La propuesta presidencial por la que se postula al historiador Pedro Salmerón como embajador en Panamá ha suscitado un sonoro y generalizado rechazo. No es para menos: sobre Salmerón pesan cuantiosas acusaciones de acoso sexual, tanto de parte de las estudiantes de las universidades por donde pasó, entre ellas el ITAM, como de integrantes del partido en el que milita, Morena. A diferencia de lo que ha sucedido con otras decisiones controversiales del presidente, las voces que han salido en defensa del propuesto embajador son francamente tímidas y escasas. La condena al nombramiento incluye a sus compañeros de partido, excolaboradores, exestudiantes, grupos feministas en México y Panamá y, según ha dejado entrever, también a la cancillería panameña. Se trata, para todo efecto práctico, de un rechazo casi unánime.

Ilustración: Víctor Solís
Y sin embargo el presidente Andrés Manuel López Obrador ha insistido en la postulación y ha dicho que no piensa reconsiderar. Esto resulta curioso, pues Panamá no ocupa un lugar prioritario en la política exterior de esta administración, ni tampoco se conocen nuevas razones geopolíticas para que sea indispensable contar con un enviado de la mayor confianza presidencial. Conocemos que el presidente, a pesar de su discurso grandilocuente, es en última instancia un pragmático con un agudo olfato para las decisiones estratégicas, que con frecuencia ejecuta con gran cálculo y desapego. Por ese motivo, además de indignación, en este caso la elección del mandatario despierta una profunda curiosidad ¿Qué está ganando? ¿Por qué lo hace?
La curiosidad se hace aún más grande si recordamos que Salmerón ya fungió como funcionario público en esta administración, con resultados desastrosos de los cuales el propio presidente tuvo que recular. Salmerón fue Director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), cargo al cual tuvo que renunciar en medio de una fuerte polémica apenas diez meses después de su nombramiento y antes de que se le conociera logro alguno. En esa ocasión, el presidentelamentaba la renuncia y agregaba: “…pero al mismo tiempo también considero que hay que evitar la confrontación, hay que ir al cambio por el camino de la concordia […] Yo me he tenido que autolimitar mucho, no saben cuánto, pero tenemos todos que hacerlo porque así lo requieren las circunstancias y porque vamos bien, se va avanzando sin confrontación, sin desgastes”. Hoy que el mismo funcionario desata otro escándalo la estrategia es la contraria. ¿Por qué?
Aventuro una hipótesis para entender ésta y algunas de las decisiones más incomprensibles del presidente. No es simple testarudez ni un rasgo de personalidad. Es un intento deliberado de monopolizar por completo el ejercicio del poder para ocupar sin restricciones todo el espacio público.
El presidente sabe que en política la moneda de cambio más preciada es la palabra y que la forma más alta del poder del funcionariado es su capacidad de hacer y cumplir acuerdos. En una democracia los funcionarios y los gobernantes que adquieren poder independiente del beneplácito de sus superiores son aquellos que tienen la capacidad de cumplir con los acuerdos a los que llegan con sus interlocutores y con sus bases. Al hacer caer a sus funcionarios en contradicciones y al hacerlos tragarse sus propias palabras, el presidente los desacredita y les resta agencia y autonomía y, con ellas, la capacidad de crecer independientemente de su figura y de su sombra. Más importante aún, en un escenario de sucesión presidencial adelantada, las acciones del presidente hacen explícito que no existe una baraja de opciones para suceder su proyecto político; que no existen distintas versiones del futuro de la tal-llamada Cuarta Transformación, representadas en los diferentes liderazgos en contienda, sino que es la única versión que existe es la que encarna en Andrés Manuel López Obrador.
Pongamos un ejemplo. En septiembre de 2019, frente a la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, Marcelo Ebrard pronunció uno de los discursos mejor planeados que haya dado un funcionario mexicano, cosa notoria en una esfera política como la nuestra, donde los discursos memorables son más bien escasos. En el al inicio de su gestión como canciller, Ebrard establecía el eje programático de su cargo y lo conectaba de manera nítida con su trayectoria, sus convicciones y su visión de futuro: la nueva política exterior de México, anunció el funcionario, sería feminista. De poco sirvió el discurso: hoy en su Secretaría, en la casa de esa política supuestamente feminista, el presidente postula a un presunto acosador de mujeres. Con ello Ebrard pierde, además de una de sus bases más importantes, la credibilidad y el poder de convencer. Todo esto, sobra decirlo, de frente a una contienda por la nominación presidencial de su partido que se avizora muy cerrada.
No es la primera vez que el presidente usa esta estrategia. Fueron famosas las tres veces que AMLO hizo desdecirse a uno de los mejores y más promisorios miembros de su gabinete: Arturo Herrera, el antiguo secretario de Hacienda. La primera de estas ocasiones el presidente obligó al secretario a recular respecto a ciertas modificaciones en el destino de Dos Bocas; la segunda y tercera, sobre dos políticas públicas comunes a muchos gobiernos del mundo: el cobro de la tenencia vehicular y el aumento en la edad del retiro de pensionados. Herrera tuvo que tragarse sus dichos en la siguiente mañanera a la que asistió y, más adelante, aceptar la finta de un premio de consolación que supuestamente se le daría a su salida de Haciend, pero que resultó ficticio: una manera indigna para deshacerse de un funcionario que presentaba sólidos contraargumentos a los designios presidenciales.
Finalmente tenemos el caso de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, quien se ha asegurado de no abrir la puerta a la apariencia de incluso la más mínima contradicción con el presidente. Conocedora de los modos de López Obrador, Sheinbaum gobierna anticipando la voluntad presidencial incluso en los temas en los que podría definir una carrera autónoma y apegada a su trayectoria, como lo son el feminismo y el desarrollo sustentable. Sobre el tema de Salmerón dijo desconocer las denuncias que conoce todo el país y llamó a las mujeres agraviadas a probar sus dichos. Frente a la derrota electoral en la capital, puso al frente de la Secretaría de Gobierno —el segundo puesto al mando de la capital— a Martí Batres, uno de sus opositores en la contienda interna de Morena y uno de los cuadros históricamente más cercanos al presidente, cediendo así el espacio más importante para definir márgenes de autonomía.
Todas estas consideraciones nos recuerdan una conclusión teórica importante: ningún poder es más grande que el sometimiento gustoso de la voluntad. Según el filósofo británico Steven Lukes, el poder tiene tres dimensiones. La primera y más tenue se ejerce cuando se puede obligar a alguien a hacer algo contra su voluntad de manera coercitiva: en cuanto desaparece la coerción, desaparece el poder. La segunda forma se ejerce cuando se controla la agenda y así se establece el menú de opciones entre las que las personas pueden elegir. Pero la tercera y más fuerte forma del poder se ejerce cuando se somete y se subordina la voluntad y las opciones desaparecen, de manera que el único deseo de los subalternos es cumplir la voluntad del poderoso.
El presidente sabe perfectamente cuáles son las potenciales ramificaciones en las que su movimiento puede devenir en el futuro. Conoce muy bien a cada uno de los liderazgos que pudieran desarrollar una posición independiente dentro de la Cuarta Transformación. Sabe también que la mejor manera de nulificarlos es hacerlos caer en contradicción consigo mismos y con sus agendas. Esta movida deja a los posibles sucesores entre la espada y la pared: o bien abdican de sus convicciones más profundas, o bien se desnudan como impostores. En cualquier caso, el resultado es que los pretendientes renuncian a la posibilidad de definirse como entidades autónomas y acaban, gustosamente, subordinando su voluntad al mismo poder que los despoja de sus identidad y les arrebata un futuro sin dependencia. El único deseo que queda, como en la tipología de Lukes, es congraciarse con el presidente.
Al nombrar a un indeseable como Salmerón a un puesto diplomático, entonces, el presidente consigue evidenciar la abnegada subordinación de sus cuadros y de sus posibles sucesores, así como demostrar que no existe concepción posible de su movimiento que no lo tenga a él como centro gravitacional y como horizonte.
José Ahumada Castillo
Analista político