
Cuando Israel lanzó un ataque sorpresa contra Irán el 13 de junio de este año, su objetivo declarado fue destruir el programa nuclear de un Estado rival. A los pocos días, sin embargo, el propósito de la misión se modificó. Benjamin Netanyahu admitió abiertamente que la operación podría resultar en la caída de la República Islámica, el gobierno de Irán. El día que finalizaron los enfrentamientos, Donald Trump —quien apoyó la agresión desde un inicio— se sumó a Netanyahu al hablar de un cambio de régimen.
A pocos tomó por sorpresa la postura de Estados Unidos e Israel. Para Netanyahu, el cambio de régimen es un objetivo constante, se trate de Hamas en Gaza o Hezbollah en Líbano. Y aunque Trump aparenta cautela ante las cámaras, ha mostrado entusiasmo por escalar la confrontación con Irán, ya sea planteando el posible asesinato de sus líderes, prohibiendo la entrada de sus ciudadanos al territorio estadounidense o intensificando las sanciones económicas y saboteando el acuerdo nuclear de 2015, bajo acusasiones falsas de incumplimiento en contra de la parte iraní. Es un hecho que el cambio de régimen en Teherán ha estado presente en la agenda estadounidense por generaciones.
Más inesperado fue, quizás, el regocijo por los ataques que surgió en varios rincones de la diáspora iraní. Mientras Netanyahu y Trump bombardeaban Irán, un gran número de distinguidos iraní-estadounidenses ondearon la bandera israelí y exigieron intensificar los bombardeos. Entre quienes celebraron los ataques está Reza Pahlaví, de 64 años, hijo del rey (sha, en persa) que fue destituido por el pueblo iraní durante la revolución de 1979. “Este es nuestro momento del Muro de Berlín”, declaró.
Pahlaví no cuenta ni con logros propios ni con apoyo de base, pero sí posee un nombre conocido y una inmensa fortuna familiar. A inicios de 2023, intentó conformar una coalición con la oposición iraní fuera del país, que no tardó en desmoronarse. Aun así, Pahlaví gusta de aparentar cínicamente que su “restauración” es un hecho consumado. Durante la guerra de doce días no paró de insistir en que la República Islámica se encontraba al borde del colapso, y que él volvería a Teherán con el respaldo de los tanques estadounidenses y los misiles israelíes, llegando incluso a presumir un plan para los primeros cien días de su gobierno.
Hay en el caso un tufillo que recuerda al delirio divulgado por Ahmad Chalabi, el exiliado iraquí que en 2003 abanderó la invasión estadounidense insistiendo que Bagdad celebraría la llegada de los marines “La gente cree que (las tropas estadounidenses) son liberadores”, aseguró sin mucho sustento. La realidad es que los movimientos democráticos al interior de Irán no ven con buenos ojos al hijo del viejo dictador. “Muerte al opresor, ya sea un Sha o un líder religioso” fue una de las consignas del movimiento Mujer, Vida, Libertad de 2022. Para estos activistas, como para muchos otros, Pahlaví es poco más que un recordatorio del despotismo con el que gobernó su padre con el respaldo de los Estados Unidos.
Y sin embargo, desde hace unos años Pahlaví ha tenido una presencia constante en cadenas de televisión en persa y en redes sociales; un número creciente de iraníes ha dado muestras de simpatía por su proyecto, y su perfil nunca ha tenido tanta fuerza en la arena internacional. ¿Cómo es que ganó tal prominencia?
Este proceso parecería natural para muchos, pero lo que hay detrás es una campaña coordinada de manipulación mediática. Los gobiernos de Israel, Arabia Saudita y Estados Unidos, junto a actores privados, han desembolsado millones de dólares para fortalecer a Pahlaví y, de igual manera, al deseo por un cambio de régimen, a la vez que desacreditan a aquellos que se oponen a él o a los ataques de Estados Unidos e Israel en contra de Irán. Esta campaña propagandística se desarrolla por dos vías. Primero, los promotores de Pahlaví han invertido grandes cantidades en cadenas televisivas promonárquicas en persa, en las que tiene apariciones constantes. Segundo, han construido una red de cuentas en redes sociales encargadas de difundir desinformación y acosar voces en pro de la democracia; aquellos iraníes que, desde el interior del país o fuera de él, se oponen al régimen actual pero también rechazan reyes y golpes de estado diseñados desde el extranjero. Los simpatizantes de Pahlaví son en su mayoría exiliados, partidarios del Sha o de su descendencia que gracias al apoyo de emisoras monárquicas, think tanks con sede en Washington, y cuentas de bots han aumentado su influencia entre los iraníes desesperados por encontrar una alternativa a la República Islámica.
El auge —o, para ser más precisos, la fabricación— de Pahlaví es tan sólo el episodio más reciente de complots para un cambio de régimen dirigidas en contra de Irán. Potencias extranjeras han intentado imponer un liderazgo reaccionario en el país petrolero, por una variedad de razones. Una democracia iraní iría contra de los intereses tanto de Arabia Saudita —que teme a pocas cosas tanto como a una democracia en sus fronteras— como de Israel, que prefiere una dictadura dócil a un gobierno popular que podría asumir como propio el proyecto de un futuro para Palestina.
