
He pensado en estos meses que la ideación luminosa de Nicolás Medina Mora sobre “la hegemonía fantasma” tiene mucho que ofrecernos para entender la historia de la transición y de su final. Coincido con él en que el régimen de la transición terminó en 2018. Más allá de fechaciones, siempre indispensables, lo que destaco de aquel ensayo es el reconocimiento de que las élites políticas mexicanas concluyeron, de manera errónea y precipitada, que la disputa interoligárquica, civilizada, partidista, por la hegemonía política no tenía sentido; el pastel nacional debía repartirse con sabiduría patricia entre los entenados del Pacto por México, sin grandes sacrificios particulares ni de grupo. La realidad fue distinta: de los partidos y personajes de aquella alianza queda poco y nada. Más importante será el destino inmediato de los tiburones empresariales que apoyaron el Pacto de hace una década; hoy pende sobre su cuello la espada de Damocles de un Trump exuberante, envalentonado por el caracazo, justo al final de la negociación del T-MEC.
Quién duda que los burgueses yanquis à la Trump andarán pensando en subordinar (y en algunos casos sustituir) a los burgueses adyacentes en su momento al Pacto por México. Uno nunca sabe. Digo yo que a la presidenta de México y a su gobierno no le faltarán argumentos para convencerlos de contribuir a consolidar de una vez por todas la hegemonía política, dado que algunos –no todos– de sus socios comerciales allende el Bravo están por ahora en modo depredador.
La gran empresa de Antonio Gramsci (1891-1937) en los Cuadernos de la cárcel era fundar una política de cambio social profundo a partir de la filosofía de la praxis (que no es otra cosa que una política de clase). Pero Gramsci, ya encarcelado (entre 1926 y 1937), hacía su camino de Damasco: luego de la revolución bolchevique, del fin de la Gran Guerra y el fracaso de la revolución en Alemania, la revolución entendida como asalto, destrucción y reconstrucción del Estado se había agotado en buena parte de Europa. El Estado no es ni una fortaleza ni una ciudad, y en realidad no es una “cosa” sino un sistema, un plasma cambiante y acomodaticio según el momento: trinchera, campo militar, panóptico, zona minada, imprenta, altavoz, universidad, partido, parlamento, periódico, iglesia, sindicato, cámara industrial, gremio de comerciantes, intelectual público, etcétera. (Por cierto, en Gramsci la sociedad civil no es lo que se entiende en estos lares; sociedad civil es uno de los subsistemas del Estado.)
La ruptura teórica gramsciana se alimentó, lo sabemos, de la experiencia de aquellas sociedades que lograron cierto nivel de desarrollo de las instituciones estatales, las libertades políticas, los medios de comunicación y en formar una intelectualidad pública de alcances nacionales. En otras palabras, Gramsci entendió que una transformación política de fondo debía enraizarse en espacios plurales, dotados con frecuencia de vida propia. Todo este territorio en disputa es el de la hegemonía. Pero subrayo un aspecto, ya avanzado por Medina Mora: todo esto es hegemonía, sí, porque es lucha, conflicto, guerra de posiciones sin balas. La hegemonía, para que nos entendamos, no surge del consenso; es más probable que el consenso surja de la hegemonía.
Pero algo se nos escapa, todavía, si quisiéramos seguir la huella de Gramsci: lo local y lo global, lo político y lo geopolítico, lo aldeano y lo ecuménico. La hegemonía o tiene una mirada periférica o no es nada.
II
Debemos a Giuseppe Vacca (Modernidades alternativas. El siglo XX de Antonio Gramsci, FCE, 2022) un deslumbrante aggiornamento del pensamiento del gran sardo. En el ingrato camino de distanciarse de la herencia leninista, de la sombra del fascismo italiano y de los comportamientos autodestructivos de la Comintern, Antonio Gramsci pergeñó dos tipos ideales: cosmopolitismo económico y nacionalismo político. La tensión entre esas dos ideas ayuda a entender la contradicción geopolítica esencial de los años veinte y treinta del siglo XX, aunque aquella ya se prefiguraba desde antes del 900.
El cosmopolitismo económico organiza las pulsiones económicas globalizantes de las grandes potencias, su imperialismo en potencia o en acto. Vale una acotación: el cosmopolitismo económico de Gramsci, según el desarrollo del término en los Cuadernos de la cárcel, no sería equivalente a la idea de imperialismo en Lenin, o al menos de su vulgata. Para Gramsci la movilidad de capitales y la inversión extranjera son un agente modernizador de las relaciones de producción que hace mucho por profundizar la conciencia de clase de los proletarios. Del texto de Vacca (y de mi precaria lectura de Gramsci) infiero que no se puede decir lo mismo del imperialismo como modalidad burda, salvaje de extracción de recursos naturales. El imperialismo gramsciano moderniza; el extractivismo es paralizante, reaccionario.
El nacionalismo político, el otro tipo ideal de Gramsci, resume los límites, fuerzas y códigos del conflicto de clase, ideológico y geopolítico en los Estados nacionales, o al menos los Estados con territorios más o menos definidos. Pero el nacionalismo político europeo de los veinte y treinta se proyectaba más allá de fronteras; no era (ni es) un espacio –es una fuerza. El fascismo es una de las formas del nacionalismo político de entreguerras, del italiano en primer lugar. Este se propuso encontrar soluciones instantáneas y radicales a los desquiciamientos socioculturales, económicos y políticos heredados de la guerra mundial, asumiendo, de manera dramática, las asimetrías intrínsecas del cosmopolitismo económico.
