El estallido del 11 de julio en Cuba tomó por sorpresa a los analistas. Algunos residentes en la isla habían vislumbrado esa posibilidad, pero en el extranjero muchos quedaron boquiabiertos. Algo de razón tienen. Los acontecimientos políticos en Cuba parecían estar en el limbo: la sociedad cambiaba sin que esas transformaciones provocasen agitación. Ahora todo parece distinto, como si el 11 de julio hubiese despertado a Cuba de su letargo histórico. Es una impresión engañosa: hay cosas que cambian muy lentamente y necesitan de maduración para que den frutos. Luego de aplastar a los manifestantes, la cúpula dirigente no reformó nada en el Estado, el tipo de acción que seguiría a la desobediencia civil en un país democrático. Claro está, Cuba no es un país democrático, y aunque decirlo es una perogrullada, pocos se detienen a pensar qué implicaciones tiene para el cambio la naturaleza del sistema. En efecto, hay rasgos de la cultura política cubana que tal vez perpetúen prácticas autoritarias tras la caída del socialismo. Incluso, algunos son más antiguos que el socialismo.

Ilustración: Víctor Solís
En primer lugar está el efecto de las instituciones políticas sobre la conciencia colectiva de la sociedad. Al régimen cubano se le conoce por muchos términos; creo que el más apropiado es “postotalitario”, siguiendo la terminología de Juan Linz y Alfred Stepan en Problems of democratic transition and consolidation. Entre finales de la década de 1960 y 1990 era posible catalogarlo como “totalitario”. Este no es el lugar para una discusión a fondo sobre estas definiciones, así que me limitaré a anotar que en ambas categorías el Estado tiene un poder colosal, desconocido incluso en las naciones que experimentaron regímenes autoritarios, como México. Su efecto a largo plazo es el mismo: sociedades adormecidas, a las que se les ha inoculado el miedo a la libertad y a las que se les ha acostumbrado a obedecer. Los científicos sociales saben que las instituciones engendran hábitos en los grupos e individuos, pero se habla poco de la epopeya silenciosa de las instituciones de origen soviético, que han tallado la geografía espiritual del pueblo cubano durante sesenta pacientes y laboriosos años.
Los cubanos no tienen experiencia creando asociaciones civiles; tampoco saben cómo mantener viva la llama de la rebelión. Sin organización y liderazgo, las revueltas se apagan. La organización confiere a los individuos la fuerza del número; el liderazgo, claridad de metas y voluntad. Aunque las cosas han cambiado con el tiempo, la vida pública de los cubanos transcurre dentro del Estado, cuyos jefes son los únicos que realizan actividades políticas. ¿A qué me refiero? Entiendo por política el arte de hacer que unos hombres obedezcan a otros a través de la fuerza o de la razón. Poco importa si el poder lo ejercen las mayorías o las minorías, en ambos casos hay política: es decir, dominación de unos hombres sobre otros. La sociedad cubana nunca ha vivido ese momento placentero, del que pueden ufanarse otras naciones, que consiste en obligar a sus jefes a doblegarse. Ni siquiera en julio los mandamases de la isla hincaron la rodilla. Igualmente, las cabezas visibles del movimiento opositor nunca han gobernado, por lo que desconocen las responsabilidades del mando. Los adversarios del régimen tienen una experiencia rudimentaria de la política: apenas comienzan a develar sus secretos. La verdad es que, por el momento, el único sujeto político visible es la clase dirigente, aunque su monopolio comienza a derrumbarse.
