Poco antes del banderazo de arranque de esta prematura carrera electoral, que no se apega a la legislación vigente en la materia, la senadora Xóchitl Gálvez comunicó su intención de contender por la Presidencia de la República, y poco después se registró como aspirante del Frente Amplio por México. En medio del descorazonador territorio en que se había sumido la oposición (por carecer de figuras carismáticas y populares que pudieran disputarle el poder a Morena), en cuestión de semanas Gálvez, a la que algunos califican como una candidata “todo terreno”, se convirtió en un personaje de oposición preocupante para el oficialismo.
La senadora afirma que es de cuna rural, pobre e indígena. Asegura también que por una beca pudo estudiar una carrera y convertirse en exitosa empresaria y reconocida mujer política; todo debido a su tenacidad, esfuerzo y siempre con absoluta honestidad.
Independientemente de si estas declaraciones se apegan estrictamente a la realidad o no, se ha desatado en nuestro país un debate entre las distintas fuerzas políticas acerca de la “autenticidad indígena” de Xóchitl. A pesar de sus diferencias y rivalidades, tirios y troyanos han procedido esencializando a “los indígenas”. Es decir, presentándolos como la parte más humilde, auténtica y entrañable de el pueblo mexicano, y han hecho uso de esa idealización a favor o en contra de Gálvez. La cuestión que se debate es si ella cumple o no con lo que cada campo en disputa ha determinado como los requisitos que debe cumplir para poder considerarla como legítimamente “indígena”.
Hasta el Censo de Población y Vivienda 2000 el Estado mexicano consideraba que sólo podía ser oficialmente reconocida como indígena una persona que hablara una lengua indígena. Sin embargo, a principios de este siglo, tras años de lucha, el movimiento indígena logró que el Censo adoptara el criterio de la autoadscripción para determinar cuántas personas indígenas hay en este país. En el Censo 2010, el cuestionario preguntó “¿Habla usted una lengua indígena?” “¿Entiende usted una lengua indígena?” y “De acuerdo con su cultura, ¿se considera usted indígena?”.
Unos años antes de 2010, Xóchitl Gálvez empezó a hablar de sí misma como de una mujer indígena ñäñhu por línea paterna y mestiza por línea materna; en Tepatepec, el pueblo del que es originaria, los Gálvez, su familia paterna, y los Ruiz, su familia materna, tienen distintas opiniones sobre este tema.1 ¿Habrá también distintas consideraciones al respecto. dentro del Valle del Mezquital, importante territorio ñähñu en el que se encuentra este pueblo?
Es evidente que la autoadscripción identitaria indígena puede resultar problemática, porque en ella pueden incidir múltiples consideraciones difíciles de discernir, sobre todo en el ámbito de las políticas públicas y las acciones afirmativas (también conocidas como de discriminación positiva). Sin embargo, resultaba aún más cuestionable reducir la identidad indígena al indicador de ser hablante de lengua indígena, ya que éste no incluía muchos otros factores alrededor de los que giran las identidades socioculturales y las formas en que los pueblos originarios conciben sus identidades.

Desde la oposición, la defensa de la candidatura de Xóchitl ha agrupado a diversos personajes del PAN, partido al que Xóchitl pertenece, quienes han decidido realzar las características de mujer indígena con las que ella se presenta, para capitalizarlo en favor de su corriente política. De esta forma, le disputan las cartas de género, clase e identidad indígena al oficialismo.
Quisiera ahora mencionar dos mensajes lanzados a la arena pública por dos connotados panistas —Santiago Creel, hasta hace unos días contendiente dentro del Frente Amplio para ocupar la Presidencia, y Vicente Fox, expresidente de México— que tocan los temas de la extranjería, el color de la piel o la identidad judía de los actuales candidatos a la Presidencia. A mediados de julio pasado, Creel declaró que él ha sido objeto de ataques del presidente por sus orígenes, el color de sus ojos y el de su piel, y calificó esto como “una discriminación al revés”, mejor conocida como “racismo a la inversa”. En algunos países, grupos de la “élite blanca” se han quejado de lo mismo. Si bien es reprobable que se ataque a una figura política debido a su fisionomía y orígenes nacionales, dado que el racismo es un sistema estructural de poder, “para que exista racismo es condición necesaria que quienes lo ejerzan estén en posiciones estructurales de poder, a partir de las cuales puedan fijar las identidades de los Otros, inferiorizarlos sistemáticamente, y determinar y organizar las acciones en su contra”, como apuntamos varios investigadores en un libro de reciente publicación sobre el concepto racismo.2
Por su lado, Vicente Fox retuiteó un mensaje xenófobo en contra de los dos principales contendientes de Morena hacia la Presidencia, y antisemita contra una de ellos dos: “[Claudia]Sheinbaum es judía búlgara, Marcelo [Ebrard] es fifí francés”. La campaña en contra de Sheinbaum, que arguye que ella no es mexicana, no es reciente, pero el 28 de junio de este año se vio obligada a exhibir de nuevo la foto de su acta de nacimiento y a escribir: “Bájenle a sus especulaciones, […]. Soy 100% mexicana, orgullosamente hija de padres mexicanos”.
