Rusia es el país más sancionado del mundo; las sanciones económicas que impuso Occidente como respuesta a la invasión a Ucrania no tienen precedente. Éstas comprenden, entre otras medidas, la confiscación de bienes de los oligarcas; sanciones particulares a cientos de empresas y personas; la congelación de activos y reservas en cuentas internacionales; la expulsión de bancos del sistema de transacciones SWIFT; un límite al precio del barril de petróleo ruso; y el control de exportaciones para impedir el acceso a semiconductores y alta tecnología de Occidente.

A pesar de su extensión, y contra la mayoría de los pronósticos, las sanciones de Estados Unidos y Europa no llevaron al colapso de la economía ni ejercieron suficiente presión para detener la invasión. La economía rusa tan sólo se redujo 2.1 % en 2022, un porcentaje mucho menor al pronosticado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) que estimaba una contracción de 8.5 % en 2022 y hasta de 10 % entre 2021 y 2023. El gobierno ha logrado crear una percepción de estabilidad económica a partir de las bajas tasas de desempleo y el contraste con el 0.9 % de crecimiento estimado para Europa, que Vladimir Putin capitalizó para su reelección en marzo. Rusia ha demostrado una enorme resiliencia para adaptarse y evadir parte de los efectos de las sanciones, por lo que, a dos años de su imposición, surgen lecciones importantes sobre el uso de medidas económicas en la guerra y su impacto en países con grandes reservas de recursos naturales.
Para describir la transformación en curso de la economía rusa, el ministro de finanzas Anton Siluanov utilizó el eslogan de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial: “Todo para el frente, todo para la victoria”. Para resistir el efecto de las sanciones, el Kremlin transformó la economía mediante dos medidas. En primer lugar reemplazó a sus otrora socios comerciales en Europa por países asiáticos y de Medio Oriente. Y en segundo lugar, reorientó el gasto interno hacia la industria militar, lo que algunos han llamado “keynesianismo militar”. Con este reacomodo, el gobierno incrementó 70 % en 2024 el gasto en defensa, en comparación con 2023. También implementó estímulos fiscales equivalentes a 10 % del PIB entre 2022 y 2023 además de otorgar pagos de hasta 80 % por adelantado a los productores de armas. Se estima que, en 2024, el gobierno gastará 28 % del presupuesto en defensa, más del doble de lo que destina Estados Unidos. Otra prioridad para el Kremlin es sustituir a distribuidores de tecnología occidentales con empresas chinas, y así burlar parte de las sanciones con ayuda de terceros países para triangular los envíos de la tecnología más avanzada que aún no pueden ser reemplazada por países asiáticos.
La reacción rusa ante la presión económica exterior tampoco fue del todo inadvertida o improvisada; los reajustes económicos llevan una década. Desde 2014, el gobierno hizo un esfuerzo por desarrollar la autosuficiencia alimentaria debido a las sanciones que prohibieron las importaciones de alimentos desde Europa con motivo de la anexión ilegal de Crimea. Aunado a esto, antes de la guerra, Rusia proveía la mitad del carbón de Europa, casi la mitad del gas natural y un cuarto del petróleo, equivalente a tres quintas partes de las exportaciones rusas de petróleo. Sin embargo, conforme Europa redujo el nivel de dependencia, para Rusia fue necesario encontrar un nuevo mercado para las exportaciones de gas y petróleo. Hoy Rusia recibe más ingresos por ventas de petróleo que antes de la guerra. Abstenerse de condenar la guerra en Ucrania no es sólo un posicionamiento político, sino un enfoque económico. Hay diversos países sin interés en tomar partido en la guerra, pero sí de aprovechar sus beneficios económicos. En esta coyuntura, se ha formado un nuevo grupo de socios comerciales. India, Brasil y China han logrado obtener grandes cantidades de recursos naturales con precios de descuento, al mismo tiempo que aumentaron sus exportaciones ante la necesidad rusa por reemplazar importaciones. Otro claro ejemplo de esta transición tiene lugar en Asia; por ejemplo, tan sólo en 2023, las importaciones de petróleo ruso a Singapur se duplicaron, mientras que India incrementaron de 2 % antes de la Guerra, a 35 % en 2023.
