La madre de Alexander Gómez, de 16 años, en medio de la calle, grita su lamento, se desgañita, denuncia lo sucedido traspasada por el relámpago de la injusticia. “¡Creyeron que traía un arma! ¡Era un niño!”. Su hijo, con dos amigos -ahí presentes en la turba-, se dirigían la noche del martes 9 de junio a comprar un refresco, cuando fueron atacados a balazos por la policía de Acatlán de Pérez Figueroa, Oaxaca. Alexander recibió un tiro en la cabeza que lo mató. Al ser un joven bien conocido en el pueblo, “la equivocación” se dio por inmediata. El ayuntamiento no tardó en manifestar en sus redes sociales que se había tratado de un error, “no siendo éste un hecho de mala fe”. ¿Fue esta ejecución extrajudicial un mal entendido?

Ilustración: Patricio Betteo
El caso de Alexander Gómez se conecta a otras supuestas “equivocaciones” que terminan en tragedia. En este ensayo, me propongo cuestionar el tratamiento que damos a estas supuestos “accidentes”, que ocultan al racismo de todos los días.
El racismo es un sistema de significados que otorgamos a ciertos códigos visuales, en este caso, a los cuerpos, de manera automática. Lo que representamos simplemente por ocupar un espacio revestidos de piel, con pelo, nariz, sexo, edad, tiene que ver con una historia de violaciones, armas, cadenas, que fueron justificados con discursos “científicos”, religiosos y económicos desde el siglo XVI. Desde entonces una línea abismal nos divide en cuerpos con categorías porque la violencia ejercida logró establecer las relaciones de poder que aún siguen dominando. Claro, decimos, por eso asesinaron a George Floyd, pero, ¿por qué no decimos “claro, por eso me saco de onda cuando veo a un jefe moreno o negro, peor si es mujer, a cargo de personas blancas”?
Jacques Rancière discute sobre la igualdad de las inteligencias de manera desestabilizadora al afirmar que la desigualdad es una creencia social, instituida, producida. ¿Creo que las personas blancas son más inteligentes que las morenas? Advertir la arbitrariedad de una creencia personal suele complicarse cuando todo un sistema de prácticas, discursos e imágenes, la confirma. Porque, ¿cuántas personas morenas son invitadas a discutir en mesas de debate, por ejemplo? A todo este conglomerado de valores, prácticas, imágenes, y por supuesto discursos: “es morenita, pero si vieras qué inteligente es”, Foucault le llamó “régimen de verdades”. Esto puede entenderse como una música de fondo de la realidad que siempre está ahí, acompañando a cada una de nuestras decisiones y convirtiéndonos en guardianes de esa “armonía”, vigilantes de las conductas de los otros, vigilantes y castigadores. De ahí que dejamos que nuestra intuición responda sin preocuparse por verificar la corazonada. Éste es el momento en el que suceden las mal llamadas “equivocaciones”. Ejemplos hay millones, algunos terminan en homicidios, ejecuciones extrajudiciales, pero éstas no existirían si no hubiera esa música de fondo que ni tú ni yo nos animamos a interrumpir.
¿De qué “equivocaciones” hablo? Las hay del cotidiano. Como ese grupo de amigos que rentaron una casa en Airbnb, en Rialto, California, y que el último día de su estancia, mientras subían las maletas al auto, fueron sorprendidos por una patrulla de policía. Les pidieron identificaciones buscando una explicación para que ellos, cuatro amigos negros, estuvieran ahí. Según la persona que llamó al 911 la escena bastaba para la sospecha. Estaban “fuera de lugar”. “Matter out of place” así identificó Stuart Hall, en su conferencia Race, The Floating Signifier, uno de los mecanismos mentales que sostienen actos de discriminación racial. El jardín puede estar sucio, pero la cama nunca. Es decir, sabemos cuando algo no pertenece al conjunto. De manera que limpiamos, reforzamos fronteras para dejar claro, dice Hall: esto es dentro, esto es fuera. Esto es cultura, esto es incivilización; esto es bárbaro y esto es culto.
