En una carta dirigida al rey español, en marzo de 2019, Andrés Manuel López Obrador anticipo el tono de la conmemoración de 500 anos de la caída de Tenochtitlan y del inicio de 300 años de gobierno trasatlántico. La carta es en sí, una reflexión sobre la historia y sobre polémicas que, en ambos lados del océano, persisten. La “leyenda negra” que persigue a España se refiere a su paso profundamente violento y destructivo por America —experiencia que sectores en España reivindican como “civilizatoria”—. Para AMLO, en cambio, la experiencia es síntesis de ‘innumerables crímenes y atropellos’.
Con su carta, AMLO busca, conforme se marcha hacia 2021, que “el Reino de España exprese de manera pública y oficial el reconocimiento de los agravios causados”, busca establecer “en ambas orillas del Atlántico los cauces para una convivencia más estrecha, más fluida y más fraternal”. Lamentablemente, el rey español no respondió directamente a la carta, pero si lo hicieron sus personeros con rijosidad, vulgaridad y estridencia.

Ilustración: Patricio Betteo
En el centro de la reflexión del monarca español deberían estar quienes hoy son considerados pueblos indígenas. La relación de las repúblicas latinoamericanas con estos pueblos, es una discusión diferente. Se ha tratado de evitar la reflexión sobre el rol de España apuntando a la experiencia indígena en el siglo XIX. Sin embargo, la discusión a la que se refiere la AMLO en su carta es la de tres siglos de gobierno trasatlántico iniciado en un acto de descubrimiento y conquista.
Es oportuno señalar el contexto de repudio que en varias partes de América han surgido con relación al legado católico-español. Símbolos de invasión, conquista, opresión y colonización han sido “derribados” en varias ciudades de Anglo América en los últimos años. En actos de revisión las masas ajustaron cuentas con las estatuas de Junípero Sierra, Cristóbal Colon, Hernando de Soto y, también, Miguel de Cervantes. Es claro que semejantes actos difícilmente pueden ser considerados muestras de antiespañolismo; igualmente, conforme nos adentramos en el siglo XXI, es claro que celebrar a tales personajes se considera inapropiado en distintos sectores. La carta de AMLO no colisiona con estatuas; el destinatario vive en Madrid.
Oficialmente, cada 12 de octubre, en España se conmemora “una efemérides histórica” en la que España “inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos.” En América, la fecha es importante porque, entre otras cosas, marca la gestación de lo que ahora llamamos “pueblos indígenas”. “Indígena” define a quienes habiendo experimentado una invasión y colonialismo en sus territorios —y que se consideran así mismos como distintos a otros sectores de la sociedad— prevalecen en esa geografía. Los pueblos indígenas que sobrevivieron el gobierno trasatlántico (1521-1821) muestran con su existencia, su continuidad como pueblos con cultura, instituciones sociales, políticas y legales: se sustenta en identidades colectivas, habitación en territorios ancestrales y en instituciones (sociales, culturales, políticos, ambientales y hasta económicas). Las mayores poblaciones indígenas viven en México, Guatemala, Perú, y Bolivia.
Es difícil que el 12 de octubre sea motivo de celebracion si uno piensa en la relación entre América y Europa. En particular, la politica de centro-izquierda latinoamericana ha destacado la necesidad de reflexionar sobre el pasado: en 2009, el entonces presidente de Bolivia, Evo Morales, dijo que la efeméride era “un día de luto….la invasión nos trae hambre, miseria, enfermedades”. Pero para los grupos conservadores, las cosas son diferentes. El escritor Mario Vargas Llosa, por ejemplo, opta por asociar la Hispanidad “a las buenas cosas que le han ocurrido a América Latina, un continente que, gracias a la llegada de los españoles, pasó a formar parte de la cultura occidental, es decir, a ser heredera de Grecia, Roma, el Renacimiento, el Siglo de Oro y, en resumidas cuentas, de sus mejores tradiciones: los derechos humanos y la cultura de la libertad” (Hispanidad ¿mala palabra?, El País, 28 octubre, 2018). En sus opiniones, Vargas Llosa destaca el racismo rancio del idioma que le ha dado fama mundial, como lo muesta la expresion “los indios”: “los indigenistas” son los que asocian la hispanidad con los “horrores de la conquista española” y que esos horrores se refieren a “la explotación de los indios por los encomenderos, a la destrucción de los imperios inca y azteca y al saqueo de sus riquezas” (El País, 28 octubre, 2018). Más cruda es la justificación que Vargas Llosa hace de las atrocidades de antaño: “eran todavía sociedades bárbaras, donde se practicaban los sacrificios humanos y donde los fuertes y poderosos sometían brutalmente y esclavizaban a los débiles” (El País, 28 octubre, 2018). La historia de masacres, genocidios, conquista, esclavitud y expoliación son poco frente para el autor. Pero en el mundo académico, es mas claro que en la historia de la humanidad, América y el Caribe han experimentado una considerable secuencia de genocidios y actos de violencia (Springer 2010, Stannard, 1992, Smith, 1999).