Por tanto, muchas razones hacen de Reza Pahlaví una alternativa útil; el peón ideal de una estrategia de décadas para eliminar la independencia de Irán. Aunque Trump ha mostrado cierta vacilación, conteniéndose de hablar sobre cambio de régimen mientras amenaza al líder supremo iraní, Pahlaví se presenta como el patriota que se planta contra el régimen en favor de una “democracia secular”. A pesar de que su perfil mediático depende de la mentira de que cuenta con apoyo real y espontáneo, el altavoz que le da presencia pública es efectivamente real, mientras que el lobby detrás de él es bastante sofisticado. Los verdaderos demócratas en Irán lo ven como enemigo más que como paladín. Sin embargo, los intereses políticos tras bambalinas han invertido millones de dólares para brindarle la ilusión del apoyo popular, y él se muestra feliz de seguirles la corriente. Estos poderes velados buscan un rostro iraní que los ayude a justificar el bombardeo en contra de Irán, y Reza Pahlaví se ha mostrado más que dispuesto a aplaudir la masacre.
Para entender a este hombre que quiso ser Sha, debemos entender la historia moderna de Irán en la imaginación imperialista.
Pahlaví nació en 1960, pero su historia comienza en 1905, con una rebelión popular contra un poder que, para muchos, no podía tolerarse más: la dinastía Qayar, una monarquía absolutista que gobernó Irán por más de un siglo. La demanda, compartida en ese entonces por revolucionarios de toda Asia, era el constitucionalismo. En medio de una devastadora guerra civil, Gran Bretaña y la Rusia zarista intervinieron del lado de los Qayar. Pero los revolucionarios establecieron una nueva base legislativa para el país, la Constitución Persa de 1906, que limitaba los poderes de la monarquía.
Poco después, un joven oficial del ejército derrocó a los Qayar en un golpe de Estado y se declaró a sí mismo rey; el abuelo y tocayo de Reza Pahlaví, fundador epónimo de la dinastía. El nuevo Sha consolidó su poder reprimiendo la prensa independiente y los partidos de oposición, haciendo del incipiente parlamento —el contrapeso constitucional a la autoridad real— una mera fachada. Su éxito fue en gran medida resultado del patrocinio británico. Ante los ojos de Londres, Irán (flanqueada por las colonias inglesas de Irak e India) se ubicaba dentro de su esfera de influencia. Más aún, sus enormes recursos petroleros resultaban cruciales para abastecer a las fuerzas militares británicas. Los ingleses ya habían plantado con puño de hierro su control sobre los derechos de explotación del petróleo iraní, pero las tensiones estaban siempre presentes. Un Reza Pahlaví agradecido era un aliado valioso en la empresa colonial.
Ese sueño murió en la Segunda Guerra Mundial. En 1941 el Reino Unido y la Unión Soviética invadieron y ocuparon Irán, mandando al Sha al exilio e imponiendo a su hijo mayor, Mohammad Reza Pahlaví, en el trono. Pahlaví II, entonces un adolescente inexperto y desubicado, al inicio se mostró incapaz de gobernar con la mano dura de su padre. Surgieron sendas organizaciones políticas independientes; los partidos de izquierda atrajeron a miles de seguidores, mientras que nacionalistas seculares pedían la instauración de un gobierno democrático. Durante los últimos años de la década de los cuarenta las elecciones parlamentarias fueron aumentando su grado de libertad y equidad y, para 1951, los electores pusieron a Mohammad Mossadegh en el puesto de Primer Ministro. Su popularidad se sostenía en la promesa de defender la soberanía del país y la construcción de un sistema económico más justo, en parte gracias a la nacionalización del petróleo iraní. Cuando miles de personas llenaron las calles en apoyo a la visión de Mossadegh, el Sha huyó y las multitudes jubilosas derribaron sus efigies y monumentos.
Aunque Estados Unidos ofreció ayuda bajo la condición de que Mossadegh reestableciera el orden, la CIA estaba bastante contrariada por su ascenso —los políticos estadounidenses se negaban a aceptar que otro país del Sur Global dispusiera de control soberano sobre sus recursos naturales—. No eran los únicos con una preocupación así: las políticas de Mossadegh generaron oposición en grupos de interés, entre los que podemos contar a monarquistas, industriales, y una parte importante del clero del país. La CIA diseminó estos sentimientos de descontento al financiar movilizaciones en las calles, creando así la ilusión de apoyo popular hacia el Sha. En paralelo, la agencia de inteligencia brindó asistencia a una facción del ejército que planeaba un golpe de Estado.
En 1953, encabezados por un mafioso de nombre Shaban Jafari, conocido entre la población iraní como Shaban el Descerebrado (Shaban Bi-Mokh), las muchedumbres organizadas por la CIA anegaron las calles exigiendo el regreso del Sha. En medio del caos, la BBC Persia transmitió un mensaje codificado que dio inicio al golpe. Mossadegh fue arrestado, movimientos políticos independientes fueron reprimidos y el Sha regresó, estableciendo finalmente un control autocrático pleno. Durante los meses subsecuentes, la BBC Persia se refirió a estos hechos como una “revolución popular”. El Sha no desperdició ni un minuto a su regreso. Su mandato se hizo cada vez más corrupto y draconiano, sustentándose principalmente en la tortura, el asesinato, la encarcelación e intimidación a manos de la SAVAK, la policía secreta entrenada por Israel.
