La travesía de la 4T
Suele decirse que cuando se emprende un viaje, en particular si este será largo, hay que tratar de elegir la mejor ruta —aquella que nos permitirá llegar en tiempo y forma al destino imaginado— y, por supuesto, los medios e instrumentos de navegación idóneos que hagan posible una agradable travesía. Se dice también, muchas veces, que es importante hacer uno o más altos en el camino para corroborar que todo va de acuerdo con lo planeado originalmente.
Las elecciones del pasado 6 de junio representan un alto en el camino para la travesía iniciada por el gobierno de la 4T, y para el México político en general. Los tripulantes fueron convocados a dar su opinión acerca del rumbo, así como del nivel de comodidad de la nave en la que estaban embarcados. Y esos tripulantes —ciudadanas y ciudadanos— dieron su opinión; como no podía ser de otra forma, bastante diversa.
En los trazos gruesos, mi impresión es que la mayor parte de la tripulación sigue creyendo que el destino final puede ser deseable, pero hay algunas dudas respecto del rumbo elegido para alcanzarlo y, en particular, de los instrumentos con los cuales se pretende navegar. No fue una elección plebiscitaria como se suponía pero, en un contexto de pandemia y crisis económica, los resultados —como veremos en muchos otros países de América Latina— pudieron ser devastadores para el gobierno. Y no lo fueron.
En tal sentido, si bien el comandante de la nave —el presidente López Obrador— no puso en juego su cargo, los resultados de estas elecciones son un indicador del nivel de aprobación de su gestión, tanto sustantiva como simbólica, al frente del gobierno.

Ilustración: Jonathan Rosas
El humor de los tripulantes o los resultados electorales
El primer dato de la elección es que no todas las secciones del barco tienen una opinión similar ni homogénea. A nivel estatal, la elección de Morena fue muy buena, quedándose con diez de quince gubernaturas —Baja California, Baja California Sur, Colima, Guerrero, Michoacán, Nayarit, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala, Zacatecas— que podrían ser 11 si se confirman los resultados de Campeche. En la mayor parte de estas entidades, Morena trata de posicionarse como un cambio respecto del orden político tradicional, al igual que en el caso de San Luis Potosí, donde ganó José Gallardo Cardona, candidato de la alianza PVEM y PT —partidos aliados de Morena en el Congreso Federal—.
En la elección legislativa, por su parte, el nivel de acompañamiento ciudadano al partido gobernante fue menor. Si bien obtuvo la primera minoría con un 35 % de los votos totales, el número de diputados de Morena bajará significativamente, hecho que le impedirá aprobar, por sí mismo, las iniciativas del presidente. La suerte de esta agenda está ahora en manos de la coalición —aparentemente firme— que Morena ha establecido con el Verde y el PT. Sin embargo, la perspectiva se torna más oscura en el caso de las reformas constitucionales. Cualquier propuesta de este tipo requerirá de la negociación con los partidos de oposición. El PRI, el PAN, el PRD y Movimiento Ciudadano, juntos o por separado, constituyen hoy el principal dique de contención a la agenda de reformas —que no son pocas— del Jefe de Estado.
Finalmente, el descalabro más resonante del oficialismo ocurrió en la CDMX; allí donde, en principio, parecía haberlo hecho mejor. En este bastión fundamental desde sus inicios electorales en 2015, Morena perdió ¡siete alcaldías! Y seguramente perderá una representación significativa en la Asamblea Local, amenazando seriamente las posibilidades de la jefa de Gobierno, Claudia Scheinbaum, como candidata a la presidencia en 2024.
Pueden hacerse diversas interpretaciones frente a estos resultados. Una posible es que, a nivel del México profundo, Morena sigue representando una idea de cambio —en ciernes o en proceso— por la que vale la pena mantener el voto de confianza, mientras que en las grandes ciudades, una ciudadanía más atenta e informada, y a la vez menos dependiente de la asistencia gubernamental, piensa su voto como un ejercicio de rendición de cuentas. Una historia alternativa, aunque no totalmente contradictoria, sugiere que allí donde Morena ha gobernado ha sufrido el lógico y tradicional desgaste —agudizado por los efectos de la pandemia y la crisis económica— pero que, pese a ello, no lo ha hecho para nada mal, mientras que en los distritos donde aún no había gobernado, la ciudadanía cree que puede representar un alternativa viable al statu quo.
Una hipótesis…
Quisiera detenerme en el storytelling para brindar mi propia hipótesis de estos resultados, y del país que, a partir de ellos, enfrentará el presidente López Obrador en sus últimos tres años de gobierno. Para ello, quisiera detenerme por un segundo en los resultados electorales de la Ciudad de México. Si bien México es un país dentro del cual habitan muchos países, probablemente la votación de la CDMX represente de manera prospectiva el nuevo clivaje de la política nacional. En la capital de la República, la votación dividió literalmente a la ciudad en dos, tanto en términos políticos como geográficos. Del centro hacia el Oriente —en los distritos con menores niveles de ingreso per cápita, menor infraestructura urbana, y mayor densidad poblacional— triunfó Morena.1 Del centro hacia el Occidente, en las alcaldías donde se concentran mayores niveles de bienestar, la ciudadanía dio su voto —en algunos casos de forma arrasadora— al Partido Acción Nacional. Esto representa, de acuerdo con mi propuesta de interpretación, la reemergencia de una grieta que pudiera ser rastreada a las elecciones de 2006, y que fue enterrada más tarde en los acuerdos del Pacto por México. De una lado, una fuerza de centro-izquierda —expresada ahora mayoritariamente por Morena— con cierto arraigo popular, el apoyo de cierto sector —no todo— del progresismo; del otro, una aglomeración de centro-derecha —expresada de forma más clara y distinta por el PAN— apoyada en sectores empresariales, clericales, y también, hay que decirlo, en otra parte de la intelectualidad que reclama para sí las credenciales verdaderas del progresismo mexicano.
