
La gente en Irán está despertando de lo que parece una pesadilla.
Durante doce días Israel bombardeó Irán con ataques aéreos en los que utilizaron misiles y drones. Golpearon hogares, hospitales y oficinas, matando a cerca de mil personas. Otras miles resultaron heridas, y decenas de miles se quedaron sin techo. Padres y madres perdieron a sus hijos; niñas y niños perdieron a sus padres. En una familia doce miembros murieron en un bombardeo israelí. Teherán, la capital del país, fue la más golpeada. Edificios bombardeados y parques repletos de cascajo son testimonio de los daños causados por el sorpresivo e injustificado ataque de Israel. Decenas, si no cientos de cuerpos permanecen enterrados bajo los escombros. Los funerales son constantes en Behesht-e-Zahra, el enorme cementerio ubicado en las planicies desérticas al sur de Teherán. Bajo un calor sofocante, las familias se reúnen para llorar a sus seres queridos. Entre los muertos hay estudiantes, conserjes, científicos, amas de casa, soldados, médicos.
Cada rincón de Teherán fue alcanzado por la guerra. Las bombas cayeron en zonas residenciales y barrios populares. Golpearon aeropuertos y depósitos de combustible, bases militares y oficinas gubernamentales. Pero ahora, mientras se reparan los daños, la gente de Irán se permite un suspiro. Por fin pueden despertar sin tener que confirmar que nadie entre sus cercanos haya sido asesinado durante la noche.
Maryam, socióloga de sesenta años que solicitó el anonimato para protegerse contra posibles represalias del gobierno por hablar con un medio norteamericano, atestiguó la guerra desde su departamento en la cresta de una colina al norte de Teherán. Desde su ventana vio las explosiones sacudir la ciudad, con columnas de humo señalando la ubicación de los objetivos alcanzados. Cuando hablé con ella, unos días después de que se anunciara el cese al fuego, todavía le costaba trabajo creer que la guerra había terminado realmente. “Se siente como si estuviéramos estancados en el barzaj [purgatorio]”, me cuenta por teléfono. “Tenemos miedo de que en cualquier momento las bombas vuelvan a caer sobre nosotros.” Maryam describe la guerra como un trauma nacional, colectivo, que ha dejado efectos de largo plazo en la psique y la sensación de bienestar del pueblo iraní. “Todos en Irán estamos lastimados”, me dice.
El miedo fue amplificado por el terror que experimentaron los iraníes durante las últimas 24 horas del conflicto, cuando Estados Unidos se involucró directamente en la guerra al lanzar un ataque aéreo contra instalaciones nucleares a las afueras de Qom e Isfahán, provocando y difundiendo el temor a la contaminación radioactiva. Después de los bombardeos, Trump declaró con apuro que había negociado un cese al fuego. Pero Israel aprovechó las horas finales de la guerra para golpear Irán con una fuerza que no se había visto durante los doce días del conflicto. Por lo menos cien personas fueron asesinadas en esas últimas horas, y más de mil resultaron heridas.
Reyhaneh, arquitecta de cerca de 30 años, pasó los bombardeos en el sótano de la casa en la que vive con su madre, al este de Teherán. Le resultó imposible dejar la ciudad durante la guerra. Su madre está recuperándose de cáncer. Incluso mientras las bombas caían sobre la ciudad, debía llevarla al médico para las consultas de seguimiento tras la cirugía cerebral a la que fue sometida. Reyhaneh vivía en el departamento localizado arriba del de su madre. Pero al iniciar la guerra empezó a pasar las noches con ella. “Pensé que sería lo mejor para estar al tanto de cualquier cosa que pudiera pasar”, me cuenta por el teléfono. En caso de que una bomba las alcanzara, estarían juntas la una de la otra: con vida, heridas, o en la propia muerte. Temían no sólo un golpe directo, sino también que una onda expansiva hiciera caer sobre ellas esquirlas o trozos de vidrios rotos. Varios edificios en su vecindario fueron bombardeados de manera continua, y cientos de casas resultaron dañadas. Al finalizar los enfrentamientos, los ataques se intensificaron de tal manera —y con mayor y mayor cercanía—, que tuvieron que mudarse al sótano del edificio. La noche anterior al cese al fuego, Reyhaneh escribió en su diario:
Hoy es mi cumpleaños. Los bombardeos son tan intensos que estoy segura de que moriré hoy en nuestro sótano. En mi lápida, estará escrita la misma fecha para mi nacimiento y para el día de mi muerte.