Como uno de los principales poderes detrás de la imposición del tirano, los Estados Unidos fueron vistos por muchos iraníes como el principal obstáculo para su libertad. Las protestas de finales de los setenta se dirigían contra tanto del Sha como de sus auspiciadores estadounidenses. Izquierdistas, nacionalistas e islamistas tenían visiones claramente distintas para el futuro de Irán (y muchos de ellos verían caer sobre sí las sangrienta represión de la facción khomeinista que triunfó a principios de 1979), pero por ese entonces todos compartían la convicción de que el Sha debía irse y que era imperativo evitar también que los estadounidenses lo reinstalaran posteriormente. Esta fue una de las principales motivaciones tras la toma de la embajada norteamericana a finales del ’79. En Occidente se recuerda una impertinente y osada toma de rehenes, pero los revolucionarios iraníes lo vieron como un esfuerzo por prevenir un nuevo golpe, temerosos de que los Estados Unidos estuvieran preparando el retorno del Sha. De cualquier manera, Mohammad Reza Pahlaví estaba ya demasiado enfermo para otra temporada en el trono. Murió en el Cairo en 1980, luego de un exilio corto en México y un tratamiento infructuoso en los Estados Unidos.
La atención de los estadounidenses viró hacia su hijo adolescente, Reza Pahlaví. La gente de Irán lo conoció en 1986, cuando apareció en la televisión estatal proclamando “Regresaré”, en un video que interrumpió la programación habitual gracias a un transmisor proveído por la CIA. Sin embargo, nunca mostró mucha convicción golpista. Al año siguiente, se le propuso una misión al estilo de Bahía de Cochinos aprobada por el expresidente Richard Nixon: Pahlaví y sus partidarios serían desembarcados en la Isla Kish, con apoyo militar norteamericano, para luego alcanzar tierra firme. Ahí, se les unirían legiones de iraníes fieles a su rey y marcharían al norte para tomar Teherán. Al conocer el plan, Pahlaví titubeó. Hizo una pregunta: “¿Cómo escaparemos si las cosas salen mal?”. Quizás presintió que no sería recibido por nadie.
Pahlaví se conformó con recaudar fondos entre la diáspora iraní. En tan sólo dos meses de campaña en 1989, sumó un millón de dólares. “La propaganda no es barata”, explicó, para luego pronosticar que le tomaría “de dos a tres años máximo” regresar a Irán. Cosa que no sucedió, aunque nunca dejó de intentarlo, una y otra vez. En 2003, mientras las fuerzas estadounidenses hacían de las suyas en Irak, Pahlaví se reunió con Netanyahu para cotejar ideas de una nueva invasión de los Estados Unidos, esta vez en contra de su patria.
Mientras tanto, la política iraní se agitaba. Durante los noventa, movimientos obreros y habitantes de asentamientos informales plantaron resistencia a las políticas neoliberales de la República Islámica. Durante los dos miles, organizaciones feministas y de la llamada sociedad civil dieron lugar a movimientos masivos fuera de la esfera de los partidos políticos, mientras que algunos reformistas se esforzaron por ampliar las instituciones democráticas al interior de la minuciosamente controlada política oficial de Irán. El “Movimiento verde” se movilizó durante meses, reflejando el creciente rechazo local al orden autocrático. Hartos del statu quo, iraníes prodemocracia participaron en las elecciones de 2009 y habrían logrado victorias interesantes si el gobierno no hubiera manipulado los resultados. Pahlaví expresó su apoyo al movimiento, aunque insistía en que el Rey legítimo de Irán era él.
Sus comentarios fueron objeto de burla en amplios sectores. Los iraníes han peleado por la democracia durante cien años; combatieron al Sha y ahora combaten al rahbar, el líder supremo. Pahlaví no tenía nada que ver con el futuro democrático que añoraban. Era alguien fácil de ignorar… hasta que dejó de serlo.
La diáspora persa ha buscado desde hace mucho romper el cerco mediático de Irán a través de canales satelitales. El primero de ellos, que transmitía desde Los Ángeles, Londres, Toronto y Dubái, surgió en los noventa, luego de que los emigrados iraníes reconstruyeran su industria cultural en el exilio. La programación intercalaba videos de pop en persa con diatribas políticas, pero la producción era de una calidad mediocre debido a la escasez de recursos. Otros canales, como BBC Persia y Voice of America, eran financiados por gobiernos extranjeros. Aunque de vez en cuando entrevistaban a Reza Pahlaví, nunca lo presentaron como el futuro líder de Irán.
Para la década de 2010, sin embargo, vieron la luz nuevos canales privados. Bien pulidos, sofisticados y transmitiendo un amplio espectro de contenido, Iran International y Manoto reconfiguraron el ecosistema mediático del mundo de habla persa. Alrededor de 70 % de los iraníes dentro del país cuentan con televisión vía satélite, y muchos de ellos se informan en los canales que ven en ella; estos dos son de los más populares. También son bastante opacos respecto a su financiamiento: ambos se niegan a identificar a sus patrocinadores. No obstante, una investigación de The Guardian encontró que Irán International recibe 250 mil millones de dólares de Arabia Saudita, que aboga con firmeza por la guerra y el bloqueo económico estadounidense en contra de Irán. El canal además celebra con alegría los encuentros de sus periodistas con la inteligencia israelí.
Los dos canales impulsan una línea editorial cargada de nostalgia y a favor de la restauración de la monarquía. La bandera del Irán prerrevolucionario ondea durante sus transmisiones, y Reza Pahlaví es un invitado frecuente. Manoto en particular produce documentales en los que se añora el mandato del Sha, reproduciendo la vieja propaganda monárquica en la que el Irán de los Pahlaví era presentado como un Estado moderno y progresista. La cadena alimenta sus producciones con el archivo televisivo de antes de 1979; cómo obtuvo este material es un misterio.
