Culiacán: las invisibles secuelas de un Jueves Negro

Todo ha cambiado en el fluir silente
del tiempo y de la vida que adelanta;
la provinciana paz es lapso muerto.

Sólo nos queda como encanto cierto
del aledaño mar, la voz que canta,
del sol occiduo, lumbre iridiscente.
—José Mena Castillo, “Culiacán”,  junio de 1951.

Hace dos años, el 17 de octubre de 2019, ocurrieron los hechos del llamado Jueves Negro en Culiacán. Los sucesos y su desenlace son ampliamente conocidos: el gobierno federal  capturó a Ovidio Guzmán, el hijo de “El Chapo” y en respuesta el narco puso bajo asedio la capital de Sinaloa, una de las más importantes del norte de México (he publicado enestas páginas dos escritos sobre el tema: uno en 2019 y otro en 2020). Desde entonces ,el estado de sitio ha continuado en un limbo más allá de la literalidad y, sin embargo, más acá de lo metafórico. El Jueves Negro fueun evento traumático que dejó secuelas en la psique y el imaginario colectivos y que sigue traduciéndose en sentimientos que van del temor y la psicosis a una convicción transgresora. Podría decirse que las franjas opuestas de la resignación y la re-signación (con guión) se ensancharon desde entonces en Culiacán.

Como era de esperarse, las primeras respuestas a la torpeza del operativo fueron las de la corrección política: “Tomamos decisiones para proteger a la población”, se declaró insistentemente. Así el gobierno federal eludió toda su responsabilidad en la marcha de los acontecimientos. Pero enseguida vinieron las consabidas convocatorias a la resiliencia: “Ninguna adversidad nos ha vencido jamás”, “Demostraremos al mundo de qué estamos hechos las mujeres y hombres de Culiacán”. En los días siguientes hubo reuniones con actores sociales y organismos cúpula, así como desplegados de los poderes del Estado convocando a la unidad para hacer borrón y cuenta nueva. Con todo, resulta importante registrar una genuina demostración de resiliencia: la marcha “Culiacán Valiente”: una concentración convocada por organismos civiles que reunió a poco más de 2000 personas el domingo 27 de octubre, a diez días del jueves fatídico, y después de la cual las cosas aparentemente volvieron a la normalidad. La resiliencia, se podría pensar, venció al “ocasional” infortunio.

No fue así. No ha sido así. En un estudio en curso, a propósito del denodado trabajo de las buscadoras de personas desaparecidas, la académica sinaloense Iliana Padilla ha comentado el doble filo de la convocatoria a la resiliencia cuando se hace desde el poder: “La gobernabilidad desde la resiliencia traslada la responsabilidad hacia los gobernados: acepta el desequilibrio como principio de la organización social, y antes que identificar las causas y atenderlas, espera que las sociedades se adapten a los costos”.  En el caso del Jueves Negro, algunos de esos costos, a cargo exclusivo de la sociedad, tienen que ver con lo que antes he llamado resignación y re-signación:el rendirse ante la tragedia y el resignificar esa tragedia como una transgresión.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

¿Cómo reaccionar ante la real pasividad gubernamental y su formal activismo por la resiliencia? También refiriéndose a la labor de las buscadoras de familiares desaparecidos, Claudio Lomnitz ha señalado la insuficiencia de la clásica relación del Estado moderno con el ciudadano indiferenciado. El estallido de mil vigorosas identidades y las problemáticas desprendidas de las desgracias privadas que se vuelven públicas (la desaparición de un familiar y el reclamo por su búsqueda, los ya naturalizados eufemismos de los “desaparecidos” o los “desplazados”) han cuestionado radicalmente los alcances de la acción pública estatal. Aquí no es necesario ir tan lejos: el Estado no se está haciendo cargo de la seguridad pública, esa hobbesiana tarea primaria del Leviatán. Una tarea que no se está haciendo ni en el frente del combate a la delincuencia ni en el de los “abrazos, no balazos”. Ni en Culiacán, ni en Sinaloa, ni en México se tiene conocimiento, no digamos de una política, sino siquiera de un programa de fortalecimiento del tejido social consistente, bien planeado, con fundamentos, referencias de lugar, historia, condiciones sociales, tradiciones transgresoras, tipo de conflicto que se enfrenta y causas de su configuración. No se puede abrazar lo que no se entiende, aquello con lo cual no tienes ningún lazo de empatía, a menos que se haga bajo la amenaza de los balazos.