Si ello es así, estas elecciones representan una oportunidad. La oportunidad de clarificar y sincerar las preferencias generales de dos grandes sectores de la ciudadanía en torno a dos fuerzas políticas, para hacer girar sobre sí mismas la dinámica del sistema de partidos y, de modo más importante aún, el debate político institucional del país hacia el futuro. Este arreglo pudiera ser, incluso, una gran ventana de oportunidad para Morena, en la medida en que la necesidad de diferenciación obligaría al partido del presidente a retomar algunas banderas propias del progresismo, hoy olvidadas o menos presentes en su agenda, como el laicismo, la igualdad de género, la defensa de los derechos humanos y la restauración del daño a las víctimas de la violencia estatal, y el predominio de los mandos civiles en el diseño e implementación de las políticas de Estado.
Esta opción de reacomodo, sin embargo, no está exenta de riesgos. En el mapa actual, pintado de dos colores, de la Ciudad de México se expresa un clivaje socioeconómico, caracterizado por experiencias personales, redes sociales de adscripción, niveles educativos, y entornos socioculturales que pudieran cristalizarse, a riesgo de fragmentar aún más a la sociedad. El costo de la certidumbre político-electoral en torno a dos grandes fuerzas políticas apoyadas en clivajes socioeconómicos sería una fragmentación más marcada de la sociedad, algo que el PRI soterró de manera muy astuta durante las décadas que gobernó, pero que ahora, visibilizadas las diferencias discursiva y electoralmente, parecen más difícil de soslayar.
Por ello, que este sinceramiento y aparente clarificación de alternativas al interior del sistema de partidos no degenere en una dinámica confrontativa entre polos político-ideológicos irreconciliables, dependerá de los liderazgos políticos, de sus estilos y de sus preferencias normativas por la democracia. Dicho de otra forma, que el conflicto político se resuelva pacíficamente dependerá del privilegio que los liderazgos políticos hagan del juego democrático, del diálogo y de la negociación, por sobre la descalificación del adversario y la victoria a cualquier costo. En tal sentido, en manos del presidente y de sus asesores, parece estar el nivel de turbulencia política sobre el que esta tripulación navegará durante los tres años largos que restan de su gobierno.
Un alto en el camino
2021 representa, entonces, un alto en el camino; no sólo para el viaje de la Cuarta Transformación, sino para el país en general. Morena sigue siendo el partido mayoritario, y podrá ratificar el rumbo, pero el electorado tripulante le ha indicado que hay cosas que deberá corregir. Algunos de esos mensajes son para el presidente y otros más para el partido, propiamente dicho. Las mexicanas y los mexicanos no se llevan mal con la pluralidad, en buena medida la valoran y la buscan, y esto lógicamente es más marcado cuando sus candidatos no están en el poder. Sin embargo, esa búsqueda de pluralidad no es sólo consecuencia del voto de quienes se identifican como opositores. Un indicador interesante para evidenciar esto último es el porcentaje de la ciudadanía que dividió su voto entre diversas alternativas —oficialistas y opositoras— en las distintas elecciones o arenas electorales. La ciudadanía mexicana tiene un perfil diferente al de hace 20 años: más diverso, más difícil de encasillar, y bastante más autónomo electoralmente del que imaginan los políticos cuando hacen sus cálculos electorales.
Hace casi dos décadas, Diego Reynoso calificó la transición a la democracia en México, como un proceso de “deshegemonización”. Esa brillante definición concibe a la democratización del país como un proceso, aún inacabado, de aumento de la pluralidad y alternancia de partidos en el poder. Esta energía no se ha detenido, y servirá también para evitar nuevas hegemonías, como la pretendida por Morena hasta el domingo pasado. Los resultados del 6 de junio de 2021 son una muestra cabal de que las mexicanas y los mexicanos —más allá de su condición— quieren democracia: elecciones regulares, pluralidad, diversidad de opiniones y alternativas. Pero sobre todo quieren poder cambiar —y castigar— a quienes no gobiernen de la forma en que ellas y ellos esperan. Y qué bueno que así sea.
José del Tronco Paganelli
Profesor investigador de la FLACSO, Sede Académica de México
1 Diversos análisis postulan que buena parte de este voto castigo o de este cambio en las preferencias electorales en la CDMX se debe a un voto castigo por el manejo de la pandemia o por la tragedia de la línea 12. Sin embargo, mi opinión es diferente. Es entre quienes están más cerca de vivir los riesgos de la deteriorada infraestructura urbana donde triunfó Morena, mientras que aquellos que viven en la Ciudad de México del “primer mundo” son quienes le dieron la espalda al partido gobernante. Es un voto arraigado en las diferencias de clase, y en el repudio que genera entre sectores más bien educados y de altos ingresos, el proyecto de la 4T, y especialmente el presidente López Obrador.
2 Mainwaring, S. y Pérez-Liñán, A. Democracies and Dictatorships in Latin America. Emergence, survival and fall, Cambridge University Press, Cambridge, 2013.