Esta programación nostálgica evita a toda costa mencionar la extrema desigualdad y la pulverización casi total de la libre expresión durante el mandato del Sha, prefiriendo en su lugar rehabilitar la imagen de los Pahlaví. Manoto ha llegado incluso a justificar atrocidades rampantes, como lo demuestra una entrevista a modo con el antiguo mando de la SAVAK Parviz Sabeti, a quien víctimas de la represión describen como “el arquitecto de la institucionalización de la tortura en Irán”. La ironía es que muchos de los peores rasgos de la República Islámica —y los más citados por sus opositores como justificación para un cambio de régimen— tienen sus orígenes en la era de los Pahlaví, retratada de manera tan candorosa en la programación de Iran International y Manoto. La prisión de Evin, célebre por albergar a disidentes políticos, era conocida entonces como la “Universidad de Evin” debido a que ahí fueron encarcelados numerosos intelectuales y periodistas. Y aun así la audiencia es impelida a ver en la monarquía una alternativa mejor, y de hecho la única, a la República Islámica.
Sin ser cuestionado sobre su opinión o responsabilidad respecto a los crímenes de la monarquía, Reza Pahlaví llena las transmisiones con llamados por un cambio de régimen y predicciones del inminente colapso del gobierno, mientras aguarda tras bastidores su regreso al trono. Y cuando los propios iraníes toman las calles para denunciar a sus líderes, Pahlaví se muestra listo a “traducir” los deseos que los motivan: cuando se clama por revolución y justicia económica, dice, lo que en verdad quieren es un cambio de régimen auspiciado desde el extranjero y el retorno a un ancien régimen que él se encargará de reinstaurar. A pesar del acoso de las fuerzas de seguridad, los activistas prodemocracia en Irán se toman el tiempo para refutar las afirmaciones de Pahlaví cada que es necesario, ya sea en declaraciones contrabandeadas desde prisión o en comunicados redactados por sindicatos obreros.
De hecho, Pahlaví y las cadenas de televisión mencionadas han unificado sus fuerzas para crear una caja de resonancia que desacredita y silencia movimientos democráticos genuinos. A finales de la década pasada, cuando una serie de protestas encabezadas por obreros sacudieron Irán, consignas que se originaron en Manoto —que condenaban a los reformistas o halagaban a los Pahlaví— fueron lanzadas esporádicamente en las calles; las cadenas transmitieron videos de estos episodios, generando la falsa impresión de un amplio apoyo a la monarquía, pero invisibilizando otros reclamos. Hoy por hoy, hasta podríamos exculpar a las audiencias iraníes de Manoto o Iran International por confiar en que el colapso del régimen es inminente, una ficción que sabotea el tipo de activismo necesario para reconfigurar y democratizar a la sociedad iraní desde dentro.
Pero si el cambio en Irán no vendrá desde un activismo en su interior, ¿de dónde se supone que vendrá? La clara implicación de estas campañas es que deben acogerse fuerzas externas. Cuando Israel o los Estados Unidos asesinan iraníes o sofocan su economía, Iran International y Manoto se refieren a ellas como acciones que afectan exclusivamente “al régimen”. Las bajas civiles son desestimadas o ignoradas, proyectando la ilusión de que una potencia extranjera podría atacar sin afectar la totalidad de la población, para luego pedir a las personas que sin duda estarían siendo bombardeadas a congregarse en torno al hombre que impulsa y defiende la guerra.
Está también la campaña en línea. Los estadounidenses de origen iraní son una comunidad decididamente progresista. Un estudio de 2008 arrojó que las probabilidades de que se afilien en el partido demócrata son cuatro veces mayores a que lo hagan en el republicano, y dos tercios creen que la diplomacia con Irán es lo que más conviene a los Estados Unidos. Más de década y media después, estos números no han cambiado mucho. La comunidad iraní-estadounidense fue muy activa en la oposición al veto migratorio de Trump en contra de los musulmanes, pues afectaba a sus familiares, y también ha rechazado ampliamente las sanciones en contra de Irán. Una encuesta de 2025 realizada antes de la guerra de junio dijo que la mayoría de los iraní-estadounidenses se oponían a los ataques.
Aun así, en redes sociales como X/Twitter las voces de la diáspora con más seguidores son partidarias de Trump, con profundas filias hacia Israel y un entusiasmo por la guerra y el bloqueo económico, mientras que los iraníes-estadounidenses críticos de estas políticas son asediados con comentarios iracundos tanto en inglés como en persa. El desfase es escandaloso, pero también resulta familiar a todo aquel que haya pasado suficiente tiempo en línea: es inevitable la sospecha de un ataque coordinado de trolls o bots. De hecho, ha salido a la luz evidencia que revela una amplia campaña de manipulación de redes sociales, impulsada por Israel, Arabia Saudita y Estados Unidos, que ha dado una enorme presencia a un pequeño contingente de influencers de derecha que promueve el cambio de régimen y busca apuntalar a Reza Pahlaví.
