De la inexistencia de la historia oficial y sus consecuencias

Un libro de texto de historia (o que haga referencia a ella) no hace una historia oficial como un libro de español o uno de matemáticas no hacen una lengua ni unas matemáticas oficiales. Esos libros son programas que se cumplen, se ilustran, se ensayan; son medios, exitosos o fallidos, según cumplan sus funciones en el México democrático y republicano: educar niños, niñas, adolescentes que podrán autogobernarse en el futuro y cambiar (o no) una nación, tal como se los demanden su sensibilidad o necesidades. Para aclarar el punto: un libro de texto de historia (o que refiera a la historia), de distribución gratuita y masiva en las escuelas, producido por el gobierno, no es historia oficial, no en México.

Ilustración: Ricardo Figueroa
Ilustración: Ricardo Figueroa

Más todavía: eso que se da en llamar “historia oficial” no existe entre nosotros. No la hubo en todo el siglo XX y no existe hoy día. La idea infamante de una historia oficial proviene, ¡oh paradoja!, de las tres tradiciones ideológicas hegemónicas que han dominado el campo de la historia y su difusión, unas vetas axiológicas y metódicas robustas y de cabeza muy dura: la católica, la liberal y la marxista. Aunque una y otra vez se entreveraron, esos modos y esas sensibilidades han guardado su propia identidad. Eso sí, coincidieron (y contribuyeron), a principios de la década de 1970, a la profesionalización tumultuaria de la disciplina histórica. Y los personeros de Clío, ni tardos ni perezosos, erigieron jubilosos, en el centro de un ágora pública renovada y un tanto anémica, el ídolo de la historia oficial, ese tótem tan malvado e incognoscible que uno sospecha que no existe.

La historia oficial es el pretexto idóneo para la militancia soft de hace medio siglo y de ahora mismo. Uno se puede rebelar contra El Pípila, con la acusación tremenda de que en realidad no existió (como sostuvo Lucas Alamán contra Carlos María de Bustamante); se puede argumentar que Juárez era proyanqui o marxista para bajarlo de su pedestal de héroe fundante; se arguye que Madero vino financiado por las compañías petroleras estadunidenses para no decir que inauguró la política moderna mexicana; o que Villa era sólo un matón sin considerar que, al mismo tiempo, los Estados mayores alemanes, franceses, ingleses y rusos medían sus bajas en la Gran Guerra en decenas de miles (en sólo unas horas, como en las batallas del Somme y Verdún). Es más, hay quien dice que los gobiernos posrevolucionarios eran muy reaccionarios porque promovieron el capitalismo.

Las historias serias, científicas, sesudas han subido a la piedra sacrificial una historia hecha a modo, que nadie sabe quién escribió, cómo surgió ni para qué sirve: ¿para rebelarse, si fuera el caso, o para obedecer? Hidalgo, Morelos, el Pípila, los Niños Héroes, Juárez, Madero, Zapata, Cárdenas están en el panteón de los héroes; lo que no es claro es quién los puso ahí: ¿los gobiernos, vox populi, los maestros, el espíritu santo? Las tradiciones católica, liberal y marxista (en realidad, ellas sí las tradiciones “oficiales” de la historia mexicana, aunque ninguna es cabalmente “estatal”) podrán dar las razones de ese panteón; lo que nunca han explicado es el cómo de semejante éxito, de ese equilibrio inestable y por momento claudicante que reúne un catolicismo políticamente ultramontano, un liberalismo casi doctrinal y una versión afortunada de la revolución social moderna. Que nadie diga que no es interpelado por el panteón nacional.

No hay historia exhaustiva, total, que registre todos y cada uno de los gestos y pensamientos de las sociedades. Elegir procesos y hechos con un sentido preestablecido y explícito, o bien con unos supuestos discretos, callados, y narrarlos, es hacer historia. No hay hechos mayores o menores para una buena narración; no hay tampoco hechos suficientemente buenos o malos para decretar su presencia o ausencia en una historia in pectore. Al elegir lo relevante, los historiadores omitimos por default. Algo similar ocurre con las naciones y hasta con la humanidad: para narrar son obligatorias las omisiones y útiles los olvidos. En cualquier historia los retazos y atisbos dejados en el camino son muchos, miles, millones.

Pero un olvido o una omisión voluntaria no se desvanece en el transcurrir del tiempo, como una huella en la arena húmeda. Lo que el psicoanálisis llama el regreso de lo reprimido suele pasar facturas costosas. La ausencia de una presencia desata procesos que nos llevan a revivir el olvido o la omisión, pero de una manera dolorosa y sin saber bien a bien qué estamos recordando y por qué (el famoso acting-out). Por eso enunciar en voz alta, incluso con la torpeza que hoy caracteriza el debate público sobre lo que es dable recordar en México, es mejor que un silencio vacío, comatoso, cobarde. No hay tal cosa llamada polarización; hay pereza y miedo por trascender el pasado, esa carga infame.

 

Ariel Rodríguez Kuri
Académico en El Colegio de México

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Publicado en: Política