¿Es realmente medible la pobreza?

La medición es una actividad inherente a la vida humana. Contar artículos o calcular los pagos de las facturas son parte de nuestra rutina diaria. Confiamos en los datos numéricos más que en los juicios valorativos porque nos ofrecen información precisa sobre algún asunto particular. Decir, por ejemplo, que dos hombres son ricos no tiene el mismo efecto que aclarar el monto de sus fortunas, porque tal vez la diferencia en las cantidades puede ser crucial para ponderar sus reales capacidades de pago. Del mismo modo, inventamos cuantificadores muy personales para dimensionar la profundidad de nuestros sentimientos, como la ternura o la bondad. Y así es como, sin empacho alguno, solemos decir que una persona es más tierna y bondadosa que otra, sin disponer siquiera de una medida adecuada para apoyar nuestro juicio. El revoltijo de métricas usadas en nuestra cotidianidad no es causa de ningún conflicto ni viola ningún precepto. Nos sirven para entendernos y punto.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

En la actividad científica, tal laxitud no es permitida porque la medición es un asunto de extrema importancia. Cada grupo de fenómenos tiene su métrica particular y su caracterización depende de la medida adoptada. Los fenómenos afectados por riesgo e incertidumbre, como los de naturaleza financiera, no pueden ser medidos de la misma forma que los que están libres de ellos. En unos, la presencia del azar es determinante y obliga a usar nuestro conocimiento sobre probabilidades, mientras que en otros ese conocimiento no es necesario porque sus medidas están basadas en funciones de distancia entre números reales, que excluyen al azar. En general, un fenómeno es medible si: a la lista completa de sus componentes se les puede asociar una misma medida; la medida en cuestión es cero cuando no se registre ningún evento y mayor que cero en caso contrario; su valor total no puede ser mayor que la medida de sus componentes, y  la suma de la medida de los componentes es igual a la suma de sus uniones, porque los componentes se consideran mutuamente excluyentes. Los fenómenos que no cumplan con alguna de estas condiciones no son medibles, ni cuantificables bajo la métrica propuesta.

Para aclarar más estas ideas pensemos en los ejemplos del jugador empedernido y del joven enamorado. En el primer caso, el individuo desea conocer la ganancia esperada de jugar múltiples volados con el merenguero. En el segundo caso, la historia es menos lúdica, pues el joven desea saber qué tanto es amado por su novia. Claramente son dos casos extremos en los que la medición está en juego, aunque con resultados diferentes. Y es que, si nos atenemos a las tres condiciones enunciadas arriba, sólo podemos medir los deseos del jugador, pero no los del enamorado. En el juego del volado, la ganancia esperada es medible porque: el jugador y su rival disponen de la lista de componentes del juego (águila y sol) con sus respectivas medidas de acierto y falla; ambos jugadores saben que su probabilidad de ganar o perder seleccionando águila o sol es la misma e igual a 0.5, y la probabilidad de la unión de sus eventos es 1 e igual a la suma individual de las probabilidades de elegir sol y águila, porque ambos eventos son excluyentes (escoger sol anula la probabilidad de elegir águila). De esta manera podemos decirle al jugador que su riesgo de convertirse en diabético y pobre será alto porque, de comerse todos los merengues, tendrá que pagarlos todos (o no comer ninguno gratis) en virtud de que su ganancia esperada será cero. Con el enamorado, el asunto es más desilusionante pues, para empezar, no es posible identificar los componentes que caracterizan al amor ni la medida común a ellos (condición 1). O ¿acaso hay alguien que se atreva a delimitar exhaustivamente los componentes del amor? No está claro. Todos sentimos el amor de diferentes maneras y, por lo visto, hay pocas esperanzas de alcanzar un consenso acerca de los componentes que lo definen. Así que, por más que le hierva la sangre al joven, cada vez que vea a su amada, y que sienta que ella disfruta de sus poemas, no hay manera de medir el tamaño del amor entre los dos. El amor es inconmensurable, por lo que no tiene sentido científico decir “te amo mucho” o “te amo poco”.

Con el estudio de otros fenómenos acuciantes para la sociedad, como la pobreza, la medición es de consecuencias más serias. De su cuantificación depende la puesta en marcha de políticas públicas o la liberación de pugnas sociales, por lo que es importante preguntarse si, bajo las condiciones propuestas, la pobreza es realmente medible. Un camino corto consiste en ver, primero, lo que hace al respecto el organismo mexicano encargado de llevar a cabo esa tarea, El Consejo Nacional de la Evaluación para la Política Social (Coneval) y, luego, ponderar los límites de sus medidas. La elección del Coneval es un mero recurso heurístico porque las conclusiones aquí sugeridas son aplicables a cualquier otro organismo internacional encargado de cuantificar la pobreza.