La manipulación de las redes sociales iraníes me pareció evidente por primera vez en 2019. Yo vivía en Teherán cuando estallaron las protestas en contra de un plan del gobierno para eliminar un subsidio a la gasolina. Con la esperanza de apaciguar el descontento y prevenir la organización, se bloqueó el acceso a internet en todo el país. Durante esa semana, el estado asesinó a cientos de personas. Pero con todo y que el internet estaba caído, las redes sociales iraníes explotaron con publicaciones promoviendo el cambio de régimen y a Reza Pahlaví como “la voz de los iraníes”. Miles de tuits hablaban de manifestantes gritando “Reza Sha Rouhet Shad” (“Dios te bendiga Sha Reza”, en alusión al abuelo de Pahlaví). Quienes estábamos en Irán quedamos estupefactos cuando el internet volvió y vimos lo que pasaba en las redes. De donde fuera que vinieran estas publicaciones, era claro que no era de dentro del país.
Todo apuntaba a que una operación para influir en la opinión pública había sido puesta en marcha; un nuevo episodio de un fenómeno más extenso y opaco que ha sido esclarecido poco a poco en reportajes y crónicas intrépidas, como el libro de Marc Owen Jones Autoritarismo digital en Medio Oriente: engaño, desinformación y redes sociales, de 2022. Luego de la llamada Primavera Árabe, ejércitos de bots creados para combatir los movimientos prodemocracia fueronvinculados a las redes de desinformación saudíes. Y después de la llegada de Trump al poder y el desmantelamiento del acuerdo nuclear, aparecieron cuentas falsas para hacer publicaciones en apoyo a Reza Pahlaví y en contra de individuos y organizaciones que abogaban por la diplomacia entre Irán y los Estados Unidos. Estas cuentas se concentraban en hashtags como “Trump destruirá Irán”, desencadenando una gran ira en contra de quienes se atrevían a disentir. Otras etiquetas, como #IRGCTerrorista, exigían que los Estados Unidos designara a la Guardia Revolucionaria Iraní, como una organización terrorista extranjera. (Trump terminó haciéndolo en 2019, y tal designación sigue vigente desde entonces).
Geoff Golberg es uno de los detectives online que han ayudado a desenmarañar esta compleja trama. Fundador de Social Forensics, una firma de análisis de redes sociales, Golberg cuenta que su interés inició a principios de 2019 gracias a Ben Nimmo, experto en campañas de desinformación, quien era miembro del Laboratorio de Estudios Forenses Digitales de The Atlantic Council, luego se hizo Director Global para Inteligencia de Amenazas en Meta, y recientemente obtuvo un cargo similar en OpenAI. Nimmo había tuiteado sobre tráfico sospechoso en Twitter que promovía un hashtag relativo a la Conferencia de Varsovia, una cumbre organizada por Trump cuyo propósito era construir una coalición global en contra de Irán. Cuando Golberg se puso a investigar descubrió que la etiqueta fue inflada de manera artificial por cuentas falsas.
Para dar continuidad, Golberg rastreó cuentas con miles de seguidores pero ninguna existencia física discernible, muchas de ellas asociadas a grupos de apoyo a Pahlaví. Cuando Golberg escribió y tuiteó sobre sus descubrimientos, se le ridiculizó como títere del régimen iraní, y la privacidad de su familia se vio comprometida, con direcciones y números telefónicos hechos públicos en redes. Golberg se dio cuenta de que muchas de las cuentas involucradas parecían estar vinculadas al Proyecto de Desinformación en Irán (Iran Disinformation Project), un grupo financiado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos dedicado a trollear a activistas por los derechos humanos, periodistas y figuras públicas que se oponen a la guerra con Irán. Sus objetivos incluyen a Jazon Rezaian, un reportero del Washington Post que ha estado ya encarcelado en Irán, y la investigadora de Human Rights Watch Tara Sepehri Far. Jones señala que “aunque […] el acoso en línea es frecuente en casi cualquier ámbito de la política, lo que singulariza el caso iraní es que la esfera de debate fue convertida en una arena de agresión tóxica por el gobierno de los Estados Unidos”, un ambiente en el que “muchos analistas y académicos que escriben sobre Irán son atacados simplemente por no tener posturas militaristas ni exigir un cambio de régimen”.
En mayo de 2019, luego de los reportes sobre sus ataques, el Departamento de Estado dio por concluido el contrato del Proyecto de Desinformación en Irán. Pero gracias a un litigio fundamentado en el Acta de Libertad de Información (Freedom of Information Act), The Intercept tuvo conocimiento de que no se había detenido el financiamiento a la organización que puso al proyecto en práctica, el E-Collaborative para la Educación Cívica (E-Collaborative for Civic Education), que recibió casi 10 millones de dólares del gobierno de los Estados Unidos durante la década pasada para realizar varios proyectos relacionados con Irán. Mientras tanto, Golberg siguió trabajando en su caso. Como consecuencia del asesinato de Qasem Soleimani en 2020, general de las Guardias Revolucionarias, rastreó la etiqueta #LosIraníesDetestanASoleimani, e identificó una amplia red de cuentas falsas y a un puñado de personas reales relacionadas a ellas, todas involucradas en el Proyecto de Desinformación en Irán. Las cuentas fantasma tuiteaban con mucha mayor intensidad que las cuentas reales, consiguiendo un impacto desmesurado. Golberg describió esta actividad como “botargas retuiteando botargas”. La narrativa se concentraba en caracterizar a las posturas en contra de la guerra como defensoras del régimen.
