¿Cuál es el mayor peligro del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca? Aunque decirlo parezca una provocación, quizá no sean sus propuestas o al menos no sólo ellas.
En la campaña con la que obtuvo de nueva cuenta la Presidencia de Estados Unidos, la apuesta del neoyorquino fue sin duda más dura que en 2016, pero no se desvío de su línea xenófoba, proteccionista y autoritaria. La diferencia fundamental entre el primer gobierno de Trump y el que está por iniciar no radica en sus promesas, sino en una serie de condiciones que le facilitarán hacer realidad sus deseos, hayan estado en su programa o no. Es en esta inédita falta de frenos —externos e internos— donde está el gran riesgo del segundo Trump.
A partir del 20 de enero de 2025, veremos a un Trump más radical, experimentado y vengativo, pero sobre todo veremos a un Trump desenfrenado. Esta situación será manifiesta en la relación del presidente con el Congreso y la Suprema Corte, pero también con su partido, su gobierno e incluso consigo mismo.
El Trump 2.0 tendrá menos frenos institucionales y un mandato más claro en el ámbito federal que en 2016. Como se sabe, hoy el trumpismo no sólo obtuvo la mayoría de los delegados en el Colegio Electoral, sino que ganó el llamado “voto popular”. Y lo hizo con el apoyo mayoritario (o casi mayoritario) de todos los grupos demográficos, con excepción de las mujeres negras. Más de la mitad de las mujeres blancas votaron por un misógino, casi la mitad de los hombres latinos votaron por un racista y un porcentaje no desdeñable de la generación Z —saludada hasta hace poco como la más progresista de la historia— votó por un proyecto que quiere retrasar el reloj cincuenta o setnta años.
Este triunfo se refleja también en la composición del Poder Legislativo: el Senado estadunidense será liderado por los Republicanos y la mayoría de la Cámara de Representantes permanecerá en control del mismo partido. Aunque no todas las propuestas de Trump necesitan cambios legales, tener mayoría en ambas Cámaras hará más resistentes sus políticas ante posibles impugnaciones. El segundo Trump tendrá, además, una Suprema Corte conservadora en la que están dos jueces y una jueza que él mismo nominó. Durante el verano pasado, esa misma Corte estableció que Trump tenía inmunidad absoluta por los actos que cometió durante su primer encargo, blindándole de toda consecuencia legal de sus actos como presidente también en el futuro. Y a juzgar por las reacciones iniciales a los resultados de esta elección, el Partido Demócrata tampoco será un límite efectivo. Concentrado en exculpar a sus dirigentes y responsabilizar a los votantes de su derrota, su conversión en una organización alejada de los intereses de las mayorías y volcada hacia sus donantes —la llamada “clase profesional”— y el neoliberalismo progresista parece casi completa.
Sin embargo, no es sólo la falta de controles externos lo que hace tan preocupante la vuelta de Trump a la Casa Blanca, sino el hecho de que no tendrá tampoco frenos internos: ni en su partido ni en su gobierno. Y mucho menos en su fuero interno.

Pese a que los partidos políticos estadunidenses son en realidad una gran coalición de grupos y franquicias, hoy puede afirmarse que el Partido Republicano es el partido de Donald Trump. En las elecciones primarias de este año, el neoyorquino obtuvo 76 % de los delegados, casi sesenta puntos arriba de su rival más cercana. En términos programáticos, el enfrentamiento entre el pseudo-populismo de derecha de Trump y la vieja guardia del partido se saldó con la victoria del primero en temas fundamentales como comercio, inmigración y política exterior. Pero su influencia no se limita al mundo de las ideas. Si en los últimos años había poco espacio para hacer una carrera política exitosa en el conservadurismo antitrumpista, intentarlo hoy es prácticamente imposible. El ejemplo del vicepresidente electo J.D. Vance, que pasó de llamar a Trump “heroína cultural” a ser su más fiero perro guardián, es elocuente: más allá del oportunismo del personaje, su conversión al trumpismo como requisito de facto para poder aspirar a un cargo público es muestra de lo mucho que ha cambiado la derecha norteamericana. Algo similar podría decirse también de Marco Rubio.
Trump podrá seguir presentándose como un outsider, pero él y su movimiento son el nuevo establishment, como ha resumido Maggie Haberman. El trumpismo dejó de ser una anomalía para convertirse en un movimiento que no sólo tiene secuestrado al que fuera el partido de Abraham Lincoln, sino que está redefiniendo lo que significan el conservadurismo y la derecha en Estados Unidos más allá de los partidos. Un caso ilustrativo es lo que pasó con la Heritage Foundation, un think tank reconvertido en hogar intelectual del movimiento MAGA tras abandonar sus ideales reaganianosy que hoy busca “institucionalizar” el trumpismo.
A diferencia del primer gobierno de Trump, en el que el presidente fue “saboteado” por colaboradores que ponían límites a sus deseos, en su segundo mandato ya no habrá “adultos en la habitación”. De 2016 a 2020, la Casa Blanca estuvo llena de gente que no coincidía con el presidente y que, en muchos casos, impidió que sus órdenes se hicieran realidad, desde la idea de negar fondos para combatir los incendios en California por razones partidistas hasta lanzar misiles a los narcolaboratorios en México. Según el recuento del periodista Michael Bender, una de estas personas, el general John Kelly, tuvo que advertir a Trump durante una visita a Europa que no podía hacer comentarios favorables sobre Hitler en público. Kelly declaró hace poco que Trump cumplía con la definición de fascista. Hoy, por el contrario, el círculo interno de Trump está compuesto por fanáticos, sicofantes y conversos ansiosos de mostrar su fe. De nuevo, empezando por el vicepresidente Vance, que parece dispuesto a hacer todo lo que su antecesor, Mike Pence, no quiso. Empezando por apoyar el bulo de que la elección de 2020 fue un fraude. Más que un freno, el nuevo vicepresidente será un facilitador. Uno abocado a darle coherencia y un barniz de sofisticación a sus peores instintos.
