Frente a la inteligencia artificial: ser ciborgs

Ilustración: Estelí Meza

En los meses pasados fue casi imposible ignorar la avalancha de imágenes generadas por inteligencia artificial que inundaron las redes sociales imitando el inconfundible estilo artístico de Studio Ghibli. Días después: imágenes creadas por IA que oscilan entre el meme, las fake news y el golpeteo político. Montajes sin contexto, diseñados para provocar risa, indignación automática o pura confusión. Contenido que se replica sin autoría ni responsabilidad, alimentando la velocidad con la que consumimos contenido. 

Brainrot, como dice con exactitud la Gen Z: un vómito digital que mezcla lo absurdo, lo grotesco, lo pornográfico y lo cómicamente inútil en una estética diseñada para captar la atención por medio segundo antes de pasar al siguiente estímulo igual de deforme. Y aunque ya es inevitable encontrarse con contenido generado por IA, el caso de Ghibli me interesa por las conversaciones que detonó sobre el proceso creativo y los derechos de autor.

Claro que no faltaron las burlas, críticas y protestas —en especial del gremio artístico— que ven en estas prácticas no sólo una falta de respeto al arte y al proceso creativo, sino una amenaza directa a lo humano. Muchos lo perciben como una aberración: imágenes vacías que, aunque a primera vista puedan parecer encantadoras o nostálgicas, están desprovistas de alma.

Entre imágenes tan absurdas, no pude evitar cuestionarme cómo se verá el futuro con la inteligencia artificial aún más desarrollada. Asumiendo que la IA llegó para quedarse, cuesta imaginar escenarios donde su desarrollo sea contenido o regulado. Sobre todo, dado que las decisiones tecnológicas avanzan más rápido que cualquier reflexión ética o política capaz de ponerles freno.

En medio de esa búsqueda por respuestas, recordé El Manifiesto Ciborg, publicado en 1984 por Donna Haraway. Volví a él casi por intuición. Lo que encontré no sólo me dio algunas respuestas, sino que transformó por completo mi manera de pensar la inteligencia artificial en la actualidad.

Donna Haraway es una escritora, bióloga y feminista estadounidense nacida en 1944. Su pensamiento se caracteriza por una perspectiva radical e interdisciplinaria, donde confluyen la ciencia, la tecnología, los estudios de género y la teoría crítica. El Manifiesto Ciborg es una de sus obras más conocidas y una pieza clave del feminismo posmoderno.

Retomo algunas de sus ideas, que resultan en particular reveladoras frente a las preguntas que nos plantea el desarrollo de tecnologías tan disruptivas para nuestras relaciones sociales, económicas y políticas como la inteligencia artificial: está en la guerra y en lo cotidiano, en los procesos invisibles detrás de todo lo que consumimos. Es ubicua, inescapable, y negar su presencia es como cerrar la puerta cuando la casa ya está llena.

Es ahí donde la figura del ciborg aparece —no como héroe ni villano—, sino como alternativa a esta realidad donde los límites entre lo humano y la tecnología son cada vez más borrosos. La perspectiva ciborg no sólo abre una grieta en este mundo de dicotomías —que más que revelarse se nos impone— sino que invita a habitarlas desde otro lugar: con plenitud, conciencia, y libertad.

Para Haraway, algo que caracteriza el final del siglo XX es que “todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y organismo; en unas palabras, somos ciborgs”. El ciborg es una figura ambigua que encarna las contradicciones de nuestra época, un vaivén constante entre lo material y lo simbólico. Representa cómo nuestras experiencias corporales y sociales están mediadas por la tecnología: desde prótesis, marcapasos y chips, hasta el transporte, la biotecnología y la comunicación.

Haraway describe el surgimiento del ciborg en un mundo configurado por un nuevo régimen de poder propio del capitalismo tardío. Ya no se centra en la producción industrial, sino en la información, códigos, comunicación, la simulación y las biotecnologías. Este sistema no se organiza desde lo orgánico, lo esencial, o lo jerárquico sino desde lo fragmentado, lo modular, lo reproducible, lo desmontable. Su lógica es la del control, codificación y retroalimentación constante.

Estas ideas se desarrollan dentro de una crítica al feminismo tradicional, en particular a la idea de que hay una esencia universal e inmutable que define a «la mujer», como si ser mujer fuera algo fijo y natural, y no una construcción atravesada por la historia, la cultura y el poder. Haraway propone en su lugar un feminismo de identidades fragmentadas, parciales y cambiantes, capaces de articular alianzas políticas sin necesidad de purezas ideológicas o pertenencias fijas. Así, el ciborg se convierte en su figura emblemática: una identidad fluida, impura y profundamente política.

