A finales de los noventa, Robert Putnam se convirtió casi en una estrella de rock por su libro Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community, en el que describió cómo Estados Unidos estaba perdiendo su sentido de comunidad. Casi un cuarto de siglo después de su publicación, Putnam dio una entrevista para el podcast de The New York Times, The Interview, y advirtió algo que podemos percibir hoy: estamos cada vez más solos.

Para sostener su conclusión, el sociólogo y politólogo estadunidense distingue dos tipos de capital social: el capital social vinculante y el capital social puente. El primero refiere a los lazos que establecemos con personas similares a nosotros mismos. El segundo, a los vínculos que tenemos con personas diferentes, pero con quienes podríamos compartir algo. Uno no es mejor que el otro, pero el segundo es más difícil de alcanzar. Apunta Putnam que ese es el reto de la sociedad estadunidense actual (aunque no sólo de ella): establecer vínculos entre personas diferentes.
Para Putnam, es la falta del capital social puente la causa de la fragmentación social de su país. Sin ese tipo de vínculos no hay confianza entre las personas que integran una comunidad y todo se vuelve ajeno, lo que debilita el compromiso cívico, entendido por el sociólogo como el nivel de participación social en organizaciones de pequeña escala (clubes, iglesia, círculos de lectura, etcétera), pero que tiene consecuencias importantes en el terreno político, social y cultural. El debilitamiento del capital social que aduce el autor se debe a varios factores: la polarización política, la desigualdad y la moralidad. Esta última la entiende como qué tanto las personas consideran que están en tal o cual situación juntas; ya que, desde su punto de vista, el aislamiento no es sólo estar al margen de los demás, sino anular su presencia.
En 2023, Robert Putnam estrenó el documental Join or Die, donde señala que el futuro político y social de EE. UU. depende de cómo reaccione la sociedad estadunidense ( y sobre todo los jóvenes) a este aislamiento y debilitamiento del capital social, además de en su vida personal, impacta en términos de gobernanza y política, pues la democracia es un sistema que se basa principalmente en la confiabilidad; un sistema en el que no sólo todos participan, sino que presupone que todos formamos parte del resultado final. Punto que está estrechamente ligado al factor de la moralidad. En cierto modo, todo apunta al poema de John Donne: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un fragmento del continente, una parte de un conjunto”.
Una manera de hacer frente a esta falta son los clubes o grupos, apunta Putnam, porque aportan en la construcción no sólo de confianza, sino de personas confiables. No es un tema de credulidad ciega, sino de nutrir la corresponsabilidad que implica una colectividad.
Construir confianza en un grupo (trustworthiness, aprender a confiar y ser confiable) es lo mismo que hace un gobierno con la sociedad. Es una especie de hábito social que puede ser cultural. La idea del sociólogo es clara: el efecto de participar en un equipo de futbol o un club de corredores es más profundo de lo que pensamos, puede ser una manera de dar batalla al aislamiento y recuperar el compromiso cívico que exige la democracia.
Robert Putnam no es el único que alerta sobre la falta de capital social. En 2023, Vivek Murthy, cirujano general de los Estados Unidos, publicó un reporte sobre los efectos curativos de la conexión social y la comunidad titulado Our Epidemic of Loneliness and Isolation, y que sintetizó en un ensayo en TheNew York Times en el que define tres líneas por medio de las cuales gobierno y sociedad pueden trabajar en conjunto para mejorar el aislamiento y la soledad en la que muchas personas viven. Estos tres aspectos van desde fortalecer la infraestructura social: los programas, políticas y estructuras que ayudan al desarrollo de relaciones saludables; renegociar nuestra relación con la tecnología; hasta tomar medidas en nuestras vidas personales para reconstruir nuestra conexión con los demás.