Una parte del trabajo sucio del Proyecto de Desinformación en Irán lo hizo la Fundación para la Defensa de la Democracia, un think tank neoconservador liderado por el halcón de la guerra de Irak y antiguo director de comunicación de Comité Nacional Republicano (Republican National Committee), Clifford May y respaldado durante años por personajes como los difuntos magnates y grandes donantes de Trump, Bernard Marcus y Sheldon Adelson; el primero también donante destacado de grupos en Israel, el segundo un aguerrido partidario de Netanyahu que alguna vez propuso lanzar una bomba nuclear en Irán. Saeed Ghasseminejad, asesor senior de la FDD y quien cuenta con más de cien mil seguidores en Twitter/X, fue un contratista del proyecto de desinformación, según reportes de Responsible Statecraft; la suya fue una de las primeras cuentas reales que buscaron desacreditar a Golberg. Actualmente, el propósito declarado de la FDD es “fortalecer la seguridad nacional de los Estados Unidos y reducir o eliminar amenazas provenientes de adversarios y enemigos de Estados Unidos”. Sin embargo, The Nation señaló en 2014 que la FDD tuvo su origen como Emet: Una Iniciativa Educativa (Emet: a Educational Initiative), surgido en 2001 que pretendía, de acuerdo a su aplicación para obtener la exención de impuestos, “reforzar la imagen de Israel en Norteamérica”. Los dos objetivos se han superpuesto gradualmente con el paso del tiempo, y las oleadas de tuits que durante el 2020 promovían la guerra contra Irán abonaron a ambos. Mejor dicho, así fue si uno considera que la propaganda que ayuda a allanar el camino para un cambio de régimen en Irán “fortalece la seguridad nacional de los Estados Unidos”, como al parecer piensa el gobierno estadounidense.
Todos estos esfuerzos parecen ser tan sólo la punta del iceberg de un afán de mayor calado que busca desestabilizar Irán a través de la manipulación de las redes sociales. En 2017, el príncipe heredero saudí, Muhammad bin Salman, se reunió con la firma israelí Psy-Group para discutir un plan que involucraba “crear cuentas falsas en redes sociales que publicaran en farsi para generar descontento en Irán”. Una investigación de 2019 del New Yorker se refirió al Psy-Group como “parte de una nueva ola de firmas de inteligencia privadas que reclutan a sus empleados de entre las filas de los servicios secretos de Israel” para “modelar la realidad” mediante el “uso de identidades falsas muy elaboradas para manipular a sus objetivos”. Su fundador, Royi Burstein, trabajó en la inteligencia israelí y ha hecho alarde de “implantar ideas en la cabeza de las personas”. Empleados de Psy-Group también se han reunido con la FDD. La firma cerró en 2018 luego de ser investigada por Robert Mueller, pero los intereses políticos a los que le fue útil siguen vigentes hoy en día.
Parte de la dificultad para rastrear y exponer la guerra cibernética es que los responsables por lo general niegan que están involucrados en ella y hacen todo lo posible por mantenerla oculta. Pero el hecho de que el gobierno saudí y Psy-Group hayan entablado conversaciones directas, cosa que niegan ambas instancias, confirma con solidez que los ejércitos de bots que han inundado las redes sociales en Irán —cuya insignia son cuentas que muestran coronas, leones y banderas israelíes, y alaban a Pahlaví— operan a instancia de cuentas humanas.
Un nuevo episodio tuvo lugar en 2022, cuando los bots impulsaron a perfiles de derechas que se colgaron del movimiento Mujer, Vida, Libertad para tildar de “apologistas del régimen” a quienes se opusieran a la guerra. Surgido a consecuencia de la muerte de la presunta objetora del hiyab Mahsa Amini mientras estaba en custodia de la policía, el movimiento exigía poner un alto tanto a la discriminación étnica y de género como a la represión policial. Bots y trolls entraron en acción, asegurando que su aportación al movimiento era combatir al “lobby internacional” del gobierno iraní, en el que incluían a cualquiera que fuese vocal en su oposición a la guerra y el cambio de régimen. Como Jones comentó a Vox, el hashtag de Mahsa abonó más de 330 millones de tuits en tan sólo un mes. En comparación, #BlackLivesMatter fue retuiteado unas 83 millones de veces a lo largo de ocho años. Muchas cuentas reales esgrimían el argumento de que oponerse a las sanciones económicas y a la guerra era equiparable a fungir como agente del gobierno, mientras que los activistas que se oponían a la guerra fueron acusados de ser espías iraníes. Estas publicaciones eran replicadas por miles de cuentas falsas. Un activista digital que lideró los ataques en contra de periodistas iraní-estadounidenses que para él no eran suficientemente críticos del régimen duplicó su número de seguidores en un mes, en su mayoría con cuentas de bots. Sus víctimas fueron silenciadas entre la avalancha de insultos y acusaciones.
Como bien documentó Golberg, Israel ha tenido un papel central en el control y comando de los ejércitos de bots. (De hecho, el gobierno israelí ha desarrolladoherramientas similares por años, llegando a admitir en 2023 haber desplegado lo que Associated Press describió como “tropas de tecleadores” para difundir propaganda en línea luego de su guerra contra Gaza, iniciada en 2021). Con el respaldo de supuestas brigadas cibernéticas israelíes, hubo tuits que acusaban al escritor y activista Trita Parsi, co-fundador del Instituto Quincy para una Política Exterior Responsable (Quincy Institute for Responsible Statecraft), de ser un títere de los mullahs —algo dudoso si tomamos en cuenta su fe zoroástrica— y a los periodistas exiliados Farnaz Fassihi y Negar Mortazavi de agentes del régimen. Acosadores anónimos amenazaron con colocar una bomba en el Instituto de Política de la Universidad de Chicago, que había invitado a Mortazavi a dar una charla en sus instalaciones. A la vez, las redes sociales del instituto se abarrotaron de ataques en su contra lanzados por bots. (Esas publicaciones fueron borradas, pero aún pueden encontrarse comentarios de este tipo en otras publicaciones sin relación con el evento). Incluso la activista por los derechos humanos y luego Premio Nobel de la Paz, Narges Mohammadi, quien estaba entonces recluida en Evin, fue víctima de acoso. La esposa de Reza Pahlaví, Yasmine, instigó los ataques, asegurando que Mohammadi había logrado comunicarse con el mundo exterior estando en prisión gracias a conexiones turbias con el régimen. En realidad, como muchos prisioneros en Irán, tenía permitido realizar llamadas telefónicas y contrabandeaba notas y mensajes con regularidad.
