
El actual consenso político, afianzado en un nuevo partido mayoritario, exige el rechazo público y unánime de múltiples elementos del Antiguo Régimen: el bonapartismo tecnocrático, la fallida democratización, el liberalismo autoritario, la deshonrosa y ofensiva corrupción, el fracaso del neoliberalismo. En tanto, los detractores del gobierno actual encuentran elementos análogos con el autoritarismo del siglo pasado: el orden corporativo, la fortaleza de la figura presidencial, el sometimiento del poder legislativo, la importancia de los caciques regionales, el enriquecimiento ilícito de algún impresentable funcionario. En el actual vocabulario de la discusión pública, resulta insensata e inexacta la reivindicación explícita del priismo.
Por ello, recapitular la debacle del otrora partido hegemónico es muy atractivo. El reciente documental escrito y dirigido por Denisse Maerker brinda la posibilidad de satisfacer tanto el sadismo de los detractores del priismo como el descontento de los opositores del actual régimen. Es sencillo y obvio. Apenas en el primer capítulo, un humillado José López Portillo se condena a sí mismo y a todos sus correligionarios: “frente al fracaso no hay argumentos”. La privatización de la banca, las múltiples devaluaciones, la mala administración de recursos públicos… los fracasos de la élite gobernante son conocidos. Ese punto de partida es fundamental. El listado de agravios se acepta con unanimidad. Después de la deshonra, del drama personal, de la traición y de los conflictos facciosos se puede decir cualquier cosa.
Antes que narrar una tragedia colectiva, los priistas –desde Augusto Gómez Villanueva hasta Alejandro Moreno Cárdenas– exponen un muy personal breviario de podredumbre. Roberto Madrazo puede recriminarle a Ernesto Zedillo su falta de apoyo a Paco Labastida. Carlos Salinas considera oportuno rememorar que Manuel Camacho se sentía mejor que el presidente. Manlio Fabio Beltrones condena la intransigente actividad partidista de Enrique Peña Nieto. Cada antiguo regidor del Estado de México señalará, ad nauseam, la ineptitud desvergonzada de “Alito”. Es estupendo pues, de nuevo, le permite a quien sea decir cualquier cosa. Nos recuerda, como precisa más de un escritor, que toda política es mezquina y pequeña. El apologeta de fulano sí tendrá más de un argumento contra zutano. La retórica popular celebrará que los déspotas, cínicos y traicioneros, caminan sin remedio hacia el fracaso. Naturalmente, este dramatismo no está desprovisto de encanto.
Sobrecoge observar un bonapartismo trotskista en los testimonios posteriores al asesinato de Luis Donaldo Colosio. El vituperio entre camarillas políticas, centradas en salvar su changarro, permite escisiones y confrontamientos que, pese a innegables prácticas mafiosas, contienen profundos reclamos de pureza doctrinaria. Elba Esther Gordillo condena diversas prácticas que –desde Ernesto Zedillo hasta Roberto Madrazo– suponen la violación de preceptos fundamentales de la vida institucional del partido. Enrique Peña Nieto rememora su mandato congratulándose de esquemas clásicos del supuesto presidencialismo imperial. Dulce María Sauri y Beatriz Paredes exponen la desordenada e insuficiente valoración que reformistas y sepultureros realizaron sobre el partido como institución provista de vida interna.
Entre la teatralidad se asoma la ideología. Está claro que los antiguos consensos políticos acabaron. Resulta evidente que el viejo régimen finalizó. Por ello es oportuno reconstruir la crónica de la debacle. Sin embargo, no queda claro en qué piensan protagonistas y espectadores cuando piensan en el Partido Revolucionario Institucional.
Como consecuencia, actores políticos y opinólogos profesionales exhiben, con profunda ligereza, juicios desordenados. Declarar que el priismo –dominante por setenta años– influyó en aspectos culturales, en el civismo inexperto y en la conciencia nacional es poco menos que una obviedad. Sin embargo, evocar al priismo cultural y a ese pequeño priista que todos llevamos dentro figura, aún, como una observación casi mística. Así, el partido adquiere un carácter perversamente teológico. Debilitada la antigua institución, el priismo se manifiesta, dicen, en el amiguismo, la corrupción, el corporativismo y en la conciencia del individuo.
Las prácticas de Morena pueden suponer la demolición o permanencia de aquello que, antaño, instauró el priismo. Por eso Marcelo Ebrard celebra que Andrés Manuel López Obrador haya rescatado, con un diablito, las estatuas de los antiguos héroes nacionales presentes en la sede del PRI. Sugiere la necesidad de reivindicar, cien años después, a la Revolución Mexicana. De manera análoga, Diego Fernández de Cevallos, su feroz adversario político, considera que el actual partido mayoritario ocupa, precisamente, el espacio del viejo partido hegemónico. Tal o cual práctica es tan priista como convenga al orador. El PRI puede ser todo y nada: priismo de Schrödinger. Es decir, el priismo puede estar tan presente o acabado como se interprete.
No es un drama menor. Hablamos de la institución, del conjunto de prácticas, de la plataforma ideológica y del espacio de intermediación más singular entre los sistemas políticos del siglo pasado. Es inquietante carecer de las palabras adecuadas para describir dicho fenómeno. Sin embargo, la escasez del lenguaje no es un laberinto tan extraordinario. Emilio Rabasa, José Vasconcelos y Jesús Reyes Heroles intentaron, muy a su manera, ordenar conceptualmente la compleja realidad política que experimentaron. Sus reflexiones constitucionales, políticas y filosóficas contienen, más allá de originalidad y vocación, el esfuerzo, a veces insensato, por comunicar lo inefable. Arrinconados entre el despotismo, la retórica popular y la violencia, discutieron frente a aquellos que concebían los desacuerdos políticos como fantasmagóricas características intrínsecas del mexicano. Cada conclusión, se dirigió hacia arreglos jurídicos e institucionales.
Algún día, ya sea en un ejercicio apologético o en el obituario definitivo, alguien explicará puntualmente qué fue el Partido Revolucionario Institucional y qué implicó su desaparición. Con seguridad algo habrá sobre el determinante papel de las élites. Valdrá considerar la perversión cívica del mexicano. Algún político será el culpable definitivo. Surgirán héroes, mártires y villanos mucho más consistentes. Volveremos a la filosofía de lo nacional. Pero, sobre todo, entenderemos qué fue aquello que hoy se celebra como fallecido o transmutado.
Es posible que cedamos a la tentación de anquilosadas reflexiones sobre si la historia se repite o si tan sólo rima; si vuelve como farsa aquello que fue tragedia o si las ilusiones y la imaginación sencillamente son muy limitadas. Sin embargo, es un ejercicio más dichoso. En cierta novela, Clarice Lispector narra la perspicaz observación que un niño le ofrece a su madre: “Yo sé por qué Dios ha creado el rinoceronte, es porque Él no veía el rinoceronte y entonces creó el rinoceronte para poder verlo… [E]staba creando la verdad para poder verla”.
Crear la verdad no implica, en lo absoluto, inventarla. Es encarnar aquello que, desordenado, existe. Poco a poco, la caricatura del dinosaurio priista habitante de San Garabato evoluciona hasta convertirse en testimonios, aún vagos, sobre el complejo entramado de relaciones que fue el priismo. Algún día esa criatura será aquello que, atinadamente, todos pensaremos cuando pensemos en el PRI. Es momento de comenzar a crear al rinoceronte.
Alberto Rodríguez de la Torre
Estudiante de Ciencia política y relaciones internacionales en el CIDE.