Un mito es una pregunta sin respuesta. Cuando preguntamos qué es el Estado las respuestas se multiplican de tal suerte que no hay una, hay tantas que ya no es una respuesta. La pregunta permanece, pero fragmentada, constelada, y ya no sacia nuestra sed de certezas. Para eso es la intuición: al ver funcionar al Estado, y si tenemos paciencia y amor al detalle, descubriremos las potencias que usufructúan sus anclajes y proyecciones míticas. Esto es, veremos una cosa imperfecta pero que funciona en lo cotidiano, más allá de que nuestras preguntas no tengan todas las respuestas. El Estado de Israel es un mito operativo, como son los Estados francés, chino, estadunidense o mexicano. Son mitos porque sirven y cumplen funciones prácticas y materiales esenciales y no porque estén arrumbados allá, en el origen de los tiempos.

Tanto el ataque de Hamás como la respuesta de Israel han desfigurado unos mitos indispensables para el Estado judío: su infalibilidad militar y de inteligencia; el argumento de que sus guerras son justas; la justificación moral de su excepcionalísimo jurídico en la arena internacional. Una consecuencia extraordinaria, cuyos efectos apenas entrevemos, es la división creciente en la comunidad cultural y religiosa judía respecto a la justicia histórica de un sionismo no reelaborado para la actualidad. Es decir, respecto al pacto mítico, nacional y fundante de Israel tal como opera sobre el terreno hoy por hoy. En distintas ciudades del mundo observamos expresiones públicas contra el sionismo, por cuenta de ciudadanos que se pueden ostentar como miembros de dos o más naciones (la de Israel sin duda). El sionismo como campo organizador de una identidad y una política global está lastimado, fisurado quizá, en un fenómeno que los medios de comunicación registran de mejor manera en imágenes que en conceptos. Y sí, se prefigura un perverso resurgimiento del antisemitismo; pero la noticia que nos deja la coyuntura de octubre es otra: un sionismo astillado, amenazado desde adentro por la conciencia libre y rebelde del pensamiento judío crítico, a la vez fundación y producto de nuestra propia conciencia.
La respuesta político-militar de Israel es (con ese regodeo en el pánico inducido y el castigo planeado y ejecutado sobre la población civil, en especial sobre niños, médicos y edificios religiosos) algo en otra clave (inédita), de otra magnitud (ahora incalculable), con otra sintaxis. Uno no debería preocuparse tanto de que toda esa operación, que no duda en apelar a las pulsiones genocidas de la narrativa bíblica, se ejecute bajo la conducción de un político sinvergüenza, prófugo de fraudes con tarjeta de crédito, aliado de teócratas en un Estado laico, solapado —aunque cada vez menos— por autoridades europeas y estadunidenses estúpidas y, si algo faltara, por compañeros de viaje que denuestan cualquier nacionalismo, política de identidad, asesinato político y violación de las reglas internacionales salvo las del extremismo israelí.
Hay que decirlo con toda claridad: el crimen de Hamás y de Israel no guardan equivalencia moral, política o militar; cada uno tiene, en un soliloquio trágico, su propia maldad. Tampoco hay una causalidad entre el 7 de octubre y lo que sigue sin antes emprender una comprobación empírica rigurosa (no está de más advertir que la causalidad, en el sentido pedestre del término, es uno de los asuntos más arduamente debatidos en la epistemología). Vayamos aún más allá: un orden de causalidad y su aparente contundencia (que es la de los medios) no es un camino para establecer responsabilidades políticas y humanitarias. Al menos no si hablamos de Estados y naciones. Última ratio: la incursión de Hamás y la respuesta de Israel son dos actos distintos en su naturaleza política, en el timing de los actores responsables, en las tensiones endógenas de sus contextos asimétricos. Todo esto tiene implicaciones profundas en un juicio moral de la crisis de Gaza: no buscamos más o menos maldad (aunque hay tanta que asquea) sino más o menos responsabilidad. Y lo que resulta es increíble: ningún sentido de responsabilidad en Hamás, ningún sentido de responsabilidad en el gobierno de Israel.
Postulo entonces que las acciones de cada protagonista deben juzgarse en sí mismas, como si fueran cosas autónomas. Atarlas en un modo de causa y efecto redunda en una nadería moral. Hamás cometió un crimen e Israel está cometiendo otro. Punto. Ni todas las interdependencias objetivas imaginables (las cuales están ahí, para otro tipo de análisis) excusan el uso de un modelo totalizador que acabará, seguro, por relativizar cada responsabilidad. El dictum de Marc Bloch cobra sentido en un sentido insospechado: si evitamos confundir una genealogía con una explicación, estamos replanteando la plataforma moral del juicio político, en especial al tratar la violencia en las magnitudes y premeditación que observamos.
Si se quiere ver así (y fueron personeros del gobierno israelí los que introdujeron referencias a su historia y a su vocabulario religioso), la de Gaza podría ser la tercera destrucción del Templo (pero ahora los artífices serán los soldados de Israel). Según algunas escuelas historiográficas, el segundo Templo fue un sitio de irradiación de un ecumenismo religioso, justo en el corazón del insobornable monoteísmo judío. Puede ser, no lo sé, pero confieso que la hipótesis me subyuga. Lo que es más seguro es que la destrucción del segundo Templo abrió el camino a modificaciones inmensas, inimaginables apenas años antes, en todo el orden cultural del Mediterráneo oriental. Destruido el Templo por los romanos, los cristianos se expandieron siguiendo las huellas de la diáspora y luego encarando a las masas de gentiles, ya sin las ataduras del Levítico. Israel hubo de lidiar, a lo largo de veinte siglos y como en espasmos, con los cristianos, sus antiguos entenados.
El templo que Israel destruye en Gaza es el de una nación democrática, civil, pluriétnica y en sintonía —siempre complicada, eso sí— con sus extraordinarias aportaciones al pensamiento que habitamos y nos habita. Al destruir Gaza, Israel se está destruyendo en tanto templo de la democracia, la libertad y la creación; su mensaje al mundo será otro, un otro radicalmente distinto y ahora impensable. Entendámonos, sin embargo: Israel no está ni estuvo en peligro en estas semanas; no ocupa Gaza para garantizar su existencia como nación ni como Estado. Sea bienvenido cualquier razonamiento estratégico y militar para explicar la invasión de Gaza, pero tengo para mí que aún falta algo, atroz quizá, que sustente la hybris. Es como si de verdad alguien quisiera destruir el templo desde adentro: Israel ha ido a Gaza ¿volverá?
Ariel Rodríguez Kuri
Académico en El Colegio de México