La oleada de odio en línea alcanzó su punto álgido en contra de la asociación iraní-estadounidense de base Consejo Nacional Iraní-Estadounidense (NIAC, por sus siglas en inglés). El NIAC han amalgamado un amplio apoyo al oponerse a la guerra y el bloqueo económico, y defender los derechos civiles de la comunidad iraní-estadounidense; también fue un frente diplomático por algún tiempo, impulsando las negociaciones entre Estados Unidos e Irán que culminarían en el acuerdo nuclear de 2015. A finales de 2022, sin embargo, al NIAC se le acusó con insistencia de cabildear a favor del gobierno iraní. La supuesta evidencia se fundamentaba en un caso de difamación de 2012 presentado por Parsi, uno de los fundadores del NIAC, en contra de un activista por haberlo acusado falsamente de realizar trabajo legislativo en favor de Teherán. Un juez federal estadounidense falló en contra de Parsi, concluyendo que las pruebas eran insuficientes para cumplir el alto estándar legal de “malicia real” en las acusaciones del activista, pero anotando con claridad que el fallo no debía ser interpretado como una validación de la veracidad de sus acusaciones.
No obstante, el resultado fue desenterrado en 2022 para respaldar una nueva campaña propagandística: el NIAC intentó, y fracasó, en demostrar que no cabildeaba en favor del gobierno iraní. Los ataques en contra del Consejo se iniciaron con un video publicado en Twitter/X por la consultora de marketing israelí-estadounidense Emily Schrader, CEO de una compañía llamada Social Lite Creative, y quien presume de trabajar hombro con hombro con las Fuerzas de Defensa de Israel para “liderar… los esfuerzos en redes sociales” respecto a la guerra de 2014 en contra de Gaza. (El esposo de Schrader, Yoseph Haddad, es un conocidoinfluencer pro-Israel que sirvió en el ejército israelí). Schrader compartió ella misma el video, completamente subtitulado al persa, a principios de octubre, a tan sólo unas semanas de que iniciaran las protestas del movimiento Mujer, Vida, Libertad. Durante años, el NIAC ha expresado su apoyo a los movimientos de base y a las protestas en Irán y ha criticado el abuso contra los derechos humanos en los que incurre la República Islámica; su sitio web está repleto de denuncias de la represión estatal en Irán. Sin embargo, en el video Schrader acusa al NIAC de hacer caso omiso a la situación de los derechos humanos en el país y lo llama un “brazo activo del régimen iraní”. Estas acusaciones fueron replicadas con presteza por una vasta red de bots a lo ancho de las redes sociales en persa, y no pasó mucho tiempo antes de que Iran International produjera un documental en el que se reproducen estas afirmaciones falsas.
El NIAC contrató a Social Forensics para que realizara un análisis que demostró que, de las cerca de 200 mil cuentas en Twitter/X que participaron en el linchamiento digital, la mitad tenían apenas dos años de antigüedad, y dos tercios contaban con menos de 300 seguidores. Cuentas relativamente nuevas y con pocos seguidores, e incluso menos publicaciones, tuiteaban súbitamente cientos de veces al día sobre el supuesto cabildeo del NIAC y lanzaban una avalancha de ataques en contra de iraní-estadounidenses que se oponían al bloqueo y la guerra. Goldberg se dio cuenta de que, aunque el bajo número de seguidores limitaba el alcance de estas publicaciones, influyen inevitablemente en el algoritmo de la plataforma. Por su parte, la cuenta oficial de Iran International se hizo de una legión de seguidores nuevos, como también sucedió con personajes israelíes que difundían mensajes a favor de Israel y de Pahlaví en persa. Profundizando más, Golberg encontró conexiones bastante perturbadoras. Cuentas oficiales del gobierno de Israel —incluyendo la de Hananya Naftali, asistente digital de Netanyahu, y la de Israel en Persa, cuenta oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel en persa— seguían a cuentas falsas y sin verificación que publicaban en persa y contaban con miles de seguidores que diseminaban cientos, cuando no miles, de tuits al día en apoyo a Reza Pahlaví y al estado de Israel.
Estos ejércitos de bots y la manipulación de redes sociales tienen su impacto. Es cierto que existe gente de carne y hueso, incluyendo a iraníes dentro y fuera del país, que ven con buenos ojos las acciones de los Estados Unidos e Israel en contra del régimen. Pero esta gente también es propensa a la influencia del contenido que encuentra en línea. Cuando ciertas perspectivas de pronto ocupan el 90%, y no el 10%, de lo que te ofrecen las redes sociales, pueden verse mucho más comunes y plausibles de lo que en verdad son. Cuando eres acosado por trolls, quizás prefieras guardar silencio. Los periodistas también utilizan las redes sociales para darse una idea de la opinión pública; manipular las tendencias tiene, por tanto, influencia directa en lo que se reporta. Baste este ejemplo: en quince años, un cambio de régimen patrocinado por potencias extranjeras ha pasado de ser una opción marginal a ser una demanda aparentemente genuina del pueblo de Irán. Al menos eso es lo que parece en la red.
