Dos Bocas: dos tiempos

La semana pasada fui a Tabasco por primera vez en mi vida. Tierra de próceres, me dicen. Un Edén tropical, se jactan los que saben (asumo que de ahí la posibilidad de que pueda engendrar fuerzas de la naturaleza capaces de transformar sociedades, mesías que rediman al pueblo aun a costa del pueblo mismo, quién sabe, se verá en unos años). Llego tarde, muy tarde. Mala mía. Ya no creo en eso de que más vale tarde… pues al final siempre lo termina siendo. 

He visto paisajes que no imaginé. Abundantes verdes demasiado verdes. Aires bochornosos y espesos orquestan hordas de mosquitos que no dejan de molestarme para acrecentar mi impaciencia e inestabilidad. También mucha agua. Agua por todos lados; agua que cae, brota, se estanca, avanza. No adorna el paisaje, lo gobierna.

Como norteño, acostumbrado a desiertos y estepas, noto algo que me incomoda. Quiero pensar que es el exuberante escenario selvático que me rodea, pero no. Tras un par de retrasos y modificaciones en la agenda, descubro que acá hay algo con el tiempo, con esa relación más laxa y menos obsesiva con el reloj, tan distinta de la imperiosa necesidad por optimizar cada minuto. Algo propio de la cultura regiomontana en que crecí, esa del emprendimiento o, más bien, del rendimiento sin reparar en las consecuencias que tiene en la manera cómo se vive.

No podría ser otro político más chiflado que el gobernador de Nuevo León, quien hace algunos años afirmó que en este país “el norte trabaja, el centro administra y el sur descansa”. Como ocurre con la mayoría de sus declaraciones, la frase revela una absoluta falta de comprensión. No sólo por una simplificación tan burda como estereotipada, sino porque el antiguo imaginario sureño de las hamacas, la modorra eterna o la siesta de rigor ha sido desplazado por una realidad que atraviesa cualquier latitud. Y que no es otra que la impuesta por un modelo extractivista obsesionado con la producción infinita. Es una idea vacua del progreso que poco tiene que ver con el bienestar o el descanso de las personas que habitan esta región.

Para muestra, los mecheros de Pemex que adornan el paisaje tabasqueño y que, como parte del proceso de explotación de hidrocarburos, queman el gas asociado a la extracción del crudo y operan de manera continua; veinticuatro horas, trecientos sesenta y cinco días al año. Sostienen una dinámica laboral ininterrumpida en la que personas dispuestas a ganarse un sueldo asumen riesgos constantes. 

La imagen es apocalíptica. No hay palabras ni fotografías que le hagan justicia. En medio de esos verdes, de esas aguas, estructuras verticales que irradian fuego. Intensas llamaradas que desprenden olores acres y humos negros. Es el ojo de Saurón junto a la playa, Mordor entre vegetación. Es el petróleo que arde sin descanso, que somete al territorio a sus tiempos. Estamos en la refinería Olmeca de Pemex en el puerto Dos Bocas, ubicado en el municipio de Paraíso. Nos encontramos conociendo el célebre megaproyecto del presidente López Obrador que, bajo la promesa de soberanía energética y desarrollo del sureste mexicano, asume volver cuarenta años al pasado.

No es que nunca antes hubiese visto un mechero. Reitero que soy de Nuevo León y en el municipio de Cadereyta Jiménez, Pemex cuenta desde hace décadas con una instalación de ese tipo. Es una refinería que ha sido objeto de demandas para su cierre o reducción de operaciones por parte de comunidades, activistas y autoridades locales debido a sus impactos ambientales y de salud pública. 

Me queda claro —lo digo con resignación— que al menos en el presente las refinerías siguen formando parte de la matriz energética de este país. La transición no ocurre de un día para otro. Sin embargo, asumir su existencia no implica aceptar cualquier localización ni cualquier costo. 

Pero el principal problema de la refinería Olmeca es su ubicación y el momento histórico en el que se construyó. Respecto a lo primero, habrá que insistir que se encuentra en una zona costera y húmeda, cercana a cuerpos de agua y ecosistemas diversos, pero también a comunidades que viven, trabajan y dependen de ese entorno desde antes de su construcción. No son sólo manglares o biodiversidad, sino personas concretas expuestas a riesgos ambientales, a posibles afectaciones en su salud y a transformaciones profundas de su territorio. Sobre lo segundo, la obra se impulsó cuando la crisis climática y la transición energética ya ocupaban un lugar central en la agenda global. Ampliar la infraestructura para refinar combustibles fósiles en ese contexto supone asumir una dirección que contrasta con el esfuerzo internacional por reducir emisiones y replantear la dependencia del petróleo.

Por eso vale la pena hacer una precisión atemporal. Cualquier persona que hoy en día se diga comprometida con la evidencia o la razón, que se presuma científica, y aun así defienda un proyecto de esta magnitud, sencillamente miente o se engaña a sí misma. No hay forma de sostener, sin traicionar los datos más básicos, que una obra como esta pueda presentarse como inofensiva.