La soledad, apunta Murthy en su reporte, tiene un impacto en la salud de las personas:
La soledad es más que un simple mal sentimiento. Cuando las personas están socialmente desconectadas, aumenta su riesgo de ansiedad y depresión. Lo mismo ocurre con su riesgo de enfermedad cardíaca (29 %), demencia (50 %) y accidente cerebrovascular (32 %). El mayor riesgo de muerte prematura asociado con la desconexión social es comparable al de fumar a diario.
Así que la falta de capital social es un asunto político porque debilita la confianza entre las personas y sus instituciones; de salud pública, porque aumenta los riesgos a padecer ciertas enfermedades; y también cultural, porque no puede haber expresiones culturales capaces de refrescar la discusión cuando la gente vive en una “cámara de eco”.
La comunidad nos da un sentido de pertenencia; es una red de apoyo y descubrimiento. Nuestra propia experiencia se amplifica con la presencia de los demás. Estos vínculos también sirven para reforzar visiones y tradiciones. Formar parte de una comunidad es, como describe Putnam, un compromiso. Es, hasta cierto punto, abandonar los controles, ser más vulnerables. Y en medio de eso, hay una extraña satisfacción: la certeza de saber que no estamos solos y nuestro lugar en este mundo, en un café o una cancha de futbol, tiene sentido.
Entendí el alcance de las comunidades cuando viví en Washington D.C. Una capital como ninguna otra que haya visto. Es una ciudad histórica y simbólica. Las calles son amplias y los edificios bajos, siempre hay una mirada al cielo. Las glorietas son espacios donde la gente va a tomar el sol en los veranos, y en las librerías siempre hay una nueva biografía política. Es una ciudad con una conectividad perfectamente establecida. El metro funciona todo el tiempo, las líneas recorren la ciudad y sus colinas, las estaciones de bicicletas se encuentran por todos lados y tomar coche es la última opción.
Washington es una ciudad que reconoce a sus habitantes como usuarios. Más importante aún: toma en cuenta la temporalidad de estas personas. A diferencia de otras capitales donde las personas nacen, crecen y construyen toda su vida ahí, Washington tiene una dinámica de puerto: las personas recién llegaron o están a punto de irse. No hay arraigo… en apariencia. En ese contexto, las canchas de futbol y parques se vuelven la única forma de romper los encuentros fugaces para sentir que pertenecemos —aunque sea por un momento— a ese lugar. En Washington, D.C. un equipo de futbol (Ajolotes F.C.) fue capaz de construir ese capital social del que habla Putman al conjuntar el altiplano de Bolivia, los volcanes de Nicaragua y el Río de la Plata. Ese espacio se volvió una comunidad: el abandono de la soledad y la autorreferencia.
Lo que genera esa sensación de arraigo, no es la ciudad en sí, sino las conexiones, rituales y emociones que podemos construir en ella. Los lugares son las personas con quienes los compartimos.
Lo anterior destaca que hay un factor fundamental para el desarrollo y fortalecimiento de las comunidades, lo que el sociólogo Ray Oldenburg definió cómo “terceros lugares”: espacios donde las personas pasan tiempo entre el hogar (primer lugar) y el trabajo (segundo lugar). Lugares donde intercambiamos ideas y construimos relaciones.
Parecería que estos espacios también pueden ser virtuales, desde Facebook hasta Goodreads, pero no es tan sencillo. Sus ventajas parecen ser insuperables: abierto 24/7, espacio ilimitado, inmediatez, horarios flexibles y, sobre todo, control. Sin embargo, la vida ahí es on demand, son espacios a la medida. Así que bienvenidos al mundo donde cada uno sí es una isla. Comunidades virtuales que no hablan entre sí y donde cada uno escoge su metro cuadrado en el archipiélago. Se acabaron las sorpresas o conversaciones inesperadas; ya no hay descubrimientos, sólo afirmaciones, reconocimientos, ecos.
