I
La Comisión para el Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el Impulso a la Justicia de las violaciones graves a los derechos humanos cometidas de 1965 a 1990 deberá entregar un informe en septiembre de 2024.1 Es probable que tal compromiso pase desapercibido en un ambiente saturado de informaciones crudas y comentarios al viento (esos elementos identitarios de nuestra esfera pública). Incluso el día a día del subsecretario de Gobernación, Alejandro Encinas, y de los comisionados, los actores institucionales de esta saga, tiende a ocultar un compromiso datado para fijar la posición y las responsabilidades ético-políticas y jurídicas en relación con una época aciaga.
Investigo aspectos de la llamada guerra sucia mexicana como parte de mis indagaciones e intereses como académico de El Colegio de México. En principio supuse que continuaba dos proyectos previos, ya publicados como libros: una historia de los Juegos olímpicos y del movimiento estudiantil de 1968, primero, y un ejercicio historiográfico y de interpretación sobre las izquierdas mexicanas en los últimos cien años, en seguida.2 La premisa resultó correcta sólo en parte. Son reconocibles las continuidades en los modos represivos y autoritarios del gobierno mexicano, de una parte, y de ciertos patrones de comportamiento de las disidencias políticas, en una historia que va más allá de la década de 1970 (en la cual solemos encapsular, no siempre con tino, la guerra sucia). Pero es verdad, y quizá es más verdad, que el periodo de la guerra sucia se recorta de otras etapas de la historia mexicana del siglo XX.
Mi consulta de documentos policiales y militares, informes oficiales, memorias, crónicas y testimonios, y de una insospechada (para mí) masa de trabajos académicos ha desembocado en una intuición: a la guerra sucia hay que entenderla como una constelación (a la manera de Walter Benjamin). Una constelación en el firmamento tiene existencia objetiva porque las estrellas la tienen, pero la figura reconocible, la que dotamos de sentido, cambia de forma según la dibujemos, según nos movamos en la noche y según, claro está, nos satisfaga o no nuestro inventario de símbolos. De entrada, pareciera que no tenemos más que un bestiario para representar en ese cielo. Me pregunto cuál es la representación legítima de la constelación “guerra sucia”. Ni idea; lo que sé es que en el informe de la Comisión de septiembre de 2024 se articularán dos cosas en un constructo problemático y de muy difícil manejo público: una historia como un entonces y una historia como un ahora.
Asumo que mi trabajo como profesional que enseña y escribe historia pagado por el Estado mexicano es sencillo e inocuo en comparación con las limitaciones materiales, presiones políticas y las prisas que rodean el trabajo de la Comisión. Por lo demás, que esta Comisión sea la más reciente de su tipo en América Latina dice mucho de las peculiaridades de nuestro arreglo transicional: un pacto cupular sin sanción en las urnas en el que la normalización de la competencia político electoral subsumió o difuminó otros componentes estructurales de una transición política (que duró la friolera de cuarenta años y murió en 2018). Entre estos componentes destaca una narrativa patrocinada por el Estado para medir los costes humanos de esa normalización.

II
La Comisión debe restaurar no una realidad (¡Dios nos libre!), sino sus condiciones de posibilidad, su inteligibilidad política, material, ética. “Recuperar”, “restablecer” es restaurar, dice el Diccionario del Español de México; “recuperar”, “recobrar” es restaurar, dice el Diccionario de la Real Academia. Restaurar es hacer legible desde el presente un documento, un edificio, un objeto, un proceso del pasado en los cuales tanto el tiempo como la acción de los hombres han hecho mella a tal grado que ya es irreconocible en su forma y función. El programa de una restauración pasa de largo, sin solucionarla porque es irresoluble, la dicotomía memoria e historia; ambos términos quedan en su lugar, creo, intersecados, pero no confundidos. En el contexto mexicano parece indudable el predominio de la memoria hoy por hoy, y quizá no podría ser de otra manera; pero una mirada atenta a la literatura exhibe rápidamente los peligros (jurídicos y políticos, en especial) de no reconocer la naturaleza epistemológica y ética distinta de historia y memoria. Se camina hacia la verdad y se camina hacia la justicia por veredas que se entrecruzan, se acercan y se alejan pero que son eso: dos veredas distintas.
Imagino cinco restauraciones como resultado de los trabajos de la Comisión (mi ejercicio es un acto arbitrario, aunque, diría, argumentado).
- Una restauración legal que permita entender el funcionamiento del Poder Judicial, en actos y omisiones (voluntarias e involuntarias), durante la guerra sucia. Se trata de detectar el comportamiento de ministros de la Corte, magistrados, jueces, ministerios públicos. Pero también se trata de esclarecer la naturaleza de los delitos cometidos por los disidentes armados. Sería irrelevante una restauración de ese periodo y ese fenómeno sin el inventario de omisiones y delitos, y sin entender a los actores en contraste, tan dramático como sea necesario, con las leyes vigentes.
- Una restauración política que identifique las voluntades que concurrieron en la violación de leyes por parte de la autoridad; en el inmovilismo irresponsable e injustificado del sistema político en la primera parte de la década de 1970; así como en la planeación, ejecución y encubrimiento de la violación de derechos. A su vez, debe enunciarse políticamente la comisión de crímenes por los disidentes, como el homicidio y el secuestro, delitos perfectamente tipificados en los códigos de la época.
- Una restauración ética que defina los dilemas valorativos que trataron del bien, la justicia, la democracia, y de los costos de hacer o no hacer, esto es, de las responsabilidades públicas. Los mantras usuales en estos casos, en México y en otras latitudes, como “había que salvar a la patria” o “no había otro camino” deben ser probados en un ejercicio estricto (y doloroso) de argumentaciones y contrargumentaciones. No se puede legar al México de hoy una historia cerrada y sin salidas, en la cual hombres y mujeres tenían tatuado a fuego su destino.
- Una restauración emocional que abra la puerta al duelo, al reconocimiento y a la dupla crítica-autocrítica. Que no se entienda mal, pero sería deseable en muchos casos pasar de un modo luctuoso a un contacto directo y no mediado con la pérdida, la ausencia y la carencia. Lo que quiero decir es que no se trata de escenificar, de ejecutar una performance, sino de estar ahí, de verdad, en serio.
- Una restauración narrativa que permita recuperar el valor de las palabras, trascender los clichés tanto en los vocabularios como en los estilos de narrar, superar el desdén de ideólogos y pitonisas, aceptar la pluralidad de voces y juicios, reposicionar lo que significan esas experiencias de pérdida y esa sensación, quizá incomunicable, de catástrofe personal y colectiva de las víctimas.
Mi trampa, o la trampa de todo esto, es que la Comisión (ninguna Comisión) podría alcanzar todo lo aquí propuesto; pero puede andar el camino. Otra historia es la de los públicos: involucrados, testigos, herederos, gobernados, gobernantes, medios, lectores. Algo nos tiene que decir todo esto.
Ariel Rodríguez Kuri
Académico en El Colegio de México
1 Ver el decreto respectivo en el Diario Oficial de la Federación de 6 de octubre de 2021.
2 Véanse Ariel Rodriguez Kuri, Museo del universo. Los juegos olímpicos y el movimiento estudiantil de 1968, México, El Colegio de México, 2019 e Historia mínima de las izquierdas en México, México, El Colegio de México, 2021.