Para encontrar soluciones, el nacionalismo político, en su versión fascista, tendió a desplazar y suplantar, en el corazón mismo de sus pactos constitucionales, las ficciones liberales del ciudadano político autónomo, del gobierno representativo o de los comicios; a estos les superpuso otras ficciones, más eficaces en su momento: la raza, la inauguración imaginaria de otro tiempo histórico o la consagración de voluntad-fuerza nacional (o étnica, en realidad) como sucedáneo de la soberanía. A nadie escapa que las tensiones entre cosmopolitismo económico/nacionalismo político eran tan brutales que devinieron irresolubles: así se explica el crescendo belicista y de inmediato genocida del fascismo y sus soluciones instrumentadas durante la Segunda Guerra Mundial.
III
La dicotomía cosmopolitismo económico/nacionalismo político, como manera de pensar el mundo, no termina con la Segunda Guerra Mundial, ni con el fin de la Guerra Fría, ni con la plenitud, breve, del proyecto neoliberal. Habitamos esa dicotomía, pero no en su pureza abstracta; los elementos que conforman ambos tipos se mezclan, confunden y producen la sucia realidad, siempre un híbrido. Una cosa es verdad: todo el cúmulo de tensiones, procesos imprevistos y no deseados, y los temores fundados e infundados de las últimas tres o cuatro décadas han reflotado una militancia política e ideológica cuyos discursos son de una performatividad aterradora.
El nacionalismo político recuperó –y no estoy seguro si lo perdió alguna vez– su centralidad como ámbito para plantear los problemas materiales y metafísicos del cosmopolitismo económico, pero hoy lo hace en clave no tanto conservadora (que siempre tiene algo de doctrinario) como abiertamente reaccionaria (siempre pragmática y con pocos límites). Así, el imperialismo vuelve a su modo extractivo; así, la democracia deja de ser un referente ético-político (por ejemplo en Washington) y se convierte en instrumental y por tanto deleznable; así, el derecho de hacer política y de gozar de otros derechos (que solemos calificar como humanos) se subsumen al discurso sobre la maldad de los malos: narcoterroristas, populistas, wokes.
Donald Trump encarna la nueva centralidad del nacionalismo político en su modo reaccionario. Tiene una misión: resolver los asuntos del cosmopolitismo económico a la manera –al menos en este plano– de los fascistas. Sin embargo, la suya es una política típica, no única, como evidencian sus amigos políticos en Argentina y Chile. La diferencia cualitativa es que Trump es presidente de Estados Unidos. Venezuela resume casi todo lo dicho. Pero en la ecuación falta un elemento: la magnitud del fracaso de los organismos supranacionales abocados a la seguridad internacional. Se dijo en su momento y de muchas maneras: la tragedia sin precedente de Gaza, amén de segar decenas de miles de vidas, dinamitó el orden internacional. En esta dimensión, es un hecho el fracaso de la socialdemocracia y de la anémica comunidad liberal euroamericana.
Obsérvese la Unión Europea; su gran promesa era convertirse en el ámbito supranacional más avanzado para la circulación de mercancías, capitales y personas, pero también, y sobre todo, de derechos políticos. Hoy por hoy es un espectador moroso políticamente, disminuido intelectualmente, emasculado militarmente. Europa, frente a un Trump que redefine los vínculos entre cosmopolitismo económico y nacionalismo político, es testimonial. La Unión Europea expresa nuestra carencia más lacerante, la gran preocupación gramsciana en tiempos del fascismo: la debilidad (o ausencia) de una hegemonía, ese ejercicio potente que usufructúa al mismo tiempo coerción y persuasión, única fórmula para impulsar una misión supranacional de pretensiones civilizatorias.
IV
La asonada venezolana (y si se quiere el delirio por Groenlandia) ha producido en México (y en todas partes) una psicosis. Esta se expresa de dos maneras: en la primera se hacen públicas, pornográficamente, las fantasías de autoemasculación política según las cuales Trump y sus muchachos harán los trabajos pendientes, aquellos que los titulares de la hegemonía mexicana en gestación no han hecho, o porque no quieren o porque no pueden. La segunda forma de psicosis es normalizar de forma inmediata, acrítica, amoral, el crimen: frente a una violación como la de Venezuela lo único que queda es adaptarse y desdramatizar el asunto.
Lo que nos recuerda el brote psicótico en curso es que construir y consolidar una hegemonía política no es sólo un proceso endógeno: el mundo exterior y sus oportunidades tienen un peso formidable. Esta psicosis tampoco es inédita: el fenómeno cardenista, que estabilizó el país medio siglo porque ganó claramente la batalla por la hegemonía (casi al mismo tiempo que Gramsci hacía sus apuntes en los Cuadernos de la cárcel), se fraguó en medio de las batallas políticas e ideológicas contra el fascismo. La moneda está en el aire, pero el juego no se ha jugado.
Ariel Rodríguez Kuri
Historiador e investigador en El Colegio de México