Unas horas después, el cese al fuego entró en vigor. Reyhaneh agregó:
Justo antes del amanecer, todo entró en calma. El cielo se iluminó, los ruiseñores empezaron a cantar, las palomas volaban sobre nosotros, e incluso los cuervos se unieron a esta sinfonía luminosa. Una atmósfera tan bella, sentía que el mejor día de mi vida estaba por empezar, o que los autos no hacían más que llevar a la gente a sus trabajos, libres de terror, sin intenciones de huir por los ataques. Casi no puedo creer que mi ciudad está en guerra y que estamos saliendo de refugios subterráneos para presenciar un hermoso amanecer. Intento olvidar las escenas de misiles y explosiones.
Dolor y zozobra
Intentando olvidar como pueden los horrores de las dos semanas pasadas, la gente que sobrevivió los bombardeos de Israel y Estados Unidos ahora vive en un país distinto. El trauma reconfigura a la gente. Los traumas colectivos hacen lo propio con las naciones. La última vez que cayeron bombas sobre Teherán fue en la década de los ochenta, cuando Saddam Hussein lanzó una invasión sorpresa con el apoyo de Occidente, que se convirtió en ocho años de guerra ininterrumpida entre Irán e Irak. Un millón de personas murieron durante ese conflicto. La República Islámica apenas se había establecido después de la Revolución de 1979. Durante ese conflicto, consolidó su poder aplastando la disidencia y movilizando a sus bases en una batalla existencial para defender a la nación. Por años el gobierno utilizó la guerra como un ejemplo de por qué Irán no debe confiar en potencias extranjeras, señalando cómo países que se mostraban como los paladines de los derechos humanos en la escena global, como Estados Unidos, habían brindado apoyo directo a Saddam cuando masacró a miles de iraníes con sus armas químicas.
En los últimos años, las autoridades cambiaron de tono. El Líder Supremo Ali Khamenei dio su bendición a las negociaciones con los Estados Unidos, lo que llevó al acuerdo nuclear de 2015 entre Irán, por un lado, y Estados Unidos, otros miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, Alemania y la Unión Europea en el otro. Trump violó el trato en 2018 y desechó el acuerdo. Hace seis meses Irán regresó a la mesa de negociaciones, sólo para que Estados Unidos volviera a traicionar su palabra y permitiera a su aliado lanzar un ataque sin provocación previa. La guerra tendrá efectos de largo plazo sobre la gente de Irán. Pero sólo el tiempo dirá qué consecuencias políticas acarrearán dichos efectos.
Los primeros días después del cese al fuego vieron el júbilo de muchos iraníes. Aquellos que habían dejado la ciudad volvieron a sus casas, y encontraron edificios destrozados a lo largo de las autopistas y escombros sobre las calles de sus vecindarios. Ahora los bombardeos diarios han terminado y muchos se entregan a la tarea de hacer un balance de los daños causados por la guerra. Eso incluye a periodistas, que pueden hacer ya reportes detallados sobre ataques que antes estaban velados por la niebla de la guerra. Por ejemplo, en los días finales de los combates, Israel bombardeó la prisión de Evin, donde cientos de prisioneros políticos están recluidos. Las autoridades israelíes se jactaron del ataque e incluso publicaron imágenes generadas con inteligencia artificial para celebrarlo. Pasó toda una semana para que se publicara el primer estimado de víctimas: 79 personas murieron en el bombardeo, incluyendo reos, trabajadores sociales de la prisión, vecinos que pasaban de casualidad por el lugar, guardias, y familiares de algunos prisioneros que habían ido a pagar fianzas. Otras dos semanas después del ataque, se hizo evidente que más gente había sido asesinada, y que sus cuerpos seguían bajo los escombros. Cerca de cien personas murieron cuando una bomba israelí arrasó el ala donde estaban recluidxs lxs priosionerxs trans.
