Elecciones al Parlamento Europeo: cincuenta sombras de derechas

Los ciudadanos de los países de la Unión Europea (UE) votaron entre el 6 y el 9 de junio de 2024 para renovar la composición del Parlamento Europeo (PE) en un ambiente de polarización política y fragilidad económica, que deja a la Unión en una posición difícil para enfrentar retos globales como el cambio climático, la migración o la guerra vecina. Según las proyecciones basadas en los resultados preliminares destacan tres elementos: la buena noticia es que, aunque los grupos de centro, es decir, socialistas (S&D), liberales (RE) y centroderecha (EPP), pierden 10 escaños, mantienen juntos la mayoría absoluta de 401 sobre los 720 diputados que tendrá el nuevo PE. La mala noticia es que las derechas euroescépticas y ultranacionalistas ganan espacios (42 asientos), aunque falta definir cómo se agruparán. Los grandes perdedores de esta elección son los verdes (Greens/EFA) y los liberales (RE) que pierden 20 y 18 asientos, respectivamente. ¿Qué efectos se esperan de estos resultados?

Dado que la UE es un complejo sistema de gobernanza, esta elección tiene efectos en, al menos, tres niveles. Primero se deja sentir en las políticas nacionales. Segundo, a nivel transnacional, alterará los equilibrios entre las bancadas de eurodiputados y la orientación general de la Cámara. Tercero, contribuirá en definir los puestos más importantes de la UE que se tienen que negociar de aquí a diciembre. Veámoslas en ese orden.

Ilustración: Kathia Recio

Repercusiones nacionales

Los efectos en el ámbito nacional son los más inmediatos pues, a pesar de ser un parlamento supranacional (único en el mundo), las elecciones al PE se desarrollan en clave nacional. Lo que se conoce como “partidos europeos” no son partidos políticos como tal, sino grupos parlamentarios que aglutinan a los eurodiputados de los partidos nacionales. Así pues, los ciudadanos votan por los mismos partidos que compiten en sus elecciones nacionales (por ejemplo, PSOE en España, RN en Francia, CDU en Alemania), en campañas que se llevan a cabo con poca difusión, normalmente con baja participación (51 % en este caso, como en 2019), en torno a temas de preocupación nacional y, muchas veces, expresando un voto de castigo al gobierno en turno. Por eso los efectos de la elección ya se dejaron sentir de forma dramática en los dos países más grandes de la UE. En Francia, la abrumadora derrota de los liberales franceses (Renaissance) que obtuvieron apenas 15.2 % de los votos frente al Rassemblement National, la derecha radical liderada por Le Pen, que obtuvo el 31.5 %, provocó que el presidente Macron decidiera de manera sorpresiva convocar elecciones parlamentarias anticipadas para el 30 de junio y 7 de julio, en una huída hacia delante que genera incertidumbre. En Alemania, los partidos de la coalición gobernante, socialdemócratas (PSD), liberales (FDP) y verdes (GP) también sufrieron un revés notable a manos del centro-derecha (CDU/CSU) y de la extrema derecha (AfD), que quedaron en primer y segundo lugar, respectivamente. Es ominoso el avance de la extrema derecha en los países más grandes de la UE (en Italia ya gobiernan), pero no todo son victorias para los populistas de derecha. En varios países les fue peor que en 2019, como fue el caso en Suecia, Finlandia, Dinamarca o incluso Hungría, donde Fidesz, del primer ministro Orbán, tuvo su peor resultado desde que llegó al poder.

