El grado cero del testimonio

En el medio académico de los estudios latinoamericanos todavía se recuerdan aquellas apuestas de críticos de fines del siglo pasado, como John Beverly, Carlos Rincón y Elzbieta Sklodowska, que veían en el testimonio una salida a la crisis de la literatura regional después del boom. Aquellos críticos se aferraban a obras como Biografía de un cimarrón (1966) del cubano Miguel Barnet o Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (1983) de la venezolana Elizabeth Burgos como posibles escapes al callejón sin salida de la narrativa de ficción en un continente que giraba al neoliberalismo.

El tipo de literatura de testimonio que privilegiaba aquella crítica asumía la identificación con sujetos históricamente oprimidos, como las comunidades afrodescendientes o los pueblos originarios. En consonancia con el avance del paradigma de la diversidad cultural en Estados Unidos y Canadá en los años noventa y, luego, en algunos países latinoamericanos, en especial los inscritos en el constitucionalismo bolivariano en la primera década del siglo XXI, la defensa del testimonio se entrelazó con los discursos multiculturalistas.

Pasó entonces inadvertido que esa canonización del testimonio descuidaba otros legados del periodismo literario latinoamericano. En particular el tipo de crónica escrita durante la resistencia a las últimas dictaduras militares del Cono Sur y los diversos autoritarismos de la región en la Guerra Fría. Nombres como los de Rodolfo Walsh en Argentina, Ariel Dorfman en Chile o Carlos Monsiváis, Vicente Leñero y Elena Poniatowska en México serían ineludibles en un testimonio antiautoritario, que no quedaba bien ubicado en aquel canon.

En años recientes, junto a una narrativa femenina (Mariana Enríquez en Argentina, Nona Fernández en Chile, Fernanda Melchor en México…) que deja atrás los dilemas del post-boom, personificados en la obra de Roberto Bolaño, se ha consolidado una corriente de crónica literaria (Martín Caparrós en Argentina, Juan Villoro en México, Óscar Martínez en El Salvador, Carlos Manuel Álvarez en Cuba…) cuyas poéticas conectan de forma directa con la tradición del testimonio en su sentido más amplio.

A ese flanco de la literatura latinoamericana pertenece la escritora argentina Leila Guerriero. Con particular énfasis en su último libro sobre el caso de Silvia Labayru, una joven guerrillera urbana de la organización Montoneros, arrestada, torturada y violada en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el temible centro represivo de la última dictadura argentina. Labayru fue detenida cuando estaba embarazada, dio a luz en la ESMA y logró que su hija se entregara a sus abuelos a cambio de sumarse a un programa de corrección política, que nunca dejó de ser forzoso.

Guerriero entrevistó durante un año a Labayru y a las personas más cercanas a su experiencia, y con ese material armó una historia espeluznante que tiene la virtud de leerse como una ficción real. La escritura debió ser, por necesidad, laboriosa, no sólo por el cúmulo de entrevistas transcritas sino por el hecho de que lo que sufrieron Labayru y otras jóvenes militantes argentinas, recluidas en la ESMA, ha sido objeto de múltiples intervenciones periodísticas, como las de Miguel Bonasso, Horacio Verbitzky, Miriam Lewin u Olga Wornat, pero también de estudios académicos bien documentados como el de Marina Franco y Claudia Feld.

A la vez, Guerriero tuvo a su favor los expedientes de las causas judiciales contra jefes de la ESMA como Jorge Acosta, Alfredo Astiz y Alberto González, este último condenado a prisión en 2021 por el delito sexual de violación, gracias a declaraciones de Labayru. En su doble condición de víctima y testigo, Labayru ha debido manejar diversos registros de testimonio ante la opinión pública y el poder judicial argentino. Su testimonio a Leila Guerriero es, con mucho, el más amplio y detallado de todos.

Es tan extenso y detallado que va más allá de la denuncia de las torturas y vejaciones que la joven militante sufrió mientras estuvo recluida en la ESMA. Se trata de un testimonio que se interna en la zona incómoda del distanciamiento crítico con el machismo, la ortodoxia y la irresponsabilidad de Montoneros y otras agrupaciones de la izquierda armada. Pero también en la no menos molesta dimensión de los estigmas y desprecios que el exilio argentino promovió contra los sobrevivientes de los centros de detención de la dictadura.

El sobreviviente, el que no murió bajo una dictadura letal como aquella, era repudiado por un exilio que funcionaba como comunidad de víctimas, con reglas estrictas de inclusión y exclusión. Con más ensañamiento en el caso de una sobreviviente como Labayru, nacida en una familia privilegiada de militares, que logró salir de la ESMA por formar parte de un “programa de recuperación”, que incluyó servicios impuestos en la identificación de militantes, creación de empresas y diseño de una salida civil al régimen dictatorial, encabezada por el almirante Emilio Eduardo Massera.

Labayru y otras militantes, como Mercedes Carazo, Marta Álvarez, Graciela García o Lidia Vieyra, lograron sobrevivir por medio de una simulada obediencia. La escritura de Guerriero alcanza sus cotos de mayor brillantez en la impugnación de malentendidos como los de “colaboracionismo”, “traición” o “síndrome de Estocolmo”, atribuidos a aquella elección racional. No era una empresa fácil, a nivel ético o literario, repensar una vía de sobrevivencia que tuvo costos tangibles, como los que reclamaron las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo.

Roland Barthes hablaba de un grado cero de la escritura que se decidía por medio de una neutralidad radical, colocada a las puertas mismas del lenguaje. Eso es lo que logró Leila Guerriero con el testimonio de Silvia Labayru, en una prosa en la que nunca se confunden las voces de quien rinde el testimonio y quien lo transcribe. La eficacia de este libro, que escenifica la desembocadura del nuevo periodismo latinoamericano en ficciones reales, como las que hemos leído en Emmanuel Carrère o Javier Cercas, tiene que ver con ese discernimiento del habla de la que testifica y la que narra.

Pero también tiene que ver con una idea del testimonio que deja atrás el paternalismo subalternista de las décadas que siguieron a la caída del Muro de Berlín. Esa idea implica otra manera de practicar la memoria de las últimas dictaduras militares de la Guerra Fría, en la que la reconstrucción fría y precisa de los atropellos y desmanes de aquellos regímenes se acompaña de una evocación crítica y distanciada de los errores y dogmatismos de las izquierdas revolucionarias.

 

Rafael Rojas
Profesor del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México

  • Leila Guerriero, La llamada. Un retrato, Barcelona, Anagrama, 2024.