El condado rural estadunidense, entre el poder y el declive

Hay un dicho popular entre periodistas y expertos en política estadunidense: “As Ohio goes, so goes the nation”; el país vota como Ohio. Más específicamente, quien ganaba el condado de Toledo ganaba la elección.1 Biden ganó Toledo, un condado universitario y semiurbano, pero Trump arrasó en el estado con condados rurales.2 Por tanto, la estrategia política más inteligente del próximo presidente será dedicarles especial atención con su política pública.

Cuando Trump ganó en noviembre de 2016, yo vivía en el condado rural de Wayne en el estado de Indiana, en Estados Unidos. Wayne es un arquetipo de un condado Trumpista en el Midwest, como los miles de condados rurales que han dejado al mundo mordiéndose las uñas. Wayne solía tener una producción industrial envidiable, dado su tamaño, pero se ha desindustrializado desde los años setenta. Las fallas en las redes de seguridad social, tanto informales como formales, eran palpables con tan solo pasar al supermercado.

Ilustración: Adrián Pérez

Hay problemas graves de salud pública, como la adicción a los farmacéuticos derivados del opio. Mi college —de las universidades liberales en el sentido clásico de la palabra— Earlham, tenía un programa de servicio social para quienes estudiaban medicina —pasar al hospital para acurrucar a bebés nacidos con adicciones, quienes necesitan una estimulación constante. En condados vecinos, este problema derivo en una epidemia localizada de VIH-SIDA.3

Una amiga del pueblo, Keira, una vez me explicó el odio al Affordable Care Act: “Somos demasiado ricos, pero demasiado pobres,” me dijo. Hay una franja de personas enorme en los estados del Medioeste, y en los “swing-states” cuyo ingreso no basta para una buena cobertura privada, pero tampoco califica para las protecciones del acto. Caen dentro de la brecha de salud (el healthcare gap), un fenómeno común en Florida, Texas y Ohio.4 Quienes han escapado del declive se han volcado a la religión, aunque las políticas conservadoras que rigen el Estado no han logrado resarcir el tejido social.

Indiana es el estado natal de Mike Pence y Amy Coney Barret, las figuras más benévolas y benignas del Partido Republicano. En muchas maneras, la historia de Mike Pence es un espejo de la historia del estado de Indiana y del Midwest. Pence nació al seno de una familia de emigrantes irlandeses, católicos y de clase trabajadora. Sin la más mínima vergüenza, Pence relata que su primer héroe político fue John Fitzgerald Kennedy. Sus padres eran obreros sindicalizados, cosa que en esa época era ser demócrata por default. En los años setenta, Pence abandona su fe católica a favor del movimiento evangélico y al partido demócrata a favor del Republicano.5 La historia de Pence es representativa de algunas, pero no todas, las tendencias regionales; la próxima vez que los demócratas ocupen la casa blanca, se tienen que avocar a buscar a la franja de la región que se cayó en el healthcare gap.  

El estado colinda con Kentucky, Ohio, Pennsylvania e Illinois. En otras palabras, Indiana es la frontera ideológica entre dos regiones culturales de Estados Unidos: el sur y el Medio Oeste. Los políticos de Indiana tienen la posición estratégicamente ideal para apelar a votantes de ambas regiones.

El Midwest se distingue por haber sido el motor industrial y sindical de Estados Unidos a mediados del siglo veinte; la lucha de la región por evitar el declive cultural y económico en un mundo globalizado tiene un enorme poder explicativo. En el Midwest florecieron los estereotipos más entrañables del sueño americano. En la posguerra, un obrero de planta podía comprar una casa de dos pisos en una ciudad pequeña y enviar a sus cuatro hijos a una preparatoria que sería la envidia de los colegios más caros de este país; fue la historia del Vicepresidente Pence.6 Esta prosperidad tiene un cimiento muy claro: las políticas del New Deal de Franklin Delano Roosevelt.7 En esa particular coyuntura, surgió el Rust Belt, una cadena de ciudades pequeñas medianas cuya cohesión social y prosperidad giraba alrededor de la fábrica local.

El Rust Belt abarca estados como Pennsylvania, Michigan, Indiana, Ohio y Wisconsin. Millones de sus habitantes fueron leales demócratas, quienes le debían su prosperidad a la coalición de Franklin Delano Roosevelt. En la posguerra, los demócratas fueron los abanderados de los grandes sindicatos – y los estados industriales nunca lo olvidaron.8 Si votaron por Nixon, en 1968 y por Reagan en 1979, fue con un ánimo sociocultural más que económico: no coincidían con los cambios socioculturales que impulsaba el partido demócrata, ni con el elitismo de las costas.9

Para los demócratas contemporáneos, ha sido difícil balancear las necesidades políticas de esta región con las de su voto duro en las costas. Las fábricas industriales son emblemas regionales: Ford Motor Company sigue teniendo su sede en Michigan. La empresa de Carrier y sus fábricas en Indiana, fue la sede de un conflicto simbólico que Trump supo manipular a expensas de Clinton. Gracias a su intervención cuando Carrier amenazó con trasladarse a México, el candidato Trump se volvió el abanderado del proteccionismo.10 Como mi condado en Indiana, hay cientos de condados a lo largo y ancho de la región que viven un declive muy pronunciado, incluyendo a Scranton, la ciudad natal de Joe Biden. Votantes a lo largo y ancho de esta región están a favor del proteccionismo, opuesta al libre comercio porque le atribuye su declive al TLC.11

Trump logró satanizar a Clinton, pero Joe Biden ha podido defenderse mejor. Por un lado, Joe Biden ha sabido destacar, en su narrativa personal, que nació en Scranton, ciudad industrial en Pennsylvania. Aunque Biden votó con su partido en los noventas por el TLC, los votantes no lo asocian con los tratados de integración y de libre comercio como a Clinton. Otro punto débil de Biden ha sido, quizá, el fracking:  el Midwest se opone también a la regulación ambiental, considerando que debilita a la competitividad de sus fábricas; para Joe Biden, el fracking ha sido un punto débil, ya que la práctica es popular en el Midwest pero execrable entre el voto ambientalista y joven.

Los márgenes infinitésimos que han definido la noche del tres de noviembre y la mañana del cuatro son la indecisión de aquellos votantes que se preguntan: ¿Trump entregó el renacimiento industrial que prometió?

 

Alejandra Traslosheros
Politóloga por Earlham College, en Indiana, Estados Unidos, especialista en historia de EUA y derecho constitucional estadunidense.

 

Fuentes

Dark: Dark, Taylor E. 1999. The Unions and the Democrats: An Enduring Alliance. Ithaca: Cornell University Press.

Gosalvez, Gregg. 2020. "How Mike Pence Made Indiana’s HIV Outbreak Worse." Politico, 2 de marzo.

Greenhouse, Steven. 2016. "’Trump talks a big game’ on Indiana factories – but workers express doubt." The Guardian, septiembre.

LoBianco, Tom. 2019. Power and Piety. New York: HarperCollins.

Miller, Robert. 2015. "Too Rich But Too Poor: Falling Into the Healthcare Gap." The Washington Post, 15 de abril.

Orner, Ben. 2020. "This Ohio county has predicted the winner of 14 straight presidential elections." Fox8, 3 de noviembre.

Schreckinger, Ben. 2020. "Voters ask who abandoned Scranton, Biden or Trump?" Politico, 25 de octubre.

The New York Times. 2020. "Ohio Election Results Live." The New York Times, 3 de noviembre.

Vance: Vance, J.D. 2016. Hillbilly Elegy: A Memoir of a Family and Culture in Crisis. Harper Collins.


1 (Orner 2020).

2 (The New York Times 2020).

3 (Gosalvez 2020).

4 (Miller 2015).

5 (LoBianco 2019).

6 (LoBianco 2019).

7 (Gordon 2016).

8 (Dark 1999).

9 (Vance 2016).

10 (Greenhouse 2016).

11 (Schreckinger 2020).

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Publicado en: Internacional, Política