El Chaparral: una historia de amor migrante

TIJUANA — “¡Sí, ya me casé! El 29 de enero, aquí en Dallas, en Texas. Sí, con el hombre que le había yo platicado, el que conocí en Chiapas en un albergue. Estoy muy contenta, sólo me faltan mis hijos. Hicimos una fiesta pequeña, ya ni me acuerdo de los cien días que estuve en El Chaparral”.

Ilustración: Izak Peón
Ilustración: Izak Peón

Así respondió Rosmery, hace apenas unos días, luego de que se enteró que el campamento de migrantes improvisado en la garita de El Chaparral, en Tijuana, había sido desalojado el domingo 5 de febrero. Ese día por la madrugada, más de 200 elementos de la Guardia Nacional y de la Policía Municipal —comandados por el secretario de Seguridad Pública de Tijuana, José Fernando Sánchez González; el director de Atención al Migrante, Enrique Lucero, y la alcaldesa, Monserrat Caballero— participaron en el operativo. El último día del campamento ya sólo había 380 migrantes; 168 eran niños y niñas, casi todos originarios de El Salvador y Honduras, pero también había mexicanos que llegaron a esta frontera desplazados por la violencia en Michoacán.

Durante una conversación telefónica, Rosmery era insistente, quería saber qué había pasado con los migrantes que ahí vivían: “Oye Yolanda, ¿es cierto que sacaron a todos los de El Chaparral? ¿Cómo les fue? ¿A dónde se los llevaron?”. Le confirmé la noticia y le dije de la reapertura de la garita de El Chaparral, que a pesar de ser uno de los principales cruces fronterizos entre México y Estados Unidos ha permanecido cerrada por más de un año. 

El campamento de El Chaparral se formó con migrantes en un principio provenientes de Centroamérica, quienes atravesaron el territorio mexicano en caravana para pedir asilo en Estados Unidos, pero tuvieron que quedarse en Tijuana debido al programa Protocolos de Protección al Migrante que implementó el expresidente Donald Trump. A pesar de que al inicio de su administración el presidente Joe Biden canceló ese programa —también conocido como “Quédate en México”—, los litigios en los tribunales estadunidenses han obligado a los migrantes a continuar en territorio mexicano en espera de que su caso de asilo sea resuelto.

Los primeros pobladores del campamento eran en su mayoría familias, mujeres con niños, que llegaron el 18 de febrero de 2021 para instalar las carpas que serían su hogar por mucho tiempo.

Rosmery fue una de las primeras y vivió ahí cien días, durmiendo en el suelo durante una temporada de intenso frío y lluvia. Cuando conocí a esta mujer de 38 años de edad se mostraba desafiante y segura de que nadie la movería de ese lugar hasta lograr ingresar a Estados Unidos. Era el primer día del campamento y la acompañaba Carlos Rosales Torres, un hombre al que conoció en Chiapas y que tiempo después se convertiría en su esposo.

Rosmery fue mi primera entrevistada. “Quiero ingresar a Estados Unidos, en Dallas está mi mamá. Dejé a mis hijos en El Salvador porque no pude traérmelos, pero esto que hago, de viajar y vivir en la calle, es por ellos”, me dijo en esa ocasión.

Ella era una de los aproximadamente 1500 migrantes que al principio se instalaron en ese campamento de refugiados centroamericanos y de inmediato se convirtió en una las primeras líderes naturales. Empezó organizando a las personas para repartir la comida y poco a poco fue tejiendo lazos de unión y amistad entre sus compañeros. Pasaron poco más de tres meses para que Rosmery consiguiera una visa humanitaria a través de los abogados de la organización Al Otro Lado. Ella fue una de las más de 5000 personas beneficiadas por el trabajo de este grupo defensor de los migrantes.

Para Soraya Vázquez, subdirectora de Al Otro Lado, el campamento de El Chaparral fue la expresión máxima de la desesperación de la gente. Por su parte José Luis Pérez Canchola, exdirector Atención al Migrante, recordó que para muchos tijuanenses fue una sorpresa que este numeroso grupo de migrantes llegara y se instalara en un campamento. Esta ola de migrantes, me dijo Canchola, se originó luego del discurso que Biden dio en noviembre de 2020, en el que aseguraba que en su primer año de gobierno daría 125 000 visas. “Pero esta no era una migración laboral, era una migración de razones humanitarias, porque la gente venía huyendo”, recalcó.

En esta última ocasión que platiqué con Rosmery de Rosales —porque así es ahora su nombre de casada y como lo ha escrito en su perfil de Facebook— dijo estar enamorada y contenta, aunque no tiene permiso para trabajar en Estados Unidos. Vive con su mamá en Dallas y está tratando de traer a sus tres hijos de El Salvador.

Como centroamericana, Rosmery es de ambiente cálido y no estaba acostumbrada al frío como el que actualmente se siente en Texas; sin embargo, dijo que su experiencia en El Chaparral parece haberla hecho más fuerte para soportar cualquier inclemencia del tiempo.

 

Yolanda Morales
Periodista

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Publicado en: Política