Uno de los casos más recientes que retratan esta suerte de “equivocación”, producto de una lectura racista, fue la persecución y homicidio de Ahmaud Arbery, el 23 de febrero pasado. Este joven de 25 años se encontró por sus homicidas mientras trotaba por las calles del barrio de Saltilla Shores, una zona residencial, boscosa, en Glynn County, Georgia. Al ver al joven, Gregory McMichael, de 64 años, y su hijo, Travis McMichael, de 34, decidieron tomar su arma y subir a su pickup. Lo estuvieron hostigando, mientras Arbery intentaba huir pero, ¿qué podía hacer sino seguir corriendo en la calle dado que poner un pie en aquellos jardines gigantescos lo hubiera convertido en invasor de propiedad privada? Ahora que la investigación avanza, podemos escuchar el parte que rindió ante el jurado el investigador del caso, Richard Dial. Según la información que ha recuperado en cámaras y testimonios, otro vecino se sumó al hostigamiento del joven y entonces, entre las dos camionetas comenzaron a perseguirlo. Lo que hizo varias veces Arbery fue cambiar de sentido y burlar a sus hostigadores; sin embargo, ellos conocían bien las calles, así que fue “encerrado” por los dos vehículos, aunque logró escapar. Hasta que le dispararon. Arbery corrió por su vida durante siete minutos. Momentos antes de dispararle, sus perseguidores llamaron al 911 para denunciar a “un tipo negro en mi propiedad”. Poco después recibió tres disparos y una sentencia final de su homicida: “fucking nigger”. Podemos constatar esto porque William Bryan Jr , el segundo vecino, encendió la cámara de su celular para grabar el asesinato. Por su obvia complicidad, Bryan también está siendo procesado.
Este caso, vale la pena mencionarlo, generó en varias partes del mundo una protesta viral llamada #RunWithMaud, especialmente en Estados Unidos, en la que joggers se grabaron corriendo por las calles el 26 de abril en honor a Ahmaud, justo cuando hubiera cumplido 26 años. Uno de los testimonios que resalto es el de un hombre blanco que, con ropa deportiva, sudando, haciendo ejercicio al aire libre dice: “correr sin miedo es un privilegio por mi color de piel, eso tiene que cambiar”.
Reconocer el racismo en el otro es muy fácil, pero el propio es complicado. En México, la “guerra contra el narco” convirtió de la noche a la mañana a cientos de miles, a millones, de hombres morenos, como el caso más reciente de Alexander Gómez, en víctimas del racismo. En la enorme mayoría de los casos, el honor del nombre de la persona abatida no se limpia. Las autoridades no piden perdón, salvo en casos que alcanzan cierta importancia mediática, por ejemplo, la ejecución extrajudicial y la siembra de armas por parte del Ejército Mexicano a dos estudiantes de excelencia del Tecnológico de Monterrey, y por contar —mismo caso— con una comunidad con cierto peso político. Los otros cientos de miles “de daños colaterales” como les llamó el expresidente Calderón, confirman la sospecha —y con eso es suficiente- de que “si parece delincuente, seguramente lo fue”. Misma lógica de los McMichael.
Esta serie de discursos aún persiste y llena de sentido la lectura que hacemos de cada cuerpo que “leemos” hoy. Por eso es que el racismo es una lectura automática que necesita ser confrontada, de otro modo se le perpetua. Esa relectura tendría que promoverse desde las instituciones democráticas, pero cuando, por el contrario, ellas ejecutan, secuestran, desaparecen personas, corresponde a la sociedad empujar hasta tirar significados que nacieron agotados.
