
La crisis de la mediana edad conlleva, entre otras cosas, la urgente necesidad de recuperar algo que no siempre se sabe nombrar: vitalidad, sentido, o quizá sólo un poco de aire fresco. Para muchos, ese algo parece encontrarse cuesta arriba, literalmente. Así, subir montañas se vuelve una forma aceptable —incluso prestigiosa— de escapar de rutinas asfixiantes, de probar que no todo está perdido y que todavía se puede sudar por gusto y no por ansiedad.
Hace algunos meses, en este mismo espacio, escribí sobre cómo el problema no era el pádel, sino todo lo que orbitaba en torno a su práctica: los rituales sociales, el fantochismo y la promesa de pertenecer a un club sin importar la destreza. Hoy, en una ruta distinta pero no tan lejana, me detengo frente a otra moda creciente, aunque con un cariz místico: la de los montañistas y los trepacerros.
Confieso que desde inicios de año comencé a incursionar en este mundo. Nunca he sido muy ducho para los deportes. Me hubiese encantado poder dominar el balón, ganar carreras o encestar con elegancia, pero la vida me ha llevado por otros caminos, unos más pasivos, quizá también más sabrosos como el del pan dulce, las garnachas y el noble arte de repetir plato. Mi biografía corporal está escrita más en fondas que en canchas deportivas.
Pero todo por servir se acaba, y el cuerpo empieza a mandar señales, a veces sutiles, otras más dramáticas, de que ya no tolera tanta inercia con la misma destreza de antes. Subir escaleras se convierte en un desafío, amarrarse las agujetas implica contener la respiración, y uno sospecha que no es normal sentirse cansado después de comer.
Con el diagnóstico de colesterol alto y un dolor en la rodilla que se hacía notar cada vez más, llegué, en primera instancia, al “club del bajo impacto”: bicicleta estacionaria, elíptica, caminadora… Un desfile de máquinas diseñadas para simular movimiento sin necesidad de paisaje. Me resigné al gimnasio con la esperanza de mejorar mi salud, pero también con la sensación de haber ingresado a un mundo paralelo, donde cuerpos sudorosos se miran al espejo y cargan pesas al ritmo del reguetón.
Aunque agradezco que dicho lugar me dio una rutina, lo cierto es que algo faltaba. Así, llegué al senderismo casi por descarte, más bien con la convicción de que, a mi edad, no pretendo convertirme en atleta tardío, sólo estar un poco mejor que ayer. Y aunque me costó admitirlo, descubrí que poner un pie delante del otro, cuesta arriba, podía ser también una reconciliación: con el tiempo, la gravedad, lo inevitable. Caminar así, sin prisa pero con propósito, fue la manera más sensata que encontré para hacer las paces con mi cuerpo.
De esa manera comencé a subir cerros en compañía de mi mejor amigo. He descubierto que hacer esta actividad con alguien se vuelve fundamental para verbalizar ideas, compartir motivaciones o para ayudar ante accidentes. La idea del You’ll Never Walk Alone es, quizá, una de las mayores virtudes de esta actividad, pues si bien la verdadera caminata es con uno mismo, recorrerla al lado de otra persona le da ritmo y contención al trayecto. No se trata de competir ni de llegar primero, se trata de acompañar y ser acompañado, de saber que en un mundo donde la autosuficiencia se valora casi como virtud absoluta, caminar a un paso que no es el de uno mismo puede ser una forma de resignificar la amistad.
Empezamos por lo fácil, rutas sencillas que no exigían más compromiso que madrugar, soportar algo de frío y confiar en la promesa de una vista espectacular en menos de tres horas. Y poco a poco, entre respiros entrecortados y pausas estratégicas disfrazadas de contemplación, fuimos sumando cerros con el objetivo de prepararnos para algo más exigente. Lo que comenzó como un reto físico se fue convirtiendo en una práctica de acompañamiento: subir, conversar, observar, callar, bajar.
