
Agradecemos la generosidad de Marta Lamas, coordinadora del libro, así como a la editorial Siglo XXI por permitirnos compartir con nuestros lectores este capítulo de Nostalgia de Monsiváis (2025).
¿Quién habrá sido Monsiváis? Es difícil saberlo. Quienes escriben dan algunas pistas, pero no responden a la pregunta. ¿Quién sería hoy, si viviera? Son sorprendentes las coincidencias de los textos y sus divergencias. Monsiváis es un plural, pero también un misterio. Da la sensación de que supo ocultarse a sí mismo y repartió entre sus amigos y amigas zonas de sí, intereses, deseos, búsquedas, aversiones, objetos, manías, miedos. Pero a nadie quiso mostrarle todo, si algo así fuera posible, como si esquivar hubiese sido su forma de existir. Monsiváis habita paradojas que lo hicieron tan fascinante: fue amable e irónico, secreto y público, tímido y atrevido, religioso y laico, feminista y misógino; sabe de todo, emite juicios muy certeros, pero también guarda un silencio profundo, casi intocable.
En una multiplicación de los seres, estos textos lo muestran hablando por teléfono por la madrugada, sentado en algún café, dando una conferencia o presentando un libro; también escribiendo, aunque siempre en secreto o en penumbras, conversando con alguien, riéndose de otro; en un acto político, un cumpleaños, una huelga o en un programa de televisión. Vive en una especie de diseminación constante, que no parece agotarse. A cada cual le da algo y lo quita todo lo otro (de sí). Administra su propia presencia, como si fuera real e imaginario a la vez. La gente queda fascinada, pero también desconcertada, como si lo rodeara una duda inexpresable: ¿existirá Carlos Monsiváis? En su ruta civil, la respuesta es clara, de sentido común. ¿De quién se sentiría nostalgia si no hubiese existido? Pero pensándolo de otras maneras, quizás no sea tan claro. La formación de Monsiváis fue religiosa y, cuentan, recitaba partes de la Biblia de memoria. Podemos imaginar que fue, ante todo, un predicador oculto, solapado. En ese libro habrá conocido muchas apariciones y desvanecimientos inexplicables; intervenciones repentinas y sobrecogedoras; saltos sorprendentes. De eso se trata la fe, en cierta manera, de creer en lo que no puede suceder. Y, tal vez, la nostalgia no es muy distinta: extrañar a quien no está. Pero habría que preguntarse si podemos sentirla de aquello que no ha existido. Monsiváis no está presente para que podamos meter los dedos en sus llagas y hay que creer que lo que nos dicen es cierto. La nostalgia es un acto de fe.
Monsiváis parece uno y muchos. En los textos reunidos, sus gestos se repiten y también sus sombras. Uno se pregunta si no falta algo. Empezamos a sospechar de la nostalgia que surge también como una forma de olvido. El Monsiváis público, famoso desde muy joven, voz imprescindible en una esfera pública crítica, invitado casi obligado a casi todo. Un actor consumado de su propia importancia. Un Monsiváis culto, que salta de la poesía del Siglo de Oro español a las últimas novedades de las vanguardias. Un Monsiváis ecléctico, que crea corredores imaginarios entre los diferentes registros de la cultura (alta y baja, elitista y popular, nacional e internacional), y que tropieza con sus jerarquías, aunque se mueve entre ellas. Otro, que hace de la recolección de objetos de todo tipo una forma de literatura material. Un político, que se alinea con los discursos de las izquierdas y los movimientos populares y disidentes, mientras habita los pasillos de las distintas hegemonías. Abraza a un presidente de la República, acompaña a un grupo de trabajadoras sexuales a una oficina pública, va hasta la Selva Lacandona, merodea Reforma. Había presenciado muchas represiones, fraudes y derrotas. Es un testigo que la historia requiere, de alguna forma, para gestarse. Sus textos son apenas un indicio de sus experiencias. Quizás el libro más voluminoso que escribió fue su propia memoria. Pero algo, no sabemos qué, evita que relate todo. La disyunción entre lo que sabe y lo que escribe es fundamental. Esa distancia fue lo que le permitió moverse con soltura, comprometido con las resonancias de los saberes orales y las espesuras de los escritos. Si fuera un predicador oculto, su desierto es el silencio. Por eso, sabe medir sus palabras, callando cuando es necesario y lanzándolas como dardos. Posee un don de lenguas.
