¿Qué papel desempeña la polarización en los desastres naturales? Nadie vota por un huracán —o un meteorito—, pero las fracturas políticas que nos atraviesan afectan la manera en que se responde a estos fenómenos más de lo que nos gustaría admitir. Dos hechos recientes dan cuenta de este problema: el primero, las declaraciones de Donald Trump sobre la respuesta del gobierno de Estados Unidos al huracán “Helene”; el segundo, la aparición de una corriente de opinión que cuestiona si los habitantes de Acapulco merecen ayuda ante el paso del huracán “John”. Me explico.

Donald Trump y los usos políticos del desastre
La semana pasada, de visita en Georgia, una de las zonas de los Estados Unidos más afectadas por el huracán “Helene” —que causó ya más de 200 muertes—, Donald Trump acusó a Joe Biden de “dormir” y no atender las llamadas de ayuda de Brian Kemp, gobernador republicano del estado. Pese a ser desmentido por el propio Kemp, Trump se mantuvo fiel a su estilo y mentira, lo mismo en conferencias de prensa que en redes sociales. La intención de su mensaje era clara: inocular la idea de que la respuesta del gobierno federal ante el desastre tuvo un sesgo partidista, dejando a su suerte a miles de víctimas en zonas republicanas.
Desde una perspectiva, esta mentira podría verse como una más de las dichas por Trump durante campaña, tratando de inclinar la balanza en la elección de noviembre. Después de todo, Georgia es uno de los llamados swing states, en donde hay un empate técnico entre el expresidente y Kamala Harris. Sin embargo, el hecho retrata no sólo los intentos de un candidato de instrumentalizar una tragedia, sino que revela un rasgo más peligroso de la forma en que Trump —y cada vez más personas— piensan hoy en la política.
Según un reciente reportaje de E&E News, medio especializado en política energética y medioambiental, esta no sería la primera vez que Trump ve los desastres con ojos partidistas. En entrevista con este medio, dos antiguos funcionarios de la Casa Blanca declararon que, en al menos tres ocasiones, el entonces presidente dudó en brindar ayuda federal ante desastres en zonas que consideraba políticamente hostiles. Según su recuento, durante los incendios de California en 2018 hubo que mostrarle que en distritos afectados por el fuego —como, por ejemplo, el Orange County— había también personas trumpistas para poder convencerle.
Las cosas fueron muy distintas cuando las víctimas eran sus partidarios, como en el caso de Florida y el huracán “Michael” en 2019. Para el gobernador Ron DeSantis, bastó con recordar al expresidente que quien necesitaba su ayuda era el Trump Country. “Debo haber ganado el 90 % del voto ahí. ¿Qué necesitan?”, respondió. En esa ocasión, el gobierno federal acabó canalizando a Florida alrededor de 350 millones de dólares más de lo que hubiera sido enviado sin la intervención directa de Trump.
De manera tradicional, los desastres naturales se ven como fenómenos que crean una respuesta de unidad que cruza líneas partidistas. No ha sido el caso con Trump. Y aquí está lo preocupante: tampoco parece serlo en otros contextos caracterizados por lo que la ciencia política llama polarización afectiva.
“Yo estoy aquí para ayudar a mi gente…”
Por polarización afectiva me refiero a una división política que ya no trata de posturas ideológicas o diferencias en materia de políticas públicas, sino de identidades colectivas en conflicto en donde lo que prima es la emoción: simpatías a toda prueba para los míos; odio y asco para los de enfrente.
La idea de la polarización afectiva se fundamenta en dos premisas. En primer lugar, un hallazgo de la psicología: el impulso primigenio entre quienes integran un grupo a tener sentimientos positivos hacia quienes forman parte de los suyos (in-group) y a albergar sentimientos negativos hacia quienes no (out-group). En segundo lugar, la idea de que, entre las múltiples identidades a las que puede adscribirse una persona, la política es hoy una de las más prominentes. Esta perspectiva de la polarización es útil para el estudio de sociedades como la estadunidense, en donde, pese a la convergencia ideológica de sus dos grandes partidos, sus simpatizantes y detractores tienen entre sí una animosidad que raya en el tribalismo. Sin embargo, se trata de un fenómeno presente en muchas partes del mundo, que el politólogo Mariano Torcal ha descrito, usando una analogía deportiva: la transformación de los votantes en hooligans.
Los estudios sobre las consecuencias de esta polarización encuentran que, en contextos marcados por esta forma de conflicto, los sentimientos de discriminación intergrupal afectan el mercado de trabajo, las relaciones familiares e incluso la vida romántica de las personas. De igual manera, la polarización es perjudicial en términos políticos: la creciente animosidad entre grupos hace que, al mismo tiempo que se estigmatiza al adversario, uno se vuelva en extremo permisivo y tolerante cuando se trata de los nuestros, a quienes se les permiten incluso transgresiones democráticas.