Otro ejemplo de cómo Rusia ha mitigado el efecto de las restricciones de exportaciones es vía otros países para triangular el ingreso de bienes: las exportaciones desde Europa a Asia Central se duplicaron de 2021 a 2023. Países como Georgia, Kazajistán y Uzbekistán se han convertido en puertas de entrada que permiten a Rusia seguir teniendo acceso a productos de Occidente: “Las exportaciones de los países de la Unión Europea hacia Asia Central se han ido a los cielos”, sostiene Robin Brooks, economista del Instituto de Finanzas Internacionales. Por ejemplo, en 2022, las exportaciones de Europa a Armenia se duplicaron, al mismo tiempo que las exportaciones de Armenia a Rusia se triplicaron, particularmente los productos químicos aumentaron 110 % y los electrónicos 343 %. La exportación de autos alemanes a Kazajistán incrementó 507 % entre 2022 y 2023, mientras que las exportaciones alemanas a Kirguistán crecieron 773 % en el primer trimestre de 2023. No es difícil imaginar el destino final de estos productos… Asimismo, aun cuando las compañías extranjeras abandonaron el país, los semiconductores más avanzados que impulsan las nuevas tecnologías, incluyendo las utilizadas para la guerra, han logrado ingresar al mercado a través de China, desde donde se importaron 87 % de los semiconductores en 2022, en comparación con 33 % en 2021. Los semiconductores importados desde Hong Kong y China representaron 85 % de marzo 2022 a septiembre 2023.
Medio Oriente es la otra región que ha jugado un papel esencial en este reacomodo de mercados. Los países en la península arábiga han capitalizado los descuentos en los combustibles fósiles. Los puertos de Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Arabia Saudí son el destino de 100 buques que permiten evadir la sanción de los países del G7 que establece un límite, por debajo del valor de mercado, de 60 dólares al barril de petróleo. El uso de esta “flota fantasma o paralela” lleva el petróleo a puertos árabes, en donde se pierde la jurisdicción de la sanción, y posteriormente se exporta a Europa. El apoyo no se limita a la triangulación del gas y petróleo. Ciudades como Dubái se han convertido en nuevas bases financieras para recibir sucursales de empresas rusas. En los primeros nueve meses de 2023, el comercio entre Emiratos Árabes Unidos y Rusia aumentó 63 % comparado con el mismo periodo en 2022. Más de 1300 empresas rusas se han establecido en Turquía desde 2022 y 500 en EAU, la mayoría probablemente empresas fantasmas que encubren empresas sancionadas.
Una de las repercusiones geopolíticas más relevantes de la guerra en Ucrania es el acercamiento entre China y Rusia. El tamaño del mercado chino funcionó como amortiguador para la economía rusa: el comercio entre Rusia y China aumentó 29 % en 2022, y 30 % en los primeros 11 meses de 2023. Actualmente, alrededor de la mitad de las importaciones rusas provienen de China, el doble que antes de la invasión. China reemplazó a Europa como el mayor socio comercial de Rusia, capturando, por ejemplo, más de la mitad del mercado automotriz. Las exportaciones chinas a Rusia crecieron 50 %, y la mitad de las exportaciones rusas de petróleo llegan a China. Sin embargo, no se trata de un favor de China hacia Rusia, la dependencia que se ha generado implica pagar más por bienes de peor calidad, además de darle a Beijing un enorme control sobre precios.