Luego de que estas historias particulares salieran a la luz, la alegría que la noticia del cese al fuego produjo se transformó en un lamento por las vidas perdidas y los horrores vividos conjuntamente por los sobrevivientes. Unos días antes de que terminara la guerra, empezó el mes de Muharram. Los musulmanes chiitas dedican los primeros diez días de este mes a realizar ceremonias de luto por el Imam Husein, importante figura de los primeros tiempos del Islam, que culminan con el día de Ashura. En Irán, el Imam Husein es venerado como un mártir de la justicia y la libertad, asesinado por un califa corrupto junto a sus familiares y seguidores durante la Batalla de Karbala. Por las noches, se recita poesía mientras los fieles lloran al escuchar la historia del asesinato de Husein.
Este año, las oraciones se plagaron con versos de duelo por Irán y por la gente que murió durante la guerra, en una efusión colectiva de amargura nacional. Los pregoneros religiosos cercanos al gobierno han entonado ante multitudes de miles de personas en las calles de Teherán lamentos como: “En mi corazón y mi alma, permanecerás, Patria mía. ¡Eres un santuario sagrado, oh, Irán!”. Pero las muestras públicas de pesar no se restringen a aquellos cercanos al gobierno. Besat Heyat, una asociación religiosa de la ciudad de Yazd en el centro del país, ha recurrido con anterioridad a las ceremonias del Muharram para criticar las políticas del gobierno. Al señalar paralelismos entre las injusticias que enfrentaron los héroes pasados del Islam y la represión gubernamental actual, los pregoneros realizan una poderosa síntesis de la retórica religiosa con discursos de liberación. Después de que las protestas del movimiento “Mujer, Vida, Libertad” reclamaron un cambio político en 2022 —luego de la muerte de Jina Mahsa Amini mientras se encontraba bajo custodia policial—, las condenas que Besat Heyat lanzaba contra la represión del gobierno se volvieron tan directas que se les prohibió tener ceremonias públicas. Este año, sus recitaciones poéticas han cobrado un tono nacionalista:
Oh, Irán, amada patria, Oh, Puerta de entrada para el amor, Unión de mi cuerpo y de mi alma, Hoy digo esto con enorme pesar: ¡Mi Patria rebosa de dolor y zozobra!… Y mientras el asedio de ejércitos enemigos se mantenga, mi Corazón no conocerá el descanso.
El sentimiento de una furia digna, que invade a iraníes de todo el espectro político, se amplifica por la conmoción que genera la ausencia de una respuesta contundente por parte de la comunidad internacional ante el descarado asesinato de civiles por parte de Israel. “La guerra es algo terrible. Cada noche teníamos la duda de si moriríamos o no”, me cuenta Fereshteh, una periodista retirada que pidió también el anonimato como precaución ante una posible represalia del gobierno. “Sobre todo porque el país que nos bombardeaba está llevando a cabo un genocidio en Gaza.” Fereshteh trabajó durante tres décadas en IRIB, la cadena nacional de Irán, principalmente en programación infantil y transmisiones deportivas. En el cuarto día de la guerra, ella iba manejando cuando se encontró con un bloqueo. A la distancia, pudo ver que el icónico edificio de cristal de IRIB había sido alcanzado durante los bombardeos; había periodistas transmitiendo en vivo cuando una bomba israelí golpeó sus oficinas.
“Fue un sentimiento extraño, ver bombardeado el lugar en el que trabajé por años”, me dice. “Pensé en mis compañeros de trabajo dentro del edificio; no sólo los presentadores, sino los técnicos, editores, todos los que apoyan en las transmisiones […] No podía creerlo. ¿Cómo era posible que Israel bombardeara periodistas mientras hacían su trabajo? ¡Eran civiles indefensos! Israel dijo que IRIB es propaganda gubernamental, pero cada estación de televisión estatal defiende los intereses de su propio país. Los periodistas israelíes están bajo monitoreo del gobierno de Israel. ¿Eso hace que otros países tengan el derecho a asesinarlos?”.
