En defensa de los científicos y los académicos de México

Los recientes enfrentamientos entre académicos y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología han provocado que diversos sectores del país, con legítimo interés, se pregunten sobre el trabajo que realiza la comunidad científica en México, así como sobre la forma en que se emplean los recursos públicos destinados a estas áreas.

Ilustración: Oldemar González

Estos cuestionamientos, manifestados por amplios sectores de la población en las últimas semanas, reflejan dos fenómenos que resultan preocupantes: por una parte, son indicadores de una falta de vinculación entre la comunidad científica y la sociedad, pues no se ha realizado una labor pertinente de difusión y divulgación que ayude a socializar el conocimiento, si bien durante los últimos años se ha tratado de subsanar esta deficiencia; por otro lado, este fenómeno también nos habla del desconocimiento de la labor científica per se y la necesidad de hacer hincapié en la forma que la ciencia avanza.

Estos últimos cien años, la tecnología y la ciencia han avanzado tan vertiginosamente que apenas nos damos cuenta de los cambios que hemos sufrido universalmente. Hace no muchos años, si tomamos en cuenta el devenir de la historia desde los egipcios hasta ahora, éramos niños que veíamos en la televisión aquellas caricaturas que nos hacían soñar con el futuro en el cual los personajes se comunicaban de forma remota de una pantalla a otra. Ahora, casi sin darnos cuenta, somos los profesores que se comunican con sus alumnos a través de las pantallas de computadora por diversas aplicaciones, que antes de la pandemia todavía no eran muy conocidas.  Se ha asumido de tal forma el uso de la tecnología que pocos recordamos que de niños utilizábamos esos grandes y pesados aparatos telefónicos con cable o que el uso popular de  los hornos de microondas no se dio sino hasta hace algunas décadas.

Los nuevos desarrollos tecnológicos, desde luego, no surgieron de la nada ni fueron fruto de la casualidad: llevan largo tiempo gestándose en diversos ámbitos académicos e industriales y, en muchos casos, han necesitado grandes inversiones tanto estatales como privadas. Sin embargo, el ámbito popular y las personas que han criticado a la comunidad científica en estos días, esperan que quienes trabajan en las instituciones mexicanas realicen grandes descubrimientos y hagan aportaciones científicas extraordinarias, sin tener en cuenta que la ciencia avanza lentamente y paso a paso.

Esto se debe quizá a los mitos sobre las ciencias que tenemos internalizados desde pequeños; así, más por las leyendas que hemos escuchado que por el conocimiento de la historia de la ciencia, hemos aprendido que los grandes descubrimientos son fortuitos y felices. Tenemos, por ejemplo, a un Arquímedes, aquel filósofo griego del siglo III a. C., que mientras se bañaba plácidamente realizó un descubrimiento sobre la fuerza de empuje que revolucionó la física, especialmente en cuanto al principio hidrostático. O a un sir Isaac Newton (1642–1727), físico inglés que por pura casualidad, al caer una manzana sobre su cabeza, desarrolló  la teoría de gravitación universal.

Si lo forzamos un poco más, casi podemos imaginar al mismo Arquímedes mientras escuchaba música de arpa, libando tranquilamente una copa de vino con miel, enviada por Hieron II, quien le habría solicitado que determinara si su corona estaba realmente elaborada en oro puro, hasta dar con la solución casual que le daría la fama; desde luego, el solo hecho de ser un gran pensador le habría ganado el favor del tirano siracusano, por lo que no tendría que ocuparse de asuntos tan vulgares como el sustento diario y mucho menos de las Guerras púnicas que se desarrollaban durante aquellos años y que terminarían hacia el año 212 con la conquista de los romanos en Siracusa y la conversión de toda Sicilia en Provincia romana.

Pero ni la ciencia ni ninguna otra disciplina avanzan de esta forma distendida: detrás del legendario descubrimiento de Arquímedes y de su multicitado ¡eureka! Hay toda una vida dedicada a la reflexión filosófica y al estudio de fenómenos proto-científicos. El también matemático griego habría elaborado durante su vida varios trabajos de los que sobreviven, al menos, nueve tratados en griego sobre geometría, astronomía, notación numérica, hidrostática, entre otros; además de las reflexiones teóricas, Arquímedes llegó a desarrollar numerosos inventos prácticos que incluso servirían como armas defensivas en la guerra. Si bien, la guerra terminó con la vida del sabio en el momento de la capitulación de Siracusa, sus descubrimientos y teorías perduraron  por siglos, aunque, por extraño que parezca, no tuvieron gran impacto en la Antigüedad y no ganaron terreno sino hasta después del siglo XVI, cuando los paradigmas científicos volvieron a renovarse y posaron la mirada en las traducciones latinas de las obras del viejo Arquímedes.

Quizá la imaginación también nos lleve a viajar al momento en que el joven Newton se encontraba en Woolsthorpe Manor (Lincolnshire), la casa materna, alejado de los problemas y de la epidemia de peste bubónica que asoló a Londres entre 1665 y 1666, leyendo tranquilamente bajo un árbol, comiendo fruta y charlando con sus amigos, hasta que, de repente, le cayó la manzana en la cabeza y tuvo una idea genial.

Sin embargo, este caso tampoco es tan simple. Newton era un hombre de conocimientos extraordinarios; después de una infancia difícil, ya adolescente estudiaría algunos fundamentos de griego, latín y geometría. Casi con 20 años pasó a Cambridge, donde recibió la típica educación con fuentes clásicas. Desde muy pronto hizo avances en óptica y desarrolló un extenso tratado sobre el cálculo —aunque luego compitiera con otro científico por la primicia. La famosa “Ley de la gravitación universal”, aquella que se cree inspirada por la manzana, se publicó solo hasta 1687 en los célebres Principia (Philosophiæ naturalis principia mathematica) cuando el genio ya había realizado diversas aportaciones científicas de interés.

Es muy probable que tanto la anécdota de la bañera y la corona de Arquímedes, así como la manzana de Newton, sean adornos de tradición posterior, elaborados justamente para destacar cómo un sabio puede, a partir de las cosas más triviales, elaborar grandes teorías, si cuenta con el bagaje adecuado y la inteligencia para llevar las reflexiones más allá de lo que la mayoría vemos a simple vista. Sin embargo, estos descubrimientos y avances o, como lo definiría Thomas Kuhn en su clásico texto de La estructura de las revoluciones científicas (1962) —el cual, por cierto, ya ha quedado superado aunque este no sea el lugar para discutirlo—, cambió el paradigma, son un proceso complejo y lento: detrás de cada gran científico o gran descubrimiento, hay numerosas lecturas, años de trabajo y, seguramente, cientos de personas que los precedieron, invisibles para la historia y que en silencio contribuyeron a lograr esos resultados.

Pero los avances científicos y tecnológicos por sí mismos no aseguran mejores condiciones humanas y sociales, incluso pueden abrir más la brecha entre las sociedades y personas con recursos y frente aquellas que no los tienen, como señalaba justamente aquí hace unos días Arnoldo Krauss. Por ello, resulta necesaria la interacción entre ciencias, tecnología y humanidades.

Se suele pensar que las humanidades son menos valiosas que las ciencias duras y que no merece la pena invertir en este campo. Nada más alejado de la realidad. Las humanidades son fundamentales para asegurar que los avances científicos y tecnológicos tengan impacto humano y social. Las reflexiones sobre cuestiones éticas de la ciencia, la socialización del conocimiento, e incluso la documentación sobre la historia de la ciencia, tienen fundamento en las humanidades. A lo largo de los siglos, los científicos, como hemos visto con Newton, pero también sucedió con otros personajes como Johannes Kepler y René Descartes, recurrieron a las fuentes clásicas y a la lengua latina para documentarse; muchos de ellos, además de sus tratados sobre física, matemáticas, también dejaron reflexiones filosóficas e incluso religiosas. Y es que la gran pregunta de muchos siempre ha sido ¿para qué queremos avances científicos y tecnológicos si no se beneficia a la población, a la humanidad?