Un segundo rasgo de la cultura política cubana es el personalismo. Nuestra devoción por los caudillos es antigua. El santuario de nuestra cultura está plagado de generales y líderes revolucionarios. Cada época eleva nuevos rostros al altar, ante los que tiemblan generaciones sucesivas de cubanos. Aquella nación venera a un abogado porque le dio leyes que hicieron más justa la convivencia; la otra levanta estatuas en honor de un poeta que aligeró con palabras las desdichas de su pueblo. Nosotros tenemos una legión de santos guerreros por cada poeta y abogado. Aunque toda glorificación es inútil: los hombres admiran a sus héroes, pero no los imitan. La exaltación de la fuerza por encima de la belleza o la inteligencia es el indicio de creencias profundas. Subrayo que esas creencias han sobrevivido a la colonia, la república y la revolución. El orden socialista llevó el personalismo a su cúspide y lo proveyó de libros, televisión y fotografías. Ningún otro caudillo cubano, excepto Fidel Castro, habría podido vanagloriarse de influir tanto y por tanto tiempo sobre su pueblo. ¿Cuál ha sido el efecto combinado de estas dos fuerzas, la subterránea de las creencias y la impuesta por la historia? Supongo que se complementan y nutren. La prueba no está dentro, sino fuera de la isla. En Estados Unidos, Donald Trump goza de popularidad entre la emigración cubana, buena parte de la cual anhela el regreso del magnate a la política. En España, muchos emigrados admiran el credo autoritario del partido Vox. En ambos casos, la mayoría de sus devotos se formaron bajo el socialismo.
Me preocupa que la emigración escoja los peores ejemplos, aunque no me asombra: abandonaron Cuba, pero Cuba no los ha abandonado. Por otra parte, dentro de la isla queda una generación que comenzó a experimentar las irradiaciones de Occidente a fines del siglo pasado y para la que todo ha sido pobreza y sacrificio. Lo que saben de la armonía inquieta que distingue a las democracias liberales es apenas un vislumbre a través de internet. La entienden, pero no la han vivido. América Latina tardó doscientos años en levantar estos edificios democráticos que hoy vemos, mal apuntalados por la desigualdad y esa dolencia crónica de nuestros pueblos: el autoritarismo. La experiencia latinoamericana es una advertencia y un espejo ante el que deberíamos mirarnos, pero todavía creemos que se abrirán las alamedas hacia la tierra prometida. Irónicamente, es la misma actitud de la generación de 1959. Tal vez sea otra presencia del sistema que intentamos negar en vano.
Hay señales suficientes para atemperar el optimismo que provocó el estallido social del 11 de julio. Los analistas suponen, no tanto por lo que dicen si no por lo que callan, que esta revuelta es el signo de un renacer. Es cierto, pero sólo en parte. Ni siquiera las revoluciones sociales lograron barrer con el pasado y convertir en realidad las esperanzas de los pueblos que las protagonizaron. Tocqueville supo ver todo lo que había de la vieja Francia en la Francia napoleónica. Theda Skocpol llegó a la conclusión de que las revoluciones francesa, rusa y china habían continuado una tendencia implícita en la historia de esas naciones: el fortalecimiento del Estado a costa de la sociedad. Qué esperar de esta pequeña revuelta y de las que vengan frente a 60 años de autoritarismo y otros vicios más antiguos. Cuba se debe a sí misma un largo proceso de aprendizaje. Los intelectuales cubanos le debemos a nuestro país rigor en el análisis, aunque eso implique decir verdades incómodas. El tiempo pondrá cada opinión en su lugar.
David Corcho Hernández
Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México
Excelente análisis. Es verdaderamente difícil encontrar trabajos de este nivel sobre la situación cubana. Me congratula que lo haya hecho realizado un cubano que se prepara en una institución como el Colmex. Llama la atención que en los departamentos de estudios cubanos tanto de la University of Miami como de la Florida International University la producción ciéntifica sea tan escasa y, muchas veces tan retórica que cuesta trabajo creerlo. Quizá también sea muy complicado para el exilio cubano, avecindado en Miami, ir más allá de la caricatura de Otaola y de Eliecer Dávila. El sensacionalismo de AmericaTV es una verdadera ofensa a la inteligencia. Ojalá existan más cubanólogos cubanos que expliquen con mayor precisión, no sólo el déficit democrático y su falta de institucionalidad, sino sobre todo, la difícil transición postergada y que -esperemos no se siga elongando- en un ambiente de reconciliación nacional. Crucemos los dedos!!