El todo por el todo

La administración de Andrés Manuel López Obrador se encuentra, como él lo ha manifestado, ante un crítico plebiscito en 2024, con desafíos significativos que cuestionan su promesa de transformación. Con el trasfondo de promesas incumplidas y ataques a instituciones democráticas, además de resultados desfavorables en áreas clave como la economía, seguridad, salud, educación y bienestar, la gestión de López Obrador afronta un escenario adverso para el plebiscito de 2024.

En un momento definitorio para México, las próximas elecciones trascenderán una simple elección. Representan un punto de inflexión para el futuro del país en aspectos sociales, económicos y políticos. Este crucial evento enfrenta el riesgo de degenerar en una elección de Estado debido a la injerencia gubernamental y la prevalencia de actitudes indiferentes o negativas en ciertos sectores de la sociedad.

Reconocer la importancia de este momento y asumir nuestra responsabilidad es imperativo para evitar consecuencias duraderas que podrían perjudicar nuestra democracia. Las decisiones tomadas ahora resonarán en el futuro de México.

Ilustración: Víctor Solís

Entre encuestas y urnas

La discrepancia entre las encuestas y los resultados electorales reales destaca la complejidad de predecir los comportamientos electorales en México. Luis De La Calle, en su análisis publicado en El Universal el pasado 27 de marzo, subraya esta cuestión. Argumenta que las próximas elecciones podrían ser más competitivas que lo anticipado por las encuestas. Señala que los métodos de sondeo presentan sesgos metodológicos significativos, como la tendencia de las encuestas domiciliarias a pasar por alto a las clases medias y los posibles sesgos introducidos por las encuestas telefónicas y digitales. Esta situación ha generado discrepancias notables en los datos previos a las elecciones entre Claudia Sheinbaum y su oponente, lo que llama la atención sobre la necesidad de una metodología de sondeo más equilibrada.

Además, mi ensayo “La mayoría abstencionista” en nexos resalta un creciente desencanto electoral, evidenciado por la pérdida de apoyo a la administración de López Obrador desde su elección en 2018 hasta las elecciones de gobernador más recientes, pasando por la elección intermedia de 2021 y la consulta de revocación de mandato de 2022. Este análisis se complementa con una revisión de los datos electorales que muestra cómo el abstencionismo y las dinámicas de las alianzas políticas han evolucionado, ofreciendo una vista más matizada que la narrativa predominante sugerida por las encuestas que favorecen a Sheinbaum.

Contrario a la percepción de Morena como una fuerza política dominante, la realidad electoral sugiere que gran parte de su éxito inicial provino de votos de castigo contra los partidos tradicionales, más que de un apoyo ideológico firme al proyecto de López Obrador. Esto se evidenció en las elecciones de medio término de 2021, donde Morena, a pesar de ser el partido del presidente, perdió significativamente en su propio bastión, la Ciudad de México, frente a la oposición.

Estos elementos juntos indican una disonancia notable entre las preferencias electorales manifestadas en las urnas y las proyecciones de las encuestas, subrayando la importancia crítica de la movilización ciudadana y el voto efectivo en la conformación del futuro político del país. Este análisis pone de relieve no sólo las limitaciones de las encuestas como predictores de resultados electorales, sino también el dinamismo y la imprevisibilidad del paisaje político mexicano.

López Obrador triunfó en una elección atípica

La elección de Andrés Manuel López Obrador en 2018 representa un fenómeno electoral complejo, más atribuible a un voto de castigo hacia los partidos tradicionales que a un apoyo rotundo a las propuestas de Morena. Inicialmente, en 2015, Morena apenas capturó el 4% de los votantes potenciales, cifra que se disparó a 23% en 2018, lo que significó un incremento notable en su base de apoyo. Sin embargo, un análisis detallado revela que sólo un 11% del total de votantes posibles constituyó un apoyo leal a Morena, con el restante crecimiento proveniente de votantes descontentos con los partidos tradicionales, evidenciado por el traslado de votos del PRD y del PRI, principalmente, hacia Morena.

