El fantasma del general de Gaulle recorre Europa

En un discurso reciente, el presidente francés, Emmanuel Macron, propuso abrir el debate sobre ampliar la protección que otorga el arsenal nuclear de Francia a toda Europa: “Las armas nucleares de Francia son un elemento esencial en la defensa del continente europeo”, sostuvo. La posición del presidente desató fuertes críticas internas: “… la disuasión nuclear no puede ser compartida. Bajo la excusa de defender Europa, Macron quiere liquidar la autonomía estratégica de Francia”, dijo el legislador de oposición Bastien Lachaud. La tendencia histriónica de la diplomacia francesa no es nueva. Durante su visita a China en 2023, Macron dijo ante reporteros que Europa debía resistir la presión para convertirse en el vasallo de Estados Unidos. Idea, desde luego, apoyada por Xi Jinping, quien siempre ha defendido la “autonomía estratégica” europea, impulsada por Francia, como forma de abrir una brecha entre los intereses de Europa y de Estados Unidos.

Ilustración: David Peón

Insistiendo en la misma idea, Macron buscó un acercamiento con Vladimir Putin en los meses anteriores a la invasión de Ucrania, estrategia igualmente condenada por varios líderes europeos. De acuerdo con un colaborador cercano, la visión de Macron consistía en que “había que ofrecer a Rusia una alternativa frente a China”. Al no lograr modificar los planes de Putin, Macron se volcó al otro extremo y hoy representa una de las posiciones más duras contra Rusia, en opinión de algunos, para “compensar su entusiasmo previo”. Macron sostuvo que “Si Rusia gana en Ucrania, no habrá paz en Europa […] Europa puede morir” , dejando claro que Francia y Europa pueden depender indefinidamente del apoyo económico y militar de Estados Unidos. Estas declaraciones se dan en el probable regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, lo cual representa la mayor amenaza al proyecto de defensa transatlántico. El aislacionismo que caracteriza al movimiento America First ha reforzado la preocupación de que Europa no puede permitirse depender de organizaciones transatlánticas respaldadas por Estados Unidos; el candidato republicano lo dejó claro durante un mitin al sostener que alentaba a Rusia a hacer “lo que se le diera la gana” con los países de la OTAN que no pagaran sus respectivas cuotas.

La idea de autonomía estratégica tiene un fuerte arraigo en la historia política francesa. Tras la victoria de las potencias aliadas en la Segunda Guerra Mundial, había que volver a explicar qué era y qué seguía para Europa. La alianza inevitable de unos y otros con las nuevas grandes potencias, Estados Unidos o la Unión Soviética dejaba poco clara la posición y jerarquía del continente en la política internacional. De la combinación entre la victoria en la guerra y la incertidumbre por el mundo de posguerra, surge el concepto atlanticismo para promover, como el curso natural de la alianza de guerra, una coalición que ahora debía prolongarse para salvaguardar la paz que había conseguido. Su máxima expresión institucional se concretó con el Plan Marshall de reconstrucción y la firma del Tratado del Atlántico Norte en 1949. Sin embargo, rápidamente estas ideas entraron en tensión con el continentalismo cuyos postulados defendían que Europa debía ser cuidadosa de no perder su autonomía. El general de Gaulle fue su principal representante y siempre se preocupó por la pérdida de soberanía a partir de un proyecto transatlántico. Crítico de la idea de Europa bajo una “Cortina de Hierro”, sostuvo reiteradamente que Europa iba desde Gibraltar hasta los Urales como lema para afrontar la nueva concepción de Europa como parte inseparable de Occidente y contrarrestar el nuevo paradigma bipolar de la Guerra Fría.

