El duelo de lo cotidiano

Cada ser humano vive el duelo de formas distintas. Durante nuestra vida acumulamos pérdidas y aprendemos a vivir con ellas. La piel recopila las memorias de cada vivencia, de cada ultraje. En un país como el nuestro, la piel es un mapa que nos muestra paisajes sombríos, dolores agudos y sueños enmohecidos por la vorágine. Cuando la violencia no cesa y es normal escuchar sobre desapariciones, robos, asesinatos en la calle y feminicidios, nos queda una piel curtida. Pero más curtida le queda la piel a quienes diariamente atestiguan y capotean ese mundo en llamas rodeado de acendradas desigualdades y violencias palpitantes.

Ilustración: Víctor Solís

En México salir a trabajar y poner un puesto en la calle puede costarte la vida. Una bala perdida cambió radicalmente la vida de Toñita, por dos años dejó de estudiar, se hizo cargo de sus hermanas pequeñas y empezó a ayudar a su papá en la taquería. Los obstáculos con los que se enfrenta la familia Pérez son un reflejo de las brechas abismales que existen en nuestra sociedad. Es en la ciudad y el espacio público donde se disputan muchos intereses, pues hay negociaciones, jerarquías como una infinidad de grupos sociales en continua interacción.

“Mi vida cambió desde que mi madre nos dejó. Murió hace cinco años de una bala perdida. Era un sábado y mi papá había venido al puesto con mi mamá nada más. Yo no estaba. Para ese entonces tenía 19. Mi hermana más chiquita tenía 8 años. Había muchos antros y hubo un enfrentamiento entre una banda de borrachos, se agarraron a balazos y a mi mamá le tocó uno. Nadie se hizo responsable. Los borrachos se fugaron y mi mamá murió en el hospital a las cinco horas del balazo”. Cuando Toñita me habla del asesinato de su madre su voz tiembla, pero resiste el llanto. La hija del taquero vive el duelo de lo cotidiano y acepta con resignación la vida que le tocó: escasas oportunidades laborales, largas jornadas frente al fogón de la carne y una ciudad violenta por las noches. El sentimiento de Toñita parece generalizarse en la sociedad mexicana, donde la mayor parte de los hogares gana poco y trabaja mucho. Quienes no cuentan con acceso a educación superior, toman un oficio y terminan por situarse en el sector de la informalidad. Lamentablemente, como lo señala Díaz Cruz, muchas personas se ven obligadas a convertirse en “delincuentes amateurs”. Es decir, caen en conductas ilegales —como el robo de luz— para completar sus ingresos o para cubrir los mínimos de subsistencia.1

“Hay que investigar porque nunca se hace justicia. Si no tienes dinero todos se hacen pendejos”. Desde los ojos de Toñita, la justicia no responde como debería a los que menos tienen. Los vicios burocráticos y la fragilidad de las instituciones del Estado dejan al ciudadano desamparado. Tan es así que en La Merced los comerciantes hacen justicia por su propia mano, incluso por el simple robo de una fruta. La falta de acción estatal no sólo se presenta en comercios y barrios sino también en diversas localidades rurales del país, pues continuamente se escuchan noticias sobre linchamientos, en los que la comunidad asume el control de la violencia. ¿En dónde está la policía? No está, así de simple.

En México tenemos un Estado ausente, cuyas tareas terminan por ser actos testimoniales. La atmósfera que rodea a los ministerios públicos es deprimente: pilas enormes de expedientes sin resolver y funcionarios insensibles al dolor ajeno. Lo único que queda son lágrimas, gritos y susurros. El paso de los menos favorecidos por el sistema de justicia se convierte en un calvario, al grado que lo único que les queda es resignarse a su suerte. No debe sorprendernos la continua expansión del crimen organizado, ni la justicia por mano propia de comerciantes y comunidades, pues el orden social es inexistente.

La desigualdad logró ampliar el umbral de dolor de los mexicanos. Hoy es fácil hablar de los abusos cometidos por las mafias locales y las bandas juveniles en las periferias urbanas y en las zonas rurales del país. Llega el momento en que nada sorprende, pues como Toñita me dice: “Uno se acostumbra a vivir con la violencia”. México se ha convertido —muy al estilo de las novelas de Agustín Yáñez— en un país de mujeres enlutadas en el que los días de guardar se han vuelto costumbre. El duelo es una constante, no hay optimismo. Para Toñita el futuro es un páramo, pues a su corta edad ya ha perdido mucho.

Dice la expresión “que a lo hecho, pecho” y Toñita parece llevar grabado tal emblema en sus adentros, pues aspira en un futuro cubrir la nota roja “quiero dedicarme a la nota roja, para que se dé seguimiento a los asesinatos”. La violencia en condiciones de pobreza deja una piel áspera y dura. La piel se convierte en un tejido configurado de heridas profundas capaz de aceptar y hacerle frente a una realidad cruda y sin pasteurizar. Toñita es un ejemplo, las madres buscadoras también lo son.

Desde el comienzo de la jornada, las mujeres están más expuestas a la violencia: en la casa, en la escuela, en el trabajo. “No todos los clientes de la taquería son educados. Hacen feo. Luego me tratan mal. Unas veces llegaron a decirme que nunca había ido a la escuela porque me tardé en hacer una cuenta”. Toñita no sólo sufre el desdén de los clientes de la taquería, sino que también carga con la responsabilidad de sus hermanas menores y con las tareas propias de un hogar.  Los estigmas y roles que se le asignan a la mujer en una sociedad como la mexicana construyen escenarios para que no exista un piso parejo entre los sexos.

Con la muerte de su madre, Toñita sacrificó su vida, su independencia y el derecho a decidir su camino. ¿A cuántas mujeres no les ha pasando algo similar? ¿Por qué, ante los eventos contingentes, las mujeres son las que más sufren las consecuencias? Pareciera que la abnegación continúa viéndose en la familia mexicana como una virtud.

Está la abnegación, pero también está la violencia estatal que sufren las mujeres. “Muchas van a las marchas, luego veo como las aporrean y sí le da a uno cosa”.  Cuando la violencia se vuelve un vendaval que lo arrasa todo, sólo queda resistir al dolor cotidiano.

En estos tiempos no basta con tener una piel curtida para sobrevivir. México está repleto de víctimas que esperan algún respaldo institucional, un Estado que dé respuestas. Se esperan políticas que combatan las desigualdades y dignifiquen el espacio público. Es triste e incluso frustrante que el duelo y las ausencias ocupen un lugar más importante en nuestra vida que las presencias.

 

Albrecht Mohrhardt Doger
Estudiante de Ciencia Política y Administración Pública en El Colegio de México


1 Arturo Díaz Cruz, La inseguridad urbana: la experiencia de inseguridad en el Distrito Federal y su relación con el hábitat, tesis, Ciudad de México, El Colegio de México, 2013, p.69.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Justicia, Política

Un comentario en “El duelo de lo cotidiano

  1. Que buen artículo, que manera tan objetiva de ver la realidad de los ciudadanos que es discordante con la del gobierno.

Comentarios cerrados