Advirtamos que la guerra civil instalada en el país desde el 2006 se sostiene en discursos racistas, que vinculan juicios a características fisiológicas de las personas. El 1 de septiembre de 2011, Gustavo Acosta Luján corrió a atender a los soldados que tocaban a la puerta de casa de sus papás. Apenas abrió recibió un tiro en la cabeza a metro y medio de distancia por parte de un efectivo de la Marina. Acosta fue ejecutado extrajudicialmente. Esa noche, en la colonia Jardines de San Andrés, en Apodaca, los marinos no tardaron en advertir su fatal “confusión”. En la casa vivía una familia, no había armas, drogas. Nada que inculpara a los Acosta, excepto el mismo cuerpo de Acosta, evidencia que bastó. El racismo es clara y llanamente una lectura automática que, hasta la fecha, no ha sido contestada con la fuerza de una sociedad convencida.
Si no fuera morena la enorme mayoría de las personas hoy desaparecidas, si se tratara de víctimas blancas, la coordinación entre IP, universidades e iglesias sería totalmente distinta. Esta es la evidencia más brutal que encuentro de un “racismo” establecido en México, la inacción de la población blanca.
La polémica que despierta este tipo de conjeturas se obstina en negar que en México existe racismo porque no hay distintas razas. Hay que aclarar, de hecho, que las razas de personas no existen hasta que se le nombra, es decir, hasta que se activa ese sistema de significados. Al respecto, Kwame Ture y Charles V. Hamilton señalaron en 1967, en su libro Black Power, the Politics of Liberation que, aunque las llamadas relaciones raciales tienen muy poco que ver con la existencia de una raza, basta con que ideologías raciales hayan sido formadas y diseminadas para que constituyan el poderoso medio que justifique la hegemonía política y el control económico. El uso de este poder de un grupo sobre de otro no podría establecerse ni mantenerse sin la fundación de instituciones. A esto los autores lo denominaron “racismo institucional”. Su hallazgo reveló la grandilocuencia de todo un aparato público (escuelas, gobiernos, iglesias, medios de comunicación) operando para reforzar la idea de la supremacía racial de un grupo sobre otro. Según reflexionan, no es necesario que los miembros del grupo privilegiado, en su caso los americanos blancos, opriman a la gente de color. “No lo necesitan. El racismo institucional es mantenido deliberadamente por la estructura de poder por medio de la indiferencia, la inercia y la falta de valentía de las masas blancas y de los puestos oficiales”.
El reto es comenzar a ver como injusto lo que siempre hemos visto como normal. En mi caso, soy una persona blanca que ignoré totalmente esta realidad hasta apenas unos ocho años atrás, cuando me casé con un hombre moreno y comencé a observar un trato hostil, de desconfianza, hacia él, a mi lado. Luego, en el programa de estudios de mi doctorado, tuve la oportunidad de entrarle al tema de manera cognitiva; faltaría, claro, advertir la innumerable lista de privilegios que me acompañan sólo por el hecho de tener la piel clara. De manera personal, entiendo la dificultad para desactivar el racismo desde mis propios privilegios; tengo que afinar el oído para no dejarme dominar por esa música de fondo que lubrica las narrativas hegemónicas que me colocan en una posición de ventaja gratuita. Así de difícil es. Todos los días, sin bajar la guardia, desconfiar de lo que “veo” y, por supuesto, desconfiar de los méritos que me adjudican a simple vista.
Hoy importa gritar hasta incomodar a las instituciones: ¡Justicia para George Floyd! ¡Justicia para Giovanni López! ¡Justicia para Alexander Gómez! pero de poco servirá si no desactivamos el poder corruptor de nuestra historia, ese que nos divide según nuestros cuerpos. El racismo no es un mal entendido, hay que aclararlo siempre.
Ximena Peredo
Politóloga, con doctorado en ecología política por la Universidad de Coímbra. Es columnista del periódico El Norte, de Monterrey. Dirige el sitio de opinión Vertebrales.
Gracias por su aportación periodística, para evitar que la narrativa de buscar culpables, tan socorrida en los medios, adormezca nuestra conciencia y nos mantenga en la caverna de nuestras autojustificaciones, miedos, su claridad y puntual interpretación de esta cruda realidad es un señal de que no vamos en el camino correcto, camino que creo hemos perdido desde hace mucho tiempo, cuando dejamos que lo mediático se instalara en nuestra visión del mundo como la única y absoluta verdad.