En los sueños empiezan las responsabilidades

Imagen: NYbooks

En la edición impresa de Nexos, marzo 2011, Alejandro de la Garza recordó que en 1982 Luis Miguel Aguilar publicó la traducción de un cuento de Delmore Schwartz:

La única traducción mexicana del célebre relato la hizo Luis Miguel Aguilar para su antología Cuentos y relatos norteamericanos del siglo XX, de 1982, el mismo año del disco Blue Mask, donde Lou Reed dedicó a Delmore la poética e invocadora canción “My House”. El libro hoy conocido como Las responsabilidades empiezan en los sueños no corresponde al original, sino a otro publicado en 1948 con una colección de relatos de Schwartz. En 2010 se publicó en España esta traducción de Bruguera con el título traducido en singular por Miguel Martínez-Lage: La responsabilidad empieza en los sueños, más un destacable prólogo de Rodrigo Fresán. Así llega a México la traducción completa del libro.

Aquí ofrecemos una pasaje a la traducción hecha por Aguilar, la cual también se puede descargar el relato completo.

Mi padre camina de una calle a otra entre árboles, prados y casas, de vez en cuando llega a una avenida donde un tranvía se desliza y se amarra, avanzando despacio. El conductor, que tiene un bigote de cantinero, ayuda a subir al tranvía a una joven señora que lleva un sombrero de plumas. La mujer se levanta las enaguas ligeramente mientras sube la escalerilla. Con toda calma, el conductor se dispone a arrancar y toca su campanilla. Obviamente es domingo; todos llevan ropa de domingo y los ruidos del tranvía enfatizan la calma del día libre. ¿Acaso no es Brooklyn la Ciudad de las Iglesias? Las tiendas están cerradas y tienen las cortinas caídas, a excepción de alguna papelería o de una farmacia con grandes globos verdes en la ventana. Mi padre ha escogido hacer este rodeo porque le gusta caminar y pensar. Se imagina a sí mismo en el futuro y de este modo llega al lugar de su visita en un estado de suave exaltación. No se fija en las casas que deja atrás, donde hay gente comiendo, ni en los árboles que vigilan las calles, acercándose ya a su pleno reverdecimiento y al tiempo en que la sombra fresca de su follaje ocupará toda la calle. De vez en cuando pasa una carroza, los cascos de los caballos suenan como piedras que cayeran en la tarde tranquila, y de vez en cuando un automóvil resuena y sigue de largo, con la apariencia de un sofá enorme y tapizado.

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