Este patrón sugiere que la victoria de López Obrador se apoyó menos en la afinidad ideológica con su movimiento y más en el deseo generalizado de cambio, marcado por el rechazo a la corrupción y la insatisfacción con las administraciones previas. Además, el notable abstencionismo en las elecciones de 2018 subraya que, a pesar de la victoria electoral de Morena, no hubo un respaldo mayoritario absoluto del electorado. Destaca una “mayoría silenciosa” que optó por no participar.

La interpretación de estos datos indica que, aunque López Obrador logró movilizar a una porción significativa del electorado hacia Morena, este movimiento no refleja necesariamente un endoso completo de sus ideales o políticas. En lugar de ello, la elección de 2018 se entiende mejor como un reflejo del deseo de castigar al statu quo político, más que como una adhesión a las propuestas de Morena. Este contexto plantea interrogantes sobre la solidez y la lealtad de la base de apoyo de Morena, especialmente frente a los retos electorales subsiguientes que evidencian una pérdida de votantes y cuestionan la percepción de Morena como una fuerza política invencible en México.

Reconfigurando lealtades

Las elecciones intermedias de 2021 ofrecen una ventana reveladora hacia la volatilidad del apoyo electoral que llevó a Andrés Manuel López Obrador y a Morena al poder en 2018. La participación electoral disminuyó 11 puntos porcentuales respecto a las elecciones presidenciales, situándose en 48%. Este descenso en la participación evidencia no sólo la naturaleza de las elecciones intermedias, que tradicionalmente generan menos interés, sino también un marcado descontento o desconexión con el partido gobernante y los partidos de oposición.

Durante estos comicios, el PRI y el PRD experimentaron fluctuaciones en su base de apoyo, con el PRI recuperando parcialmente terreno perdido y el PRD aumentando su apoyo en un punto porcentual, a pesar de las pérdidas netas desde 2015. En contraste, Morena vio cómo su voto duro se reducía significativamente, pasando de captar a cerca de 22.5 millones de votantes en 2018 (el 23% de los inscritos para votar) a aproximadamente 17 millones en 2021, lo que representa una disminución de casi la quinta parte de su apoyo electoral. Esta caída en el apoyo refleja un desencanto palpable entre un segmento de sus votantes anteriores, sugerente de un castigo por el desempeño del gobierno en sus primeros tres años.

Además, la abstención alcanzó niveles récord, con aproximadamente 45 millones de electores que eligieron no participar, una cifra que supera ampliamente los votos obtenidos por Morena o cualquiera de los demás partidos. Este fenómeno subraya una desconexión significativa y potencialmente creciente entre el partido en el gobierno y una amplia sección del electorado, plantea preguntas serias sobre la estabilidad del apoyo a Morena y apunta hacia una volatilidad política que podría redefinir el panorama electoral mexicano en futuras contiendas.

Entre abstencionismo y polarización

La evolución política en México desde 2018 ha marcado el fin de las confrontaciones tradicionales entre partidos para dar paso a una batalla entre bloques claramente definidos. La formación de la coalición Juntos Haremos Historia por Morena, el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Encuentro Social (PES), y su posterior renovación en 2021 con la inclusión del Partido Verde Ecologista de México, demuestra un esfuerzo concertado por consolidar una base de apoyo con tintes autoritarios. En contraste, la alianza Va Por México, que reúne al PAN, PRI y PRD, representa un frente unido de fuerzas más conservadoras y tradicionales, pese a sus diferencias históricas.

Esta reconfiguración ha llevado a una polarización electoral en la que se enfrentan no sólo partidos, sino modelos ideológicos opuestos. El cambio se evidencia no sólo en las victorias y derrotas electorales, sino también en la significativa tasa de abstencionismo, que ha emergido como un “tercer bloque” no oficial. En las elecciones de 2021, el abstencionismo triunfó en casi el 90% de las casillas, lo que refleja un desencanto generalizado con el sistema político actual o una posible falta de identificación con las opciones presentadas, llegando al 48% del total de la Lista Nominal.

Al observar los resultados de las elecciones federales y estatales desde 2018 hasta las más recientes en 2023, destaca que los no votantes representan el 45% de la Lista Nominal. Esta cifra contrasta marcadamente con el 25% de apoyo acumulado para Juntos Haremos Historia y el 21% para Va Por México.