Es este tipo de polarización en Estados Unidos la que hace posibles respuestas como la de Donald Trump, ya sea en el plano de la retórica o la política pública. Es elocuente que, al tratar de explicar la política de atención a los desastres del expresidente, uno de sus colaboradores entrevistados por E&E lo pusiera en los siguiente términos: “[La respuesta] va en una lógica de ‘No vamos a entregarles eso, ellos no son mi gente’. El sentido general [de la política de Trump] es aquel de ‘Yo estoy aquí para ayudar a mi gente, y ellos no son mi gente, así que no tengo responsabilidad de ayudarles’”.
“John” llega a Acapulco. Y también la polarización
Una de las grandes discusiones académicas en torno a la polarización es si estas divisiones políticas están limitadas a las élites o si, por el contrario, caracterizan también la postura de los ciudadanos comunes. En general, se asegura de forma tranquilizadora que la polarización mexicana es un asunto de nicho, reducido a los sectores más politizados. Así lo sugieren encuestas como ésta de Buendía y Márquez, que señala que alrededor del 70 % de los mexicanos cree que la presidenta Claudia Sheinbaum nos une, no nos divide.
Por eso es importante el tema de Acapulco. Entre las reacciones generadas por los estragos del huracán “John”, que afecta ya a más de 230 000 personas en Guerrero, hubo una masa de opiniones que replicaban, quizá incluso con mayor intensidad, la lógica polarizada de Trump. Lejos de manifestar solidaridad, durante los últimos días de septiembre hubo un aluvión de mensajes, sobre todo en redes sociales, que calificaban a los acapulqueños como merecedores de su tragedia. ¿El motivo? Su simpatía política por la 4T. “Disfruten lo votado”, repetían al unísono estas personas, como respuesta automática a cualquier nota sobre el desastre. El 27 de septiembre la frase de marras se volvió tendencia en X.
En rigor, no es algo que haya nacido con “John”. Esta variante tóxica de lo que los alemanes llaman Schadenfreude caracteriza desde hace tiempo a un sector del antiobradorismo que, consciente de su incapacidad para formar un proyecto político popular, se regodea en el despechado placer de celebrar la desgracia ajena.
Su aparición en casos como el de este desastre natural es perturbadora. Como en el ejemplo de Trump, el problema trasciende a quienes lo personifican. Más allá de la degradación moral de quienes hacen suyo este discurso, su mera aparición debe ponernos sobre aviso, pues cruza una línea roja: muestra la capacidad destructiva de nuestra polarización afectiva, que justifica actitudes antisociales como negar la ayuda a un connacional en un contexto de emergencia. Si bien los más sofisticados entre quienes dan estas opiniones buscan darle un barniz pedagógico —hablando por ejemplo de la desaparición del Fondo de Desastres Naturales (Fonden)—, lo cierto es que, apenas se rasca un poco, aparece el verdadero fondo de su mensaje. Un júbilo contenido ante el sufrimiento del otro, juzgado desde un siniestro y retorcido sentido de la justicia.
La polarización que queda
Frente a las voces que argumentan que hoy la polarización ya no existe, o bien que es un asunto presente sólo entre nuestras élites, las reacciones a la llegada del huracán “John” sugieren que para un segmento de la población —minoritario, pero cada vez más ruidoso y descarado— las divisiones políticas definen quién es merecedor o no recibir ayuda humanitaria, sufrir inundaciones, padecer hambre o perder la vida.
Una de las estrategias que más esperanza crean entre quienes buscan hacer frente a la polarización afectiva es la idea de subrayar la identidad común que une, por encima de las diferencias, a los bandos enfrentados: a fin de cuentas, todos y todas somos mexicanas. En ese sentido, es preocupante que el ácido de la polarización, como muestra el caso de Acapulco, puede llegar a corroer incluso estos lazos solidarios, que antaño no sólo dábamos por sentados, sino que definían supuestamente el ethos del mexicano.
Me incluyo entre quienes piensan que cierta dosis de división y conflicto son necesarios para mantener la salud de un régimen político. El problema es que lo que hoy vemos en redes sociales en torno a la tragedia de Acapulco es otra cosa. Disfrazada de humor negro, troleo o —peor aún— de justicia, esta polarización de nuestros afectos es veneno puro para la democracia.
César Morales Oyarvide
Politólogo. Estudia un doctorado en El Colegio de México