
Todas las mañanas, después de madrugar por gentileza de mi hijo, me dispongo a leer los periódicos. Nada que ver con aquellos tiempos de mis primeros años universitarios, cuando aún quedaba algo del ritual de tener el diario desplegado frente a ti y acompañarlo de un café o un cigarro. Yo no fumo, pero varios de mis compañeros de facultad lo hacían con una solemnidad casi litúrgica mientras leían, por lo general, La Jornada. Uno podía detenerse, subrayar mentalmente, reír, indignarse, discutir con el compañero o angustiarse a su propio ritmo. Hoy el ritual es tan poco interesante: ya sea tumbado en algún sillón o en el transporte público, uno recurre al celular para hacer scroll, saltar entre pestañas o asomarse a las páginas de Facebook o las cuentas de X de los diarios para enterarse de lo que ocurre.
Estaba en este mecánico y gris ritual cuando una entrevista en El País me arrancó del letargo. Un sonriente Jorge Romero, presidente del PAN, posaba en una fotografía junto a una bandera con el nuevo logo del partido y el siguiente titular: “Si Ricardo Salinas Pliego se anima y avanza, no lo descartamos como candidato presidencial”. Hace apenas un mes Acción Nacional tuvo su “relanzamiento”. La palabra no es casual: no se trató de refundar al partido, sino de reposicionarlo como quien ajusta una marca cuyo empaque ya no vende. En ese evento, el PAN declaró solemnemente que había hecho un mea culpa. Y no uno cualquiera: anunciaron que ahora sí, de verdad, harán bien las cosas y derrotarán el mal que produjo Morena. Todo ello, por supuesto, acompañado de la apertura de su afiliación a la ciudadanía, como quien abre las puertas de una casa recién pintada y promete que esta vez habrá orden.
Regresando al diálogo de El País, cuando la entrevistadora preguntó a Romero sobre qué errores cometió el PAN durante su cambio de imagen, contestó muy seguro de su inteligencia: “Algo importantísimo de este relanzamiento es el paquete publicitario. Estar en cineminutos, en espectaculares, en el Metro, bajo puentes. Hay proveedores con los que ya teníamos un contrato, los empiezan a negar. En el Metro de Ciudad de México nos dijeron: “Ustedes no van a poder entrar aquí”. No se previó. Son decisiones de un Gobierno de Morena. Además, no supimos explicar que el relanzamiento es el primer paso de muchos, que acabará en 2026 con la presentación de un proyecto alternativo de nación”.
La respuesta me dejó boquiabierto. No cabe duda que el presidente del PAN posee la altura de miras de Manuel Gómez Morin y la cultura de Carlos Castillo Peraza… combinadas, quizá, con la audacia conceptual de un gerente de marca en su primera semana de trabajo. En una sola frase condensó la esencia de su proyecto: primero, el relanzamiento consiste en no equivocarse con los proveedores. El producto está bien; hay que mejorar la ejecución. Si hubieran puesto el espectacular unos metros más allá, o si se hubieran subido al Metro a pegar calcomanías con más entusiasmo, ya liderarían las encuestas en todas partes.
Todavía más importante, el relanzamiento del PAN consiste en revolucionar el mundo del marketing político bautizando su programa como “un proyecto alternativo de nación”. Nada menos. Porque usar exactamente el mismo nombre que López Obrador le dio al suyo desde 2004, mientras se le acusa de ser la fuente de todos los males del país, es una estrategia no sólo coherente sino impactante. Menos mal que se le ocurrió a él y no a un consultor externo: a cualquier estratega un poco más creativo habría que pagarle un ojo de la cara por semejante hallazgo.
Luego, ante la pregunta sobre los posibles aspirantes a la presidencia —porque a finales de 2025 lo urgente es hablar de los suspirantes de 2030—, Romero desfiló con cortesía protocolaria por la lista de nombres respetables: algunos gobernadores, un excandidato presidencial y Margarita Zavala, quien, dicho sea de paso, los abandonó en 2018. Pero aquello era puro calentamiento. Lo decía rápido, casi con prisa, como quien quiere quitarse de encima la ensalada para llegar al postre. Lo que de verdad se saboreaba era anunciar, con entusiasmo y temeridad, a Ricardo Salinas Pliego, hijo de Hugo Salinas Price —el mismo que intentó sin éxito que el Partido Nacionalista de México, una formación de extrema derecha, se convirtiera en un competidor serio por el poder— como posible candidato presidencial del PAN.