Este panorama reconfigurado sugiere que las elecciones futuras en México serán determinadas no sólo por la lealtad partidista, sino por la capacidad de cada bloque para movilizar a una ciudadanía cada vez más escéptica y exigente, que busca propuestas que trasciendan las etiquetas tradicionales y ofrezcan soluciones concretas a los desafíos del país. La confrontación actual entre grupos ideológicos refleja una profunda división sobre el rumbo que debe tomar el país y marca un período de transición crítica en la política mexicana.

La estrategia para cambiar el panorama electoral

Considerando las alianzas políticas formadas en 2018, con Morena, PT, y PVEM en Seguimos Haciendo Historia (SHH), y PAN, PRI, y PRD en Fuerza y Corazón por México (FCM), se observa un incremento en la abstención electoral entre 2018 y 2021 que afectó a ambos bloques. La participación de SHH disminuyó de 28% a 22%, mientras que FCM experimentó una reducción menos marcada, de 25% a 21%. Esta variación resultó en una brecha reducida entre ambas alianzas a sólo un punto porcentual, equivalente a una diferencia de 1.5 millones de votos del total de electores potenciales.

Frente a este contexto, se identifica una oportunidad estratégica clave: en lugar de enfocarse exclusivamente en consolidar el voto leal y captar a los electores indecisos, es crucial dirigir esfuerzos hacia la movilización de los no votantes. Activar a este segmento del electorado, que ha optado por la abstención, representa un potencial significativo para influir decisivamente en los resultados electorales futuros.

Las elecciones de diputados federales en la Ciudad de México en 2021 ilustran un cambio significativo en la dinámica electoral. Contrario al patrón de abstención observado a nivel nacional, la capital experimentó una movilización electoral notable entre los ciudadanos de clase media urbana más educados y con mayores recursos. Este aumento en la participación no sólo desafió las proyecciones de las encuestas sino que además resultó en un éxito inesperado para la oposición, que logró asegurar nueve de las dieciséis alcaldías en juego.

Este fenómeno no fue un evento aislado. En las áreas donde la oposición emergió victoriosa, un incremento en la participación electoral se asoció directamente con un aumento significativo en el margen de votos en su favor. Una vez que la participación superó el 55% en ciertas secciones electorales de clase media, la ventaja para la oposición aumentó de manera exponencial, llegando a superar por un amplio margen a los votos obtenidos por la alianza gobernante en algunas áreas.

Estos datos sugieren una ventana de oportunidad significativa para la oposición en México. Si logran incentivar una mayor participación electoral, especialmente en segmentos de la población que han mostrado apatía o descontento con el statu quo, como el de los jóvenes y la clase media urbana, existe un potencial real para cambiar el curso político del país. La experiencia de la Ciudad de México demuestra que una participación ciudadana elevada y bien dirigida puede alterar significativamente las expectativas electorales, ofreciendo un camino viable para contrarrestar tendencias autoritarias y fomentar una democracia más inclusiva y representativa.

La Generación Z (18 a 24 años) y los Milenials (25 a 39 años) constituyen casi la mitad del listado nominal. A pesar de su potencial para moldear el panorama político, una sorprendente mayoría de estos jóvenes opta por no ejercer su voto. Este fenómeno pone en tela de juicio la efectividad de iniciativas como el programa Jóvenes Sembrando el Futuro, que, a pesar de la inversión, no ha logrado traducirse en el apoyo electoral anticipado por algunos analistas. Por otro lado, la participación de los mayores de 65 años, más consistente en las urnas, es limitada por su proporción en la población, pues sólo representa un 8% de los votantes potenciales.

Esta tendencia subraya una realidad ineludible: los jóvenes de hoy, actualmente una fuerza ausente en las elecciones, tienen en sus manos el poder de convertirse en el partido mayoritario no oficial. Su movilización y participación activa en el proceso electoral podrían no sólo redefinir el presente político de México sino también asegurar un futuro que refleje fielmente sus aspiraciones y valores.