Uno de estos instintos es eliminar cualquier tipo de resistencia dentro de la burocracia del gobierno estadunidense, lo que Trump ha llamado el Deep State. El equipo alrededor del presidente electo ha pasado los últimos años planeando cómo desmantelar todo aquello que los detuvo la última vez. En particular en materia de personal. Tanto Trump como sus aliados más cercanos han reiterado que una de sus prioridades será despedir a decenas de miles de mandos medios y superiores de la administración pública y sustituirlos por designaciones políticas. El hijo mayor del presidente, Donald Jr., explicó a The Wall Street Journal que su trabajo consistía en asegurarse que en el próximo gobierno hubiera gente que siguiera al presidente y vetar a todo aquel sospechoso de no hacerlo. Se trata también de una de las propuestas del llamado “Proyecto 2025”, una serie de lineamientos auspiciados por la Heritage Foundation fundamentados en una idea (la “unitary executive theory”) según la cual todo el aparato gubernamental depende directamente del presidente (y puede utilizarse para perseguir a sus adversarios). Tomando prestado un término de la ocupación estadunidense de Irak, Vance ha llamado a este proceso de purga una “desbaazificación”.1 En pocas palabras, de lo que se trata es de impedir que haya la mínima “resistencia” dentro de la administración.
Si la ausencia de frenos en su equipo es tan crítica es porque Trump se caracteriza por carecer de cualquier tipo de capacidad de autocontrol. El sociólogo Max Weber identificó como propio del político profesional un sentido especial de ética vinculado a la responsabilidad. Trump carece por completo de este atributo. Como explica Ezra Klein en un espléndido ensayo, esta falta de filtros, su indiferencia hacia el protocolo y la corrección política, pero también hacia la noción de que lo que uno hace o dice tiene consecuencias, es el rasgo definitorio de la personalidad de Trump. Es lo que lo vuelve, al mismo tiempo, un político tan atractivo como peligroso.
Si su primer mandato no fue peor, sigue Klein, fue por personas como el propio John Kelly o James Mattis, su primer secretario de defensa, que trataban al presidente como un bebé que, a falta de inhibición propia, tenía que ser inhibido desde afuera.2 Ahora bien, en su segundo mandato esta falta de autocontención no sólo estará presente, sino que se verá acentuada. La razón es sencilla: la edad. A pesar de que el envejecimiento de Trump no ha sido tratado con la misma dureza que el de Joe Biden, el paso del tiempo es implacable. Tener a un presidente que no tiene nada que perder, que está en la última etapa de su vida y que, además, no puede postularse a un tercer mandato, conspira contra la autocontención. Pero eso no es todo. Más allá de los señalamientos sobre su declive cognitivo —con 78 años, Trump será el presidente más viejo en asumir el cargo—, la evidencia psicológica sugiere que rasgos de la personalidad como la capacidad de autocontrol sufren un acusado deterioro con la edad.
***
Al discutir sobre la utilidad de los frenos y contrapesos, James Madison escribió que la historia mostraba lo necesario de estos dispositivos para controlar los abusos del poder. Si los hombres fueran ángeles, remató en una fórmula que ha hecho fortuna, no sería necesario el gobierno. Y si los ángeles nos gobernaran, no se requerirían controles internos ni externos. Bien: Trump está muy lejos de ser un ángel, pero en su segundo mandato no tendrá ni lo uno ni lo otro. Vista desde esta perspectiva, la imagen de un Trump desenfrenado es más que una figura retórica. Se vuelve una preocupación absolutamente real. Resulta una ironía trágica que sea en la cuna de El Federalista, con una constitución diseñada para dificultar el ascenso al poder de un demagogo autoritario como Trump, donde hoy se fragüe una situación como esta.
Hoy buena parte del mundo vive un momento de cuestionamiento a la democracia liberal y su deriva elitista. En ese contexto, la idea de poner frenos a los gobiernos para evitar la tiranía ha sufrido un innegable desgaste. Y no parece haber muchos interesados genuinamente en rescatarla. En nuestro país, quizá uno de los efectos más odiosos de la polarización es que la sola mención de los frenos y contrapesos se ha convertido en seña de identidad de quien milita en la oposición. Sin embargo, la existencia de este tipo de controles sigue siendo crítica para la salud de cualquier república digna de tal nombre.
Estados Unidos va a dar un dramático ejemplo de lo que significa en la práctica, más allá de la discusión sobre las distintas versiones de la democracia, tener a un presidente sin límites. Tomemos nota de la moraleja. Y abróchense el cinturón.
César Morales Oyarvide
Politólogo y candidato a doctor por El Colegio de México
1 Así se llamó la política mediante la cual se buscó eliminar la influencia del partido Baaz en la política de Irak tras la invasión de 2003. La orden declaró el despido y veto del sector público de cualquier funcionario afiliado con el partido de Saddam Hussein.
2 En 2020, el politólogo Daniel Drezner publicó un libro titulado The Toddler in Chief, cuyo centro consistía en cientos de testimonios de esta naturaleza.