El ataque de Hamás a los territorios aledaños a la franja de Gaza debería sacudir la conciencia de cualquier persona, incondicionalmente. Pero resulta que no. Cierto círculo de intelectuales y activistas tiene otra opinión. Siempre están del lado de las víctimas, por supuesto, siempre que se trate de “sus” víctimas. Condenan el terrorismo de Hamás, pero la condena es, digamos, relativa. Y esa incapacidad para producir un repudio sin ambages frente al terrorismo revela de manera asombrosa su frágil calidad moral.

Dice esta izquierda propalestina, y con razón, que los muros que cercan Gaza son inhumanos y que la ocupación de Cisjordania es ilegal y reprobable. Dicen, además, que la política exterior del régimen del fascista Benjamin Netanyahu es oprobiosa: las detenciones “administrativas”, la militarización de la seguridad pública en el territorio ocupado, las incursiones y acoso de los colonos en Cisjordania a la población árabe. Todo eso es cierto, y una parte no menor de la sociedad israelí, fracturada por esta y otras razones, lo entiende. Sobran los activistas, académicos e intelectuales israelíes y judíos que rechazan la política exterior del actual régimen, conformado por políticos antidemocráticos y fundamentalistas religiosos. Entienden que no hace falta negar derechos a la población palestina para defender el derecho israelí —que les niega el fundamentalismo de Hamás, por cierto— a habitar la misma tierra. El escritor Amos Oz, por ejemplo, no se cansó de repetir hasta su muerte que la única solución al conflicto era la fórmula de los dos Estados, y que Netanyahu había conseguido convertir a Israel en el paria mundial. Hoy lo repite el diario israelí Haaretz.
¿Y qué ocurre ahora? Que Hamás acomete una incursión barbárica sin precedentes desde Gaza. Lanza cohetes sobre el sur de Israel. Incursiona por mar y tierra. En el kibbutz de Re’im ejecuta una masacre, asesinando a más de doscientas personas. En otros pueblos, la milicia va casa por casa asesinando o secuestrando civiles, también por cientos, y violando mujeres.
¿Condenan estas acciones los círculos progresistas? Sí pero no, porque es igual pero no es lo mismo. Nos explican, para que lo entendamos, su cálculo moral, basado en un entuerto hecho de retazos de marxismo-leninismo y literatura decolonial, y en otro tanto de resentimiento y afectos inconfesados. El cálculo moral, dicen, es éste: no caigamos en la falacia de creer que todas las violencias son iguales. La de Israel es violencia “institucional” sobre los palestinos; en cambio, la violencia de Hamás (que es una institución, pero no hagamos ese tipo de miramientos) es “ocasional”, de menor escala. Y además la primera es mucho mayor que la segunda. Hagan las cuentas y verán (aquí, si la comunicación transcurre en una red sociodigital, se ofrecerá como evidencia un diagrama o una infografía). ¿Y quién hace condenas sin hacer primero cuentas? Es cierto que Hamás acude al terrorismo, pero el terrorismo es el arma de los débiles. Y sabemos que el apoyo de Estados Unidos siempre es sospechoso. Ahora les vamos a citar a Frantz Fanon: las atrocidades no pueden excusarse, pero entendamos el contexto: los terroristas palestinos no son otra cosa que hombres y hasta mujeres que han sufrido la violencia del ocupante y ahora reparten lo que recibieron. Por otra parte, los soldados israelíes también cometen atrocidades. Una cosa más, ¿por qué Ucrania tiene el derecho de resistir la ocupación pero Palestina no? Y lo más importante: en el trasfondo de la violencia de Hamás no hay otra cosa que la ocupación, y por lo tanto Israel es el culpable de la violencia masiva que ahora la visita. Cosecha lo que sembró. Es desolador pero inevitable.
Ese es el relato de quienes condenan el terrorismo de Hamás con una larga lista de peros. Dejemos de lado la ingenuidad e ignorancia que subyace al relato, como la falsa equivalencia entre la causa palestina y la política terrorista de Hamás y similares, el reduccionismo histórico sobre el origen del conflicto palestino-israelí o la crasa omisión de los hilos geopolíticos que animan el conflicto. El aspecto que quiero subrayar es su moralidad torcida. En el horizonte ético de este “progresismo” hay atrocidades liberadoras y luego las otras, condenables. Las bajas civiles son un daño colateral tolerable (siempre y cuando se trate de vidas israelíes). El sufrimiento histórico sufrido por Palestina exime de la responsabilidad moral a quienes luchan violentamente en su nombre (pero el argumento es intransferible al sufrimiento judío). Quien despliega la violencia redentora puede usar a su propio pueblo como escudo humano porque los condenables son los crímenes de guerra del colonizador, no los de la resistencia. Se dice que Israel no enfrenta ninguna amenaza existencial (y se dice como si esa garantía fuese cosa regalada y no hubiese estado en entredicho apenas hace algunas décadas). En cambio, la “resistencia palestina” de Hamás (que no es ni resistencia ni palestina) debe tolerarse, o rechazarse con reservas, porque la Ocupación, porque la Descolonización, porque la Justicia.
En 1948, Hannah Arendt, siempre preocupada por el destino de Israel y del sionismo, fustigó a Menájem Beguín, uno de los líderes de Irgún, movimiento judío que se oponía al Mandato Británico. Para Arendt, Beguín era un terrorista. En una carta abierta en el New York Times, Arendt y otros cosignatarios se detienen en un episodio de la guerra árabe-israelí de 1948, una guerra regional en la que cualquier historiador desideologizado encontrará atrocidades en ambos lados de la trinchera. La carta, sin embargo, se concentra en Beguín, y se detiene en el caso de la aldea Deir Yassin:
Este pueblo, apartado de las carreteras principales y rodeado de tierras judías, no había participado en la guerra e incluso había luchado contra bandas árabes que querían utilizar el pueblo como base. El 9 de abril, bandas terroristas atacaron esta pacífica aldea, que no era objetivo militar en los combates, mataron a la mayoría de sus habitantes: 240 hombres, mujeres y niños y mantuvieron con vida a algunos de ellos para desfilar como cautivos por las calles de Jerusalén. La mayor parte de la comunidad judía quedó horrorizada por el hecho y la Agencia Judía envió un telegrama de disculpa al rey Abdullah de Transjordania. Pero los terroristas, lejos de avergonzarse de su acto, estaban orgullosos de esta masacre, la publicitaron ampliamente e invitaron a todos los corresponsales extranjeros presentes en el país a ver los cadáveres amontonados y el caos general en Deir Yassin.
Ojalá la izquierda propalestina tomara nota de la entereza de Arendt para señalar y condenar el terrorismo de los suyos.
Juan Espíndola Mata
Investigador asociado, Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM
Qué asco de texto.
Los inocentes son secundarios…