En una conferencia pronunciada en la Universidad de Cornell en 1984, Jacques Derrida planteaba que la guerra nuclear que formaba la base imaginaria de la tal-llamada “Guerra Fría” fue un no-acontecimiento que sucedió únicamente en el plano del discurso, del lenguaje que la nombraba. Esto es cierto no sólo porque la guerra nuclear nunca sucedió en términos materiales, sino también porque el simple hecho de contar con palabras para nombrar la posibilidad de una guerra nuclear permitió a las potencias en disputa articular las políticas con las que sangraron al mundo durante aquella era de tensión bipolar. La manipulación psicológica y propagandística, las guerras de “baja intensidad” y la revolución tecno-científica con fines armamentísticos son todas producto de una invención lingüística, de un “referente significado”. En palabras de Derrida: “La ‘realidad’, digamos la institución general de la era nuclear, está construida por la fábula a partir de un acontecimiento que nunca ha ocurrido (salvo en el fantasma, y eso no es poco)”.1
De forma similar, en 1970 Michel Foucault decía en su lección inaugural en el Collège de France que la producción discursiva es, en sí misma, la condición de posibilidad de los argumentos que el mismo discurso consigna, de los hechos que clasifica, de las normas que transcribe. El discurso, para Foucault, produce acontecimientos reales, materiales. En los eventos que nos pasan o que hacemos pasar —en esa suerte de “violencia que se ejerce sobre las cosas”,2 a decir del propio Foucault— hay siempre un trasfondo compuesto de palabras. Toda biopolítica —es decir: la serie de dinámicas, estrategias y formas discursivas a través de las cuáles las instituciones del poder controlan y organizan las vidas de los individuos— es, ante todo, un lenguaje.
Las ideas de estos dos filósofos franceses forman el marco conceptual del más reciente libro del académico mexicano Oswaldo Zavala: La guerra de las palabras, una historia intelectual del “narco” en México (1975-2020). Como Derrida con la guerra nuclear, Zavala piensa que la llamada “guerra contra el narcotráfico” debe entenderse en primer lugar en términos de producción discursiva, como una serie de configuraciones semióticas que articulan políticas de seguridad destinadas al control de un sector de la población. En palabras de Zavala: “El fenómeno del narcotráfico en México ha estado siempre determinado por el lenguaje, por narrativas que imaginan organizaciones criminales que se convierten en el enemigo doméstico para justificar un conflicto armado”.3
Al delimitar su investigación a un periodo concreto (de 1975, año de la “Operación Cóndor” en Sinaloa, hasta el momento actual), Zavala logra cerrar una serie de planteamientos que ya había delineado en su libro anterior, Los cárteles no existen.4 En el esquema de Zavala, “el narco” no es un conjunto de agrupaciones criminales paralelas o contrarias al Estado, sino el significante central de los discursos que justifican la intervención policial-militar en la composición social mexicana. A través de la retórica de la seguridad que Zavala llama “la narconarrativa”, el Estado mexicano ha garantizado para sí un monopolio simbólico y material de la violencia institucional, generando una dinámica de militarización de la vida cotidiana.

La guerra de las palabras no se limita a proponer una antropología o una semiótica de la narcocultura para entender la naturalización de la narconarrativa en la vida cotidiana. Zavala también ofrece una arqueología —como Foucault llamaba al estudio de las normas que determinan los límites de nuestro discurso, muchas veces sin que nos demos cuenta de ello, y que son siempre el producto de los sistemas de poder que rigen a nuestra época— de las palabras que dan forma a las políticas con las que el Estado “combate” al “crimen organizado”, y que también crean las condiciones para el surgimiento de artefactos culturales (películas, series de televisión, música) sobre el narco. Para Zavala, estos artefactos son más que simples proyecciones de una sociedad que se identifica con los delincuentes. Son, también, un contrapunto —para usar una metáfora musical— del discurso de la seguridad del Estado: una melodía paralela que se cruza y entrecruza con la principal, creando el contexto necesario para que el escucha pueda entender la armonía de la composición. Esta armonía, vale la pena recordar, no tiene que ser consonante o placentera: como demuestran las obras de Schoenberg y otros compositores atonales, el contrapunto también puede producir disonancias aterradoras e inquietantes.
Lo que importa, en todo caso, es que las melodías paralelas del contrapunto articulan un sistema de significado. En el caso de México, este sistema es el conjunto de saberes, ideas, señas y características que nombran al “narco”, al “sicario”, al “cártel”. El simple hecho de nombrar a estos fenómenos —ya sea en el discurso de seguridad del Estado o en los artefactos de la cultura— hace posible poner en práctica políticas que violentan la vida de muchas y muchos mexicanos. Así se formuló, por ejemplo, la “guerra contra el narcotráfico”, encabezada por el gobierno federal durante el sexenio de Felipe Calderón, que ha cobrado más de 300 000 vidas. De igual manera, el esquema de Zavala nos permite entender las maniobras del gobierno de Andrés Manuel López Obrador en materia de seguridad, como ceder el mando de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), dando nuevos pasos en la larga historia de la militarización institucional del país.