La noticia no sorprende a nadie, pero retrata al PAN con claridad. Para empezar, confirma que el partido no tiene mejor opción que recoger el mayor cisma del oficialismo. Porque, conviene recordarlo, Ricardo Salinas Pliego fue miembro del Consejo Asesor Empresarial de Andrés Manuel López Obrador; las primeras transferencias insignia del gobierno se diseñaron con Banco Azteca; y hasta tuvo voz en la elección del exsecretario de Educación Pública: Esteban Moctezuma, hoy embajador en Estados Unidos. Cambiar de opinión está permitido, —el que escribe es un desilusionado del cambio que no fue— pero no deja de ser pintoresco que la cruzada contra los males del obradorismo vaya a estar encabezada, si todo sale bien para el estratega a cargo del partido, por uno de los empresarios favoritos del expresidente durante la primera mitad de su sexenio. Eso sí: que no se atreva Denise Dresser a criticar a Salinas Pliego, porque en las benditas redes sociales no la bajan de facilitadora del autoritarismo… por decir lo menos.
Así pues, el gran estratega Jorge Romero nos revela que el PAN no tiene proyecto ni candidatos, pero puede tener espectaculares, anuncios en el Metro y un magnate en la boleta. Y parece que debemos emocionarnos con ello. Quizá piense que, por el desastre nacional, hay que votar por quienes ofrecen inteligencia artificial y la poderosa combinación retórica de “gobiernícolas” y “zurdos de mierda”, siempre acompañada —para mantener el espíritu nacional en alto— de diosito, la familia con Chabelo y la Libertad como timbre distintivo. No hace falta perder el tiempo explicando cómo sacar a Sinaloa del caos en que vive; cómo lograr que las transferencias lleguen mejor a quienes las necesitan; cómo hacer que los sueldos rindan, que las pequeñas y medianas empresas crezcan, o que los empresarios generen más riqueza y empleo sin que ello dependa de su cercanía con el Estado.
Desde luego, nadie espera que el PAN sea de izquierda; lo que se esperaría —y quizá ya es pedir demasiado— es que, siendo de derecha, propusiera algo más que un refrito de la cruzada global contra lo woke. Aprovechando que, como Morena con Pablo Iglesias, Romero gusta ir de compras ideológicas al extranjero, podría preguntar sobre el programa de Vox para revisar sus propuestas sobre pensiones, empleo y reducción de impuestos. O, al menos, leer a Fernando Savater, así sea para ampliar su vocabulario y no quedarse en esa mezcla tan peculiar entre catecismo y Yordi Rosado (con el perdón de Yordi).
Al parecer, la dirigencia panista está convencida que para llegar al poder ya no hace falta tener ideas, ni construir un proyecto, ni hablar con campesinos, clases medias, pequeños y medianos empresarios. Tampoco fuerza territorial, formar liderazgos o promover un relevo generacional. No: ahora el poder, creen, se conquista con contenidos en redes sociales a lo Milei. Lo importante, dice Romero en su entrevista, “son las métricas”. Ojalá que, ya que está cambiando de proveedores, no contrate de nuevo a quienes, con métricas, juraban que Xóchitl Gálvez sacaría mejores resultados.
En fin. Me gustaría decir que, tras leer la entrevista, cerré El País y abrí el Récord para ver cómo va mi Cruz Azul y enterarme sobre qué jugador le vamos a comprar al Necaxa de Pepe Woldenberg, pero no. Como dicta la costumbre en estos tiempos digitales, simplemente di “atrás” y continué haciendo scroll en El País. Fue entonces cuando me topé con la videocolumna de otra Romero, pero de la acera de enfrente, quien explicaba —con un tono que cualquier infante que recita poemas en el festival del Día de las Madres envidiaría— las maravillas de la presidencia de Claudia Sheinbaum. Supongo que también hay expertos en marketing que juran que a esa gran pieza retórica le va de maravilla en las métricas de las redes sociales.
Hugo Garciamarín
Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente