Great American Column

Crédito: Juan Jesús Garza Onofre

“Después de todo, hay una especie de felicidad en la infelicidad, si es la infelicidad correcta”, escribe Jonathan Franzen en Freedom (Salamandra, 2010), sugiriendo que nuestra relación con el dolor no debe ser necesariamente opuesta a la felicidad, sino algo inherente a una existencia más auténtica.

Ubicada dentro del género de la gran novela americana (Great American Novel), esta obra captura la esencia de la experiencia cultural y política de los Estados Unidos de América; su categorización obedece a la particular capacidad que tiene el escritor nacido en Chicago para abordar temas complejos como las relaciones entre familias, los conflictos éticos, el impacto del consumismo y las tensiones sociales en el mundo contemporáneo.

Más allá de ser uno de los libros que más me han atrapado en los últimos años, en lo personal no he encontrado texto académico, ensayo, o crónica que explique de manera tan precisa cómo llegamos a este instante estelar en la historia de la humanidad que, dicho sea de paso, nos está tocando presenciar en vivo y en directo desde primera fila.

Mientras los periódicos se inundan fútilmente de artículos que intentan darle cuadratura tardía a un círculo cuyas aristas nunca existieron, la obsesión de la comentocracia nacional queda evidenciada en su búsqueda de respuestas rápidas diseñadas, antes que para generar una reflexión duradera, para alimentar el ciclo mediático y satisfacer su narcicismo.

Ahí tenemos al economista que toma como referencia las casas de apuestas para sugerir que no habrá imposición de aranceles; la escritora que profundiza sobre el sombrero de la esposa del nuevo presidente gringo en su toma de posesión; el senador y pseudo profesor de Derecho que plantea “la segunda independencia de México”; el internacionalista que propone la “resiliencia combativa” como alternativa para afrontar los retrocesos en temas de diversidad en los próximos; o qué decir del propagandista, corresponsal de guerra, productor de telenovelas y beneficiario directo del actual Gobierno cuya mejor defensa de nuestra soberanía consiste en invitar a “abrazar a nuestras compatriotas y compatriotas migrantes” para que sepan que no están solos.

Ya no sorprende cómo esos personajes escriben tantas trivialidades en espacios que algún día fueron medianamente serios, tampoco la poca ética periodística de quienes manejan la información como negocio, ni la desconexión de sus opiniones con la realidad de millones de personas.

Habría algo que decir de la responsabilidad de quien plasma sus ideas en papel, pero queda clarísimo que ahora que nadie escucha a nadie, las columnas de opinión operan como una ruidosa maquinaria de egos que mezcla el sinsentido con la desvergüenza.

Si el solo hecho de recopilar estos ejemplos fue cansado, no imaginan entonces lo que significa leerlas. Paradójicamente, terminé encontrando cierta diversión al toparme con la interminable cantidad de consejos, soluciones, advertencias y posibles alternativas que accionar en medio de la catástrofe. No me cabe la menor duda de que serán ellos y nadie más quienes nos sacarán adelante como país.

Puedo imaginar a la perfección a la presidenta y su gabinete, a embajadores y cónsules, e incluso a nuestros paisanos, cerrando los ojos, respirando profundo y exhalando tranquilos al saber que la fórmula para predecir el porvenir colectivo y resolver absolutamente todos los problemas ya ha sido descubierta. Bien escribió Paolo Grossi: “el futuro tiene siempre un rostro antiguo”.

La calma, a veces, se encuentra inadvertidamente entre las páginas de la prensa nacional que dan cuenta de las deportaciones colectivas, la depreciación de la moneda y los asesinatos incesantes.

Al momento en que la industria de la información transita hacia un espectáculo de entretenimiento por encargo, donde el victimismo, las animadversiones personales, los chismes y las polémicas artificiales dictan la agenda pública, se torna ocioso desentrañar cuál debería ser la labor de los opinadores en este contexto; me sosiega pensar que, mientras ellos sigan creyendo que reducir el mundo a su propio mundo es suficiente, la vida seguirá avanzando con la misma complejidad para que el día de mañana nos la puedan explicar en sus columnas.

Por eso vuelvo a la novela de Franzen, a la construcción paciente y laboriosa de algo que una vez leído difícilmente será olvidado, de un texto que arroja luces del futuro cuando el pasado deja de ser entendido como una simplificación de clichés o generalizaciones ideológicas. Su novela es un gran ejemplo de cómo la ficción puede abordar las contradicciones del presente, de cómo toda gira en torno al problema de las libertades personales. Fue Balzac el que dijo: “La novela es la historia privada de las naciones”.

Porque Freedom no es otra cosa que el relato íntimo de una familia, de las relaciones que sus miembros entablan con sus vecinos y sus amigos, de sus historias más personales y menos visibles, esas que se tejen en la cotidianidad de sus alegrías y sus resentimientos, de las fobias y las filias que moldean sus vidas. Lo provinciano, entonces, lejos de ser limitado o insignificante, se entiende como lo más universal.

La obligación que implica ejercer la libertad exige mirar los patrones de nuestras vidas, nuestras decisiones y nuestras sociedades con un lente más honesto. Franzen no otorga respuestas fáciles ni un camino predeterminado, pero nos muestra los choques entre lo personal y lo colectivo, entre lo que deseamos y lo que el mundo nos permite alcanzar.

Así, de repente, nos damos cuenta de que en la aparente simplicidad de la vida familiar y comunitaria, se encuentran las verdades más profundas que trascienden cualquier frontera cultural o geográfica.

Ya ha quedado clarísimo que poco servirá llenarse la boca hablando de democracia si ignoramos quién vive en la casa de al lado, que no tiene mucho sentido teorizar sobre la Constitución si la mayoría de las personas no tienen garantizados sus derechos, y que no se puede pretender construir un futuro más justo mientras negamos las desigualdades estructurales que determinan al mundo y nos regocijamos en el sistema económico que lo sustenta.

En Freedom se plantea que, al negar el capitalismo la posibilidad de hablar de límites —ya que su esencia radica en el crecimiento perpetuo del capital—, quienes persiguieron el sueño americano en busca de riqueza o libertad pronto descubrieron que el dinero por sí solo no era suficiente. Ante esta revelación, se aferraron desesperadamente a sus libertades, como si en ellas residiera la última esperanza de salvaguardar su dignidad y su sentido de pertenencia.

No tengo la más remota idea de qué sigue, de qué va a suceder con el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos de América y su impacto en México. En tiempos de gran incertidumbre y de temores fundados habrá que aceptar que, si las tensiones entre naciones sólo se observan desde una óptica política, las fronteras geográficas se expanden, convirtiendo a las cuestiones ajenas en meras excusas para dejar de atender nuestras problemáticas más próximas.

Bien escribe Franzen, es tiempo de aceptar que la furia desatada en el mundo no es más que un eco amplificado de nuestra rabia.

Aquí otra columna no para esclarecer la realidad sino para empeorarla.

 

Juan Jesús Garza Onofre
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Sin categoría