Es una figura mitológica e irónica que permite pensar de nuevo la política, el feminismo, el cuerpo, la tecnología y la identidad en la era del capitalismo avanzado y la alta tecnología. Su naturaleza irónica le permite reconocer las contradicciones sin intentar resolverlas mediante explicaciones totalizantes. Acepta que hay tensiones irreconciliables en nuestras ideas y en nuestras vidas. Y también es una estrategia política: una forma de resistencia que no se sostiene en la nostalgia por una totalidad perdida ni en la búsqueda de una unidad esencial—como la “mujer universal” o un “destino humano universal”.

Aunque Haraway lo enmarca desde la experiencia feminista, todos somos, en potencia, ciborgs. Nuestras identidades se construyen en redes de información, dispositivos y tecnologías. Ya casi no existen sujetos “puros” fuera de eso. La experiencia humana, hoy, es inseparable de lo artificial, lo técnico, lo construido.

Pero no nos equivoquemos: el ciborg de Haraway no es un robot. No es un autómata. Es una metáfora política y ontológica. Es una figura que rompe con las dicotomías que han definido a lo humano. En consecuencia, no ocupa ningún extremo: no es ni naturaleza pura ni máquina total. Haraway apuesta por el ciborg como una figura política para el presente tecnológico, que permite alianzas impuras, parciales, pero efectivas. Es decir, no hay retorno a una unidad esencial, ni del género, ni de la especie, ni de la cultura. Frente a un mundo hiper controlado y militarizado, el ciborg es una figura de resistencia y creatividad capaz de subvertir tanto el control como las narrativas dominantes.

¿Cómo se relaciona esto con la IA y su uso cada vez más desbordado? Nadie eligió que la IA se integrara a la vida cotidiana. No es raro que alumnos, colegas, familiares —o alguien conocido— la usen para trabajar, estudiar, pretender sesiones de terapia emocional o sólo para jugar. Lo que sí podemos —y debemos— elegir es cómo nos relacionamos con ella: en términos políticos, sociales y afectivos. No se trata de aceptarla con resignación ni de rechazarla con nostalgia, sino de apropiarnos de su presencia de manera crítica. Y ahí es donde el pensamiento ciborg puede abrirnos una puerta, una tercera vía.

Para Haraway, caer en el esencialismo —es decir, en las dicotomías cerradas— es una trampa. En lugar de lamentarse por el colapso de la unidad, lo celebra: el fracaso de los grandes relatos —como el marxismo, el feminismo radical, el humanismo— abre la puerta a nuevas formas de pensamiento y acción.

El miedo a “perder nuestra humanidad” frente a la IA es, en realidad, un mito moderno. Lo que necesitamos no es restaurar una humanidad esencial, sino reinventarla. La idea de que la inteligencia artificial nos deshumaniza parte de una visión nostálgica, que supone que alguna vez fuimos humanos “puros”. Pero lo humano nunca fue puro: siempre ha sido híbrido, técnico, expandido. La IA, entonces, no tiene por qué ser una amenaza. Puede ser una herramienta para reescribir nuestros límites cognitivos, formas de comunicarnos, de crear, de decidir. Usar inteligencia artificial no es rendirse a la máquina: es escribirnos como cuerpos aumentados, subjetividades extendidas.

Haraway reconoce que las nuevas tecnologías no son neutrales ni inocentes: están estructuradas por relaciones sociales de poder, clase, género y raza. Por eso, cuando alguien usa IA sin considerar sus efectos ético-políticos —plagio, apropiación cultural, explotación de datos— está reproduciendo lo que ella llama la informática de la dominación. En sus palabras: “Aceptar responsabilidades de las relaciones entre ciencia y tecnología significa rechazar una demonología de la tecnología… pero también abrazar la difícil tarea de reconstruir los límites de la vida diaria”.

Lo que Haraway propone es un nuevo mito político: uno que abrace lo fragmentario, lo contradictorio, lo parcial, pero que aun así sea eficaz y transformador. No se trata de idealizar la tecnología. Haraway es clara al señalar que está ligada a los complejos industriales militar, médico y tecnológico. Y eso es incómodo, profundamente político. Pero, desde una posición crítica, adopta al ciborg porque esas conexiones también pueden reapropiarse.

Aceptar la inteligencia artificial implica entrar en relación con ella de forma crítica y creativa. No se trata de obedecer al código, sino de hackearlo, de usar la IA como una aliada monstruosa. No para producir lenguaje perfecto, sino para crear nuevas formas de expresión: impuras, bastardas, radicalmente humanas. “La política de los ciborgs es la lucha contra la comunicación perfecta, contra el código que traduce todos los significados,” afirma Haraway. Robar el estilo de un artista como si fuera una fórmula replicable es una forma de totalización, de violencia simbólica. La IA no debería borrar la diferencia, sino multiplicarla.

