El historiador italiano Enzo Traverso vino a México la semana pasada a impartir una serie de conferencias y cátedras extraordinarias en El Colegio de México y la UNAM. Habló de su trabajo en torno a la historia intelectual del concepto de revolución, los métodos y tareas para acercarse al “taller del historiador”, y presentó su último libro: Gaza ante la historia (Akal, 2024). Con motivo de este último, la ensayista Tatiana Lozano y el editor de nexos Julio González conversaron con Traverso acerca del concepto de “historia del tiempo presente”, el regreso de la acusación de antisemitismo contra los críticos de las acciones de Israel, el silencio de los intelectuales, las limitaciones del derecho internacional y los retos del universalismo ético y político.

Julio González: Al principio de Gaza ante la historia, usted dice que su libro está escrito en situación, a la manera de Sartre y quería que nos hablara un poco más sobre las herramientas para hacer historia del tiempo presente. ¿Por qué es importante hacerla?, ¿cómo se hace?
Enzo Traverso: El concepto de historia del tiempo presente es bastante reciente. Apareció en la década de los ochenta. En el mundo anglófono, el concepto de historia moderna era tan largo que incluía siglos. Y entonces apareció la exigencia de acercarse al siglo XX como historia y no sólo como presente: un presente que se puede empezar a historizar.
El concepto de “tiempo presente” es casi contemporáneo a la transformación de la idea de “memoria” en una verdadera categoría analítica. En el taller del historiador, el tiempo presente puede ser investigado con los mismos métodos con los cuales se estudian experiencias históricas más lejanas. Lo que cambia es que la historia del tiempo presente implica una relación con la memoria; no con la memoria transmitida o con el papel [que desempeña] el pasado y el imaginario de cada uno de nosotros. Sino más bien con la memoria como una experiencia vivida que interfiere con la escritura de la historia. [Por ejemplo,] si yo hablo de mi generación, hay toda una literatura de historia de los setenta. Para mí es algo que pertenece a mis [propias vivencias]. Yo tengo recuerdos muy precisos. Yo hice la universidad en la década de los setenta. Entonces, si yo escribo un ensayo histórico sobre esa década, hay una interferencia entre el objeto de mi investigación y mi memoria de aquella época. Y eso implica tomar precauciones: ¿cómo manejar las fuentes? ¿Cómo conciliar un relato que surge de archivos, documentos, fuentes que tienen que ser controladas, verificadas y mi propia experiencia subjetiva? Ese es el problema de escribir historia del tiempo presente.
Tatiana Lozano: Algo que salió en la presentación y está en el libro y otros textos suyos es la idea de que Israel es la única democracia del Medio Oriente. Pero al mismo tiempo vemos que Israel puede ser visto como un Estado paria por romper el derecho internacional. ¿Qué nos dice esto sobre el ideal democrático occidental? ¿Cómo se construyeron las nociones que tenemos actualmente de democracia?
ET: Es una mitología [creada por] Israel y los medios sionistas, también fuera de Israel [y] con la complicidad de muchos gobiernos occidentales: que [Israel] es una isla democrática rodeada de barbarie y fanatismo. La democracia no se reduce a un conjunto de reglas. La democracia, para existir, necesita también una sociedad civil y necesita contrapesos. Necesita toda una estructura que no es sólo institucional, es también un contexto cultural, político, antropológico. Una de las premisas de la democracia es la igualdad. Si no hay igualdad, no hay democracia. Y en un Estado hebreo, reservado a los hebreos y para los hebreos en el cual los palestinos no tienen derechos de ciudadanía y en el cual hay ciudadanos de segunda clase, [tales como] los palestinos con ciudadanía israelí que son excluidos legalmente de todo un conjunto de de derechos, eso no es una democracia. No se puede decir [que] la República Islámica de Irán no es una democracia porque es una república islámica y que Israel es una democracia cuando tiene fronteras étnico-religiosas. Es mucho más democrático Irán que Israel por la simple razón que los no musulmanes no son la mitad de la población de Irán. Pero, ¿qué significa la democracia en el mundo global del siglo XXI? ¿Es compatible el mundo global del siglo XXI con un estado étnico o etnoreligioso? Me parece muy dudoso.
JG: Ha dicho que el prejuicio antisemita de viejo cuño se ha transformado en un prejuicio islamófobo. Sin embargo, hay algo que opera, que es la culpa, y que puede verse a lo largo de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. ¿Cómo opera el discurso de la culpa con respecto a lo que está ocurriendo ahora en Gaza? ¿Es previsible que la culpa que se siente por los judíos hoy en día se vuelva la culpa por los árabes?