En este sentido, los cuestionamientos a los científicos y académicos mexicanos sobre sus aportes sociales son completamente válidos. Sin embargo, hay que saber distinguir las áreas de trabajo de cada sector y su función pública.

Dado que en México y en casi ningún país existe ya un tirano siracusano que auspicie a los científicos, este trabajo se ha institucionalizado y las normas que rigen el desarrollo de la ciencia tiene parámetros muy concretos. En México, ningún académico o científico cuenta con plena libertad, a pesar de la tan citada libertad de cátedra, para estudiar los fenómenos que se les ocurran al momento. El diseño y evaluación de los proyectos pasa por un largo recorrido burocrático en todas las áreas y disciplinas, que va desde la aprobación de un tema por los cuerpos colegiados y consejos respectivos, hasta las acreditaciones institucionales a los proyectos. Estos, además, están muchas veces sujetos a los devaneos políticos que oficializan cierto tipo de investigaciones y desacreditan otras.

De esta forma, actualmente los académicos y científicos están sujetos a diversas normativas institucionales propias de la vida colegiada, que tienen un gran componente administrativo y burocrático, además de que en diversas universidades y centros de investigación, también se contribuye socialmente con la formación de nuevas generaciones de científicos o humanistas; solo en contados casos, algunos investigadores tienen el privilegio de llevar a cabo sus proyectos sin tener que ocuparse de otras funciones, y tal vez son justamente estos casos aislados, que no contribuyen de forma directa con la socialización del conocimiento, los que han generado indignación, pero son una parte ínfima de quienes se dedican a la vida académica.

La institucionalización de la ciencia, por otra parte, permite a los investigadores tener acceso a otras ventajas, como la infraestructura que, en gran medida, es puesta por los centros de investigación. Existen numerosas áreas en las que ninguna persona por sí misma podría desarrollar investigación sin una infraestructura adecuada; pensemos en campos como la ingeniería petroquímica, las investigaciones nucleares, diversos campos genómicos, por citar tan solo algunos.

Y es justamente esta reflexión la que permite contestar otra pregunta recurrente en estos días: ¿por qué los científicos no son capaces de auto-emplearse? Aunque hay diversas razones, una de ellas es precisamente que algunas áreas tienen requerimientos muy específicos donde la infraestructura pública es esencial y ninguna persona por sí misma podría costear estos laboratorios, observatorios o instalaciones.

Por otra parte, pedirle a los científicos y académicos que generen empleo, cuando no está dentro de sus áreas de estudio, sus funciones y competencias, resulta una quimera tan irreal como pedirles a los alquimistas que produzcan oro para sacar a la población de la pobreza. Sobre todo, cuando este compromiso corresponde a otras instancias, especialmente de gobierno, en muchos casos, a aquellos que fueron electos democráticamente precisamente porque hicieron compromisos para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, entre ellas, crear trabajo.

Desde luego, todos desearíamos que los científicos tuvieran mayor incidencia y participación en los problemas nacionales y  cuestiones que nos afectan a todos; por poner un ejemplo que hemos visto en estos días: mientras el agua de presas y ríos se desbordan, sabemos de comunidades que sufren por falta de agua. Pero estas fallas no son sólo imputables a la comunidad científica, sino que hace falta planeación estratégica y gran colaboración entre el gobierno, los académicos y, tal vez, los sectores privados.

Esperemos que el reclamo social de quienes consideran que el trabajo de los científicos y humanistas, de los académicos e investigadores, por muchos años ha quedado en la aulas o en los artículos de investigación sea atendido. Una de las grandes deudas con la sociedad es justamente acercar este trabajo a toda la población. Desde esta perspectiva, los cuestionamientos sobre el trabajo que realiza la comunidad científica son muy válidos. Esperamos que a partir de ellos y de la curiosidad que han generado los campos de las ciencias y humanidades, se abra un diálogo cotidiano entre todos que nos ayude a socializar el conocimiento, en cualquiera que sea nuestra área.

 

Heréndira Téllez
Filóloga clásica y lingüista

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Publicado en: Ciencia, Política