¿De qué sienten nostalgia quienes escriben en este libro? Añoran un mundo que se disipó o está en camino de hacerlo. Y Monsiváis es un tótem que reúne las tribus ilustradas de México, antes de que se conformaran y después de su dispersión. Los textos son, en ese sentido, recorridos de distinto tipo por las “costumbres” y los “territorios” de esas tribus. Son fragmentos de una historia cultural por elaborarse. ¿Qué se puede extrañar de alguien? En Monsiváis, ¿estas nostalgias nos muestran una singularidad radical e irrepetible? Alguien solitario que puede conectarse con cualquier persona; un ilustrado de barrio; un coleccionista erudito de chucherías; un político de clóset y un líder que huye. Esto funciona mejor que una biografía, aunque suponga un caos de referencias y experiencias, porque no nos encontramos frente a Monsiváis sino sus reflejos y efectos. Diminutas causalidades de la memoria personal, que van desde una casa llena de gatos y sus sustancias hasta una plaza pública abarrotada de gente; desde el chisme al discurso; desde la televisión al hermetismo de una casa que parece un punto de referencia y una fortaleza hecha de rechazos y ocultamientos. Los textos trazan un paisaje monsivaiano en el que se exalta la ciudad y se oculta la naturaleza; estas nostalgias son urbanas, saturadas de calles, multitudes, cafés, librerías, escenarios, universidades. Monsiváis emerge como un demiurgo de las culturas urbanas, un profeta de ciudades colapsadas y profundas; de movimientos estéticos de todo tipo, de una transformación radical de los espacios de existencia y memoria. Quizás él acompañó a una generación que debió abandonar las provincias y que nunca podrá regresar a ellas, provincias políticas, mentales, sexuales, estéticas. Como Moisés, el escritor cruzó las aguas de la modernidad hacia los pantanos del neoliberalismo. Conocía muy bien la Biblia, dicen sus amigos.
Cuando muchos hablan de uno, se hacen cargo de una tarea colectiva: crear una biografía. Y cada texto responde, de modos muy distintos, a esa labor. No sabemos quién fue Monsiváis, porque sigue siendo una pregunta para cada participante. Su figura se aleja en el recuerdo y se acerca en la escritura. Finalmente, este será el único lenguaje común: escribir sobre él, mediante los sesgos de cada vida. Cada cual coopera para armar un relato. Como si el libro hubiese convocado a un tequio vital e histórico, a una colaboración desordenada de recuerdos y preguntas. En un ejercicio solidario, con las propias descripciones que se hacen de Monsiváis, cada participante deviene coleccionista de sí y del escritor, de la vida colectiva y la historia del país. El traje que se crea es un disfraz: ¿se habría sentido cómodo Monsiváis con él? No es un escritor de verdades sino de preguntas o de mitos diseminados y en formación, eclécticos y sombríos, posibles y soñados.
En cierto modo, el libro podría ser otro texto escrito por Monsiváis, disperso en heterónimos íntimos, en el que el único terreno compartido fuera la memoria. Si el autor tuvo una memoria excepcional, este texto puede leerse como un guiño póstumo a ese talento: recordarse a sí mismo a través de otros, amanuenses de una vida que se desdibuja en el acto de recordarla. Monsiváis “encargó” estos textos para volver a escribir e intensificar su memoria, no su recuerdo. Quizás también podemos pensar que todo esto es una treta, aún más desconcertante, en la que Monsiváis hubiese preparado y diseñado su propio olvido, la difuminación de las certezas para entrar en los perímetros de la mitología. Un olvido también monsivaiano, que sucede a través de los rituales textuales de las tribus con las que vivió. Un sacerdocio del retiro y el ocultamiento, consciente de que los saberes más profundos no tienen autor.
¿Por qué recordar, entonces?, ¿para qué convocar la nostalgia como el sentimiento compartido en relación a alguien? En un sentido, el libro es un modo de reanudar la amistad con el escritor, distante o íntima, política o cotidiana, dichosa o angustiante. Anudar nuevamente los cabos sueltos y suscitar los vínculos, como se sopla el fuego para que encienda.
En una fotografía se ve a Monsiváis sentado en un plató de televisión, frente a Salvador Novo. Los separan algunos metros. Ambos están sentados en unos sillones y parecen aguardar algo. Se observan sin mirarse, sumidos en una especie de soledad de cristal en la que comparten el espacio, pero difieren en el tiempo. Novo apenas existente, Monsiváis al acecho. Aunque esté con otras personas, Monsiváis parece solo. Incluso cuando está en una multitud. Dos soledades nacionales, quizás arquetípicas, que dividen el siglo XX mexicano en dos: después de Novo, antes de Monsiváis.