Occidente subestimó la experiencia y capacidad de respuesta en Rusia frente a los esfuerzos de aislamiento económico. Por décadas, las sanciones se han sobreutilizado, convirtiéndose en una de las herramientas más atractivas y comunes en la política exterior estadunidense debido al relativo bajo costo de implementarlas en comparación con otras medidas de política exterior. Las sanciones sirven como solución intermedia entre la inacción y la intervención militar. Su popularidad aumentó desde 2015, cuando Irán accedió a entrar en negociaciones para firmar el acuerdo de energía nuclear con EE. UU. después de sufrir las consecuencias de las sanciones. El logro generó una percepción desmedida de correlación entre la implementación de sanciones y las concesiones políticas. La tentación de abusar de este mecanismo de coacción no va a disiparse; el funesto desenlace de las experiencias militares en Irak y Afganistán las convirtieron en el mecanismo predilecto para evitar recurrir a intervenciones militares.
La paradoja de las sanciones consiste en que su uso debilita su efectividad. Su uso (o abuso) sigue generando una preocupación sobre los costos a largo plazo; por ejemplo, el riesgo de ahuyentar inversionistas hacia países que no las empleen, o los esfuerzos que ya existen en Rusia y China por construir alternativas al sistema financiero basado en dólares. Daniel Drezner, profesor de economía política, sostiene que la pregunta sobre por qué las sanciones no han hecho que Rusia se retire de Ucrania, es una pregunta incorrecta, ya que “las concesiones territoriales son la mayor demanda en relaciones internacionales, y éstas rara vez funcionan para esto”. Además, hay consenso en que las sanciones son poco efectivas contra grandes potencias, las cuales casi por definición, anticipan conflictos con sus rivales capaces de sancionar. “En ocasiones éstas incluso pueden generar el efecto contrario: llevar a una escalada militar. Fue el caso de Japón en 1941.” En cambio, una pregunta más útil es “¿Qué puede esperarse al sancionar a Rusia en un contexto particular?”. Por esta razón, la defensa de su uso en Ucrania implica no sobredimensionar su efectividad, sino valorar cómo limitan las ambiciones y capacidades militares de Rusia. Como sostiene The Economist: “No existe un arma mágica, la guerra financiera no sustituye enviar a Ucrania las armas y el dinero que necesita”. La cooperación internacional es imprescindible para que el país sancionado no encuentre alternativas —o menos— para comerciar. Y no es el caso en este conflicto.
La nueva dependencia en la industria militar y en China es un pacto fáustico no sostenible a largo plazo. La dependencia en el petróleo y gas, que equivale a un tercio de los ingresos del país han creado un sistema con pies de barro. Además, el gobierno ha comenzado a ofrecer hipotecas para vivienda con tasas de interés subsidiadas y beneficios para las familias de los soldados, lo que genera una sensación de estabilidad en la población, pero “las futuras generaciones pagarán un alto precio por las decisiones presentes, aunque ésta sea la última prioridad del Kremlin por ahora”. Para competir con la industria militar, el sector civil ha tenido que operar con falta de trabajadores y aumentar salarios, creando presiones inflacionarias. Se estima que más de un millón de jóvenes rusos han abandonado el país para evitar el alistamiento en el ejército; una fuga de talento que, aunada a la falta de inversión extranjera y el limitado acceso a tecnología, eventualmente tendrá repercusiones en la productividad. De acuerdo con Alexandra Prokopenko, exfuncionaria del banco central ruso, el problema de Putin ahora tiene tres componentes: “Tiene que continuar en financiamiento a la guerra; mantener la calidad de vida de la población; y cuidar la estabilidad macroeconómica”.
Los regímenes totalitarios constantemente necesitan normalizar las excepciones. Quizá entonces la pregunta no sea cuánto tiempo pueda sostenerse un modelo económico de emergencia, sino entender qué sostiene a la excepción. Y no sobra recordarlo, si una guerra mantiene a una economía, la economía depende de que continúe la guerra.
Emiliano Polo
Abogado especializado en derecho internacional y diplomacia. Maestro en asuntos exteriores y seguridad internacional y colaborador del programa de América Latina en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).