El caos es una escalera (o: cómo la violencia sí es un mecanismo de movilidad social)

En el episodio seis de la tercera temporada de Juego de tronos, ocurre una de las mejores y más emblemáticas escenas de toda la serie. Petyr Baelish “Meñique”, uno de los sibilinos consejeros del rey Joffrey Baratheon, tiene un intercambio en el salón del Trono de Hierro con el eunuco Varys, también consejero del rey. En el curso de esa conversación, las posiciones antagónicas de los dos personajes se vuelven explícitas.“El caos no es un foso,” le dice Baelish a Varys.“Es una escalera. Muchos intentan subirla y fracasan. Nunca podrán hacerlo de nuevo. La caída los destroza”.

Esta escena de una serie de ficción nos ofrece una analogía para el rol de la violencia en la movilidad social: en la vida real, el caos siempre ha sido una escalera. A lo largo de la historia, convulsiones de todo tipo han permitido el ascenso y el descenso de individuos y grupos. El caos social (ya sea el producto de guerras, revoluciones, crisis o cambios políticos radicales,) crea incentivos para la violencia; y la violencia, al menos desde el surgimiento de la agricultura, ha sido un mecanismo (indeseable) de extracción y de redistribución de los recursos y la riqueza de las sociedades

Ilustración: David Peón

Hace unos días, el historiador económico Roberto Vélez —quien es un buen amigo mío—, publicó un artículo en el portal de Aristegui Noticias en el que respondía a una parte de mi entrevista con Elena San José de El País a propósito del lanzamiento de mi libro Desiguales: una historia de la desigualdad en México (Debate 2024). La reacción de Vélez se centra en un momento de la conversación en el que sugerí que la violencia en México se ha vuelto un mecanismo de movilidad social. Su crítica gira en torno a cuatro puntos:

1) Sostiene que mi dicho hace referencia a una interpretación general de la movilidad social (es decir: que mantengo que la participación en la violencia resulta en que la persona en cuestión se mueva a una posición mejor que la de su familia de origen) y que, por lo tanto, si mi dicho fuera cierto, deberíamos observar que las personas que optan por la violencia del crimen organizado tienen mejores resultados económicos que aquellas que optan por una actividad lícita.

2) Cuestiona mi definición del logro socioeconómico de quienes participan en la violencia al señalar que ésta depende del horizonte temporal de las ganancias den términos de ingreso de los violentos (es decir. Vélez sostiene que la veracidad de mi dicho depende de si consideramos esas ganancias como un pico en un momento específico o como una tendencia a lo largo del ciclo de vida de una persona).

3) Se pregunta sobre la validez de un aparente supuesto que piensa subyace a mi dicho:que las personas que participan en la violencia, la mayoría de las cuales opera en un contexto de alta desigualdad, pueden escoger libremente si participan o no en actividades ilícitas.

4) Sugiere que existe un abismo entre las expectativas de movilidad social de quienes participan en la violencia y los resultados que obtienen en la realidad: a decir de Vélez, las probabilidades de lograr el éxito económico en el crimen organizado son tan bajas como aquellas de ganarse la lotería. 

Hasta allí la crítica de Vélez. Aquí, mis respuesta a cada uno de sus puntos:

1) En efecto, mi entendimiento de la movilidad social es general.  Para mi la movilidad social implica siempre un cambio de la distribución del ingreso que, por supuesto, puede ser ascendente o descendente. No obstante, no estoy de acuerdo en que un mecanismo de movilidad social sólo puede ser considerado como tal si es “exitoso” (es decir: si efectivamente mejora las condiciones de vida de una persona). Si bien es cierto que,  parafraseando a Hobbes, muchas de las personas que participan en el crimen organizado tienen vidas solitarias, pobres, desagradables, brutales y breves, y si bien es también cierto que esto  sugiere que la vida lícita es una mejor opción que la vida criminal; la realidad es más compleja. Como documenta Raúl Zepeda Gil en su tesis doctoral, muchos jóvenes tienen la percepción de que el estilo de vida de los criminales, —“el éxtasis del oro”— es una alternativa mejor que los otros estilos de vida que, a sus ojos, les ofrecen sus pueblos. Una estrategia de movilidad social no necesita ser exitosa para serlo.