ET: No se puede predecir lo que ocurrirá en el futuro. Los judíos que participan en las manifestaciones en contra de la guerra lo hacen con un argumento muy simple y muy fuerte que es: “No, not in my name”. Israel no puede hacer eso en nombre de los judíos y de los judíos de la diáspora en particular. Eso es una manera de afirmar la culpa de Israel. Pero esa transición del antisemitismo a la islamofobia es un fenómeno general, pero particularmente fuerte en Europa. Más que en otras partes del mundo. Creo que la explicación no es tan compleja. Es decir, el antisemitismo como la islamofobia, son formas de racismo. Durante [mucho] tiempo, Europa fue antisemita y los judíos eran el chivo expiatorio. Hoy, en la época de la globalización, hay una inmigración de musulmanes que llegan de países islámicos a Europa. Los musulmanes son un chivo expiatorio mucho más útil y fácil de manejar —en este proceso de “weaponizing”, de transformar en un arma— que los judíos, porque los judíos están muy bien integrados, no aparecen como una minoría visible y que encarna una alteridad visible y negativa. La memoria del Holocausto transformó las minorías judías en minorías ultraprotegidas. Y el conjunto de estos fenómenos explica la transición del antisemitismo a la islamofobia. Es un fenómeno contundente. ¿Por qué? Las nuevas derechas radicales, herederas del antisemitismo fascista, hoy tienen muy buenas relaciones con Israel y son islamofóbicas. Ese es el cambio que se produjo.
TL: Hace tiempo se critica a la teoría (política, histórica, ética, etcétera) con pretensiones globales, como una forma de neocolonialismo. Y ahora vemos que buena parte de los intelectuales que respaldan estas ideas como universales guardan silencio sobre lo que ocurre en Gaza, y algunos tienen un trato diferenciado con respecto a Ucrania. Entonces, parece que se exhibe la idea de que estas teorías ilustradas con pretensiones globales tienen un alcance sólo occidental. ¿Cree que las propuestas universalistas tienen cabida en estos tiempos? ¿Habrá manera de defender cierto universalismo o más bien hay que pensar en otras perspectivas?
ET: Es una pregunta que toca a las contradicciones del concepto mismo de universalismo y de la ilustración. Porque el imperialismo y el colonialismo históricamente reivindicaban la ilustración y también el universalismo —la misión civilizadora de Europa en Asia y África en particular. Es decir, “el Centro que difunde la civilización a los bárbaros”. Al mismo tiempo, la lucha en contra del imperialismo, del colonialismo, para la igualdad fue construida bajo los principios de la Ilustración. La idea de libertad e igualdad es una idea universal de humanidad. Y se hizo en nombre del universalismo. Entonces es la dialéctica de la Ilustración.
Hoy los defensores de Israel son los que nos dicen que están defendiendo la civilización contra los bárbaros. Y la causa palestina es una causa universal: es la causa de todos los que defienden una idea de humanidad como idea universal, y es la causa de los oprimidos de todo el mundo que se identifican de una manera casi espontánea y natural con los palestinos. Esa es mi impresión. Esos valores no son valores abstractos o fijos, son valores y nociones que se articulan de maneras distintas. Hay una forma de universalismo que yo comparto y hay otras formas de universalismo que me horrorizan.
JG: ¿Qué revela el silencio de ciertos intelectuales? Estoy pensando en personas como usted, Nancy Fraser, Susan Neuman, entre muchas otras, que han hablado abiertamente en contra de lo que está ocurriendo en Gaza. Pero hay otras muchas figuras prominentes de la filosofía, de la ética, de la teoría política que han guardado un cierto silencio o han guardado una posición más cómoda.
ET: Sí, pero bueno, eso siempre ocurrió. Me parece que las [listas de] voces críticas en el mundo intelectual son largas. Pudiéramos citar muchísimos filósofos, intelectuales públicos reconocidos con una reputación internacional que tomaron posición en contra de la guerra de Irak. Seguro hay otros que no lo hicieron, pero esto siempre ocurrió en el pasado también. En particular sobre la cuestión de Israel y Palestina, pero sobre un conjunto de otros temas. Entonces, lo que me preocupa no es el silencio de los intelectuales, lo que me preocupa son las mentiras de los grandes medios de comunicación.
JG: En una de sus conferencias mencionó a The New York Times. Habló de cómo estos medios supuestamente profesionales de larga trayectoria se han vuelto más bien propagandistas o voceros de las mentiras oficiales del gobierno israelí. ¿Qué opina de eso?
