
Lo obvio es aquello que se presenta ante nuestros ojos y es tan claro que se acepta sin mayor dificultad. ¿Por qué? Porque la obviedad tiene como función validar y simplificar la realidad.
Al habituarnos a ciertas prácticas terminamos otorgándoles el ropaje de evidencia. De este modo, algunos enunciados se aceptan como verdades inmediatas, sin requerir contraste empírico ni justificación normativa. Por ello la obviedad es un mecanismo de equilibrio, pues reduce la complejidad del mundo al permitir que podamos andar por la vida cotidiana.
Pero lo obvio no es lo mismo que lo irrelevante. Suponer lo contrario implica pasar por alto que buena parte de las estructuras que organizan la vida social se erigen sobre supuestos que rara vez se formulan de manera explícita. Lo obvio es el trasfondo tácito que condiciona la interpretación del propio mundo.
El problema es que interpretar no implica actuar. Interpretar produce comprensión, pero es difícil que asegure razones para la acción o acaso obligación práctica. Logramos reconocer que algo es cierto, injusto o necesario, y aun así no modificamos nuestra conducta en consecuencia. De ahí que lo obvio puede obviarse. Ya sea por conveniencia, inercia o apatía, la obviedad termina, muchas veces, produciendo el efecto opuesto al que cabría esperar de algo que se supone claro. Porque lo que se muestra es tan burdo que ya no persuade.
Presentándose como un hecho irrefutable —sin alternativas, sin fisuras— lo obvio deja de ser objeto de búsqueda y arroja un resultado paradójico. Hoy en día vivimos rodeados de diagnósticos, análisis y datos, pero esa abundancia no se traduce en transformación. Sabemos más, pero hacemos menos. Estamos más informados, pero rara vez dispuestos a modificar nuestras formas de estar en el mundo.
¿Por qué si sabemos que la emergencia climática y sus efectos devastadores son reales seguimos consumiendo, produciendo y desplazándonos como si nada pasara? Respecto al tiempo que pasamos conectados ocurre algo similar. Los dispositivos absorben nuestra atención y consumen nuestras horas de vida, nos alejan de la experiencia directa, el descanso, de la reflexión y la presencia con otros y, a pesar de eso, seguimos desplazándonos de pantalla en pantalla como si viviéramos más ahí que en este mundo. Lo mismo sucede con el plagio: si todos entendemos que está mal, que empobrece el pensamiento, que anula la honestidad intelectual y que reduce la experiencia educativa a una simulación de aprendizaje, esta actividad se sigue practicando como si tuviera algún tipo de mérito. Vale para estos casos y muchos más. Sabemos, comprendemos y al final actuamos como si no supiéramos ni comprendiéramos nada. La claridad de la idea no se traduce en claridad de conducta.
Cuestiones que se pensarían obvias, de fácil entendimiento y nula necesidad de discusión, terminan siendo no sólo ignoradas, sino contradichas. Lo obvio deja de ser un fundamento compartido y se convierte en lo que todos reconocen, pero pocos incorporan. Lo obvio ya no resulta tan obvio: muta, se adapta a las tensiones históricas y a las expectativas sociales. Lo que ayer se consideraba incuestionable hoy puede parecer absurdo. Lo obvio no es una verdad eterna, sino una forma de atajo colectivo.
Y en un contexto sin matices, en el que la mentira poco a poco copta la vida de las personas, se propulsa una especie de escepticismo generalizado con profundas consecuencias para el entendimiento colectivo. Las decisiones se toman más por su efecto que por sus razones. Importa menos la justificación que el efecto, menos la verdad que la sensación de verdad, menos la coherencia que la polémica y la estridencia.
Vivimos, escribe Labatut, en una especie de “pesadilla plural y demente en la cual nunca podemos creer del todo en lo que vemos, sentimos y escuchamos, o incluso en lo que pensamos. Lo real está fuera de nuestro alcance. Nuestras vidas se han vuelto tan extrañas e inciertas como el reino cuántico. Lo falso y simulado parecen estar asfixiando la verdad, mientras que los aspectos ficticios de la existencia asedian el tabernáculo de la razón”.[1]
Por más que se intente convencer sobre cómo las conductas propias impactan a de millones de personas, la percepción de fugacidad tiende una ilusión respecto a nuestra responsabilidad. Así, el que está mal no es uno, sino el vecino; tiempos pasados siempre fueron mejores; y el mundo se puede caer a pedazos siempre y cuando yo esté disfrutando cómodamente de mi vida.
No es sencillo plantear una salida. Sería ingenuo pensar que basta con denunciar la obviedad para desactivar su fuerza o para restablecer, por sí sola, la conexión entre lo que sabemos y lo que hacemos. Sin embargo, lo que sí parece posible es comenzar por mirar con atención lo que damos por sentado. Y ese es el papel de la reflexión, del pensar despacio, de la filosofía: interrumpir el juego de lo obvio, devolverles a las cosas su espesor y su capacidad de cuestionarnos.
La filosofía no busca lo espectacular ni lo excepcional. Va en dirección opuesta, empeñándose en preguntar por aquello tan evidente que nadie cree necesario examinar. Lo que permanece callado, lo que se acepta sin razones, es precisamente donde se juega el sentido de la crítica. Someter lo obvio no garantiza soluciones inmediatas, pero impide que la comodidad y la incongruencia gobiernen nuestras decisiones.
Por obvio que parezca, recordemos que pensar no nos libera de la responsabilidad de actuar, pero nos recuerda que no podemos renunciar a ella. Si la reflexión puede suscitar razones para la acción, quizá es momento de asumirlas y comprender que lo que sabemos también debe convocarnos.
Juan Jesús Garza Onofre
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.
[1] Labatut, Benjamin, La piedra de la locura, Barcelona, Anagrama, 2021, p. 20.