En Cien años de soledad se lee: “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. Me niego a aceptarlo como única posibilidad. La soledad tiene sus méritos, pero hay algo profundamente humano en compartir el esfuerzo. Subir (o envejecer) acompañado no hace el camino menos duro, pero sí más llevadero.
Hace tiempo, en un documental, un montañista experimentado afirmó que a la montaña no se va por diversión ni para pasar un buen rato; se va por algo más, por algo no resuelto. Uno sube en busca de respuestas, aunque no tenga claras las preguntas.
En mi caso, la decisión de comenzar a trepar cerros no respondía a ninguna pretensión épica. No tenía la intención de conquistar cumbres ni de poner a prueba mi voluntad; lo único que quería era averiguar si aquello podía llegar a ser, al menos, una actividad disfrutable. Para mi sorpresa, lo fue, aunque no en el sentido convencional.
No hubo placer físico: las piernas dolían, el aire escaseaba, el riesgo siempre estaba presente. Cada paso exige atención, cada tramo implica negociar con el cansancio. Sin embargo, hay algo estimulante en avanzar sin atajos ni distracciones, un tipo de entrega silenciosa que abre espacios para escucharse con una claridad que rara vez se encuentra. Eso de que el mayor esfuerzo en estas labores no es físico sino mental, lamentablemente, es un cliché muy cierto.
El Iztaccíhuatl, con sus 5,230 metros de altura, fue la cima alcanzada. Como la tercera montaña más alta del país, su cercanía con el Popocatépetl no es sólo geográfica, también es simbólica: juntos forman una de las duplas más emblemáticas del paisaje mexicano, envueltas en un relato de sacrificio y eternidad. Y es que la montaña siempre ha estado ahí, trasciende cualquier biografía, objetivo o proeza. Con una antigüedad estimada entre 1.09 y 1.7 millones de años, esta montaña nos recuerda la trivialidad de los logros y la fugacidad de las preocupaciones.
En momentos en los que todo parece urgente, en los que la vida se acelera entre notificaciones y pendientes, la montaña ofrece una forma distinta de estar en el mundo. Una forma de entender que existe un valor en lo que permanece, en lo que no exige inmediatez. Subir, respirar, mirar. Poder simplemente estar, sin expectativas de nada. Esa pausa contrasta con la inconsciencia con la que nos relacionamos con el planeta. Mientras desafiamos las alturas con construcciones desmesuradas, devastamos montañas, sobrepoblamos ciudades, deforestamos bosques y, en general, al evitar un estilo de vida más austero, dejamos de imaginar un mejor futuro.
El poeta Nicanor Parra, un adelantado a su época que vivió con la certeza de que no hay más canción que el transcurso del tiempo, escribió: “Buenas noticias: la Tierra se recupera en un millón de años. Somos nosotros los que desaparecemos”. En esa frase se condensa una verdad incómoda: no somos imprescindibles, y nuestros actos, por más grandilocuentes que se presenten, resultan insignificantes frente al valor intrínseco del entorno no humano.
Conviene recordar que Martha Nussbaum propone su teoría de las capacidades como fundamento de la justicia social, argumentando que una vida digna requiere ciertas condiciones fundamentales que deben ser garantizadas a todas las personas. Y que, precisamente, entre sus capacidades centrales está la de vivir con preocupación por y en relación con animales, plantas y el mundo de la naturaleza.
En ese sentido, el paisaje deja de ser sólo un espacio físico para comprenderse como una relación ética con lo vivo, con aquello que no nos necesita, pero que nos recuerda lo esencial. Ante su presencia, no queda más que aceptar una forma más humilde y atenta de habitar el mundo, de dejar de quejarse de la crisis de la mediana edad y, en su lugar, aprender a dejar este mundo poco a poco con dignidad, sin dramatismo ni melancolía. A fin de cuentas, cada día que vivimos estamos más cerca de la muerte. O algo así.
Juan Jesús Garza Onofre
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.