El 22 de julio Xóchitl Gálvez lamentó y condenó el tuit de Fox; defendió los derechos políticos de Sheinbaum y dijo: “Nuestro país es grande porque somos una nación pluricultural. Todos quienes hemos nacido aquí, más allá de nuestra ascendencia, somos mexicanos. […] No más odio y división entre hermanos mexicanos”. Aunque certero y pertinente en contra de la xenofobia y del antisemitismo de Fox, Xóchitl olvidó que también tienen la nacionalidad mexicana los nacidos en el extranjero que son de padre o madre mexicana y los naturalizados mexicanos.
Es indispensable analizar también la postura que ha desplegado frente a la senadora Gálvez la ultra derecha que agrupa, por ejemplo, a Gilberto Lozano (Frena), a la senadora Lilly Téllez, al actor Eduardo Verástegui (Viva México), y a otros panistas vinculados o afiliados a el Muro, el Yunque o el Opus Dei. Esta corriente ha manifestado que Xóchitl representa todo lo opuesto a los valores del PAN, que los “parásitos del poder mataron a Acción Nacional con una escopeta modelo Xóchitl calibre 666”, y que Acción Nacional ha sido copado por un “supremacismo progresista” que lo empalma con Morena y con la “izquierda populista, comunista y trotskista”.
En el otro polo del espectro político, el de Morena y sus aliados, ha sido notorio y constante el bombardeo a la candidatura de Xóchitl Gálvez, centrado en tratar de demostrarle “al pueblo de México” que ella no sólo no fue pobre, sino que no es indígena, y que si es la “empresaria millonaria” que es hoy se debe a que ha hecho un uso corrupto de sus cargos políticos en sexenios anteriores.
Recientemente, Lorenzo Meyer declaró en una entrevista: “Xóchitl viene de la clase media. Eso de ponerla como parte de los pueblos originales (sic.) no tiene mucho sentido. Es de una clase media. Si no, no sería empresaria, si no, no sería ingeniera, si no, no habría llegado adonde llegó”. El comentario de Meyer supone que es natural e inminente, casi biológico, que las personas indígenas estén situadas en un nivel socioeconómico bajo o que desempeñen solamente ciertas actividades productivas y nunca otras. ¿Cuántos hombres y mujeres de diversos pueblos indígenas de muchas latitudes del planeta no son comerciantes, profesionistas, intelectuales, científicos, políticos, legisladores o representantes de sus países en importantes instituciones internacionales?
El 30 de junio pasado El Fisgón publicó la caricatura “Xóchitl, la de las gelatinas” que, como escribió Yásnaya Aguilar, retoma “elementos con los que el racismo mexicano ha caricaturizado siempre lo indígena: plumas, huipil, copal, un castellano en donde los verbos aparecen siempre en infinitivo. El racismo cotidiano, violento y básico hecho cartón para comunicar que Xóchitl Gálvez no es indígena”. El racismo, no por inconsciente, es menos grave.
Finalmente, Fabrizio Mejía planteó que Xóchitl tendría derecho a proclamarse indígena por una especie de “autodeterminación individual”, siempre y cuando “hablara un idioma originario”, “fuera parte de una cultura comunitaria” y “ejerciera una ciudadanía étnica”. Para él, Xóchitl es una falsa indígena y ejerce una “usurpación de identidad étnica”. Esta visión vuelve a formas de identificación nacional de “lo indígena” previas a la conquista de la autoadscripción identitaria. Además, no toma en cuenta que los pueblos indígenas de México y el mundo han luchado por ser reconocidos como diversos entre sí, lo cual incluye que se reconozca la complejidad tanto histórica como situada de la diversidad existente en la construcción de sus identidades étnicas y sus formas de organización política. A su vez, estas diversidades se acentúan en un mundo en el que muchos miles de personas de los distintos pueblos indígenas han salido de sus comunidades de origen y se insertan de maneras complejas en otros territorios geográficos y culturales. En este sentido, es importante leer “Indigeneidad”, un número de la Revista Interdisciplina coordinado por Paula López Caballero, quien escribe:
¿Qué consideramos que comparten un migrante mixteco en Nueva York en pleno siglo XXI, un alcalde de algún pueblo de indios de la sierra mixteca en 1845, el famoso asistente de Sahagún, Antonio Valeriano, en el siglo XVI y un comerciante noble de Tenochtitlan en el siglo XIV? ¿Por qué podemos agruparlos como “otros”, como “diferentes”, y así reconocerlos como pertenecientes a un conjunto más amplio (“indígena”), muchas veces contrapuesto a otros colectivos tales como “occidental”, “moderno”, “nacional”?
