De acuerdo con los cálculos del presidente López Obrador, a estas alturas de su administración deberíamos estar ya disfrutando de los beneficios de un sistema de salud como el de Dinamarca. Se trata de un sistema universal —que garantiza el acceso a los mismos beneficios de salud a todos los residentes del país— público, plural y descentralizado. Estamos muy lejos de haber llegado a ese punto y la verdad es que se trató, desde un principio, de una oferta demagógica: su propósito era prometer lo inalcanzable con el fin de ganar apoyo popular. No hay manera ni siquiera de acercarnos a ese sistema que es, sin duda, uno de los mejores del mundo. Como señaló Carlos Urzúa, exsecretario de Hacienda, a lo que podemos razonablemente aspirar, en nuestras actuales condiciones, es a regresar a la situación que imperaba en 2018 para, a partir de esa base, construir un sistema de salud que le garantice acceso universal a servicios integrales de salud con protección financiera a todos los mexicanos.

El sistema de salud de Dinamarca está sustentado en tres elementos cuya construcción le tomó a ese país varias décadas: una altísima inversión en salud (10.8 % del PIB, el doble de la inversión de México) financiada con impuestos muy altos, una política de Estado en materia de bienestar social y una estructura organizacional extraordinariamente madura. A México le tomaría no menos de tres décadas cumplir con esas condiciones.
Son seis las tareas de reconstrucción que debemos asumir para llevar al sistema mexicano de salud a la situación en que estaba antes de la debacle populista. En primer lugar, es necesario llevar el gasto en salud al nivel que tenía en 2015, que era de 6 % del PIB. El primer paso en este sentido es revertir los recortes al presupuesto de la Secretaría de Salud —que empezaron a mitad de la administración del presidente Peña Nieto y continuaron en ésta— llevándolo, a precios constantes, al nivel que tenía en 2015: 153 839 millones de pesos.
El segundo paso es recomponer la estructura organizativa de la Secretaría de Salud. Es necesario restablecer la Subsecretaría de Integración y Desarrollo de la Secretaría de Salud y fortalecer las áreas de planeación, calidad y evaluación del desempeño. La compactación de éstas últimas debilitó la planeación estratégica, la vigilancia de la calidad y seguridad de la atención a la salud, el monitoreo y evaluación de los programas y políticas de salud, y la rendición de cuentas.
El tercer paso es restablecer el Sistema de Compra Consolidada de Medicamentos del Sector Público. Su irresponsable desmantelamiento produjo, según cifras del propio gobierno federal, casi 45 millones de recetas no surtidas en esta administración, lo que creó situaciones dramáticas que han denunciado, entre otros, los grupos de padres de niños con cáncer, a quienes se acusó de golpistas y de ser instrumentos de la “derecha internacional”.
La cuarta medida es robustecer el sistema de vigilancia epidemiológica —cuyo descuido, incluso presupuestal, produjo la mala respuesta a la pandemia—, y restablecer y fortalecer el Plan Nacional de Preparación y Respuesta ante una Emergencia Sanitaria Regional o Global que incluya amplias asignaciones presupuestales, la reconstrucción de la reserva de insumos (equipo de protección, equipos médicos, medicamentos y vacunas) y la revisión de protocolos.
El quinto paso es volver a darle un carácter autónomo a la Cofepris. Su degradación administrativa y su politización supuso la pérdida de la necesaria independencia de una agencia de este tipo y su desprofesionalización, lo que afectó el control de riesgos y entorpeció el acceso a todo tipo de insumos para la salud.
El sexto y último paso es recomponer los programas de Vacunación Universal (PVU) y Salud Materna. Desde los años ochenta del siglo pasado, nuestro país había alcanzado coberturas de vacunación muy altas, las mejores de las Américas. Sin embargo, la mala gestión reciente del PVU ocasionó desabastos de vacunas contra el sarampión, el virus del papiloma humano, la tuberculosis (BCG) y la difteria/tosferina/tétanos (DPT) que redujeron las coberturas con esquema completo de alrededor de 90 % a menos de 30 % a partir de 2020. La atención prenatal y del parto también han sufrido, como lo muestra el incremento de las muertes materna en el país, que pasaron de 667 en 2018 a 1036 en 2021, un incremento de 35 % en sólo tres años, alcanzando cifras que no se veían en México desde 2009.
Hay algo que no se debe reconstruir y es el Seguro Popular, que se planteó, desde su misma creación, como una reforma de medio camino. El país, más bien, debe empezar por llevar el sistema a la situación en el que se encontraba en 2018 y, sobre esa base, empezar a erigir un sistema que ahora sí le garantice a todos los mexicanos los mismos servicios integrales de salud de alta calidad con protección financiera. Debemos romper con la maldición corporativista que ha distorsionado al sistema contemporáneo de salud desde su fundación en 1943 y que ha generado diversos subsistemas que le aseguran amplios beneficios en salud a la población con seguridad social y servicios muy pobres a los no asegurados. La naturaleza segmentada y corporativista de nuestro sistema se consolidó con la reciente creación del organismo público descentralizado Servicios de Salud del Instituto Mexicano del Seguro Social para el Bienestar o IMSS-Bienestar, que ofrecerá servicios de salud a la población asegurada, pero en instalaciones distintas a las del IMSS regular. Los no asalariados no tendrán derecho a hacer uso de las clínicas, hospitales y centros de especialidad del IMSS, que es una institución pública, por el hecho de no contar con un trabajo formal. Los pobres recibirán servicios exclusivamente en las instalaciones de la nueva institución, que tiene una capacidad de respuesta muy limitada.
Es claro que la reforma de la 4T ha sido una reforma demagógica y fallida, y que no tiene ningún futuro. Reconstruir el sistema de salud y diseñar una nueva propuesta de reforma que garantice la cobertura universal son tareas urgentes que deberá asumir la nueva administración en 2024.
Octavio Gómez Dantés
Investigador del Instituto Nacional de Salud Pública de México
Este artículo expresa los puntos de vista personales del autor y no refleja la posición de la institución donde trabaja.
Octavio tú y yo, por el nombre, somos Emperadores, tú de Roma, yo de la Gran Tenochtitlan y tu lectura nos hizo encontrarnos y estoy de acuerdo contigo respecto a la demagogia, esa palabrería repugnante que lastima a los inteligentes y le da esperanza a los ignorantes, pero qué le vamos a ser, desde Tabasco llegó, tratando de quedarse, el mayor demagogo que haya tenido México, después del movimiento armado de 1910 y lo escribo por lo de Dinamarca, qué bueno sería lograr un sistema de salud de esa calidad; nunca la tendremos, pero con un gobierno visionario aunque sea de tercer mundo, pude lograrse un buen sistema de salud en México, sólo falta decisión y dignificar ls insrituciones públicas de salud (como se añora la otrora Secretaría de Salubridad y Asistencia). Hay que renovar al IMSS y al ISSSTE, devolverles el espíritu para el que fueron creados y rescatarlos de la demagogia cuatrotera, que nunca nos llevará a superar el sistema de salud de Dinamarca, como demagógicamente lo dijera… tú ya sabes quien. De Emperador a Emperador, un abrazo. Vale.