La formación de los grupos parlamentarios

En segundo término, vienen los efectos a nivel de la UE y su gobernanza, comenzando por la composición de los grupos parlamentarios dentro el propio PE, cuestión que se ha complejizado conforme crece el número efectivo de partidos desde la crisis de 2008. Una vez que se asignan las eurocurules, la formación de los grupos parlamentarios europeos se da, en principio, en función de afinidades ideológicas (i. e. socialistas, liberales, verdes…), aunque influye también cómo se acomoda cada partido en la política de sus capitales. Aquí, la cuestión central es hasta qué punto el aumento de eurodiputados provenientes de partidos de extrema derecha se traducirá en un crecimiento de los grupos parlamentarios europeos ya existentes —ECR e ID—, su posible fusión, o la formación de un tercer grupo, aún más a la derecha, ya que la mayoría de los nuevos integrantes del PE aún no tiene afiliación a ningún grupo y se encuentran, por el momento, en las categorías de “No Afiliados” (NA) y “Otros”.

Europa despliega hoy muchas y muy distintas tonalidades de derechas, divididas por los diversos clivajes nacionales, más agudos en estos grupos que en los tradicionales, en particular porque su base ideológica es el ultranacionalismo, así que pocos temas los unen, más allá del rechazo a la inmigración y a las políticas medioambientales. Unos son pro-OTAN (Fratelli di Italia), otros pro-Putin (La Lega); unos son más críticos con la UE (AfD) que otros que viven de sus fondos (PiS), unos son más abiertamente anti-ambientalistas (Vox) que otros. Un ejemplo reciente de estas dificultades es que el grupo europeo de derecha nacionalista (ID) expulsó a la AfD alemana tras los escándalos que estallaron hace poco en torno a los vínculos de su dirigencia con grupos neonazis, pasándolo al grupo de “NA”. Sin grupo, no hay presupuesto del PE para actividades ni campañas. Por tanto, inicia hoy un periodo de negociaciones complejas a varias bandas y niveles hasta que, supuestamente a finales de julio próximo, cada partido encuentre su bancada o, en caso de no hacerlo, se vaya con los NA, conjunto que crece con cada elección.

El “juego de las sillas” en Bruselas

En este contexto de fragmentación, arranca el “juego de las sillas”, una macronegociación mediante la cual los jefes de Estado y de Gobierno deben nombrar los puestos directivos de todas las instituciones europeas, empezando por la Presidencia de la Comisión Europea, que debe ratificarse por una mayoría en el PE a mediados de septiembre. Por lo pronto, parece que Ursula von der Leyen, asociada al EPP, el grupo más grande, lleva la delantera, y que los tres grandes partidos de centro la ratificarán. Pero puede haber sorpresas, pues la disciplina dentro de estos grupos es limitada y la gestión de von der Leyen no ha estado exenta de controversias.

Los líderes deben definir también a los titulares de la Presidencia del Consejo Europeo, la Presidencia del PE y al Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad, entre otros muchos puestos, cuidando mantener el equilibrio entre países grandes y pequeños, del norte y del sur, del este y occidentales, de género y que se ajuste aproximadamente al tamaño de las bancadas en el PE. Si no hay contratiempos, el PE ratificará a los 27 integrantes de la nueva Comisión Europea en noviembre, después de sus respectivas comparecencias, para que tomen posesión a inicios de diciembre. Un factor de preocupación es que, durante el segundo semestre de 2024, la Presidencia del Consejo de la UE, que normalmente ayuda a la creación de consensos, estará en manos de Hungría, país que en los últimos años se ha caracterizado por torpedear la toma de decisiones. Así, los próximos seis meses la UE acentuará su carácter ya de por sí introvertido, y se puede esperar poco de ella en la escena internacional.

Sólo una vez que haya parado de sonar la música y todos hayan tomado su asiento, arrancará la definición de prioridades, el diseño de políticas públicas, su aprobación por un PE fragmentado, y su implementación. En ese momento podrá saberse qué rumbo tomará la UE tanto al interior como al exterior, incluyendo las políticas que pueden afectar a México, como serían la comercial, la de medioambiente o la de cooperación internacional.

 

Lorena Ruano
Profesora Asociada en la Universidad Carlos III de Madrid.

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Publicado en: Internacional, Política