El lugar que ocupa la infraestructura y el diseño urbano en este contexto de cerrazón digital no puede quedar de lado. La interacción pasa tanto por la voluntad como por el acceso. Hay formas de romper el eco y el aislamiento de las pantallas y las rutinas: en una conversación con el arquitecto Pablo Sendra, el ensayista y profesor británico Richard Sennett argumentó que es importante que entendamos
la infraestructura social como las redes personales y espaciales que facilitan el encuentro social urbano; el encuentro social en las ciudades también suscita posibilidades… “usos del desorden”, que eran esas situaciones no planeadas que te hacen más tolerante a la diferencia, situaciones que propician el encuentro entre personas y que hacen que la gente negocie.
La ciudad y el espacio urbano puede y tiene una injerencia en cómo interactuamos y cómo conciliamos con lo que es diferente a nosotros. El tema, como en todo diseño, es qué se prioriza. Sennett y Sendra, en Diseñar el desorden: Experimentos y disrupciones en la ciudad (Alianza Editorial, 2020), reflexionan sobre la posibilidad de propiciar un diseño urbano flexible, capaz de transformarse constantemente para que las personas puedan descubrirse en contextos inesperados pero, hasta cierto punto, reconocibles; un diseño que suscite encuentros entre personas distintas, que ejercite la tolerancia y la comprensión, y que fomente actividades comunitarias. Espacios que alienten a las personas a cambiar rutinas, ideas, explorar con curiosidad: una forma de volver a abrir los ojos al mundo y buscar pertenecer a él.
Porque, ¿qué perdemos cuando perdemos la presencia de los demás?
Al escritor Amos Oz un amigo suyo le preguntó si su obra literaria era autobiográfica. Oz le contestó que cada manzana viene de la lluvia, la semilla, el sol y la tierra; sin embargo, no es ninguna de esas cosas. Lo mismo con las historias. No son la vida en sí, sino la consecuencia de vivir, es decir, de la presencia de los otros. No puede haber literatura, o ninguna otra expresión artística y cultural en el mundo de las islas. El monólogo se agota en sí mismo.
Hace poco The Atlantic publicó un artículo sobre los beneficios que tiene para los adultos que los niños vuelvan a jugar en las calles. El texto cuenta la experiencia de dos madres que viven en la calle Greville en la ciudad de Bristol, Inglaterra, que recuperaron su calle como espacio público que prioriza el desarrollo de los niños sobre otros usos. La dinámica para lograrlo consistió en algo muy sencillo: organizar a los adultos que vivían ahí para cerrar la calle un par de horas y tener sesiones de juego (un ejemplo de lo que, en parte, Sendra y Sennett comprenden como “organizar el desorden”). Salió tan bien el experimento que las organizadoras fundaron Playing Out, una organización que ha ayudado a los residentes de más de mil calles en docenas de ciudades de Reino Unido. Este ejercicio, además, permitió no sólo que los niños se conocieran sino que los adultos socializaran.
Como hay ciclos viciosos que llevan al debilitamiento del capital social y las comunidades, hay aquellos que pueden actuar a su favor. Las comunidades están llenas de expresiones que comunican y brindan un sentido de identidad y afinidad a una determinada forma cultural: estatuas, música, poemas, himnos o comida. Estas expresiones que provienen de la comunidad con el paso del tiempo también la generan. Como en Giancaldo, el pueblo al que regresa “Totò” cuando se entera de la muerte de Alfredo en Cinema Paradiso; una comunidad que por años giró en torno al cine, como también la vida de Totò. Al volver, el protagonista de la película se percata de que el universo cabía en un cine en Italia. Toda la comunidad de Giancaldo está ahí, desde el sacerdote hasta los políticos y los niños. Totò al final es un reflejo, no tanto de lo que vio en el cine, sino de lo que el cine significaba para Giancaldo. La importancia de las comunidades es que nos confirman nuestro lugar en el mundo y nos hacen parte de él. Con suerte, el mundo puede ser tan increíble como una calle donde juegan los niños, un equipo de futbol en Washington o una pequeña sala de cine.
Apaguen las luces.
Emilio Posadas Certucha
Ensayista