Ya se ha dicho que las distopías de la actualidad dejaron de imaginar escenas prósperas y optimistas del futuro, rodeadas de recursos abundantes, coches voladores, hologramas o comidas sintéticas, y que las grandes producciones de hoy, como Blade Runner 2049 o The Last of Us, muestran más bien un mundo hecho trizas. Bueno, pues por momentos esa es la sensación, acá, en un lugar extraño, fuera del tiempo, que no lo pudieron idear ni en Mad Max. Cuesta imaginar qué sigue. No hay manera de no ver en vivo y a todo color la catástrofe climática y el triunfo de un sistema económico-político que sigue funcionando aunque se sepa que nos está matando. Producción de hidrocarburos a destajo, como si no hubiera un mañana. Porque quizá no lo habrá.

En ese esquema las personas se vuelven prescindibles. Comunidades desplazadas, trabajadores expuestos, territorios transformados sin consulta. Lo central no es la vida, es la renta y la continuidad del flujo económico. La ecuación se invierte; el ser humano deja de ser fin y pasa a ser variable de ajuste.

Más allá de la incomodidad por lo que veo, lo que me cuentan y lo que respiro, hay algo que no me deja tranquilo respecto al transcurso del tiempo en Tabasco. Tal vez sea la manera en que allí el presente parece comprimirse, acelerado por la urgencia productiva, mientras la vida cotidiana conserva otro ritmo, más lento y arraigado. Hay una contradicción evidente entre el tiempo del capital, que exige resultados inmediatos, y el tiempo de las personas, que construyen comunidad con paciencia, memoria y continuidad.

La ecuación es muy sencilla. Antes que la refinería, en ese lugar ya había vida. Ya había familias, niños y niñas, trayectorias compartidas. Desde hace treinta y cinco años se fundó una escuela preescolar y primaria que ha acompañado generaciones enteras. Ese dato, en apariencia menor, cambia el orden de las prioridades. Primero estuvo la comunidad, después llegó la infraestructura. Primero existió la vida organizada alrededor de un territorio; luego se decidió intervenirlo. Y esa secuencia importa, porque obliga a preguntarse quién debía ocupar el centro desde el principio.

En la escuela ya no se puede estudiar. El ruido es constante. Las ventanas retumban. Afuera, a la vista, desde el patio, el mechero de Pemex es parte del paisaje. Olores que recorren los salones, a ratos más intensos, a ratos apenas tolerables, pero siempre presentes. Hace semanas se detonó la alarma de la refinería y nadie supo qué hacer. No había protocolos para la escuela. Protección Civil nunca llegó a explicar escenarios, rutas de evacuación, puntos de reunión. Estudiar exige concentración, un mínimo de estabilidad. Aquí no hay eso. Sin embargo, maestras enseñan y dan clases a niños y niñas que quieren estudiar.

Nos reunimos con la directora, con padres y madres de familia, para escuchar sus historias. Mamás que hablan del dolor de cabeza de sus hijas, de la tos rutinaria, de mareos y náuseas, de episodios de sangrado nasal, de noches con sueño entrecortado. Es la vida diaria de ir a clases pegados a la barda de una refinería, por cierto, como si esto no fuera lo suficientemente cruel, la propia barda de la escuela enuncia su lema: “Jugando y aprendiendo construimos el futuro”.

Las historias son tristísimas. Lo más duro no es sólo el miedo, es la repetición. Hoy también. Mañana otra vez. Y la impotencia llega cuando se entiende que esto no empezó ayer, que la exigencia de reubicación viene de tiempo atrás, que incluso hubo promesas de reubicar los planteles antes de que la refinería operara. Y aun así aquí se sigue respirando lo mismo.

El Gobierno no hace nada, o hace lo peor. En lugar de reubicar, la “solución” que aparece en el horizonte es cerrar la escuela, dispersar al alumnado, romper a la comunidad educativa. Asumen que el problema es el edificio y no el entorno que lo asfixia.

Cómo contar el colapso climático cuando este sucede en tiempo real. No tengo respuestas. En todo caso celebro la existencia de abogados, comunicadoras, organizaciones ambientales, individuos comprometidos con la lucha de personas afectadas por decisiones absurdas, impuestas desde el poder y los caprichos. Decisiones tomadas a la ligera para rendir beneficios inmediatos y réditos políticos de corto plazo, sin medir las consecuencias que se extienden durante décadas.

Por fortuna algún día la refinería Dos Bocas no será más que una estructura oxidada frente al mar, un vestigio de una apuesta energética que se creyó eterna. El tiempo terminará por trascenderla. Lo que hoy se presenta como símbolo de poder será apenas unas ruinas entre abundante vegetación. Ojalá nos toque presenciarlo. Ojalá el tiempo, que todo lo erosiona, también nos conceda la posibilidad de corregir el rumbo o, por lo menos, hacerle justicia a quienes hoy lo padecen. 

La refinería pasará, como todo pasa en esta vida. Ese tiempo llegará, aunque ahora parezca inamovible. Y entonces Tabasco, cuando ya no sea intervenido por la prisa extractiva, cuando el ruido cese y el mechero se apague, dejará de ser este Tabasco atravesado por el acero y la producción permanente. Será otra cosa. Y ahí sí, aunque haya sido demasiado el tiempo transcurrido y quiza ya nadie esté aquí para presenciarlo, habrá valido la pena el más vale tarde.

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor de filosofía del Derecho del ITAM.


3 comentarios en “Dos Bocas: dos tiempos

  1. Gracias por tu extensiva y brillante información…

    Sólo una vez , tenemos vida, y los talentos igualmente hay que externarlos,en diálogo , propuestas y soluciones, porque de lo contrario nos volvemos cómplices

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