ET: The New York Times es uno de los órganos del establishment en Estados Unidos. Y el establishment norteamericano tiene vínculos orgánicos con Israel. Entonces no me sorprende eso. Lo que me sorprende, lo que me escandaliza, es que esta actitud que no es nueva, sea defendida. Porque ahora no es sólo una incursión en Cisjordania, como ya ocurrió en el pasado, ahora es un genocidio. Y las ambigüedades de los grandes órganos de información se vuelven una forma de complicidad con el genocidio. Nunca podrías esperar que The New York Times publique, como después del 11 de septiembre de 2001, “somos todos palestinos”. Eso no lo esperaba de The New York Times, pero tampoco que sus investigaciones sobre los crímenes de guerra se le confíen a una pseudoperiodista que en realidad pertenece al ejército israelí.
TL: En el libro se refleja el problema del encuentro entre las acusaciones de genocidio y la narrativa histórica de Israel basada en el argumento de la singularidad del Holocausto. Estos dos elementos llaman a cuestionar la historia, la interpelan de alguna manera. La pregunta es si considera que la historia de la fundación de Israel, así como sus narrativas, deben ser reescritas a partir de Gaza y cómo. ¿Cuáles son las preguntas que le hace Gaza a esta historia?
ET: No, no creo que la historia de Israel tenga que ser reinterpretada o escrita otra vez. La historia de Israel ya se conoce, se investigó. Es una historia muy compleja que no se puede reducir a una visión en blanco y negro. Israel nació en circunstancias históricas extraordinarias, porque nació por un consenso de las Naciones Unidas, con el apoyo no sólo de las potencias occidentales, sino también de la Unión Soviética. La guerra de 1948 fue combatida con armas que llegaban de Checoslovaquia y se convirtió después en el bastión de Occidente en medio del mundo árabe.
Lo que cambia después del 7 de octubre no es la historia de Israel, es un salto con muchas implicaciones. Israel no aparece más como el país que a pesar de todas sus contradicciones, a pesar del conflicto con el mundo árabe —que no lo reconoce— es el país que surgió de las cenizas del Holocausto. Esa era su imagen y en Europa en particular fue muy fuerte, una especie de capital simbólico o moral que destruyó con la guerra de Gaza: esta imagen de Israel como el Estado que encarna o representa materialmente a las víctimas. Israel es un Estado que está perpetrando un genocidio. Y la imagen de Israel cambia radicalmente. En particular para las nuevas generaciones que no tienen las resistencias morales, que son las de los padres y de los abuelos, que tenían otra visión de lo que fue el antisemitismo, lo que fue el Holocausto, de las condiciones de los judíos. Eso cambió.
JG: Hay una novela de Amos Oz que se llama Una pantera en el sótano. Trata sobre un niño judío en medio del mando británico de Palestina. Él tiene una relación amistosa, primero secreta, con un soldado británico que le enseña inglés, por lo que sus amigos le empiezan a llamar traidor. Usted habló durante su conferencia de esta sociedad moralmente corrupta en Israel que muy tímidamente se rebela contra lo que está pasando, pero más bien afila sus críticas contra Netanyahu, no exactamente contra el acto genocida. ¿Cree que es este miedo inmenso, internalizado como sociedad, a ser llamados traidores a su propia causa?
ET: Creo que este reflejo psicológico existe y hay que tomarlo en cuenta porque es uno de los elementos de este paisaje muy complejo. Es una guerra hecha con armas, una guerra que tiene todo un conjunto de implicaciones geopolíticas. Es una guerra de culturas también, y de memorias. Y hay una memoria que desempeña un papel en el apoyo de otros países a la causa palestina o que explica el silencio, la complicidad, el soporte incondicional a Israel por otros. Es un contexto tan complejo, también desde un punto de vista emocional y psicológico. La geopolítica es muy árida. La literatura israelí es el espejo de la vitalidad de Israel. Y no hablo del Estado sionista de Israel, hablo de la sociedad israelí. Porque hay una nación israelí que surgió por medio del Estado, pero hay una sociedad civil muy articulada, con un idioma que es heredado de un idioma religioso, que era un idioma relegado al culto y que se volvió en un idioma moderno, en el cual hay una literatura moderna. No puedo decirlo como una certidumbre, es una impresión, pero esta literatura fue incapaz hasta ahora de plantear de manera seria la cuestión de los derechos de los palestinos.
Tatiana Lozano
Filósofa y ensayista. Estudia la maestría en Ética y Justicia Global en la Universidad de Birmingham.
Julio González
Ensayista y editor de nexos