Por esto y más, hay buenas razones para sospechar que la llamada resiliencia no ha sido más que pura y dura resignación. En la perspectiva de este ánimo social, después del 17 de octubre de 2019 lo único que ha ocurrido es una profundización de la resignación sumada a una acentuada predisposición a la psicosis social. Son extremos que se tocan. Hace unos cuantos días, a las cinco de la mañana del miércoles 13 de octubre de este 2021, quienes llegábamos a ejercitarnos a la pista conocida como “La Milla” en Culiacán, escuchamos una andanada de disparos de armas de fuego (algo, por lo demás, nada extraño) prácticamente a un lado nuestro en la colonia Chapultepec. Intercambiamos miradas, seguimos con nuestro trote un poco más nervioso y enseguida normalizado. Poco más tarde nos enteraríamos de que se había tratado del enésimo ataque a cámaras de videovigilancia urbana, una práctica que se ha convertido casi en un deporte delincuencial. Y sí, proseguimos con nuestras rutinas lo más tranquilamente posible, resignados.

Y está también, de la otra cara de la moneda, el extremo de la psicosis, como la que se vivió el 3 de diciembre de 2019 (en pleno ascenso de la “resiliencia”), cuando se corrió el rumor de que los enfrentamientos entre grupos armados en el sector nororiente de la ciudad, de los que ya se tenía noticia desde hacía una semana, se generalizarían. Inmediatamente se suspendieron clases y Culiacán se sumió en un silencio sólo comparable con el de la cuarentena obligada por la pandemia. No sin dudas, por mi parte, decidí asistir a la conferencia de Giovanni Levi programada a las cuatro de la tarde en el Congreso de Historia organizado por la Universidad Autónoma de Sinaloa. El historiador italiano asistió puntual y yo aproveché para responder, hasta donde pude, sus preguntas acerca de lo que estaba pasando, platicar de microhistoria e historia global y enterarme de que Primo Levi fue hermano de la madre de Giovanni: familias que si de algo han sabido (judíos y antifascistas en aquella Italia de Mussolini antes y de Lega Nord en estos años) es de resiliencia. La gente empezó a llegar dos horas después, tiempo suficiente para que el historiador italiano tomara notas y se llevara nuevas conjeturas de trabajo a su cubículo de la Universidad de Venecia. Resignación salpicada de episodios de psicosis: este es, sin duda, uno de los más gravosos costos que la gente seguirá pagando a  costa de su erario emocional y racional: somos una sociedad más susceptible a la psicosis porque la percepción de la vulnerabilidad y el riesgo se ha tornado epidérmica.

La otra re-signación, la que lleva guión, es la que alude a la profundización de otro signarse, de un re-signarse. Los que han dado otro significado a su paso por el mundo —atraídos por la lógica elemental del “no nacimos pa’ semilla” o  del “más vale una vida corta pero intensa que una vida larga en la fatiga y la precariedad”— tienen desde hace dos años una confirmación más de lo acertado de hacer de la transgresión y la violencia su forma de vida. Con buenas razones, entonces, algunos han dicho que esa franja de la población, sobre todo entre los jóvenes, se ha ensanchado. El Jueves Negro alimentó la épica de la violencia transgresora. Ingresos y prestigios rápidos, adrenalina incrementada por el acontecimiento destinado a su perdurable sedimentación en un imaginario alternativo: no pasa nada, podemos convertir a la ciudad entera en el escenario de nuestra transgresión. Nada ocurrirá.

Puede haber en parte auténtica resiliencia social. Lo que es cierto, sin embargo, es que aquel 17 de octubre Culiacán se signó, se resignó y se re-signó.

 

Ronaldo González Valdés.
Sociólogo y ensayista. Entre sus libros, Sinaloa: una sociedad demediada, Juan Pablos editores, 2008, y La cultura en Sinaloa. Narrativas de lo social y la violencia, H. Ayuntamiento de Culiacán, colección Palabras del Humaya. Su último libro publicado es George Steiner. Entrar en sentido, Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, 2021.

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Publicado en: Seguridad