La guerra en las palabras entra en diálogo con la larga genealogía de intelectuales que han estudiado el fenómeno del narcotráfico en nuestro país. Zavala presta especial atención al trabajo del sociólogo sinaloense Luis Astorga, quien ya en 2016 planteaba que todo estudio sobre el comercio e ilegalización de las drogas debe tomar en cuenta el lenguaje con que se nombra el fenómeno.5 Otro sociólogo sinaloense que Zavala sin duda conoce y ha estudiado, si bien no lo menciona en el libro, es Ronaldo González Valdés. En Sinaloa, una sociedad demediada, este último autor ofrece una aproximación al fenómeno del narcotráfico de una gran densidad imaginativa. Por lo mismo, vale la pena detenernos un momento para considerar las ideas que González Valdés ha contribuido al debate del que el libro de Zavala forma parte.
“Desde hace tiempo”, escribe González Valdés, “tengo para mí que la sinaloense es una sociedad demediada, una sociedad que no ha alcanzado a cerrar los capítulos de su historia, o si se quiere decir de forma más convencional, que no ha logrado culminar sus procesos civilizatorios”.6 A partir de este primer planteamiento, González Valdés aventura una serie de ensayos sobre las constantes interrupciones de los ciclos civilizatorios que caracterizan a la sociedad sinaloense. Las características fundamentales de esta sociedad, nos dice González Valdés, son su largo aislamiento del centro político y geográfico de México, su vida económica y material primaria y desigual y su compleja relación con una simbología furiosa y estridente que ejerce un gran peso sobre su cotidianidad: la “narcocultura”.
A partir de esta descripción de una “sociedad desmedida”, González Valdés analiza las convergencias entre el abandono del campo, la efervescencia estudiantil-contracultural, la composición simbólica de las identidades, la violencia represiva del Estado y el despliegue de la narcocultura en Sinaloa. Prefigurando algunos de los argumentos de Zavala, González Valdés apunta que ya en los años setenta del siglo pasado la maraña discursiva del narcotráfico nublaba o “ponía entre paréntesis” la violencia legítima del Estado, transformando a una población precarizada en enemigos públicos al vestirla con los ropajes del “narco”, ese nuevo personaje de la fábula social.7 El individuo demediado será a partir de entonces el arquetipo central de los discursos de la seguridad: pobre, expulsado por la agricultura hipermoderna de exportación, reprimido por el Estado y desvinculado de la comunidad. Más adelante, a decir de Zavala, este individuo pasará a ser el blanco sobre el que se lanzará la implacable y certera militarización que vemos en nuestros días.
Astorga, González Valdéz y Zavala coinciden en que las políticas de seguridad son inseparables de sus componentes simbólicos. Sin dejar de ser discurso, este sistema de significado militariza las calles, reproduce la delincuencia y despliega una violencia sin precedentes. La originalidad del libro de Zavala reside en que no se limita a proponer una sociología histórica del narcotráfico, pues también configura una arqueología discursiva de una serie artefactos culturales contemporáneos (incluyendo obras de “alta” literatura, trabajos académicos y creaciones conceptuales de tinte artístico) para entender hasta qué punto hemos naturalizado el discurso que ha dado lugar a la sangrienta militarización.
Incontables sucesos recientes, como la transferencia de la Guardia Nacional a la Sedena, muestran que esta militarización sigue en marcha a nivel institucional, social y económico. Vivimos bajo un régimen de seguridad que responde a los intereses de la clase política y de los dueños del capital. Si rascamos la superficie, sin embargo, descubrimos que palabras como “cárteles” —o “culiacanazos”, “menchos”, “chapos” y “levantones”— no son meros nombres para designar fenómenos que existen independientemente del discurso. Al contrario: las palabras crean a los fenómenos que el Estado después designa como artífices de una sociedad delincuencial que se extiende extendida en el terreno de la fábula.
Que un discurso sea una fábula, sin embargo, no lo hace menos peligroso. Las ficciones políticas, como decía Derrida, tienen el poder de hacer posible la necesidad de una guerra. En esa “necesidad de posibilidad” reside la trágica realidad material del conflicto: ahí están los cientos de muertos, los desaparecidos, la frialdad de la estadística, las familias que luchan por encontrar a sus seres queridos, los toques de queda, el miedo, la incertidumbre, las calles tomadas por militares y sicarios. Se trata, pues, de una guerra ficticia que propicia una sangría terriblemente real. De ahí la importancia de aproximarnos a obras como La guerra en las palabras, un libro que abona al intento —siempre valiente y generoso— de comprender la descarnada violencia de México.
• Zavala, O. La guerra de las palabras, una historia intelectual del “narco” en México (1975-2020), México, Debate, 2020.
Iván Rocha Rodelo
Historiador, poeta y ensayista.
1 Derrida, J. “Not apocalypse, not now (a toda velocidad, siete misiles, siete misivas)”. En: Cómo no hablar y otros textos, Barcelona, Anthropos, 2017, p.145.
2 Foucault, M. El orden del discurso, México, Túsquets, 2016, p 53.
3 Zavala, O. La guerra de las palabras, una historia intelectual del «narco» en México (1975-2020), México, Debate, 2020, p. 21.
4 Zavala, O. Los cárteles no existen, narcotráfico y cultura en México, México, Malpaso, 2018.
5 Astorga, L. El siglo de las drogas, del porfiriato al nuevo milenio. México, Debolsillo, 2016.
6 González Valdés, R. Sinaloa, una sociedad demediada, Instituto Municipal de Cultura Culiacán, México, 2007, p. 25.
7 Ibid, pp. 79-95.