2) Si bien no podemos saber qué pasa en la cabeza de dichos jóvenes, trabajos como el de Zepeda Gil nos ofrecen un vistazo a las preferencias de las personas (es decir: lo que eligen hacer en términos de su actividad económica). Esto nos permite inferir que su estrategia de movilidad social es una de alto riesgo-alto beneficio. El valor esperado de su apuesta (es decir: la utilidad que aspiran a obtener al optar por la violencia) y su factor de descuento inter-temporal (es decir: cómo sopesan la posibilidad de obtener recursos hoy a través de la violencia, aunque exista el riesgo de morir en el camino, contra  otras opciones que quizá paguen más a la larga, como apostar por la educación) son los suficientemente grandes como para que la violencia sea, a ojos de estos jóvenes, una opción racional y viable en su contexto, incluso si su intento de ascender socialmente a través del crímen organizado fracasa.

Como explico de forma más puntual en mi libro, la violencia siempre ha tenido este rol en México. La Revolución es quizá el mejor ejemplo. ¿Por qué los campesinos se sumaban a las filas de las diversas facciones revolucionarias, sino es porque juzgaban que, en la condición en la que se encontraban,  la vida valía muy poco; así como que la opción revolucionaria (al menos en los ejércitos del constitucionalismo y del villismo) ofrecía una paga mejor y más segura? ¿Por qué rancheros de clase media, tales como el general Álvaro Obregón, dejarían la seguridad de sus tierras para buscar la fortuna y la gloria en los campos de batalla? ¿Por qué políticos acomodados como Venustiano Carranza querrían encabezar una revuelta? Sin duda hay muchas posibles explicaciones, desde el patriotismo hasta los ideales o la ambición. Pero lo que todas ellas tienen en común es una conciencia de una realidad ineludible: el caos es una escalera. Cuando existe caos social, los vacíos de poder se llenan y la violencia se vuelve una forma de trepar.

3) La crítica de Vélez respecto al libre albedrío de quienes participan en la violencia retoma el trabajo de Amartya Sen sobre la libertad como desarrollo. Es una posición que comparto. Es difícil considerar que quienes participan en la violencia son plenamente libres, pues sus condiciones iniciales limitan en gran medida sus opciones. La realidad en la que nacen y crecen en muchos determina su camino. Pero el hecho de que estas personas carezcan de alternativas no necesariamente significa que, en su entorno, el crimen no pueda antojarse como una estrategia de movilidad social viable. De nuevo: mientras el valor esperado de elegir el crimen sea más alto que el valor esperado de  otras opciones, la violencia seguirá cumpliendo su rol primitivo de mecanismo de extracción y redistribución. Si adoptamos una perspectiva histórica —por ejemplo, la de Charles Tilly y Julia de Lacy Mann— veremos que el uso de la violencia ha sido fundamental para la creación de los Estados y de las jerarquías sociales. La violencia es una forma primitiva pero aún vigente de asignación de recursos; es economía política en su expresión más cruda: unos deben perder para que otros ganen.

4) En cuanto a la diferencia entre las expectativas de quienes buscan valerse de la violencia para ascender en la sociedad y los resultados que estas personas obtienen,  Vélez y yo estamos completamente de acuerdo. Elegir el crimen organizado esperando progresar en la vida es como jugar a la lotería: las posibilidades de volverse millonario son muy pequeñas, pero no son nulas. La lotería no es racional en el sentido económico del término, pero aun así la gente juega lotería, incluso aceptando que no van a ganar. Lo hacen porque les da la esperanza de un mejor porvenir. La esperanza no tiene porque ser racional; no necesita funcionar. Donde el crímen organizado difiere de la lotería es en que el ingreso que quienes optan por la violencia pueden percibir es más alto que lo que ofrecen sus mercados laborales locales. No obstante, el mito de volverse millonario sobrevive porque muchos sectores de la sociedad lo perpetuamos. Mientras tengamos un Estado en retirada, malos servicios a causa de nuestra debilidad fiscal, una economía que no genera suficientes empleos y una política de seguridad mal pensada, seguiremos asegurando la persistencia de la (des)esperanza que lleva a muchos a creer que el “crimen paga”. Es justamente la desigualdad de oportunidades, el tema de investigación de Vélez, lo que lleva a muchos en México a intentar subir la escalera del caos, incluso si la mayoría fracasa y la caída los destroza.

Como mencioné en la entrevista en El País, y como Vélez retoma en su artículo, estos días estoy trabajando con Zepeda Gil y Fernanda Gutiérrez Amaros —dos grandes expertos en el tema— en una investigación que busca aportar evidencia empírica a la discusión sobre el vínculo entre desigualdad y violencia en el contexto mexicano. Espero pronto podamos compartir nuestros resultados.

 

Diego Castañeda
Historiador económico. Su libro más reciente es Desiguales: una historia de la desigualdad en México (Debate 2024).

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Publicado en: Economía, Seguridad