Lo importante es la continuidad histórica de los pueblos que sobrevivieron trescientos años, antes de ser incorporados en repúblicas constitucionales —a principios del siglo XIX—.
Además, la carta de AMLO es empática. Le ofrece al monarca ibérico no solo la posibilidad de disculparse, sino que le muestra, con la carta, que la noción de “hispanidad” que se celebra en España es abiertamente repudiada —y no sólo en México, sino a lo largo y ancho del continente americano—.
La hispanidad como diplomacia es problemática. Precisamente, la historia es un tema recurrente en los mensajes diplomáticos de Felipe. En sus mensajes, la hispanidad en América es un fruto de la España protagónica y gloriosa. No se permite que la sangre, la violencia, la muerte y la opresión y la expoliación manchen el mensaje. La diplomacia de Felipe puede verse como intentos de colocar a España a la par de “otros protagonistas de misiones civilizatorias” como el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte (RUGBIN). Felipe VI quiere que España sea identificada y reconocida a la par de su rival histórica. Así, de visita a Elizabeth II (julio de 2017), celebró el pasado en su dialogo con parlamentarios. El común legado colonial fue presentado como fuente de orgullo e identidad nacional, para ambos reinos. Felipe enuncia a RUGBIN y a España como dos de las naciones más antiguas de Europa. Ahora, monarquías parlamentarias: “Hemos sido los dos mayores imperios mundiales que se extendieron a través del Atlántico, con una visión global. Nuestros idiomas son hoy los principales medios de comunicación internacional” (Felipe VI, 2017a). El político español habla de territorios y poblaciones que fueron sometidos; habla de invasión y colonialidad como procesos que sobrevivieron poblaciones y que de ello da cuenta su continua existencia como pueblo —que implica culturas, instituciones sociales, políticas y legales—. Si el rey español ha podido hablar en Londres de “imperios mundiales que se extendieron a través del Atlántico, con una visión global” es porque esos imperios tuvieron éxito controlando poblaciones, territorios y actividades económicas por siglos. ¿Acaso el éxito que Felipe ha presumido en Londres no es la validación de la carta de AMLO?
Si en Europa la diplomacia de Felipe es “colonialista”, en América, el tono del mensaje es “hispanista”. Felipe ha sido utilizado este dispositivo retórica para construir puente con los EE. UU. En 2018, durante una visita a la ciudad de San Antonio, Texas, el monarca reviso el significado de la relación común. Un puente, por ejemplo, ha sido la celebración del tricenternario de San Antonio: “fundada por españoles en un territorio explorado por españoles, y en la que fueron españoles quienes dejaron su lengua, su cultura y su religión, sentando las bases de la organización social y política, de los principios jurídicos y de la economía”.
En ambos casos, en Londres o San Antonio, lo importante de la “hispanidad” no parece radicar en la “razón histórica, contextualizada”. Parece ser, en verdad, discurso politico tanto por el oportunismo como por lo selectivo. Pero aqui tambien hay otro problema. De verdad, la ‘hispanidad’ es mal vista en los EE. UU. Lo es en varias formas como en el virulento debate sobre el rol de la población latina (hispanics) en ese país. Destacados personajes como Samuel Huntington y Donald Trump, han identificado en ellos a una amenaza y se han apresurado a reafirmar el supremacismo anglo. Si la ‘hispanidad’ es rechazada en el mundo anglo-americano, tambien lo es en América Latina. En particular, España ha tenido dificultades para coincidir con México en temas de geopolíticos internacional en los que los EE. UU. han tenido interés urgente. Un ejemplo es el desencuentro reciente sobre Venezuela (2018-20) y otro previo, de 2003, es cuando el gobierno de México se opuso, en su calidad de miembro del Consejo de Seguridad de la ONU, a respaldar la guerra de George Bush en Irak y forzar la caída de Sadam Hussein. A diferencia de José Aznar, Vicente Fox se opuso, “incluso fue ingresado para cirugía de espalda” cuando Bush esperaba hablar con él (Bush 2010).