Los ataques de Israel contra trabajadores de medios de comunicación en Irán son una continuación de los años de asesinatos aparentemente impunes de periodistas en Palestina y Líbano. Desde el inicio de su asalto a la franja de Gaza en 2023, más de 200 periodistas han sido asesinados tan sólo en el pequeño territorio bajo asedio. Fereshteh me expresó lo mucho que la frustra que pocos gobiernos hayan condenado las agresiones a civiles. También me hizo notar su enojo con la diáspora iraní que apoyó la guerra o que suscribió la justificación israelí de que estaban intentando “liberar” a la población de Irán de su gobierno. “Israel mató civiles iraníes. Israel no es ningún amigo de Irán. La decisión de cambiar o no el régimen corresponde sólo al pueblo iraní, y no a ningún gobierno extranjero o a Reza Pahlavi, cuyas acciones en favor de la gente de Irán nunca han ido más allá de instigarlos a salir a las calles y exponerse a las balas del gobierno para que él pueda regresar y tomar el poder”, me explicó Fereshteh, en referencia al hijo del depuesto Shah de Irán, quien apoyó el ataque de Israel y desde hace tiempo se adjudica el papel de única opción opositora viable al gobierno actual. “El gobierno iraní ha causado muchas penurias al pueblo iraní, como lo son las sanciones económicas. Pero ante un ataque extranjero, nuestro único deber es resistir al enemigo que ha iniciado la agresión.”
¿Un futuro incluyente? ¿O uno con mayor represión?
Durante la guerra, la gente de Irán se unió en formas grandes y modestas por igual para ayudarse a sobrevivir. Abrieron sus casas a desconocidos que huían de la guerra, ofrecieron agua y alimento a los desplazados, y ayudaron a iraníes en el extranjero a contactar a sus familiares. Incluso cuando Israel atacó ambulancias, los rescatistas siguieron asistiendo a los heridos. Los médicos hicieron llamadas de chequeo a las personas de la tercera edad que no pudieron escapar. Se formaron grupos de autoayuda para auxiliar a quienes se habían quedado varados en sus hogares. Estos esfuerzos se mantuvieron después del cese al fuego; por ejemplo, numerosas firmas de arquitectos ofrecieron ayuda para reconstruir sin ningún costo los hogares destruidos. Si Israel esperaba sembrar la insidia al interior de la sociedad iraní, el pueblo iraní ha demostrado que no lograron tal cometido.
El gobierno de Irán declaró la victoria al final del conflicto. De acuerdo con sus propias consideraciones, dos de los ejércitos más fuertes del mundo —que además cuentan con armamento nuclear— se habían jurado llevar a Irán a la rendición. Irán sobrevivió, y también lo hizo la República Islámica. Por otro lado, la guerra ayudó a validar la narrativa que Khamenei y sus acólitos han esgrimido desde hace tiempo: no es posible confiar en Occidente, e Irán debe estar siempre preparado para la guerra porque ésta puede estallar en cualquier momento. Si bien las negociaciones que Irán y los Estados Unidos sostenían antes del conflicto apuntaban a una posible desmilitarización gracias a una mejora de las relaciones entre los dos países, la apuesta de Israel —y el apoyo que le dio Trump —dieron en el traste con esta perspectiva. Trump ha dicho que le gustaría regresar a la mesa de negociaciones. Pero las autoridades iraníes han dejado claro que ya no confían en la palabra de los Estados Unidos El hecho de que haya grupos al interior de Estados Unidos y de Israel que son muy vocales respecto a su deseo de producir un cambio de régimen en Irán no ayuda en nada. Israel fue muy insistente en apelar a la lucha por la libertad del pueblo iraní como una de las justificaciones de su guerra; Netanyahu llegó a repetir la consigna “Mujer, Vida, Libertad” al final de uno de los discursos que transmitió mientras sus misiles caían sobre Teherán. Para los activistas iraníes que apoyaron el movimiento y que por años han participado activamente en la pugna por la democracia en su país, el presunto respaldo de Israel sólo perjudicó su lucha.
Maryam, la socióloga, no pudo más que reír cuando le pregunté por los llamados que algunos oficiales israelíes dirigieron al pueblo iraní para que se rebelaran en contra de su gobierno: “¿Cómo vamos a protestar cuando estamos corriendo de las bombas?”. De hecho, la intervención militar extranjera parece haber fortalecido la determinación de las autoridades por restablecer el control. Desde el final de la guerra, son varias las voces al interior del país que han criticado las fallas en la seguridad del gobierno, especialmente de las Guardias Revolucionarias. Con la guerra quedó claro que los agentes de inteligencia israelíes habían conformado una amplia red de vigilancia al interior del país. Muchos de los ataques, incluidos algunos realizados con drones, se lanzaron desde dentro de Irán en colaboración con la inteligencia israelí.