En abril de 2023 Reza Pahlaví visitó Israel, donde fue recibido por Netanyahu en una reunión organizada por la FDD. El intercambio dejaba clara la convergencia de intereses. En Pahlaví, Netanyahu encuentra una voz capaz de enmascarar sus ambiciones de derrocar al gobierno iraní. De manera inversa, en Netanyahu Pahlaví obtiene un benefactor que piensa como él y está armado hasta los dientes. Israel cuenta con la capacidad de fuego para hacer caer él solo al gobierno iraní, y la amplia red de cabildeo en favor suyo, junto a los ejércitos de bots, han ayudado a crear para Pahlaví lo que siempre ha añorado pero nunca ha conseguido: la apariencia de apoyo popular.
Pocas cosas podrían ser más dañinas para los movimientos por la democracia en Irán que la insistencia en que la oposición a la Repúblicas Islámicas requiere de un derrocado e impopular monarca, con vínculos con Israel y los neoconservadores estadounidenses. La República Islámica ha etiquetado desde siempre a sus oponentes como peones de estas potencias intervencionistas. Al cobijarse en el apoyo de Netanyahu, el intento de Pahlaví de nombrarse vocero de la oposición refuerza estas acusaciones. Cuando Yasmine Pahlaví alaba a las mujeres soldado israelíes por supuestamente encarnar los ideales de Mujer, Vida, Libertad, la lucha por la libertad en Irán pierde un inmenso terreno.
Así como las turbas financiadas por la CIA en 1953, las campañas propagandísticas dirigidas por sicarios del Departamento de Estado e influencers pro-Israel generan la ilusión de apoyo popular para la instauración, a mano de poderes extranjeros, de un monarca. Con Iran International, Manoto, la FDD y sus tropas de tecleadores jugando el papel que antes jugó Shaban el Descerebrado, al público iraní se le quiere implantar la idea de que sólo Reza Pahlaví puede salvarlo, y que la guerra es la única vía para que los iraníes vivan en paz y libertad.
Luego de años de vociferar por un cambio de régimen, Pahlaví y sus acólitos vieron una oportunidad real en la guerra de junio pasado que, si bien no logró que el régimen cayera, sí implicó la muerte de miles de iraníes y minó los movimientos de base que se han construido con mucho esfuerzo durante décadas. Los misiles le dieron al gobierno de Irán un pretexto adicional para la represión, al tiempo que intensificaron sus niveles de paranoia. En lugar de reconocer que la intervención extranjera sólo ha hecho la vida más difícil para la población iraní, entorpeciendo aún más la construcción de una oposición organizada, Pahlaví celebra los bombardeos y defiende soluciones que no hacen más que dañar a la causa por la que dice pelear. Como me dijo una socióloga iraní en julio pasado: “¿Cómo vamos a protestar cuando estamos corriendo de las bombas?”.
Los iraníes que verdaderamente quieren cambio hacia la libertad en su país son quienes están siendo desacreditados, o incluso peor. Estos activistas que han puesto sus vidas en la línea de fuego en busca de un cambio democrático, así como quienes que los apoyan, son quienes están sufriendo realmente, y no los acérrimos defensores del régimen, quienes deben estar de lo más contentos viendo cómo la oposición democrática en el país, así como las organizaciones de la diáspora que defienden la diplomacia se tambalean bajo los ataques de las derechas. La gente de Irán no se beneficia en absoluto de este estado de las cosas; lo hacen, en cambio, los arquitectos imperialistas responsables de esta crisis, ya sean de origen israelí o estadounidense.
Alex Shams
Periodista y antropólogo de origen iraní-estadounidense. Editor del Colectivo de Media Ajam, revista digital concentrada en la difusión y discusión sobre cultura, sociedad, y política en Asia Occidental.
Publicado originalmente en Boston Review
Traducción de Gustavo A. Cruz Cerna
ALEX. No cabe cabe la menor duda de que la situación en el oriente medio está cañona no desde hace pocos meses, sino que es milenaria; tal pareciera que Israelíes, palestinos, libaneses y demás fauna árabe, les fascina despedazarse, matarse, masacrarse, porque sus fanatismos políticos y religiosos, nunca los han dejado ver más allá de la punta de su naríz, prefieren la fe que el razonamiento y esta nueva guerra, no olvidemos que no la inició Israel, la inició el grupo terrorista Hámas, cobijados por el gobierno Palestino y ahora se sienten las víctimas; claro que el Jefe israelí, ha respondido para defender al Estado de Israel, que, como cualquier Estado, también tiene derecho a existir, pero como que ya se le pasó la mano; en fin, esperemos que en un futuro ya no lejano, toda esa región, que no es muy dada a la lealtad, fume la pipa de la paz y la mítica paloma blanca con su olivo en el pico, por fin se pose, para siempre, en el Oriente Medio. Vale.
Bueno al ver el autor, y sts textos anteriores, lo que debiese ser un reportaje acaba siendo, publicidad engañosa, de un político americano, anti iraní.