out) puede adoptar formas distintas, un traje de tres piezas hecho perfectamente a la medida, la última sudadera de Denim Tears, el traje de Django o el piano que trae colgado en la espalda Andre 3000. Pero inscrito en la historia de la comunidad negra en Estados Unidos, vestirse con estilo significa siempre algo más: resistencia, disciplina, tradición, creatividad. No se trata de gusto, dinero o de pertenencia. No es una mirada etnográfica o de historia social. La exhibición es una muestra del arte de existir y el oficio de rebelarse. Las chamarras alargadas de piel negras de los Black Panthers, el traje negro de Malcolm X o Martin Luther King Jr., el estilo Ivy League de Miles Davis. Sutil o espectacular, revolucionario o provocador, el dandy es “alguien que estudia más que nada cómo vestirse con estilo y elegancia”.[3] Que no se ajusta a lo que una moda dicte y mande. Trae lo contrario a un uniforme —y tiene sus causas.

Desde el inicio de la trata de esclavos, adornar el cuerpo y destacar ha sido una forma de resistencia. La desnudez de los cuerpos negros en venta en los mercados de esclavos reflejaba la deshumanización que sostiene la esclavitud. Se requería verlos como objetos para pensarlos y tratarlos como tales. Pero siempre hubo adornos que colgaban de cuellos, brazos y cinturas. Cuentas, pedazos de piel, listones, accesorios en apariencia discretos evocaban rastros humanos de autonomía y memoria. Son pequeños objetos que contienen mundos, historia, poder. Los traían de sus lugares, los cambiaban por lo poco que tenían, los atesoraban como asideros de vidas posibles. El contacto entre africanos, afroamericanos y europeos en el mundo transatlántico ofreció nuevos recursos y lenguajes sartoriales, estilos que se apropiaron y reinterpretaron de manera constante. Cautivos y libres buscaban, pues, prendas para distinguirse, para reafirmar su individualidad, para aferrarse a ese rincón de libertad que estaba (y se mantiene) siempre en disputa.

Por eso importa tanto el arte de vestirse. El intelectual W. E. B. Du Bois —brillante historiador y sociólogo, cofundador de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP por sus siglas en inglés) y autor del influyente libro The Souls of Black Folk— entendió pronto que la vestimenta es una rama más para hacer política. Como diplomacia cultural, señal de ciudadanía y disciplina, marcador de profesionalismo y estabilidad financiera, el traje bien hecho trabaja para la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Representar a los miembros de una comunidad bien vestidos, arreglados, con su estilo, no es capricho: es estratégico para la causa.

Du Bois aparece cuatro veces en esquinas de “Superfine”: 1: una foto en la que está perfectamente vestido, con sombrero y traje de tres piezas, en la Exposición de París de 1900. 2: un recibo por dos trajes de Brooks Brothers junto a una lista de lavandería (siete pañuelos, cinco camisas, once cuellos, cuatro sacos). 3: un pasaporte. 4: una pequeña fotografía en Nueva York, más viejo pero sonriente, perfectamente vestido con una túnica africana amarilla. Su presencia dispersa en las esquinas de la exhibición encierra un homenaje al intelectual que dedicó su vida y sus letras a una causa, a la lucha por liberar a su gente de violencia, discriminación, linchamientos y deshumanización. Sin miedo, sin guardarse un solo golpe. Honor a quien honor merece.

La tensión casi desconcertante entre historia y moda, entre haute couture y objetos cotidianos, desequilibra la narrativa de “Superfine”. No es un recorrido lineal o una historia de progreso, sino una muestra que obliga a ver y pensar en distintos registros. El diseño lo refleja. A pocos pasos de la entrada de una galería oscura, con luces que parecen estrellas, los posibles caminos se bifurcan. Estructuras negras levantan maniquíes y contienen otras obras mientras parten el espacio, lo dispersan. Parece de noche. Con unos pasos más, se pasa de contemplar el saco de un esclavo que alcanzó la libertad a una ostentosa montaña de maletas Louis Vuitton que pertenecían al primer director creativo negro de la marca, André Leon Talley. Vagar por la sala empuja a preguntarse de qué se trata todo esto. Y ahí está su acierto: historia y moda, estilo y política son –siempre fueron– la misma cosa. Más que “mírame”, estas prendas dicen “seguimos aquí”.

“Superfine” tiene, como todo lo estadunidense, un rincón mexicano. Dos dibujos de Miguel Covarrubias enmarcan un aparador de zoot suits, un estilo de traje con pantalones holgados, de cintura alta, con los tobillos ajustados. El saco es largo, las solapas se extienden sobre el pecho, y el corte ensancha los hombros casi exageradamente. La figura escandalosa del zoot suit se popularizó en Harlem en los años veinte, donde el joven Covarrubias rondaba bocetando y observando, hasta convertirse en símbolo cultural entre jóvenes de minorías raciales y clase trabajadora de los años cuarenta. Covarrubias dibuja con carboncillo a un joven afroamericano con sus hombros exagerados, solapas enormes que se cruzan y un sombrero que tapa la mitad de su mirada desafiante. Lo dibuja en el corazón de Harlem, la calle 135, donde su estilo estaba de moda, pero a pocas calles de clubes y bares que, por su color de piel, se hubieran reservado el derecho de admisión.

El rincón mexicano evoca pero no menciona los Zoot Suit Riots. En junio de 1943, soldados y navales blancos se dieron a la caza de mexicanos en Los Ángeles, California. Eran tiempos de guerra, y el exceso visual y material de los zoot suits que traían los pachucos les parecía un insulto. Detuvieron tranvías. Invadieron cines. Durante una semana, los cazaron en las calles y en los parques para golpearlos y quitarles eso que insultaba pero también señalaba orgullo, pertenencia, estilo: su ropa.[4] Como es tradición, la desnudez implicaba la victoria. Ninguna placa en la exhibición menciona los disturbios, pero esta historia está inscrita en ese rincón. Hay que voltear a México para escribirla.

Sentado en mi escritorio, abro el catálogo de la exhibición y lo suelto. Noto que, aunque parezca un ciclo que se repite de manera indefinida, la traducción de la prenda a la palabra y de regreso siempre produce algo nuevo. Pienso en que muchos de los dandys en “Superfine” no dejaron rastro histórico en los archivos, en memorias escritas, documentos. Quedan sus prendas, ecos del estilo y de su tiempo, que articulan otra parte del sistema de la moda. Y transcribo la historia de siempre: se veían diferentes, se vestían diferente, y esa mezcla de orgullo y rechazo se tradujo en violencia. Otro verano caliente en Los Ángeles.

Rodrigo Salido Moulinié

Leonard A. Lauder Fellow en el Museo Metropolitano de Arte y estudiante de doctorado en la Universidad de Texas en Austin. Es autor de El pasado que me espera: bosquejo de etnografía cinemática.

[1] Roland Barthes, Système de la mode, París, 1967.

[2]Monica L. Miller, Slaves to Fashion: Black Dandyism and the Styling of Black Diasporic Identity, Durham, Duke University Press, 2009.

[3] Monica L. Miller, Andrew Bolton, William DeGregorio y Amanda Garfinkel, Superfine: Tailoring Black Style, Nueva York, The Metropolitan Museum of Art, 2025.

[4]Kathy Peiss, Zoot Suit: The Enigmatic Career of an Extreme Style, Filadelfia, University of Pennsylvania Press, 2011. (Cualquier parecido con el presente no es mera coincidencia.)

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Publicado en: Vida pública