Más allá de los partidos

Las críticas de López Obrador hacia la clase media “aspiracionista” y su aparente creencia en que el apoyo de los jóvenes desencantados puede comprarse, han exacerbado la división en la sociedad mexicana. Esta tensión, palpable especialmente en zonas urbanas, sugiere que sectores significativos de la población podrían convertirse en una fuerza electoral decisiva capaz de influir en el resultado de las próximas elecciones.

La profunda fractura social, impulsada por promesas incumplidas y un desprecio manifiesto por amplios sectores de la sociedad, ofrece una oportunidad única para la oposición. Si logran movilizar a estos grupos, particularmente a las mujeres —quienes han sido afectadas de manera desproporcionada por la cuarta transformación—, la posibilidad de un cambio de gobierno se convierte en una realidad tangible.

La movilización masiva del electorado en las urnas, especialmente de aquellos grupos que han sido marginados o subestimados por el gobierno actual, podría no sólo desafiar los pronósticos electorales sino también garantizar la Presidencia y una mayoría en el Congreso para las fuerzas opositoras. Por tanto, el potencial para un cambio significativo y la prevención de la consolidación de un régimen autoritario y antidemocrático descansa en una sociedad informada, comprometida y unida. Las mujeres, como el grupo social más afectado y, a su vez, como un poderoso agente de cambio, juegan un papel crucial en este proceso. La capacidad de movilizar este vasto espectro de opositores, más allá de la identidad partidista y hacia un objetivo común, subraya la existencia de un movimiento que busca restaurar y fortalecer los valores democráticos.

El impacto transformador del voto ciudadano

La participación ciudadana se ha erigido como una fuerza determinante para el cambio político a nivel global, evidenciando su capacidad para castigar a gobiernos que no cumplen con las expectativas de sus electores. En Turquía, el partido gobernante de Erdogan enfrentó su mayor derrota en veinte años durante las recientes elecciones municipales, perdiendo el control de la mayoría de las capitales provinciales, incluidas las cinco ciudades más importantes del país. Esta situación, interpretada como un reflejo directo de la disminución en la popularidad de Erdogan, muestra el poder de la movilización electoral contra el statu quo.

Similarmente, en Polonia, las encuestas fallaron al predecir la continuidad del partido nacionalista conservador Ley y Justicia, subestimando la movilización ciudadana que eventualmente llevó al poder a los partidos de oposición. Esta notable participación electoral, incluso mayor que durante el colapso del comunismo en 1989, resalta el deseo de cambio y la demanda de un gobierno que respete el estado de derecho.

Guatemala ofrece otro ejemplo impactante con el triunfo de Bernardo Arévalo del Movimiento Semilla, donde casi dos millones de votantes optaron por una alternativa al sistema dominado por la corrupción. Este resultado, junto con la tendencia observada en dieciocho de las últimas diecinueve elecciones donde el partido en el gobierno fue derrotado, subraya un patrón global donde los ciudadanos, mediante su voto, están castigando activamente a los malos gobiernos y buscando alternativas que mejor representen sus intereses y aspiraciones.

Estos casos, desde Turquía hasta Guatemala, no sólo reflejan el desencanto con los gobiernos actuales, sino que también destacan una tendencia creciente hacia la activación de la participación ciudadana como medio para influir decisivamente en el futuro político. Esta realidad sugiere que en México, y en varios otros países, existe una ventana de oportunidad crítica para la oposición si logra canalizar el descontento generalizado en una participación electoral masiva, representando así una real y tangible posibilidad de cambio frente a regímenes que se perciben como antidemocráticos y autoritarios.

Se puede cambiar el rumbo

La atmósfera política en México está cambiando radicalmente, transitando de la preocupación a la acción organizada, con estrategias que se entrelazan tanto geográfica como objetivamente hacia el mismo fin: movilizar a los sectores más afectados por las políticas actuales. Frente a las acusaciones de corrupción y una tendencia hacia políticas cada vez más autoritarias bajo la administración de López Obrador, emerge un ambiente de revolución silenciosa impulsada por mujeres, jóvenes y clases medias, quienes se encuentran en primera línea de este cambio.

 

Carlos Hernández Torres
Maestro en Ciencias (Matemáticas) por la Universidad de Toronto y matemático por la Universidad Nacional Autónoma de México

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Publicado en: Política