Desde las filas del PRI, a la senadora priista Beatriz Paredes —quien también fue aspirante a ocupar la silla presidencial por parte del Frente Amplio— le fue solicitada su opinión sobre la identidad indígena de Xóchitl: “Yo también vengo de cuna indígena, lo que pasa es que no lo uso en el discurso, nunca lo he usado. Soy tlaxcalteca. No voy a poner a competir el ADN. Esta no es una competencia de ADNs. No me parece. Respeto a Xóchitl y no voy a entrar en un juego de comparaciones”. Y la pregunta expresa de “¿Por qué no lo usa?”, Paredes respondió: “Porque donde me importa que se sepa [que vengo de esa cuna], que es en mi pueblo, lo saben”. Este comentario nos conduce a reflexionar acerca de lo delicado que resulta el uso de esencializaciones identitarias o étnicas como arma de campañas políticas y de políticas públicas, entre las cuales algunas han rayado peligrosamente, en otros países, en un racismo biologicista.3
Hay otros argumentos en contra de Xóchitl Gálvez que no son racistas, sino que más bien reflexionan acerca de qué tanto ella, tanto en su calidad de titular de la Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas del foxismo como en la de ser legisladora, ha desplegado o no posturas e iniciativas que realmente abonen a luchar por garantizar los derechos colectivos de los pueblos indígenas en nuestro país.
Esta discusión no es el objeto de este texto, pero sí de varios otros, por ejemplo el libro coordinado por Hernández, Paz y Sierra.4 Sin embargo, hay que tener cuidado de acusar únicamente a los actuales opositores de este régimen de haber sido y de seguir siendo enemigos comprobados de los derechos de estos pueblos. Desgraciadamente, la llamada “izquierda institucional”, representada entre 1994 y el día de hoy por el PRD, Morena y la 4T, ha sido objeto de muchas críticas de una parte no despreciable de los diversos pueblos y organizaciones indígenas, que piensan que sus políticas en este terreno no son radicalmente distintas de las de los gobiernos que rigieron este país antes de 2018.5
Olivia Gall
Investigadora del CEIICH-UNAM, Coordinadora de SURXE-UNAM
1 Dice este reportaje: los Gálvez, “más de izquierdas, perredistas y morenistas”, afirman que el abuelo de Xóchitl, “Amador, el albañil, hablaba otomí”. Por otra parte, los Ruiz, su familia materna, “más a la derecha, o sea ‘apolíticos’, quizá del PRI, quizá del PAN”, “niegan sin paliativos esa procedencia”. Sin embargo, los Ruiz también consideran que “hoy nadie se quiere llamar indígena, aunque lo sea”. Con esta afirmación parecen reconocer que para muchas personas indígenas adscribirse como tales es arriesgarse a sufrir discriminación, y, por lo tanto, parecen sorprenderse de que Xóchitl no quiera negar esa parte de su ancestría.
2 Gall, Olivia; Iturriaga, Eugenia; Morales, Diego y Rodríguez, Jimena, El racismo. Recorridos conceptuales e históricos, México,Conapred / UNAM, 2022.
3 Ver: Sarah Abel, “Lo que los ojos no alcanzan a ver, genómica, color y cuotas ‘raciales’ en Brasil”. Saúl Velasco Cruz, María de los Ángeles Gómez Gallegos, y Diego Francisco Morales Esquivel (Coords), Educaciones y racismos. Casos y reflexiones, Colotlán: Universidad de Guadalajara, Centro Universitario del Norte, Universidad Pedagógica Nacional, 2021, pp. 280–316; Sarah Abel, “Rethinking the ‘Prejudice of Mark’: Concepts of Race, Ancestry, and Genetics among Brazilian DNA Test-Takers”, ODEERE 5, no. 10, 2020, pp.186–221, y Sarah Abel, “What DNA cant tell”.
4 Por ejemplo, de Rosalva Aída Hernández, Sarela Paz y María Teresa Sierra (Coords.), El Estado y los indígenas en tiempos del PAN. CIESAS y Cámara de Diputados, 2004
5 Agradezco mucho las opiniones y los agregados a este texto de Diego Morales Esquivel, integrante de SURXE y estudiante del Posgrado en Historiografía de la UAM-Azcapotzalco