En 1966, de Gaulle retiró las tropas de la OTAN de territorio francés y criticó cualquier estructura institucional supranacional, “una Europa supranacional es una Europa bajo control americano”. De igual forma, vetó la solicitud de Gran Bretaña para unirse a la Comunidad Europea en 1963 debido a su “relación especial” con Estados Unidos que imaginaba como el Caballo de Troya para los intereses americanos en el continente. También es cierto que la preeminencia de la idea de soberanía francesa iba por encima del proyecto europeo; la prioridad quedó clara cuando de Gaulle rechazó las demandas por parte de Alemania al término de la guerra por transferir el asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a la Unión Europea. Fue un escepticismo que irrumpió en ambos lados del Atlántico: en Estados Unidos desde la Primera Guerra Mundial hubo voces importantes que divulgaron el aislacionismo respecto a los asuntos europeos. En un inicio, y hasta el suceso del Telegrama Zimmerman en 1917, por ejemplo, el presidente Woodrow Wilson defendió la postura de neutralidad en el conflicto europeo y ganó su reelección en 1916 bajo el eslogan de “nos mantuvo fuera de la guerra”.

Cada presidente francés ha tenido que decidir cómo relacionarse con el fundador de la Quinta República y sus postulados principales de autonomía estratégica y énfasis en la soberanía nacional. Con un interregno durante las presidencias de Nicolas Sarkozy y François Hollande, quienes, bajo estandarte de la protección a los derechos humanos, defendieron intervenciones militares de la mano de la OTAN, (por ejemplo, en Libia para derrocar a Muammar al-Gadafi), la constante ha sido la defensa del gaullismo. La presidencia de Macron criticó aquella “política exterior neoconservadora” , denunciando las últimas intervenciones militares de Occidente: “La democracia no puede ser impuesta desde fuera sin la participación de la gente”. Construyendo sobre el legado de de Gaulle, para Macron, la invasión de Irak en 2003 fue una acción unilateral de Estados Unidos. sin consideración de las resoluciones de Naciones Unidas a partir de la justificación ilegal de acciones preventivas como motivo para iniciar la invasión.

Quienes se oponen al argumento francés sostienen que no queda claro si es viable que Europa pueda ocuparse de su defensa sin el apoyo de Estados Unidos. Desde el fin de la Guerra Fría y hasta la invasión de Ucrania los presupuestos de defensa decrecieron constantemente, creando una brecha que hoy es difícil de remontar; además, cada país intenta beneficiar a su propia industria militar y existen disputas, hoy sorprendentes dadas las amenazas, como a qué país va a terminar beneficiando el calibre de las municiones que utilizan los tanques que hoy se construyen en coordinación entre Francia y Alemania. La divergencia es también económica y tecnológica. De acuerdo con el FMI la eurozona creció 6 % en los últimos 15 años, comparado con 82 % de Estados Unidos y, de las veinte empresas de tecnología más importantes, solamente dos son europeas.

Mientras Francia trata de mantener a raya la intervención de Estados Unidos y propone una industria militar “hecha en Europa”, Alemania impulsa una cooperación más cercana con la OTAN bajo liderazgo americano y no encuentra ningún inconveniente en hechos como que en últimos dos años, 78 % del equipo de defensa adquirido por países miembros de la Unión fue comprado a países que no conforman el bloque. Probablemente, las distintas preocupaciones sobre seguridad entre países europeos se mantengan como el mayor desafío: mientras que para los países Bálticos y Polonia, por ejemplo, Rusia representa la principal amenaza a su seguridad, para España o Italia, “Rusia es un problema distante en el mejor de los casos, y el reto principal es la migración ilegal, […] no es fácil lograr que Portugal aporte mucho para ayudar a Estonia”.

La seguridad es un bien colectivo que promueve que los beneficiarios más pequeños, conscientes de que sus intereses son similares a los de los miembros más poderosos, confíen en que las aportaciones de éstos últimos mantengan el esquema de protección casi en su totalidad. Además, como factor adicional de complejidad para la defensa de Europa, la ambivalencia de Estados Unidos en procurar simultáneamente una Europa fuerte militarmente, pero no demasiado; políticamente unida, pero no en exceso, ha promovido cierta dependencia y bloqueado avances para la autonomía estratégica del continente. El problema de las ambivalencias y confusiones es que siempre dan claridad para quienes sí tienen bien definidos sus objetivos militares.

 

Emiliano Polo
Abogado especializado en derecho internacional y diplomacia. Maestro en asuntos exteriores y seguridad internacional y asociado en el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi)