
Mi primera memoria política es el asesinato de Luis Donaldo Colosio, un acontecimiento central de la llamada transición democrática en México y un momento crítico en el nuevo documental de Vix: PRI: Crónica del fin. Nuestra vida pública ha construido una mitología casi fundacional alrededor del atentado contra el entonces candidato presidencial priista; mito que persiste en este programa. ¿El nuevo documental desmitifica la historia reciente del PRI?
Considero que no. Más bien renueva la narrativa que sostiene ese y otros mitos sobre el antiguo partido oficial. Denise Maerker y su equipo proponen, en cinco capítulos, una nueva narración de una historia ya contada, centrada en personajes que consideran importantes para entender este periodo. Sin embargo, son las personas que no entrevistaron las que revelan más del documental, pues los políticos participantes son los mismos que hemos escuchado hablar hasta el cansancio sobre nuestra historia reciente.
Participan priistas como Carlos Salinas de Gortari, Beatriz Paredes, Dulce María Sauri, Elba Esther Gordillo, Enrique Peña Nieto, Roberto Madrazo y Manlio Fabio Beltrones. A ellos se unen Francisco Labastida, Augusto Gómez Villanueva, Pedro Joaquín Coldwell y Heriberto Galindo, actores secundarios de la historia. También están los opositores de siempre: Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Diego Fernández de Cevallos y Vicente Fox, acompañados de Federico Arreola (convertido en una especie de “colosiólogo” en los últimos años), y especialistas como Rogelio Hernández Rodríguez, Carlos Elizondo, Alberto Arnaut, y opinólogos Juan Villoro y Sabina Berman.
El pase de lista no es gratuito y destaca mi principal crítica: ¿cuál es la novedad de entrevistar a los mismos personajes sobre los mismos temas? Entiendo su atractivo bajo la expectativa de que, ahora sí, digan algo que confirme o niegue algún prejuicio existente de nuestra historia política reciente. Sin embargo, su única aportación es reiterar los puntos centrales sobre esta historia, concentrada en la decadencia del PRI y su lugar en la democratización mexicana.
El documental parte del mito fundacional de la transición: tras el despilfarro de los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo, la crisis económica obligó a un cambio de modelo acompañado de una nueva generación de políticos: los tecnócratas. Las políticas de ajuste y recorte al gasto, punto de partida del modelo neoliberal, no sólo generaron rechazo entre la población, sino una fractura al interior del partido gobernante. El surgimiento de la Corriente Democrática, en las vísperas de la elección presidencial de 1988, permitió el ascenso de Cuauhtémoc Cárdenas como candidato de la oposición, representando el viejo nacionalismo revolucionario desde la izquierda.
Más que poner el foco en las discusiones internas del partido para comprender cómo fue posible una fractura, o incluso en vincular a este grupo dentro del gran marco social de la crisis económica de la segunda mitad del sexenio de Miguel de la Madrid, el documental repite la narrativa conocida. Ni el material de archivo ni las entrevistas aventuran una interpretación o un argumento. Esta cuestión se repite a lo largo de los capítulos en otros momentos críticos como el asesinato de Colosio, la crisis de 1995, la pérdida de la mayoría absoluta en 1997 o la elección del 2000.
Mi segunda crítica: no hay una perspectiva sobre la vida organizativa del partido, ni de la relación del PRI con sus bases o liderazgos locales. Cada capítulo hace un pase muy superficial de las decisiones cupulares, con segmentos efímeros para mostrar alguna tensión en la vida partidista. En consecuencia, la caída del PRI parece una sucesión de eventos y decisiones que mermaron su poder y su posición, una cadena de errores incidentales y no un proceso complejo, largo y extenso de decisiones y acontecimientos donde la estructura, las bases y las dinámicas organizacionales se transformaron.
No es una exquisitez academicista señalarlo. El documental cuenta con especialistas como Rogelio Hernández o Carlos Elizondo para explicar de manera sintética y amena la importancia de esos elementos. En cambio, tenemos es una historia acartonada y desprovista del factor humano, donde lo único que importa es presentar una imagen solemne de los líderes en momentos críticos. Esto me lleva a otra pregunta que nunca responde el documental: ¿no hubo esfuerzos de las bases y liderazgos por mantener el partido a flote?
Mi tercera crítica está en la ausencia de los partidos de oposición en el documental –tener a Cárdenas, Muñoz Ledo, Fernández de Cevallos y Fox no compensa esto. Si la decadencia del PRI inició durante el sexenio de Miguel de la Madrid (y el documental señala bien el conflicto electoral tras la gubernatura de Chihuahua en 1986), eso significa que otros actores políticos debían ocupar los espacios que perdía el partido, no sólo en materia electoral. ¿Dónde están los panistas, las organizaciones populares de la Ciudad de México, el navismo de San Luis Potosí, por mencionar sólo tres actores emblemáticos de la época?
Lo mismo ocurre con cada coyuntura crítica que enfrentó el partido: nunca ofrece el lado de la oposición o los actores que se beneficiaban con la pérdida de poder del PRI. Esto es una cuarta crítica: pensar que la crisis del partido ocurría en una especie de vacío político, en un entorno estático con un partido ajeno a este entorno. El documental nunca indaga con sus entrevistados para conocer cómo reaccionaban y pensaban las circunstancias, ni muestra de manera clara si el partido entendía sus propias crisis como parte de ese entorno cambiante (si acaso el único momento es la respuesta a la crisis electoral de 1988).
Mi última crítica regresa a mi observación inicial, los no entrevistados: ¿dónde están Ernesto Zedillo, el presidente que encabezó la alternancia en el 2000, o Felipe Calderón, el presidente panista que entregó la presidencia de vuelta al PRI en 2012? En el caso del primero, la narrativa lo convierte en el villano de la historia, el artífice de la caída del partido por su desprecio a la institución y sus prácticas, pero nunca escuchamos su lado de la historia. Me parece una ausencia inexcusable. Por su parte, sin el testimonio de Calderón no podemos entender dos cosas: cómo fue posible el regreso del PRI con Peña Nieto en 2012 y la relación del PRI con los presidentes panistas, ni cómo persistió el priismo como oposición.
Los mitos son una parte integral de la política: nos permiten dar forma a los acontecimientos que sustentan la legitimidad del orden vigente. Mediante ellos nos contamos una historia que justifica dónde estamos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. La transición democrática es el mito que actualmente resignificamos ante el nuevo estado de cosas, y esta crónica del fin del PRI es parte de ese ejercicio. Sin embargo, poco abona a desmitificar y sí a reiterar un mito poco discutido. Bien valdría preguntarnos por qué insistir en esa narrativa sobre la decadencia del PRI, cuando podríamos aprender más al darle otra mirada. Eso quedará para otra crónica que, tal vez, se proponga dar lugar a nuevos mitos.
Armando Luna Franco
Estudiante de Doctorado en Ciencia Política en El Colegio de México