En esa foto, el escritor parece esperar algo. Muchos textos hablan de la espera. Monsiváis hace esperar, deja esperando. Se toma su tiempo, se retrasa. Desespera y enoja. Tal vez no se trata del reloj, sino de otro tiempo, personal e incomprensible, que forma parte de su propia escritura. Una escritura que llega con retraso, que se entrega tarde y se pospone. La impaciencia intensificaba su demora. Había que saber esperarlo. Marta Lamas relata que cuando iba a su casa y no lo encontraba se sentaba a leer y a esperarlo. Podían pasar horas, pero en algún momento llegaría. ¿No es esa espera un modo de concitar una memoria? Marta como una Penélope que teje palabras con sus ojos; Ulises incierto y caprichoso vendrá a su tiempo. Lo espera con sus gatos y entre ellos. Es una espera acompañada. Quizás los gatos también lo esperan o tienen la tarea de hacerse cargo de sus demoras. Los gatos son animales con tiempo; Monsiváis era uno de ellos.
La única vez que estuve con el escritor llegué tarde. Me había invitado Marta para que lo conociera. Estaba con Rolando Cordera y Alejandro Brito en un restaurante de Coyoacán. No recuerdo qué conversamos. Lo acompañé hasta su casa en el carro de Alejandro. Quería pedirle un prólogo. No sé si le llevé el libro. Nos detuvimos en su casa en la calle San Simón. Me llamó la atención su forma de mirar: era como si uno se asomara al pasillo de una casa muy larga y viera las habitaciones del fondo. Quizás la imagen que quedó en mi memoria no es muy distinta de esa foto con Novo. Una distancia casi infinita en la presencia más cercana. Si hubiese insistido con el prólogo habría tenido que esperarlo; no sé cuánto tiempo. En esa comida, él me esperó por un rato. Fue amable.
El modo en que recordamos dice algo sobre cómo hemos vivido. En ese sentido, estos textos son también pequeños actos confesionales en los que las vidas se trenzan y se alejan. La inquietud por la nostalgia es una preocupación por el presente. Si Monsiváis estuviera vivo, ¿qué habría hecho durante estos quince años?, ¿cuál sería su escritura?, ¿seguiría en la misma casa?, ¿qué habría opinado sobre esto o aquello?, ¿quién podría sentarse con él en un plató de televisión para trazar otra fisura epocal y narrar sus genealogías? No lo sabremos, un muerto es una hipótesis.
Queda pendiente un Monsiváis clandestino o subterráneo. Si, como cuentan, cruzó fronteras sociales, geográficas y culturales, no tenemos noticias del otro lado. Hay algo de su vida que no aparece en los textos, quizás tampoco sea el lugar adecuado. Pero persiste una pregunta por esas vidas menos públicas, más soterradas, que pudo tener, pero que no se pueden relatar o que, al menos aquí, no están presentes. Una disyunción profunda entre formas de vida, sociabilidades, gustos, estéticas, deseos. Monsiváis la registra, pero también la oculta. Allí habitarían otras nostalgias, más nocturnas y callejeras. El pudor que se guarda ante un personaje público impide seguir sus otros pasos, no sabemos hacia dónde: ¿el deseo, la gula, la desesperación, el desencanto y el desenfado? Sabemos poco de su agonía, los tupidos velos que menciona José Donoso en sus novelas, cubren también al eximio. Pero las puertas están abiertas y cerradas, al mismo tiempo. Si entrevistáramos a quienes escriben en este libro, ¿qué nos dirían sobre esas otras facetas y otros disfraces de Monsiváis? No lo sabemos. La memoria es una labor pendiente. A lo lejos, imagino al escritor menos coherente, más angustiado y escéptico. Menos amable, hirsuto y furibundo. O tal vez más solo, menos dispuesto y más olvidadizo. Esperándose, fundamentalmente, a sí mismo, en la espera más larga que uno puede experimentar: aquello que estando cerca, nunca llega. Lo podemos llamar deseo, tentativamente.
Frente a mi escritorio hay dos cajas de cartón con muchos de los artículos que Monsiváis escribió para la prensa. Cada caja tiene carpetas y dentro de ellas fotocopias. Cientos de fotocopias. Quizás miles de páginas. Este archivo me lo pasó Marta cuando comenzamos a conversar sobre el libro. Me dijo que podría escribir algo sobre esos textos. Revisé algunos. Cerré las cajas. Leí otros. No se trataba de escribir sobre ellos, por ahora. Más bien buscaba convocar la presencia de Monsiváis y esperarlo yo a él. Dejar que llegara, como Marta lo dejó arribar a su casa a su tiempo. ¿No es adentrarse en la profundidad de alguien conocer sus tiempos y no modificarlos, no exigirle nada salvo la fidelidad a sus propios ritmos, a la música personal con la que nos relacionamos con nuestros gestos y nuestros cuerpos?
Al mirar esas cajas me doy cuenta de que también podrían ser gatos de papel echados sobre una silla, acurrucados, serenos y silenciosos. Con todo el tiempo del mundo. ¿También esperan a Monsiváis? Las pondré como en la foto, para que nos observemos sin mirarnos. Esperándonos mutuamente.
Rodrigo Parrini
Antropólogo especializado en género