Emociones y enfermedad: ¿enfermamos por voluntad?

En los últimos años es cada vez más común escuchar que padecimientos crónicos como el cáncer, la obesidad, la insuficiencia renal, etc., se originan por un conflicto emocional. Desde esta perspectiva, si un órgano o una parte de nuestro cuerpo enferma, hay que interpretar esa condición en términos de lo que ese órgano o parte del cuerpo significa en el ámbito emocional, es decir, que cada órgano o parte del cuerpo se asocia a una emoción particular. Se cree que las enfermedades nos dicen algo, revelan verdades, y su significado depende de su localización en el cuerpo (órganos o extremidades). Así, el enfermo debe interpretar este significado y resolver el conflicto emocional para curarse de su enfermedad.

Cuando una persona cercana enfermó de insuficiencia renal, alguien le dijo que se había enfermado porque tenía demasiadas expectativas en su matrimonio y que su pareja no pudo cumplirlas. Esta dimensión que se abre al asumir una causa emocional en la producción de la enfermedad implica, por un lado, que la persona tiene algo que resolver, y por otro, que ella se lo causó.

Al indagar acerca de cómo los órganos suelen interpretarse como brújulas que nos orientan y revelan la causa de las enfermedades encontré un campo de conocimiento muy particular: la biodescodificación, también conocida como bioneuroemoción o descodificación biológica. Una búsqueda rápida en internet arroja lo siguiente: “Trata la forma en que los conflictos emocionales pueden reflejarse en el cuerpo y pueden relacionarse con ciertos síntomas físicos. Tus pensamientos, creencias y emociones influyen en tu bienestar. Existe una estrecha relación entre lo físico, emocional y mental”.

La biodescodificación es una técnica terapéutica en auge. Desde 2011, en México y el resto del mundo, las búsquedas de la palabra “biodescodificación” incrementan año con año, en particular desde la pandemia. A la biodescodificación le interesa entender cómo los conflictos emocionales pueden expresarse en el cuerpo por medio de síntomas físicos. Esta idea no es nueva. Cuando Freud publicó en 1895 Estudios sobre la histeria se interesó en mostrar, empleando la descripción de historiales clínicos, cómo algunas de sus pacientes manifestaban síntomas físicos cuyo origen no tenía un correlato orgánico sino un conflicto anímico. Es decir: cómo los afectos y estados anímicos asociados a experiencias traumáticas podían producir síntomas físicos. Esto permitió ubicar una causalidad psíquica a los fenómenos histéricos.

Ilustración: Jonathan Rosas

De esta manera, el origen del conflicto había que buscarlo en lo psíquico y no en lo orgánico. La aportación freudiana implicó un giro hacia la dimensión afectiva: cómo los recuerdos traumáticos reprimidos podían producir síntomas físicos, pero sobre todo, enfermedades anímicas o neurosis. Pero lo que hoy se replica es una lectura superficial de este hallazgo, pues implica ubicar una causa emocional de las enfermedades orgánicas, diferente a explicar causalidades psíquicas en los conflictos neuróticos. Quizá valdría la pena preguntarnos por este tránsito. ¿Cómo es que pasamos de establecer que algunos síntomas físicos podrían derivarse de un conflicto anímico, a suponer que las enfermedades fisiológicas tienen una causa emocional?

Desde luego sabemos que las emociones participan en los procesos del binomio salud-enfermedad, pero esto no significa que las enfermedades orgánicas tengan como causa directa un conflicto emocional. En este sentido, reconocemos que las emociones tienen un papel relevante en el curso y pronóstico de las enfermedades. Por ejemplo, una revisión sistemática sobre el impacto del estrés psicosocial en la salud sugiere que éste es un factor de riesgo en el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, ciertos tipos de cáncer, obesidad y depresión, ya que produce un conjunto de respuestas biológicas hormonales alteradas que favorecen estados inflamatorios. Sin embargo, reconocer la influencia del estrés (entendido como un proceso que involucra la activación de mecanismos para alcanzar el equilibrio u homeostasis) no es igual a atribuir el origen de las enfermedades a una causa emocional.

Asimismo, estos discursos sobre el supuesto origen emocional de las enfermedades ocurren en un contexto en el que también circulan ideas sobre la responsabilidad individual de las personas en la solución de sus problemas. En este sentido, se promueven ideas y creencias que sugieren que basta con “manifestar”, “vibrar alto”, “equilibrar el dar y el recibir”, en suma, tener pensamientos y actitudes positivas para solucionar las dificultades, entre ella, la enfermedad. Este tipo de mensajes se replican en redes sociales, y se utilizan con frecuencia por influencers. En un mundo donde todo depende de ti, también la enfermedad o salud están en tus manos.

Sin embargo, quizá lo más interesante no es que haya este tipo de narrativas sobre la enfermedad, sino cómo estos discursos producen explicaciones que responsabilizan a las personas de sus enfermedades. Es decir, producen culpables ante eventos que no pueden explicarse sólo a partir de causas emocionales, pues no hay evidencia científica que respalde esta afirmación. Así, se promueven ideas como “los malestares en la garganta tienen que ver con la dificultad para expresar verbalmente lo que queremos”; “los problemas en las rodillas se relacionan con la falta de humildad”; “tener dolor de espalda significa que no tienes apoyo”; “las dolencias en las piernas significan temor a avanzar”, entre otras. Pero, ¿cómo llegamos a este punto? ¿Cómo pasamos de establecer un vínculo entre las enfermedades orgánicas y la dimensión afectiva a creer que los órganos y las partes del cuerpo (y sus procesos de salud-enfermedad) son signos que revelan verdades? ¿Cómo comenzamos a atribuir este tipo de explicaciones hacia las enfermedades? ¿Cuándo empezamos a culpar a las personas por enfermar?

