Hacer etnografía en Badiraguato,
“cuna de narcotraficantes”

Gracias a la generosidad de la editorial Cal y Arena presentamos el prólogo a Amaneció un muerto (2025), de Adèle Blazquez. Un estudio etnográfico de la vida cotidiana en Badiraguato.

“Badiraguato, cuna de narcotraficantes”. El hecho de ser “cuna” de los narcos más famosos ha volcado al imaginario social hacia un terreno moral. Quizá sea ésa una tierra de gente mala, si no, al menos de gente “grande”, “decidida” o “violenta”. O bien, al contrario, como insistía el presidente López Obrador, no sea eso, sino la tierra de “gente buena y trabajadora”. De cualquier modo, la representación de Badiraguato se vuelca con facilidad al ámbito de la moral.

Este libro extraordinario tiene la virtud de que, en lugar de quererle colgar alguna calificación moral a los habitantes de aquella famosa región amapolera, busca comprender la vida diaria de sus habitantes. La antropóloga Adèle Blazquez se propuso realizar una etnografía de la vida cotidiana en una región cuya sola mención infunde una combinación de miedo y mistificación.

¿Qué significa vivir en un espacio donde un componente indispensable de la economía —la producción de goma de heroína— es ilegal? ¿Cuáles son sus implicaciones para la comunicación humana en la región? ¿Cómo se vive con las violencias que proliferan ahí? ¿Cómo afecta la ilegalidad a las relaciones de propiedad? ¿A la política local? ¿A las relaciones de género? En este libro, las cuestiones morales aparecen en la medida en que las traen a colación los propios habitantes de este afamado municipio.

Y el Badiraguato que se va dibujando en la etnografía de Blazquez es, en primer lugar, un espacio vigilado. Están vigiladas las carreteras. Están vigiladas las entradas y las salidas de todos sus poblados. Las brechas que comunican a la cabecera con los ranchos están vigiladas. Hasta las tumbas de personajes que han muerto asesinados tienen cámaras de vigilancia, o halcones que las supervisan… Existen, pues, varias técnicas de vigilancia: desde informantes pagados o “halcones” motorizados o fijos, a la comunicación por celular o por radio. Pero, sobre todo, impera el rumor. Los ojos de los habitantes de Badiraguato vigilan, porque la gente necesita saber cuando hay peligro; necesita saber a quién han asesinado, y quién lo mató, y por qué. Necesitan medir la distancia social que los separa o que los acerca a cualquier hecho violento.

Adèle Blazquez vivió en Badiraguato entre 2013 y 2015; pasando algunas temporadas en la cabecera y otras en un rancho, y a lo largo del tiempo, fue descubriendo que existe una geografía del rumor, que se debe al hecho de que calibrar la distancia social que separa a cualquier sujeto social de un acto violento, importa mucho. Tanto, que esta clase de cálculo es ya un arte sutil. Esto se debe a que los habitantes de la cabecera municipal de Badiraguato tienen todos ellos lazos sociales en los ranchos. Algunos nacieron en un rancho, otros tienen sus familias allá. Por esto, cualquier violencia en la cabecera reverbera en algún rancho, y cualquier problema en un rancho resuena en la cabecera.

Así, por ejemplo, Blazquez cuenta del robo y la violación de Adriana, una vecina suya. Los seis hombres que se la llevaron venían capitaneados por Armando, un pretendiente despechado que pertenecía a un grupo poderoso de narcotraficantes. El padre de Adriana, por su parte, era también un pesado, sólo que de un rancho menos importante. Como tanto el padre como el violador eran gente de armas, cuando Adriana se escapó de las garras de Armando, surgió la pregunta de si el padre de Adriana y su gente vendrían a la cabecera a vengarse de Armando. No lo hicieron, quizá porque no tenían la fuerza, la gente, para hacerlo, pero el padre de Adriana sí se la llevó a vivir al rancho, donde estaría a salvo. Las terracerías que conectan los ranchos a la cabecera todas tienen retenes, y están vigiladas, de modo que entrar a robar a una ranchería requiere operativos militares considerables. Adriana terminó casándose y viviendo en el rancho con un socio de su padre.

La fuerza relativa de los pesados que hay en cada rancho reverbera en la vida social de la cabecera. Y los lazos de parentesco o las redes de interdependencia económica entre la cabecera y los ranchos van determinando los caminos posibles de la violencia. Es por esa razón que la gente de la cabecera va poco a los velorios o a los cortejos fúnebres y entierros de las personas que han muerto asesinadas, mientras que asisten en masa cuando el muerto se ha extinguido por causas naturales. La cercanía social con la persona asesinada puede ser peligrosa, y es preferible no manifestarla de manera pública. Sólo los parientes y amigos muy cercanos de la víctima de un asesinato estarán presentes en sus funerales.