Tomemos como referencia cualquier año, digamos 2020. En ese año, el Coneval reporta 55.7 millones de mexicanos en situación de pobreza, de los cuales 83 % es pobre moderado y 17 % pobre extremo. La metodología empleada adopta un enfoque multidimensional que combina umbrales mínimos de bienestar con privaciones sociales. De esta manera el organismo clasifica como pobre extremo (moderado) a aquel individuo que no cuenta con los ingresos suficientes para comprar su canasta de consumo básica y que, además, padece (menos que) tres o más privaciones de un total de seis. Por oposición, quien se encuentra por debajo de alguno de estos umbrales es considerado vulnerable por ingresos o por privaciones sociales. Las personas que no caen en ninguna de estas categorías son, entonces, no pobres y no vulnerables, como sucede con apenas el 23.7 % de los mexicanos. Con base en esta información, el organismo y los estudiosos del tema establecen diversos criterios sobre niveles y tipos de pobreza, a la vez que desarrollan métodos estadísticos para analizar la evolución de las privaciones sociales. En concreto, distinguen entre pobreza absoluta y relativa, urbana y rural, infantil y adulta, crónica y transitoria o entre pobreza basada en un grupo de privaciones (alimentaria, habitacional, laboral, energética) y pobreza resultante de variables construidas con índices de desarrollo humano o de cohesión social.

A pesar de estos valiosos esfuerzos es arriesgado suponer que el problema de medición esté resuelto. Y es que la pobreza, entendida como fenómeno global, no es medible, porque no podemos enumerar todos sus componentes, de tal suerte que podamos separarlos, calcular sus medidas individuales y, luego, sumarlas para obtener un indicador único y universal. La pobreza es una categoría muy elusiva cuyo número y métrica de sus componentes son determinados con cierto grado de arbitrariedad a causa de su multifacética naturaleza. Basta recordar que las variables más usadas en su medición son, básicamente, aquellas susceptibles de cuantificarse (ingresos, educación o acceso a servicios de salud, entre otras). Las variables más cualitativas como la violencia, humillación, marginación o exclusión social, son ignoradas o representadas indirectamente mediante constructos traducidos a escalas numéricas. Esta falta de completitud y de métrica común hace que la cuantificación de la pobreza esté siempre bajo sospecha. Si a esto agregamos que las estimaciones sobre las variables incluidas tienen diferentes temporalidades y traslapes, entonces queda claro que sus estimaciones globales presentan sesgos por violar el principio de ortogonalidad de los componentes.

Como consecuencia, tampoco hay manera de jerarquizar los componentes de la pobreza. Esto significa que, a menos de que asignemos ponderadores a las privaciones sociales, no es dable suponer, por ejemplo, que la falta de acceso a los servicios básicos de la vivienda sea más urgente de resolver que el rezago educativo. Pero la decisión de asignar esos ponderadores es consensuada, tal como ocurre en la práctica, y no ayuda a identificar las privaciones que afectan la presencia de otras privaciones, incluidas o no, en las medidas. Este aspecto es crucial porque si no se diferencia a las privaciones determinantes (primarias) de las determinadas (secundarias), ni se entiende su relación con el entorno social, es imposible instrumentar políticas públicas que destraben las trampas de pobreza. La controvertida eficacia de los programas asistenciales, en los que se privilegian las transferencias monetarias, es, en parte, resultado de la falta de conocimiento contundente sobre dicho aspecto.

De aquí que el fenómeno de la pobreza se encuentre a medio camino entre el ejemplo del jugador y el del enamorado. No es completamente medible pero tampoco inconmensurable; es, a lo sumo, aproximable. Pero esta última cualidad tiene sus costos, ya que, si bien sus mediciones representan una buena guía para describir la pobreza, su diagnóstico no ayuda a conocer el corazón de las causas. Es necesario que el Coneval, como otros organismos, establezcan el orden de prelación de las privaciones sociales y aclaren la región difusa existente en torno a las variables cualitativas. De lo contrario, los índices no pasarían de dar un perfil de ciertos rasgos de la pobreza, pero no de su comportamiento. Es como si dispusiéramos de todos los datos para definir a un ser humano, excepto los relacionados con su conducta.

 

José Carlos Ramírez
Profesor de tiempo completo de la Escuela Nacional de Estudios Superiores-Unidad Juriquilla, Universidad Nacional Autónoma de México. Integrante del Observatorio Universitario de Negocios Internacionales de la UNAM.

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Publicado en: Economía