El ciborg no busca la inocencia ni se instala en la victimización. Su política se basa en afinidades, alianzas, relatos parciales y mutaciones estratégicas. La epistemología ciborg no exige totalidades ni verdades únicas: se constituye reconociendo los límites del conocimiento y, desde ahí, construye redes, vínculos, y conexiones. Los ciborgs subvierten los dualismos clásicos: naturaleza/cultura, mente/cuerpo, hombre/mujer, verdad/ilusión. Todas estas categorías están entrelazadas, interpenetradas y mediadas tecnológicamente. El sujeto unificado del humanismo es una ilusión; el ciborg asume su hibridez, su parcialidad, su monstruosidad como potencia creativa.

Pero el ciborg responsable no borra al otro, lo reconoce. Haraway habla de “reconstruir los límites de la vida diaria en conexión parcial con otros, en comunicación con todas nuestras partes”. La inteligencia artificial usada sin ética borra esas conexiones: elimina a los otros como sujetos de derecho, como cuerpos históricos, como productores simbólicos. Usar inteligencia artificial ignorando esas heridas —de precarización, plagio, borrado artístico— es lo contrario a una práctica regenerativa. Queremos una IA que regenere el tejido creativo, no que lo canibalice.

Sí, seamos ciborgs. Pero no cualquier ciborg. No el del copy-paste sin ética. No el de los ‘estilos entrenados’ sobre cuerpos artísticos desposeídos. El ciborg feminista de Haraway no es un ladrón disfrazado de genio, sino un cuerpo múltiple, responsable, consciente de su ensamblaje. El futuro no está en elegir entre lo humano o lo artificial, eso se determinó desde hace tiempo. Está en aprender a habitar la frontera; y hacerlo con conciencia, deseo, con responsabilidad monstruosa. La verdadera amenaza no es la inteligencia artificial, sino nuestra ignorancia orgánica: esa renuncia voluntaria a pensar, cuestionar y resistir.

José Á. Álvarez Reyes

Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por el CIDE.

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Publicado en: Tecnología, Vida pública

4 comentarios en “Frente a la inteligencia artificial: ser ciborgs

  1. ahora resulta que la sociedad no está hecha para los humanos, como creíamos en la modernidad, sino para la industria. La economía está diseñada para optimizar las ganancias de las empresas. En las empresas, los salarios de los trabajadores están contabilizados como gastos que reducen la ganancia, por lo que para aumentar la ganancia una forma es diminuir los costos laborales. El costo de la IA va a introducir un tope a los salarios, y si es menor a los salarios, sustituirá a los trabajadores para aumentar las ganancias. La IA no come, no duerme, trabaja 24 horas al dia, no pide vacaciones ni permisos médicos o de maternidad, o pensiones, ni forma sindicatos. La economía seguirá creciendo pero un mayor porcentaje de la misma dejará de atender las necesidades humanas para dedicarse a los robots.

  2. El caballo es reemplazado por los autos en la Primera Revolución Industrial. El humano es reemplazado por la inteligencia artifical en la Revolución Digital. Desconocemos los alcances de este proceso artificial en una globalización caótica y distópica en su redistribucion de la riqueza. Un común denominador subyace en nuestra historia humana, estamos hablando del efecto de grandes cambios con invenciones no imaginables en su momento. Bienvenido el 75% del Siglo XXI con seres ciborgs guiados por el instinto más primitivo, sobrevivir.

    1. Es decir, la sociedad no está hecha para los humanos como pensábamos en la modernidad, sino para la industria. Que bien.

      En la contabilidad se considera que los salarios de los empleados son gastos, La economía impulsa a las empresas a reducir gastos para aumentar sus ganancias, así que si la ia sale más barata que los salarios de las personas (además de que no molesta con sindicatos ni vacaciones ni jubilaciones ni servicios de salud ni permisos por enfermedad o maternidad) la ia terminará sustituyendo a los empleados. Y la economía podrá seguir creciendo pero no tanto para atender las necesidades de las personas sino las de las industrias de robots.

  3. Pero si ya no hay totalidades ni esencias, ¿dónde quedan el sujeto, la persona, la subjetividad? La crítica a los «sistemas » opresivos sólo se puede hacer desde un «yo» que afirma su existencia frente al mundo y frente y junto a otros como»sí mismo». si desaparece el «yo» ya no puede hablarse de libertad o tiranía, o de soberanía.

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