Durante la guerra, las fuerzas de seguridad arrestaron a cientos de ciudadanos iraníes bajo sospecha de realizar labores de espionaje para Israel, e incluso ejecutaron a algunos sospechosos. Hoy el gobierno ha ubicado retenes por todo Teherán, y los agentes de seguridad iniciaron la cacería de quienes acusan de ayudar a Israel en la guerra. La mayoría de las veces, su sospecha se dirige a individuos que pertenecen a comunidades que estaban ya marginadas: trabajadores, refugiados afganos, miembros de minorías étnicas —especialmente kurdos, quienes funcionan usualmente como chivos expiatorios—. Hay un gran temor de que el gobierno combata con mayor tenacidad a cualquier disidencia con tal de mantener el control de la narrativa.
Pero hay lugar para otra posibilidad. Muchos iraníes tienen la esperanza de que las autoridades reconozcan que la guerra ha afectado a todos por igual: tanto a sus oponentes como a sus simpatizantes, tanto a la población religiosa como a la laica. El activista Ali Abdi, un prisionero político usualmente recluido en Evin, fue liberado temporalmente antes de que iniciara la guerra. En una publicación de Instagram, escribió que la TV estatal iraní había promovido la idea de la solidaridad entre el pueblo de Irán durante la guerra, remarcando que toda diferencia entre iraníes se desvanecía cuando se trataba de defender la patria. Anteriormente, las transmisiones del estado solían diferenciar a la sociedad iraní entre revolucionarios y contrarrevolucionarios. Este discurso de solidaridad era mucho más incluyente, me comentó.
“Entre los muertos hubo mujeres que no utilizan el hiyab, hombres laicos, y gente ordinaria (amas de casa, atletas, empleados de mostrador) que ha renovado la imagen del mártir en la memoria colectiva”, me dijo. “Las imágenes que se quedarán con nosotros tras la guerra —las de la empatía que mostró la gente, la diversidad de aquellos aterrorizados o heridos, y la resistencia que generó— no tienen relación alguna con cualquier dicotomía divisoria.” Pero Abdi también advierte que el ideario nacionalista tiene un lado oscuro, uno que en potencia puede justificar nuevas restricciones sobre el pueblo iraní y promover un discurso xenófobo, especialmente en contra de los afganos, la población migrante más numerosa en el país. Teme que esto pueda producir nuevas formas de desigualdad, y borrar el hecho de que los afganos sufrieron y murieron tanto como los iraníes durante la guerra.
En Irán hay entre tres y cinco millones de afganos, muchos nacidos y criados ahí. Antes de la guerra, una oleada de deportaciones había obligado ya a cientos de miles de afganos indocumentados a abandonar el país. Desde que terminaron los ataques, muchos más han sido detenidos y expulsados. Los efectos a largo plazo de la guerra en la sociedad iraní seguirán tomando forma con el paso del tiempo. Y estarán estrechamente relacionados con los efectos globales del conflicto. La agresión de Israel y los Estados Unidos a Irán ha establecido un precedente aterrador: las guerras sin provocación previa como una estrategia aceptable de la geopolítica. Esto, sumado al genocidio que Israel realiza en Gaza con respaldo de Estados Unidos, seguramente reconfigurará el orden mundial. De hecho, la falta de rendición de cuentas por parte de Israel por los crímenes de guerra que ha cometido sin duda jugó un papel crucial para que sintiera la libertad de expandir su guerra hacia Irán, sin esperar sufrir alguna consecuencia. Mientras el pueblo iraní entierra los cuerpos de sus seres queridos y reconstruye sus hogares y vidas, estará atento no sólo a las reacciones de su gobierno, sino también a la respuesta de la comunidad internacional.
Alex Shams
Periodista y antropólogo de origen iraní-estadounidense. Editor del Colectivo de Media Ajam, revista digital concentrada en la difusión y discusión sobre cultura, sociedad, y política en Asia Occidental.
Publicado originalmente en truthout
Traducción de Gustavo A. Cruz Cerna