Es también esta misma dinámica la que explica uno de los datos curiosos que pondera Adèle Blazquez, que es la afirmación, escuchada con frecuencia, de que Badiraguato “es tranquilo”, o que “está tranquilo”. La tranquilidad no es cuestión de números —no refleja la estadística de gente que ha sido asesinada, ni los números de mujeres que han sido “robadas”, por ejemplo— sino qué tan cerca socialmente está un sujeto de los hechos violentos—, qué tan sujeto está a las venganzas, o a las violencias digamos que profilácticas. O sea, la ‘tranquilidad’ implica tener alguna distancia de un ciclo imparable de agresiones o retribuciones. La vida en Badiraguato puede ser tranquila si uno se sabe mover. Al menos los habitantes del pueblo buscan vivir con cierta tranquilidad, imaginando que se sabrán proteger del vórtice de las violencias, cuando ellas irrumpan en la localidad.

La lectura de este libro abre así, paso a paso, la relación cotidiana entre economía, geografía y vida social. El recorrido de la autora, pausado y seguro, va produciendo un efecto contrario a la representación de la violencia que emerge de los medios y de la boca de los políticos, que están protagonizadas por actores sociales abstractos —“los cárteles”, “los grupos criminales”, “las Fuerzas Armadas”, “los policías ministeriales”, etc.— que se enfrentan unos a otros como enemigos. La gente de Badiraguato habla, más bien, de la gente de algún pesado; o de la proveniencia de alguna persona (el rancho tal o cual), o, sí, de alguna cualidad moral, como la de ser “malo” por ejemplo, o la de ser honorable.

En lugar de una sociedad dividida entre los representantes de la ley y los del crimen, Blazquez abre la ventana a un mundo intensamente negociado, y también siempre ambiguo. La ambigüedad empieza, incluso, con la propiedad de la tierra misma, ya que en Badiraguato hay ejidos y hay “cercos”; hay posesión defacto y hay propiedad de jure. Y ambas se reconocen y se negocian. Una de las muchas contribuciones de este libro es que la autora explica cómo se negocia la propiedad de la tierra en Badiraguato.

Y así como hay ambigüedad respecto de la propiedad y la ocupación de la tierra, la hay también respecto al sentido de la presencia militar en la región. En teoría, los militares estarían ahí para acabar con la producción de amapola, para acabar con el narcotráfico, pero los militares también viven de estar ahí, no sólo porque reciben sueldos y bonificaciones por estar destacados en regiones peligrosas, sino también porque ellos negocian la destrucción de cultivos ilegales con los productores. Se podría decir que los militares cobran derecho de piso a los campesinos amapoleros, en la medida en que reciben dinero o comida de ellos, a cambio de no destruirles todo, a cambio de no dejarlos en la ruina total. Todo esto también aparece descrito y explicado en las páginas de Blazquez.

Así esta lectura va produciendo luz poco a poco y paso a paso, porque el libro está organizado a modo del estudio detallado de varias actividades. El primer capítulo se concentra en el problema del traslado, del movimiento en el espacio, y con él se abre el tema del rumor y la vigilancia. El segundo capítulo se enfoca ya no en los traslados, sino al contrario, en el arraigo, en lo que significa “estar ahí”; y el tercero prolonga la descripción del significado de estar a través de un estudio de las economías de la gente, de lo que significa, localmente, “salir adelante”. El cuarto capítulo explora lo que significa “cercar”, es decir, explica cómo se consigue la posesión real y reconocida de un pedazo de tierra, un “cerco”. El quinto capítulo describe y analiza la violencia en las relaciones de género, y el significado de “robarse a una mujer”, mientras el sexto se concentra en la actividad de matar, en su sentido social. El último cierra con lo que significa gobernar en un contexto así, en “administrar” un lugar donde la gente se mata.

El conjunto de estos estudios procesuales es, sencillamente, extraordinario, porque retrata las prácticas cotidianas y las implicaciones humanas de eso que, supuestamente, es la raíz de toda la violencia de nuestra sociedad. La cuna de narcotraficantes tendría que ser, en teoría, la cuna de nuestros problemas. Pero Adèle Blazquez nos muestra otra cosa.

Amaneció un muerto es, además, una demostración práctica del valor de la etnografía, que es una práctica que implica “poner el cuerpo”, es decir, estar en el lugar que se quiere describir y entender, entablar relaciones ahí, observar y conversar, para con eso pensar y escribir. Se trata, por fuerza, de un trabajo lento, que implica permanecer en un lugar aun cuando “no sucede nada” ahí, cuando “todo está tranquilo”. Implica, además, entender que las relaciones sociales son siempre prácticas y procesos, reclamos y expectativas que fluyen.

Todo esto hay en este gran libro que es, a mi parecer, la mayor contribución que tenemos sobre su importante tema.

Claudio Lomnitz

Profesor de Antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de El tejido social rasgado, Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía y La nación desdibujada. México en trece ensayos, entre otros libros.

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Publicado en: Política, Vida pública

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