El descontento con la práctica médica y la desconfianza hacia la ciencia y el conocimiento científico tuvieron algo que ver. Las críticas al modelo biomédico están presentes desde hace algunas décadas. Por ejemplo, se ha señalado que la medicina produce formas deshumanizadas de tratar la enfermedad, la atención que brinda el personal médico es fría y no toma en cuenta la vivencia del padecimiento, ni la subjetividad de los pacientes; se concentra en “el saber anatómico sobre el cuerpo, se ocupa únicamente de la máquina humana y no del hijo o del amigo, es decir, del ser humano en su singularidad” como dice el antropólogo David Le Breton. En su libro Desmorir, Anne Boyer, quien padeció cáncer de mama, narra cómo tras salir de una cirugía donde extrajeron el tumor el hospital la “echó”, argumentando que no podía permanecer un día más ahí y tenía que pasar su recuperación en casa.

Ahora bien, parece que hay una insatisfacción social con la forma en que el modelo biomédico se hace cargo de la enfermedad. Lo que ha llevado a construir otras formas posibles de interpretar, explicar y sobre todo de tratar la enfermedad, que apuntan tanto a una insatisfacción con el modelo biomédico imperante como a un auge de ciertos discursos new age sobre el cuidado de la salud. No obstante, algunas autoras señalan que la construcción de narrativas mágicas, religiosas y psicológicas para explicar las enfermedades no es un fenómeno nuevo, sino una forma de lidiar con la incertidumbre y temor que produce la enfermedad, en especial cuando no se puede explicar su causa. Susan Sontag, en La enfermedad y sus metáforas, ya exploró cómo ciertas narrativas o alegorías sobre las enfermedades están vinculadas a elementos de la subjetividad del enfermo.

Las respuestas que se dan ante la enfermedad dependen del entorno económico, social y cultural de las personas. A su vez, estas respuestas surgen en situaciones particulares, en las que se comparten y negocian significados y discursos acerca de la salud, la enfermedad y los tratamientos disponibles para lidiar con ella. Por ejemplo, para algunas personas la respuesta más común ante la enfermedad puede ser acudir a un médico especialista; para otras, la homeopatía, la medicina alternativa,1 la medicina complementaria, y habrá quienes consideren que para sanar una enfermedad física primero hay que sanar emocionalmente.

Los discursos sobre la causa emocional de las enfermedades también tienen efectos en los tipos de tratamientos que se eligen para restablecer la salud. Sobre esto también se observa una proliferación de técnicas, terapéuticas, herramientas y formas de “cura” no convencionales. Por ello es frecuente que, al enterarse de que alguien está enfermo, las personas sugieran opciones de tratamiento de medicina alternativa o complementaria.

Por último, parece que estos “nuevos” discursos sobre las emociones y la enfermedad son una forma de construir una relación otra con el cuerpo, un esfuerzo por recuperar la relevancia de la materialidad del cuerpo y sus efectos en los procesos de salud-enfermedad, una forma de restablecer el dominio sobre el saber sobre el cuerpo, de arrebatar o disputar este saber al dispositivo médico.

 

Marian Torres
 Psicoanalista, especialista en Estudios de Género. Trabaja como docente de investigación en un posgrado en salud pública y practica el psicoanálisis en consultorio privado.


1 Según el portal de MedlinePlus la medicina alternativa incluye diversas prácticas, entre ellas: acupuntura, quiropráctica, medicina herbaria, masaje, ondas magnéticas, hipnosis, biorretroalimentación, meditación, yoga y tai chi.

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Publicado en: Salud

2 comentarios en “Emociones y enfermedad: ¿enfermamos por voluntad?

  1. Con respecto a la pérdida de conocimientos sobre plantas medicinales, se puede consultar el siguiente artículo de divulgación : Extinction of Indigenous languages leads to loss of exclusive knowledge about medicinal plants
    by Sibélia Zanon on 20 September 2021

    El Tai chi y el yoga funcionan para prevenir enfermedades, así como la práctica de otros deportes. El especial, el Tai Chi es un ejercicio de bajo impacto que aumenta la fuerza, ejercita los tendones y mejora la capacidad cardiopulmonar. La meditación, la hipnosis y la biorretroalimentación se han usado con éxito para disminuir el estrés y aumentar el umbral del dolor; en algunos estudios han permitido reducir o prescindir del uso de anestesia.

    En algunos países, el costo de la atención médica es muy alto; sucesos inesperados como un infarto puede dejar a familias enteras en la calle si no contaban con seguro médico. No es de extrañar que las personas busquen alternativas al sistema médico. El turismo médico a Canadá o México (a hospitales privados) ha aumentado, e irían a Cuba si pudieran.

  2. Quizá habría que incluir entre las críticas a la práctica normal de la medicina a Foucault e Ivan Ilich. Por otro lado, la herbolaria es muy efectiva, las compañías farmaceúticas e investigadores siguen estudiando los conocimientos de plantas de los pueblos indígenas y están preocupados por la desaparición de las lenguas indígenes, pues se van junto con sus conocimientos tradicionales.

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