La incomodidad y el rechazo a la hispanidad como legado colonial ha adquirido una fuerza no esperada. En Angloamérica, la fuerza proviene no sólo de los sectores conservadores; la fuerza también proviene de movimientos que reclaman justicia y que marchan a la par del movimiento Black Lives Matter. Las olas de repudio que han tumbado iconos asociados a la opresión no han olvidado ni perdonado a los héroes del hispanismo racista, conquistador y colonial. Pero en España, algún burócrata diría que la remoción de las estatuas de héroes hispanistas son actos pueriles, simplificadores y dogmáticos de revisionismo. En este contexto, la carta de AMLO es mucho más diplomática, pero tampoco encontró respuesta positiva; ni siquiera recibió una respuesta directa del rey hispano.
Conclusión
Uno de los lastres históricos de las élites españolas ha sido su incapacidad para entender su presente. Hoy, la relación de España con América no puede basarse en la celebración y el olvido de pasajes seleccionados de la historia. Se trata de que España se ponga a la altura de los tiempos: Siendo el heredero de una jefatura de estado, Felipe está en posición y ocasión para ofrecer disculpas públicas a los pueblos indígenas. Sería un gesto diplomático sensato y sensible que, de paso, le serviría para distanciarse de aquellos sectores ibéricos reaccionarios que todavía festejan el legado de violencia y saqueo.
Héctor Calleros
Centro de Estudios Americanos Universidad de Varsovia.
Fuentes:
George W. Bush, Decision Points. Virgin Books, London, 2010.
Jane Springer, Genocide. Groundwork Guides. London, A&C Black, 2010
David Stannard, American Holocaust: Columbus and the Conquest of the New World. London: Oxford University Press, 1992.
Roger Smith, “State Power and Genocidal Intent: On the Uses of Genocide in the Twentieth Century”, Levon Chorbajian and George Shirinian. London: Macmillan and New York: St. Martin’s Press, 1999.
Palabras de Su Majestad el Rey en la cena de gala en honor de Sus Majestades los Reyes, Casa de Su Majestad el Rey, San Antonio, Texas, 17 de junio, 2018.
Felipe VIa. Palabras de Su Majestad el Rey en el Parlamento del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Palacio de Westminster. Londres, Inglaterra, 12 de junio, 2017
Mario Vargas Llosa, “Hispanidad ¿mala palabra?”, El País, 28 de octubre, 2018.
Pedir disculpas ? La historia de bs modificando con la vida cotidiana.
La recepción de muchos españoles , a finales de los años treinta.
Parece que fue una muestra de buena amistad, de aceptación que la historia la cambien los hombres inteligentes.
Abrir heridas de rencores del pasado es ruin, cinismo, resentimiento, venganza, revancha, innecesarias.
México, su gente, tiene un pensamiento y sentido de amistad hacia todos los países.
Dejar las rencillas, es de viril valor, para ejemplo de las generaciones presentes y futuras.
Buscar recovecos para tener razón, es encono injustificable.
La política de pedir disculpas tiene sentido y lógica si quien debe darlas está dispuesto a hacerlo y si ello conduce a una mejor relación entre las partes, que permita superar errores históricos. Pero pedirlas para solo justificar una posición unilateral ante la historia puede traer el efecto opuesto: actualizar los agravios y las confrontaciones y reabrir brechas que quizá -paradojicament- ya esten superadas. Mas incongruente es el hecho de que la política de solicitar disculpas provenga de gobiernos que quizá deban ofrecer esas disculpas a sus propias poblaciones por políticas que desarrollan actualmente y que no tienen ningún interés en asumir como equivocadas y mucho menos corregir. En casos como esos, el pedir disculpas a los otros, se convierte en un ejercicio profundamente cínico e hipócrita.